Una mirada afirmativa
de la sexualidad,
vista a la luz del amor.

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¡Hola! Te escribo estas líneas de mujer a hombre, con la honestidad de quien reconoce en ti una fuerza inmensa y un deseo genuino de amar de verdad. Puedo ver a menudo cómo el mundo te envía mensajes confusos sobre lo que significa ser hombre y cómo vivir tu sexualidad.

Te dicen que tus impulsos son solo «instintos» biológicos o que tu valor se mide por la conquista, algo que encuentro mucho en sesiones y que abruma a hombres como tú. Hoy quiero invitarte a mirar más allá, a descubrir el mapa de un tesoro que San Juan Pablo II nos dejó: la Teología del Cuerpo.

Sé que sos protector

Sé que tienes un deseo profundo de cuidar a la mujer que tienes a tu lado, ya sea tu novia, tu prometida o tu esposa. Esa fuerza que sientes no es un error de diseño. Es el motor de tu vocación.

Para amar como ella necesita —y como tú en el fondo anhelas— hace falta entender que tu cuerpo y tus deseos cuentan una historia divina. Es cierto que, por naturaleza, el hombre suele ser más sensible a los valores sexuales del cuerpo, lo que Karol Wojtyła llamaba la «sensualidad». Esto no es malo en sí mismo. Es la «materia prima» con la que se construye el amor.

Tu fisiología masculina está orientada a la acción y a la expansión, pero la Teología del Cuerpo nos enseña que el hombre no debe ser esclavo de sus impulsos.

Sé que quieres amar de verdad

Amar de verdad significa que tu voluntad debe tomar ese impulso sensual y elevarlo al nivel de la persona. No se trata de negar que ella te atrae físicamente —¡Dios te creó así!—, sino de reconocer que ella es «alguien», no solo «algo». Es el amor que busca el bien del otro. Nunca trates a una persona como un medio para un fin, sino siempre como un fin en sí misma.

Es importante ser conscientes que Cristo nos invita a mirar «al principio» para entender nuestro diseño original. Al inicio, Adán experimentó la «soledad original». Estaba solo frente a la creación, dándose cuenta de que, aunque era señor de la tierra, no encontraba a nadie igual a él.

Cuando Dios crea a la mujer, Adán exclama con júbilo: «esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne». En ese momento, él no vio un objeto de placer, sino un «segundo yo», una persona en quien pudo reconocerse y con quien pudo salir de su soledad para entrar en la «comunión de personas».

Sé que quieres ser para ella

Tu cuerpo es un signo que revela a la persona. Tu masculinidad existe «para» su feminidad. Su feminidad, «para» tu masculinidad.

San Juan Pablo II hablaba de que el cuerpo tiene un «lenguaje». En las relaciones sexuales, ustedes están diciendo algo muy profundo. Las palabras del matrimonio son: «prometo serte fiel… amarte y respetarte todos los días de mi vida» y el acto conyugal es el momento en que esas palabras se hacen carne.

Para que este lenguaje sea verdadero, debe haber una entrega total. Cuando se introducen medios artificiales que cierran la puerta a la vida, el lenguaje del cuerpo se falsifica. Es decir, se dice «me entrego todo», pero se retiene una parte esencial de la propia humanidad: la capacidad de ser padre o madre.

Sé que quieres una relación pura

La pureza es un «sí» gigante a la belleza integral de la mujer, es la capacidad de ver en ella a una hija de Dios y una compañera elegida por el Amor eterno.

San Pablo te da la instrucción más audaz de todas: «maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella». ¿Cómo amó Cristo? Dando la vida hasta la última gota.

Cuidar a tu mujer significa ser su «cabeza» no como un jefe autoritario, sino como quien lidera en el servicio y el sacrificio. Significa estar atento a sus necesidades, a su ritmo biológico y a su mundo interior. La virtud de la continencia periódica, por ejemplo, no es una carga pesada, sino un ejercicio de amor maduro que te permite decir: «te amo tanto que puedo esperarte, porque tu persona es más importante que mi placer inmediato».

***

Estimado varón, me tengo que ir despidiendo. Me despido recordándote que cuidarla de esta forma, no empobrece el amor. Lo hace más intenso, espiritual y auténticamente humano.

