Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz
del amor.
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Durante años, cuando un matrimonio no conseguía un embarazo, casi todas las preguntas parecían dirigirse a ella: ¿ovulas? ¿Cómo son tus ciclos? ¿Tienes endometriosis? ¿Cómo está tu progesterona?
¿Y, él?
La fertilidad pertenece a los dos
De hecho, cuando existe dificultad para conseguir un embarazo, las principales guías médicas recomiendan estudiar al hombre y a la mujer desde el inicio y de forma paralela.
Esto me parece especialmente bonito cuando hablamos de fertilidad desde una visión cristiana. Porque estar abiertos a la vida no significa que la mujer tenga que cargar sola con la responsabilidad de que esa vida llegue.
El hombre también puede cuidar su fertilidad
Puede revisar su salud, sus hábitos, su alimentación, el tabaco o el alcohol, determinados medicamentos, alteraciones hormonales, varicocele, infecciones… y, cuando está indicado, realizar un seminograma y una valoración médica completa.
La Naprotecnología y el conocimiento de la fertilidad nos enseñan precisamente algo importante: antes de intentar “saltar” un problema, merece la pena preguntarse qué está pasando.
Esa búsqueda de las causas debe mirar al matrimonio entero. Porque la apertura a la vida no es pasividad.
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Apertura a la vida, entonces, es acoger la posibilidad de un hijo y, al mismo tiempo, cuidar responsablemente la fertilidad que tenemos. La de ella. Y, también, la de él.
Quizá necesitamos empezar a hablar mucho más de esto. ¿En vuestro proceso de fertilidad estudiaron desde el principio a los dos?
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Hay una pregunta que todo ser humano carga, aunque no siempre la formule con palabras: ¿para qué existo? ¿para que nací?
No para qué sirvo. No qué trabajo tengo. Para qué existo. La respuesta a esa pregunta, según San Juan Pablo II en la Teología del Cuerpo, no está en lo que produces ni en lo que acumulas. Está en algo mucho más hondo y simple: estás hecho para amar y ser amado.
¡Cuidado! Porque esa frase se ha dicho tantas veces que ya casi no dice nada. Vale la pena detenerse en lo que realmente significa.
El amor no es una parte de tu vida, es tu explicación entera
JPII no dice que el amor sea una dimensión importante de la existencia humana, junto con el trabajo, la salud o la inteligencia. Dice algo mucho más radical: que el amor es la clave para entender todo lo demás.
La explicación de fondo: el lente sin el cual el ser humano no se entiende a sí mismo. El amor es el fin ultimo del hombre, el fin último para ti que me lees.
¿Por qué? Porque el ser humano fue creado a imagen de Dios. Dios no es alguien que ama ocasionalmente. Dios es amor. Trinidad: tres personas que se entregan mutuamente desde la eternidad, en comunión pura y perfecta.
Si estás hecho a imagen de Dios, llevas impresa en tu ser la misma dinámica. No como obligación moral sino como estructura. Como lo que eres. Existes para darte y solo te encuentras dándote.
Y aquí es donde la TDC se vuelve la lente más poderosa para entender la vida humana concreta. No como teoría abstracta sino como explicación de lo que ya vives.
Por qué sientes como sientes
Tienes capacidad de apego, de vínculo, de dolor profundo cuando te rechazan. Una persona sin vocación al amor no sufriría el desamor. Lo experimentaría como un dato neutro como cambiar de trabajo o mudarse de ciudad.
Tú, no. El desamor te rompe de una manera que ninguna otra pérdida rompe igual. La muerte de alguien que amas te afecta diferente a perder dinero o salud. El rechazo duele en un lugar que el fracaso profesional no toca.
¿Por qué? Porque fuiste hecho para lo contrario. Sufres el desamor precisamente porque tu estructura más profunda es el amor. La herida te revela lo que eres.
Por qué piensas como piensas
El ser humano es el único ser vivo que se pregunta para qué existe. No es un dato menor. Es la huella de haber sido creado para algo que trasciende la supervivencia.
El único sentido que de verdad satisface esa pregunta no es el éxito, ni el placer, ni el reconocimiento social. Es saber que tu vida importa a alguien. Que eres amado. Que tu existencia tiene peso para otro.
El éxito sin tener con quien compartirlo sabe a nada y quien lo ha vivido lo sabe. No porque el éxito sea malo, sino porque no fue hecho para llenar ese lugar. Solo el amor llena ese vacío para el que estamos hechos.
Por qué actúas como actúas
Todo lo que haces, en el fondo, es un intento de conectar, de ser visto, de pertenecer, de dar o recibir algo de otro. Hasta la ambición más aparentemente egoísta tiene debajo una necesidad de reconocimiento, de afirmación, de mirada que no es otra cosa que amor mal canalizado.
El egoísmo no es la naturaleza del ser humano. Es su deformación. Su naturaleza es el don.
Cuando una persona se cierra sobre sí misma, cuando usa en lugar de amar, cuando acumula en lugar de dar, cuando se protege en lugar de entregarse, no está siendo más libre. Está traicionando lo que es. Y lo paga. Siempre. En soledad, en vacío, en una vida que tiene todo y sabe a nada.
Una trampa que vale la pena nombrar
Hay una manera de usar este concepto que lo vacía completamente: convertirlo en comodín espiritual. «Tengo vocación al amor» dicho como punto de llegada, como justificación para no disponerse, para no trabajar las heridas, para no moverse hacia la vocación específica a la que El Padre te ha llamado.
No es fidelidad a la TdC. Es su caricatura. La vocación al amor no es un estado de reposo. Es una llamada que pone en movimiento. No te dice dónde quedarte. Te pregunta si te estás dando o te estás protegiendo.
