Una mirada afirmativa
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Una reflexión sobre las personas que se llaman a sí mismos “therians”


En febrero de este año, caminando con una amiga por la Avenida Santa Fe, en Palermo, Capital Federal, vi un grupo de adolescentes y le dije a mi amiga “mirá los disfraces de esos chicos”. Ella, que es vecina de la zona, me dijo “no son disfraces, son therians”. Me llamó muchísimo la atención las máscaras que llevaban puestas. Por la época tranquilamente podría haber sido un grupo de amigos festejando carnaval.

En este artículo quiero que reflexionemos sobre nuestra identidad desde el Catecismo de nuestra iglesia y que pensemos a esta moda de los therians como un fenómeno que viene a socavar nuestra identidad.

A su vez, no quiero dejar de mencionar que la reflexión sobre las personas que se auto mencionan a sí mismas “therians”, no dejan de merecer, de nuestra parte, una mirada con las lentes de Jesús: una mirada misericordiosa, pues no dejan de ser hijos amados de Dios, hermanos en Cristo.

La máscara en el mundo griego pre cristiano

Al ver por primera vez a los therians, pensé en la máscara griega. Quiero compartirles estas ideas que explican una cultura que era muy diferente a la nuestra para ver cuán lejos de nuestra vida, de nuestra realidad, se conecta este fenómeno de los therians.

La función de identificación generalmente atribuida a la máscara era en la antigua Grecia una función representativa. Quien la usaba encarnaba para otro la identidad que su disfraz le confiere. Así, la máscara poseía una naturaleza ficticia.

Esta civilización, sí era rica en expresiones enmascaradas. Tenían las mascaradas y rostros de animales en el culto a Deméter, máscaras de osos al servicio de Artemisa, máscaras religiosas dionisíacas y la mueca de la Gorgona. Cada una de esas divinidades abría un pasaje entre los dominios salvaje y civilizado. Es decir, conectaba la vida de los seres humanos con el mundo animal. Es importante destacar que los dioses griegos no eran dioses creadores, habitaban el mundo sin haberlo creado.

Por otra parte, estaba la máscara de la tragedia que borraba la identidad del actor que la usaba para permitir que un nuevo personaje, independiente de cualquier figura dada y de competencia original. La única modalidad que la máscara trágica le confiere, entonces, es el poder no de ser, sino de convertirse en otro.

Cuando vi a esos jóvenes disfrazados y con máscaras de animales, pensé en esos hombres que se ponían máscaras para representar los personajes de las tragedias en el teatro de Dionisos. Pensé en esos que se ponían máscaras para realizar rituales a Artemisa, diosa vinculada a la caza de animales.

Conecté en mi mente a esos jóvenes con los rituales y el entretenimiento teatral de una ciudad en la que aún no había llegado San Pablo a anunciar a Cristo. Pensé, entonces, cuán lejos de nosotros, de nuestra vida, de nuestra rutina, está esa moda -y hablo de moda porque tengo la esperanza de que sea algo pasajero- de esos jóvenes que se visten como animales y ocultan sus rostros por un artefacto que los convierten en animales.

Etimología de la palabra “therian”

Los hombres que actuaban en el festival de Dionisos en Athenas o los que rendían culto a Demeter o Artemisa, usaban la máscara un ratito: el ratito que representaban. Luego, volvían a su vida familiar. Aristóteles en la Política explicó que la familia era, en esta cultura pre cristiana, el núcleo de la comunidad, que vivía en una polis.

Hoy vemos en Capital Federal a un grupo de jóvenes que se denominan a sí mismos Therians”. “Therian” es un neologismo que viene de la palabra “therion”, del griego antiguo, que significa “bestia”. Así, que hoy en día, un hombre o que una mujer se llame a sí mismo “therian” no revela más que el uso -en el discurso de esa persona- de un recurso literario conocido como “animalización”. La animalización consiste en construir, en la ficción, a los personajes humanos como animales.

Que un hombre o que una mujer hablen de sí mismos como animales no revela más que una auto animalización. Es decir, al identificarse con un animal, se animalizan a sí mismos. Pues, con el uso de la máscara y la vestimenta se convierten, como los actores de la tragedia griega, o los individuos que rendían culto a los dioses griegos en una Grecia que aún no había recibido la Nueva Noticia, se convierte en eso que se disfrazan: un animal.

“No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros” Jn. 15, 16

Si hay un santo relacionado con la identidad cristiana y con el teatro, es San Juan Pablo II. Zavalla, en su libro sobre los dolores en la infancia y adolescencia del papa, explica cómo al morir su otro hijo, frente al ataúd y en presencia de Karol, exclamaba “que se haga Su voluntad”.