Tu deseo de amar inmensamente es la huella de Dios en ti y la Teología del Cuerpo no viene a apagar tu fuego, sino a enseñarte a canalizarlo para que ilumine y dé calor a tu hogar, en lugar de consumirlo.

Bibliografía

  • Wojtyła, Karol (Juan Pablo II). Amor y Responsabilidad: Estudio de Moral Sexual. Prefacio de Henri de Lubac. Tercera edición. Madrid: Editorial Razón y Fe, S. A., 1978
  • Juan Pablo II. El amor humano en el plan divino: Catequesis sobre la redención del cuerpo y la sacramentalidad del matrimonio. Pamplona: Fundación GRATIS DATE, 2003. Esta obra recopila las 129 catequesis dadas en Roma entre el 5 de septiembre de 1979 y el 28 de noviembre de 1984.
  • Pablo VI. Carta Encíclica Humanæ Vitae: sobre la regulación de la natalidad. 25 de julio de 1968.
  • Concilio Vaticano II. Constitución Pastoral Gaudium et Spes: sobre la Iglesia en el mundo actual. 7 de diciembre de 1965
  • Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Familiaris Consortio: sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual. 22 de noviembre de 1981

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Antes de responder a esa propuesta —antes de decir que sí o que no— necesitas saber exactamente qué te están ofreciendo. Porque muchas personas dicen «sí» a algo que no terminan de entender. Otras dicen «no» sin poder explicar bien por qué. Vamos por partes.

¿Qué es una relación abierta?

Una relación abierta es un acuerdo entre dos personas en pareja donde se permite tener relaciones sexuales con otras personas fuera de la pareja, con conocimiento de ambos.

Se puede decir ­que se diferencia de la infidelidad, ya que hay consentimiento declarado—aunque en mi pobre opinión sigue siendo infidelidad, aunque ellos estén supuestamente de acuerdo—.

Se diferencia de la poligamia en que no hay un vínculo formal ni “compromiso real” con las otras personas. Y se diferencia del poliamor en que en el poliamor según ellos puede haber amor genuino hacia varias personas a la vez.

En la relación abierta, al menos en teoría, la pareja principal sigue siendo «la principal» y lo demás es principalmente sexual.

¡Aquí, querido lector, tuve que respirar para seguir escribiendo jaja! ¡El mundo está muy loco perdón!

En la práctica hay muchas versiones: solo uno sale con otros, los dos salen, solo juntos con terceros, con reglas, sin reglas, con fechas de revisión. Lo que todas tienen en común es esto: el acuerdo de exclusividad que define al amor de pareja queda suspendido.

¡Qué decir si esto es dentro de un matrimonio! ¡Mejor, sigamos!

La pregunta que nadie hace

Cuando alguien recibe esta propuesta, la conversación casi siempre se va al mismo lugar: «¿está bien o mal?», «¿es normal?», «¿lo hacen muchas parejas?».

Hay una pregunta más importante que casi nadie hace: “¿por qué me lo están proponiendo ahora?”.

La investigación es clara en esto: la propuesta de abrir una relación casi nunca llega cuando todo va bien. Llega cuando algo ya falló. Es decir, llega cuando aparecen el aburrimiento, la distancia, la insatisfacción y o el miedo al compromiso.

En lugar de nombrar ese problema y trabajarlo, se presenta una solución que suena moderna, valiente y hasta generosa: «¿y si le damos más “libertad” a esto?».

Abrir una relación que ya tiene grietas no la repara. Amplía esas grietas. Lo que entró roto, sale más roto. Yo creo que es tan simple como que El amor une, todo lo que divida no viene del Amor.

Lo que dicen los datos — y esto sí que impresiona

La Universidad de Rochester hizo un estudio amplio sobre distintos tipos de relaciones no monógamas. Sus hallazgos deberían leerse antes de tomar cualquier decisión.

Encontraron que el grupo que peor le fue en todos los indicadores —satisfacción, bienestar psicológico, soledad, distress emocional— fue el de las relaciones abiertas unilaterales.

Las relaciones abiertas unilaterales son aquellas donde uno de los dos quería monogamia y aceptó el acuerdo, generalmente por miedo a perder a su pareja. En ese grupo, el 60% estaba significativamente insatisfecho con su relación. Casi tres veces más que los grupos monógamos.