Lo que todo esto significa
La vocación al amor no es un tema de espiritualidad para los muy devotos. Es antropología. Es la explicación de por qué el ser humano funciona como funciona cuando funciona bien y por qué se destruye cuando se cierra sobre sí mismo.
No importa si eres creyente o no. La estructura es la misma. Puedes no creer en Dios y seguir siendo una persona hecha para el don. Lo verás en que el egoísmo siempre cobra factura, y en que el amor siempre da vida, aunque no lo llames así.
JPII no inventó esto. Estaba escrito desde el principio en el Génesis, en el cuerpo, en cada ser humano que alguna vez amó de verdad y entendió, en ese momento, para qué existe. Lo que él hizo fue develarlo con una claridad que no tenía antes, y devolvernos la llave para leer lo que ya estábamos viviendo sin entenderlo.
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Si algo de esto resonó en ti, no es casualidad. Es que lo que describes como hambre, como soledad, como búsqueda. Tiene nombre. Se llama vocación. Ya está en ti. Solo espera ser vivida. Además, como digo todo el tiempo, no tiene fecha de caducidad.
¿Y si no es que no ha llegado nadie? ¿Y si has idealizado tanto a la persona que estás
esperando que, sin darte cuenta, nadie alcanza?
Tiene que ser inteligente, divertida, exitosa, tener tiempo para ti. Además, familiar, espiritual, detallista, trabajadora, segura de sí mismo, sensible, atractiva… ¡Y tiene que llegar en el momento perfecto y hacerte sentir inmediatamente que es a quien estás esperando que Dios te envíe!
Ojo, no está mal saber qué quieres. Es bueno tener claridad sobre qué tipo de cónyuge te gustaría para compartir tu vida, qué valores son importantes para ti y qué quieres construir en un matrimonio. Eso es una brújula.
El problema aparece cuando esa brújula se convierte en una lista que cada persona tiene
que cumplir para poder siquiera tener una oportunidad. Entonces, dejamos de conocer personas reales y empezamos a buscar personajes.
¿Y si tu lista no es tan perfecta como crees?
Hay algo que me parece importante recordar: el matrimonio no es el fin de nuestra vida.
No estamos buscando a alguien para que encaje perfectamente en nuestro proyecto de casarnos.
Estamos buscando a una persona con su historia, sus virtudes, sus heridas, sus defectos y sus sueños. Y aquí vale la pena hacernos una pregunta: ¿qué nos garantiza que nuestra lista contiene exactamente aquello que nos hará felices?
¿Y si existe alguien que no cumple todas esas características que imaginaste y, sin embargo, puede hacerte profundamente feliz? No lo sabemos. Por eso, creo que hay que dejar un poco de espacio para que Dios también pueda sorprendernos.
No solamente se trata de buscar afuera
Cuando pensamos en encontrar pareja, toda la atención suele ir hacia “¿dónde está?”, “¿cuándo llegará?” o “¿por qué no encuentro a nadie?”.
Hay otra pregunta igual de importante: ¿quién estoy siendo yo?
Si quiero un hombre, una mujer paciente, ¿estoy aprendiendo yo a ser paciente? Si quiero un cónyuge generoso, ¿lo soy? Si quiero alguien que sepa escuchar, ¿sé escuchar?
No se trata solamente de buscar afuera las virtudes que anhelamos, sino de convertirnos
nosotros mismos en la persona que queremos llevar a un matrimonio.
Esto no significa que tengas que convertirte en perfecto antes de conocer a alguien. Todos estamos en proceso. Todos tenemos áreas por sanar y crecer. La buena noticia es que Dios no espera personas perfectas para amar; nos va formando mientras caminamos con Él.
Dale un poco de espacio al corazón
Creo que hemos empezado a desconfiar demasiado del enamoramiento. Sí, cuando nos enamoramos vemos a la otra persona con una mirada muy luminosa. ¡Qué regalo que sea así! Dios también puso esa capacidad en nuestro corazón para dejarnos tocar, ilusionarnos y abrirnos al amor.
Claro que el enamoramiento no basta para casarse. Después, viene el discernimiento, el
conocimiento profundo y la decisión de amar. No necesitamos tener todo resuelto desde la primera cita. Deja que la atracción haga su parte sin apagar la razón.
Entonces, ¿qué sí deberíamos buscar?
Más que una lista interminable, yo me fijaría en tres tipos de atracción:
- Atracción física: ¿te atrae? ¿Te gusta? No tiene que ser perfecto; tiene que gustarte a ti.
- Atracción psicológica: ¿te cae bien? ¿Disfrutan conversar, reírse y compartir la vida cotidiana? El matrimonio será, sobre todo, una amistad profunda.
- Atracción espiritual: ¿Comparten lo esencial? Su visión del amor, la familia, la fe, los hijos y el sentido de vida. Eso sostendrá su matrimonio mucho más que cualquier lista.
Quizá el secreto no está en bajar tus estándares, sino en distinguir entre los que protegen lo verdaderamente importante y las expectativas que describen al hombre que imaginaste.
No tengas miedo de conocer. No tengas miedo de dejarte sorprender.
Al final no se trata de encontrar a alguien perfecto que cumpla perfectamente tu lista. Se trata de encontrar a alguien que te guste, que admires, con quien compartas lo esencial y con quien puedas decir: “quiero construir contigo y aprender a amarte cada día mejor.”
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Quizá no es que nadie alcance. Quizá llevas tanto tiempo buscando a la persona que imaginaste que todavía no has dejado espacio para conocer a esa persona que Dios puede poner frente a ti.
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