Karol tenía, además, facilidad para los idiomas. Había estudiado, en el liceo, filología polaca. Durante la ocupación nazi, al tiempo que trabajaba en una cantera, hacía teatro rapsódico. Fue uno de los promotores del teatro rapsódico en una Polonia en la que estaba censurado. Tenía mucho talento como actor.

Luego de que muere su padre, en 1941, se pregunta sobre su identidad, para qué está en este mundo. Es ahí cuando discierne su vocación. Muchos de sus amigos habían fallecido, dando la vida por la patria. En este contexto de dolor ante tantas pérdidas comienza a pensar para qué Dios lo creó. Recibe la respuesta, entonces, del llamado al sacerdocio.

Es aconsejable que todos los jóvenes, en algún momento, perdamos el miedo de ir al Santísimo y le preguntamos al Señor ¿cuál es el sueño que soñaste para mí? ¿Cuándo fui creado qué soñaste para mí? Nuestra identidad está íntimamente unida a ese sueño que tiene que ver con nuestra vocación.

La vocación, o sea el matrimonio o la vida consagrada, son los únicos dos llamados que Dios hace a cada uno de sus hijos -o uno o el otro-. Son solo dos. La vocación define nuestra identidad. Ahondemos ahora en nuestra identidad un poquito más profundo.

“¿Qué es el hombre para que te fijes en él?” Salmo 144, 3

Cuando en Gaudium et Spes Juan Pablo II explica el misterio del hombre,parte de tres premisas: imagen de Dios, unidad de cuerpo y alma y varón y mujer. Nuestro cuerpo revela a nuestra persona y todo lo que afecta a nuestro cuerpo afecta el alma. Cuerpo y alma son una unidad.

El hombre es persona porque es imagen de Dios. Ser persona es alguien capaz de conocerse, de darse libremente, de recibir a otro libremente, de entrar en comunión con otras personas.

Nuestro cuerpo revela a la persona de otro modo. Somos hijos, es decir, hijos amados de Dios, adoptados por Él mediante el bautismo, hermanos en Cristo. Somos además hijos de nuestro papá y de nuestra mamá. Salimos del vientre de nuestra madre vulnerables, dependientes, sin cariño, sin calor, sin cuidado, un bebé muere. Dependemos hasta que nos independizamos de nuestro papá y de nuestra mamá. Dependemos de Dios Padre hasta que llegamos al Cielo.

Somos, además, don: fuimos creados a imagen y semejanza de Dios para donarnos. Nuestra biología habla de una entrega. Que el matrimonio sea fecundo supone que es abierto a la vida. La apertura a la vida supone un salir de sí mismo del varón y un recibir de la mujer que, en el abrazo conyugal, renuevan el sí que dieron en el altar. Ese salir y recibir supone la posibilidad de esperar un nuevo integrante en la familia luego de esa unión conyugal.

La sexualidad, el ser varones o mujeres, es la tercera característica que nos define. La anatomía de nuestro cuerpo, una vez más, revela la forma como Dios Padre nos creó. Cuando entramos a un quirófano, no importa qué nosotros hayamos mencionado sobre nosotros mismos, somos un varón o una mujer, en una camilla, frente al cirujano.

Esa realidad de la anatomía nos indica que nuestros cuerpos de varones o de mujeres nos son dados. Es decir, en nuestra concepción, en el momento en el que el espermatozoide y el óvulo dejan de ser un espermatozoide y un óvulo para ser un embrión, ya hay ADN femenino o masculino. Desde esa instancia en la que Dios da permiso para que luego del abrazo conyugal un nuevo integrante se sume a la familia permitiendo la existencia de una nueva vida, en la creación de una nueva persona, en ese fiat, ya el ADN de ese origen habla de si somos varón o mujer.

***

¿Qué somos? Somos hijos amados de Dios y de nuestros padres. Somos don: fuimos creados para amar y dejarnos amar, a imagen y semejanza de Nuestro Creador. Somos además o varones o mujeres, y esa identidad sexual forma parte de nuestra biología desde el fiat que inició nuestra vida. Esta identidad nos es dada. Es un regalo que nos hace Nuestro Padre.

¿Cómo no valorarnos? ¿Cómo no agradecerle? ¿Cómo no alabarlo cuidándonos, cuidando lo que somos? ¿Cómo no mirar con misericordia a quienes no conocen -o no recuerdan o se han olvidado- esta verdad y se animalizan a sí mismos?

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Creo que cualquier matrimonio (o pareja de novios) que me lea reconocerá o se ha visto en esta tesitura: «si tú no me ayudas en casa, no esperes cariño esta noche» o «yo cedí la última vez, ahora te toca a ti».

Estas son situaciones que fácilmente pueden darse. Espero que nadie se sienta mal si las ha vivido en primera persona, ¡somos humanos heridos! Seguramente son situaciones derivadas del cansancio del día a día, más cuando hay mucha tarea en el hogar con el cuidado de los hijos.