Léelo de nuevo: el 60% estaba insatisfecho con la relación abierta unilateral. No es una anécdota. Es el escenario más probable cuando alguien dice que sí a algo que en el fondo no quiere.

Y hay otro dato que conecta directo con lo que pasa psicológicamente: las personas con apego ansioso —las que tienen más miedo al abandono o que aman con mayor entrega, las que más necesitan sentirse seguras en su relación— son exactamente quienes más daño sufren en estos “arreglos”. Experimentan los celos con más frecuencia e intensidad. Perciben amenazas donde otros no las verían. Responden con más miedo, enojo y tristeza.

Es decir: quien acepta por miedo a perder a su pareja, suele ser la persona que menos puede sostener ese acuerdo emocionalmente.

Lo que pasa en tu cuerpo y por qué importa

Hay un argumento que intenta sonar razonable cuando te proponen esto: «es solo físico, no significa nada con las otras personas». Desde ahí todo parece más manejable.

Ese argumento tiene un problema de fondo: el cuerpo no es una herramienta separada de quién eres. No existe «solo físico» en el ser humano. Cuando entregas tu cuerpo, te entregas tú.

Es decir, cuando entregas tu cuerpo, psicológicamente también entregas tu historia, tu vulnerabilidad, tu capacidad de apego. San Juan Pablo II lo desarrolló con mucha profundidad en la Teología del Cuerpo. El cuerpo habla un lenguaje y ese lenguaje dice «me entrego a ti». Cuando ese lenguaje se dice a varios al mismo tiempo, no se multiplica el amor, se fragmenta la entrega.

Lo que muchos descubren demasiado tarde es que el cuerpo no sabe de acuerdos “racionales”. El cuerpo siente. El cuerpo se apega. El cuerpo se lastima.

La trampa de decir que sí por no perderlo

Este es el escenario más frecuente y silencioso: alguien acepta la relación abierta no porque la quiera, sino porque teme que, si dice que no, su pareja se va. En ese miedo dice que sí, convenciéndose de que va a poder, de que va a adaptarse, de que el amor lo sostiene todo.

Eso no es una decisión libre. Es una negociación hecha desde el miedo. Las decisiones tomadas desde el miedo casi siempre cuestan más de lo que se anticipó.

Si estás en ese lugar — si tu «sí» no es un sí genuino sino un «sí para que no te vayas» — lo que la propuesta te está revelando no es una oportunidad. Es información. Te está diciendo cómo te ve quien tienes enfrente.

¿Te ve como persona o como cosa? ¿Qué lugar ocupa tu bienestar en esa ecuación?

***

Para finalizar, te dejo otras 4 preguntas. No te pregunto si está bien o mal. Te pregunto algo más honesto:

  • ¿Te están amando o te están negociando?
  • ¿Esto es una propuesta o una condición?
  • ¿Cuánto de ti estás dispuesto a suprimir para que alguien se quede?
  • ¿Si tuvieras la certeza de que tu pareja se va a quedar sin importar lo que respondas, seguirías diciendo que sí?

La respuesta a estas preguntas —antes que cualquier acuerdo, antes que cualquier conversación sobre reglas y límites— son las que te dicen si lo que tienes enfrente es una relación o una negociación de supervivencia.

Si es lo segundo, el problema no es si abrir o no la relación. El problema en esa relación es más viejo que esa propuesta. Y merece una conversación diferente. En el fondo de tu corazón sé que anhelas un amor total, de entrega total para toda la vida, no te conformes.

Una reflexión sobre las personas que se llaman a sí mismos “therians”


En febrero de este año, caminando con una amiga por la Avenida Santa Fe, en Palermo, Capital Federal, vi un grupo de adolescentes y le dije a mi amiga “mirá los disfraces de esos chicos”. Ella, que es vecina de la zona, me dijo “no son disfraces, son therians”. Me llamó muchísimo la atención las máscaras que llevaban puestas. Por la época tranquilamente podría haber sido un grupo de amigos festejando carnaval.

En este artículo quiero que reflexionemos sobre nuestra identidad desde el Catecismo de nuestra iglesia y que pensemos a esta moda de los therians como un fenómeno que viene a socavar nuestra identidad.

A su vez, no quiero dejar de mencionar que la reflexión sobre las personas que se auto mencionan a sí mismas “therians”, no dejan de merecer, de nuestra parte, una mirada con las lentes de Jesús: una mirada misericordiosa, pues no dejan de ser hijos amados de Dios, hermanos en Cristo.

La máscara en el mundo griego pre cristiano

Al ver por primera vez a los therians, pensé en la máscara griega. Quiero compartirles estas ideas que explican una cultura que era muy diferente a la nuestra para ver cuán lejos de nuestra vida, de nuestra realidad, se conecta este fenómeno de los therians.

La función de identificación generalmente atribuida a la máscara era en la antigua Grecia una función representativa. Quien la usaba encarnaba para otro la identidad que su disfraz le confiere. Así, la máscara poseía una naturaleza ficticia.

Esta civilización, sí era rica en expresiones enmascaradas. Tenían las mascaradas y rostros de animales en el culto a Deméter, máscaras de osos al servicio de Artemisa, máscaras religiosas dionisíacas y la mueca de la Gorgona. Cada una de esas divinidades abría un pasaje entre los dominios salvaje y civilizado. Es decir, conectaba la vida de los seres humanos con el mundo animal. Es importante destacar que los dioses griegos no eran dioses creadores, habitaban el mundo sin haberlo creado.

Por otra parte, estaba la máscara de la tragedia que borraba la identidad del actor que la usaba para permitir que un nuevo personaje, independiente de cualquier figura dada y de competencia original. La única modalidad que la máscara trágica le confiere, entonces, es el poder no de ser, sino de convertirse en otro.

Cuando vi a esos jóvenes disfrazados y con máscaras de animales, pensé en esos hombres que se ponían máscaras para representar los personajes de las tragedias en el teatro de Dionisos. Pensé en esos que se ponían máscaras para realizar rituales a Artemisa, diosa vinculada a la caza de animales.

Conecté en mi mente a esos jóvenes con los rituales y el entretenimiento teatral de una ciudad en la que aún no había llegado San Pablo a anunciar a Cristo. Pensé, entonces, cuán lejos de nosotros, de nuestra vida, de nuestra rutina, está esa moda -y hablo de moda porque tengo la esperanza de que sea algo pasajero- de esos jóvenes que se visten como animales y ocultan sus rostros por un artefacto que los convierten en animales.

Etimología de la palabra “therian”

Los hombres que actuaban en el festival de Dionisos en Athenas o los que rendían culto a Demeter o Artemisa, usaban la máscara un ratito: el ratito que representaban. Luego, volvían a su vida familiar. Aristóteles en la Política explicó que la familia era, en esta cultura pre cristiana, el núcleo de la comunidad, que vivía en una polis.

Hoy vemos en Capital Federal a un grupo de jóvenes que se denominan a sí mismos Therians”. “Therian” es un neologismo que viene de la palabra “therion”, del griego antiguo, que significa “bestia”. Así, que hoy en día, un hombre o que una mujer se llame a sí mismo “therian” no revela más que el uso -en el discurso de esa persona- de un recurso literario conocido como “animalización”. La animalización consiste en construir, en la ficción, a los personajes humanos como animales.

Que un hombre o que una mujer hablen de sí mismos como animales no revela más que una auto animalización. Es decir, al identificarse con un animal, se animalizan a sí mismos. Pues, con el uso de la máscara y la vestimenta se convierten, como los actores de la tragedia griega, o los individuos que rendían culto a los dioses griegos en una Grecia que aún no había recibido la Nueva Noticia, se convierte en eso que se disfrazan: un animal.

“No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros” Jn. 15, 16

Si hay un santo relacionado con la identidad cristiana y con el teatro, es San Juan Pablo II. Zavalla, en su libro sobre los dolores en la infancia y adolescencia del papa, explica cómo al morir su otro hijo, frente al ataúd y en presencia de Karol, exclamaba “que se haga Su voluntad”.

Karol tenía, además, facilidad para los idiomas. Había estudiado, en el liceo, filología polaca. Durante la ocupación nazi, al tiempo que trabajaba en una cantera, hacía teatro rapsódico. Fue uno de los promotores del teatro rapsódico en una Polonia en la que estaba censurado. Tenía mucho talento como actor.