Comercio vs. comunión

Cuando convertimos el matrimonio en una especie de relación de socios comerciales con cláusulas incluidas es cuando realmente necesitamos volver al origen, al inicio: el matrimonio es comunión de personas y, desde el momento en el que dijimos ese primer sí quiero, nos debemos a nuestro cónyuge.

No deberíamos dejar que en nuestra realidad conyugal nos tratemos como medios para obtener algo, físico o emocional. Porque, cuando el afecto se negocia, deja de ser lenguaje de amor y se convierte en instrumento de poder.

Somos don

No es lo mismo decir “te doy si me das” que decir “me entrego a ti, incondicionalmente y sin reservas”. El matrimonio solo cobra sentido si se vive al 100%, cada uno en lo que pueda dar, no cuando se convierte tristemente en un 50-50.

Algunas referencias para meditar: Gaudium et Spes 24: “el hombre no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo». Además, leemos en Humanae Vitae 9 que el amor conyugal humano es total, fiel, fecundo.

Por otra parte, recordemos al Nuevo Testamento, en Efesios 5: Cristo no se entregó «a cambio de” nuestra respuesta. Se entregó primero, gratuitamente, incluso sabiendo que la respuesta sería pobre.

Darnos al 100% recíprocamente

Es posible que alguien pudiera objetar: «entonces, ¿me toca darlo todo, aunque el otro no dé nada? ¿Eso no es dejarse pisar?». En este punto es en el que conviene aclarar: que la entrega total, la que se promete en el matrimonio, no es sumisión ni anulación.

Entregarse importa, es esencial. Ha de ser mutua y en una actitud que no ponga condiciones previas. Es decir, y este orden es clave: no doy porque recibo, sino que ambos damos y de ahí nace una reciprocidad que nadie está midiendo.

Esa reciprocidad también incluye aprender a pedir, a expresar las necesidades, a corregir al cónyuge cuando sea necesario…

Tips para evitar al “matrimonio contrato”

El peligro de vivir en modo “contabilidad es que lleve a sobrevalorar lo que uno da e infravalorar lo que uno recibe. Se convierte al afecto en algo sospechoso. Esto, por ejemplo, sucede con frecuencia en el terreno de la intimidad conyugal, en donde muchas mujeres miran con recelo las palabras cariñosas de su marido pensando que eso significa que él quiere una relación sexual a cambio (y viceversa en tantos ejemplos)

Empiezan entonces a pensar “¿me lo da porque quiere algo?” ¡Y es una pena contemplar así el lenguaje del amor! Porque termina perdiendo su verdad. La lógica del don es la entrega sin reservas, sin “negociación pendiente”.

Por tanto, dejo un par de ideas que podrían ayudar evitar esa especie de contrato convenido:

  • la primera, dar primero sin esperar el turno a que te den a ti, cualquier oportunidad vale para aprovechar el don.
  • Y la segunda, hablar de las necesidades directamente, en vez de cobrarlas indirectamente.

***

¿Acaso no nos dimos por adelantado TODO el día de nuestra boda, y el resto de nuestra vida para cumplir esa palabra? Dejemos el libro de cuentas, y convirtamos nuestro matrimonio en un cheque en blanco.

¿Qué es lo más importante en la castidad? ¿Se decide de a uno o se vive en pareja? ¿Hay que comunicar las tentaciones y las preocupaciones, o buscar uno solo la manera de no caer en la tentación? ¿Es suficiente, para no caer en la tentación, no llevar forro?

Todas estas preguntas me quedaron dando vueltas en la cabeza después de escuchar una curiosa conversación entre dos chicos en el bondi.

La conversación, más o menos, fue así:

Uno decía que había cortado con su novia porque había decidido ser casto, pero que ella se había enojado porque él no la había incluido en el proceso de discernimiento y, como ella no quería ser casta, habían decidido cortar después de dos años de relación.

Luego continuaron hablando sobre si era conveniente o no dormir juntos con la novia, sobre si pajearse mutuamente o sobre si estar desnudos en la cama.

Al terminar la conversación, uno le dice al otro:

«Si no querés caer en la tentación, no lleves forro, porque ahí lo vas a pensar dos veces. Pero no digas que yo te lo dije.»

Y ahí pensé:

«Pucha… cómo no conocen a las mujeres.»

Primera pregunta

¿Qué es lo más importante en la castidad?

En la castidad lo más importante es el orden. De hecho, ser casto no significa simplemente no tener relaciones sexuales en el noviazgo, sino que es una cuestión mucho más amplia que «me acuesto o no con mi novia».

Lo más importante en la castidad es, como diría san Agustín —un gran santo para seguir en esta cuestión porque literalmente la luchó en este ámbito (si no saben, consulten sus Confesiones)—, ordenar el amor. O, como diríamos hoy, ordenar las prioridades.