Luego de que muere su padre, en 1941, se pregunta sobre su identidad, para qué está en este mundo. Es ahí cuando discierne su vocación. Muchos de sus amigos habían fallecido, dando la vida por la patria. En este contexto de dolor ante tantas pérdidas comienza a pensar para qué Dios lo creó. Recibe la respuesta, entonces, del llamado al sacerdocio.

Es aconsejable que todos los jóvenes, en algún momento, perdamos el miedo de ir al Santísimo y le preguntamos al Señor ¿cuál es el sueño que soñaste para mí? ¿Cuándo fui creado qué soñaste para mí? Nuestra identidad está íntimamente unida a ese sueño que tiene que ver con nuestra vocación.

La vocación, o sea el matrimonio o la vida consagrada, son los únicos dos llamados que Dios hace a cada uno de sus hijos -o uno o el otro-. Son solo dos. La vocación define nuestra identidad. Ahondemos ahora en nuestra identidad un poquito más profundo.

“¿Qué es el hombre para que te fijes en él?” Salmo 144, 3

Cuando en Gaudium et Spes Juan Pablo II explica el misterio del hombre,parte de tres premisas: imagen de Dios, unidad de cuerpo y alma y varón y mujer. Nuestro cuerpo revela a nuestra persona y todo lo que afecta a nuestro cuerpo afecta el alma. Cuerpo y alma son una unidad.

El hombre es persona porque es imagen de Dios. Ser persona es alguien capaz de conocerse, de darse libremente, de recibir a otro libremente, de entrar en comunión con otras personas.

Nuestro cuerpo revela a la persona de otro modo. Somos hijos, es decir, hijos amados de Dios, adoptados por Él mediante el bautismo, hermanos en Cristo. Somos además hijos de nuestro papá y de nuestra mamá. Salimos del vientre de nuestra madre vulnerables, dependientes, sin cariño, sin calor, sin cuidado, un bebé muere. Dependemos hasta que nos independizamos de nuestro papá y de nuestra mamá. Dependemos de Dios Padre hasta que llegamos al Cielo.

Somos, además, don: fuimos creados a imagen y semejanza de Dios para donarnos. Nuestra biología habla de una entrega. Que el matrimonio sea fecundo supone que es abierto a la vida. La apertura a la vida supone un salir de sí mismo del varón y un recibir de la mujer que, en el abrazo conyugal, renuevan el sí que dieron en el altar. Ese salir y recibir supone la posibilidad de esperar un nuevo integrante en la familia luego de esa unión conyugal.

La sexualidad, el ser varones o mujeres, es la tercera característica que nos define. La anatomía de nuestro cuerpo, una vez más, revela la forma como Dios Padre nos creó. Cuando entramos a un quirófano, no importa qué nosotros hayamos mencionado sobre nosotros mismos, somos un varón o una mujer, en una camilla, frente al cirujano.

Esa realidad de la anatomía nos indica que nuestros cuerpos de varones o de mujeres nos son dados. Es decir, en nuestra concepción, en el momento en el que el espermatozoide y el óvulo dejan de ser un espermatozoide y un óvulo para ser un embrión, ya hay ADN femenino o masculino. Desde esa instancia en la que Dios da permiso para que luego del abrazo conyugal un nuevo integrante se sume a la familia permitiendo la existencia de una nueva vida, en la creación de una nueva persona, en ese fiat, ya el ADN de ese origen habla de si somos varón o mujer.

***

¿Qué somos? Somos hijos amados de Dios y de nuestros padres. Somos don: fuimos creados para amar y dejarnos amar, a imagen y semejanza de Nuestro Creador. Somos además o varones o mujeres, y esa identidad sexual forma parte de nuestra biología desde el fiat que inició nuestra vida. Esta identidad nos es dada. Es un regalo que nos hace Nuestro Padre.

¿Cómo no valorarnos? ¿Cómo no agradecerle? ¿Cómo no alabarlo cuidándonos, cuidando lo que somos? ¿Cómo no mirar con misericordia a quienes no conocen -o no recuerdan o se han olvidado- esta verdad y se animalizan a sí mismos?

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