En otras palabras, saber a qué lugar corresponde cada cosa y cada quien.

Las relaciones sexuales, dentro de una relación, tienen un lugar y un tiempo determinados. Y cuando uno está de novio o casado es algo que se vive de a dos; no se decide unilateralmente.

En el noviazgo hay una abstinencia que prepara para conocerse mejor y, en el matrimonio, la castidad significa alternar períodos de abstinencia con períodos de intimidad.

¿Y qué es lo que marca eso?

El orden en el amor, en las prioridades, el conocer los tiempos del otro, los momentos que está viviendo, etc.

Lo que me lleva a la segunda pregunta.

Segunda pregunta

¿Se decide de a uno o se vive en pareja?

En esto, parafraseando a Santo Tomás, es necesario distinguir. En principio, como en todo acto moral, hay que considerar el objeto, el fin y las circunstancias; en otras palabras, la acción, el para qué y el en qué momento.

Esto significa, nuevamente, que la virtud de la castidad no va a ser igual para una persona soltera que para alguien que está de novio, que para alguien que está casado o que para alguien que está consagrado.

No basta con una cuestión netamente prohibitiva de «no al sexo». De nuevo, es algo mucho más amplio.

Y sí, si uno está soltero, ser casto va a implicar no tener sexo con nadie, incluso con uno mismo. Pero también va a implicar no ver pornografía, purificar el corazón, los pensamientos y la manera de hablar.

Pero no va a implicar que uno sea ciego, de palo o que no tenga sentimientos ni deseos. Significa que los va a ordenar al momento que está viviendo y que, al ser soltero, le corresponde hacerlo solo.

En cambio, al estar de novio ya entra a jugar la otra persona.

Esto no es un tema que se decida en soledad. Acá el discernimiento ha de ser de a dos y debe sentar las bases del noviazgo. Es una de esas conversaciones incómodas que se han de tener en las primeras citas, porque sientan las bases de las expectativas de la relación.

Y sí, es incómoda, pero ahorra mucho si se la tiene a tiempo.

¿Pero qué pasa en el caso del pibe de la conversación?

Al ser una relación de tiempo que no se cimentó sobre estas bases, la cuestión es más difícil, pero no imposible. El tema empieza por incluir al otro en el proceso de discernimiento, empezar a charlar y a comunicar lo que uno piensa. Porque, si ya hubo intimidad física, es hora de que también haya intimidad anímica y ambos puedan conocerse más.

Después de todo, la castidad en el noviazgo es el cimiento de la castidad en el matrimonio.

Algo dialogado y comunicado que ha de ser tan sencillo como que el otro sepa qué me está pasando por dentro.

Lo que me lleva a la tercera pregunta.

Tercera pregunta

¿Hay que comunicar las tentaciones y las preocupaciones, o buscar uno solo la manera de no caer en la tentación?

A ver, entiéndase una cosa: no todos los procesos han de ser abiertos. Obviamente, si tenés un sueño con Henry Cavill, no es necesario contárselo a tu pareja, ni tampoco necesita el otro un minuto a minuto de tu cabeza, alma y corazón.

Pero sí en lo que se refiere a la vivencia común de la castidad.

Y eso incluye las tentaciones, las caídas, las preocupaciones, pero también los gustos, los deseos, con qué se está cómodo y con qué no.

O sea, la comunicación es clave y la verdadera base para vivir la castidad, tanto en el noviazgo como en el matrimonio.

Y sí, es difícil, porque es exponer la vulnerabilidad de uno al otro. Pero, después de todo, de eso se trata amar y de eso se trata la intimidad: dejar entrar al otro en uno y volverse uno.

Lo que me lleva a la cuarta y última pregunta de este artículo.

Cuarta pregunta

¿Es suficiente, para no caer en la tentación, no llevar forro?

La respuesta es tan obvia que duele, pero la vamos a explicitar porque es el corazón del artículo y porque fue un mal consejo que partía de un desconocimiento de las mujeres.

No, no es suficiente. Porque, por más que no se lleve preservativo, si la mujer está en la fase ovulatoria y ambos se ponen en ocasión, no llevar preservativo no te va a ayudar… y nueve meses después…

A ver, no se malentienda. No es que seamos animales que nos dejemos llevar por el instinto. Pero, de nuevo, conocer al otro es importante. Entender que las chicas pasamos por distintas etapas del ciclo; que va a haber momentos en los que haya más deseo y otros en los que no los queramos ver ni en figuritas, o en los que solo queramos de nuestra pareja contención, cambia mucho.

Pero todo esto requiere comunicación y conocer al otro. Saber qué es conveniente para ambos, en qué momento y cómo. Y entender que la castidad en el noviazgo es algo de a dos.

Así que mi consejo es:

¡Si querés vivir la castidad, hablá con tu novia!

Pero no digas que yo te lo dije.

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