Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz
del amor.
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“Jacob trabajó siete años para poder casarse con Raquel, pero le parecieron unos pocos días, por el gran amor que le tenía.” Génesis 29, 20.
Ya se ha hablado que el hombre y la mujer son distintos. Eso no quiere decir que son diferentes en aptitudes, virtudes o sentimientos. Tanto hombre como mujer razonan, aman y sufren. Puede hallarse la virtud de la fortaleza en una mujer, así como la sensibilidad en un varón, e incluso en algunos casos, ella puede ser más fuerte que él, y él más sensible que ella.
Cuando decimos que son distintos nos referimos al modo de asimilar y reaccionar a las afecciones. Varón y mujer sufren y, aun así, la forma de afrontar el dolor no es la misma. Ambos se enamoran y la manera en que el amor los afecta es distinta.
Por eso considero importante que expongamos esta pregunta: ¿qué pasa cuando el varón ama? Responder esta cuestión no solo podría ampliar el conocimiento que la mujer tiene de nosotros, sino que puede exhortarnos a rescatar esta verdad esencial en nuestro ser.
Un corazón convencido
Cuando se enamora, el hombre en su simplicidad reacciona sin muchos rodeos: A o B. Lo quiero, lo busco. Hay una anécdota que lo ejemplifica. En medio de una tertulia, el prócer argentino José de San Martín conoció a quien sería su esposa, Remedios de Escalada. La respuesta fue corta y concisa: “esa mujer me ha mirado y me ha mirado para toda la vida”,expresó a su amigo Mariano Necochea. Tal así es la llaneza del razonamiento masculino.
Cuando una mujer no solo le parece atractiva, sino que la ve como “material para pareja”, responde desde el total convencimiento. Obvio que se consideran las diversas circunstancias, pero en cuanto a la manera de interpretar este sentimiento, no hay margen de vacilación. Definitivamente, quiero estar con esta mujer.
Acá surge la pregunta válida ¿si están así de convencidos, por qué algunos varones engañan a sus parejas? Esto que a primera vista parece contradictorio, en realidad son dos aspectos distintos de la afectividad masculina. El hombre sabe cuándo ve a una mujer como “futura pareja” y cuándo es una mera atracción sexual, aunque muchas veces la segunda termine imponiéndose sobre la primera. El que uno esté enamorado férreamente no anula los impulsos, ni garantiza fidelidad. Solo la disciplina y la virtud lo aseguran.
Sentir por sentir de nada vale
Comprender esta simple reacción explica cómo respondemos a este sentimiento. Asumir que se está enamorado implica dos posibilidades: o no hacemos nada y esperamos que el sentimiento se esfume o entramos en acción y emprendemos la conquista.
Para la lógica masculina, el sentimiento es inútil sin una reacción práctica. El enamorarse debe ir seguido de actos, no hay algo como un “sentir por sentir”. Un hombre que siente algo por una mujer, pero no está dispuesto a hacer nada, se queda a mitad de camino.
La costumbre de que “el hombre debe dar el primer paso” no es simplemente cultural, ni una cuestión de roles asignados. Parte de su disposición natural al actuar, sin detenimientos de la imaginación o la reflexión. Eso no asegura éxito en su empresa y es posible que sus sentimientos no sean correspondidos. Pues “el hombre propone, pero la mujer dispone”. Lo importante es que tenga la seguridad y el valor para obrar conforme a lo que siente.
Un sacrificio casi ilógico
Ahora bien, ¿cuál es la manera de demostrar este amor? Como así de llana es su forma de sentir, así de llana es su forma de expresarse. Servicio, cuidado y protección: es en el acto concreto en donde él ama y en dónde él se siente cómodo amando.
Hay en el hombre enamorado una disposición al sacrificio casi ilógica, en donde no mide esfuerzo ni distancias. Es gracioso notar cómo la mujer llega a asombrarse e incluso preocuparse por el nivel de entrega física que puede hacer su amante, y él en realidad no está lamentando su sacrificio, es más, ni siquiera lo premedita.
Ayuda y acompaña, va y viene, busca y lleva, muere y mata, sin consideraciones. Naciones enteras han sido arrasadas a causa de una mujer.
Es más fácil manifestar nuestra convicción en obras que en palabras. Muchas discordias surgen por esperar que el varón se exprese con palabras románticas o gestos de cariño. No es que no puedan, y el varón avispado sabe que son cosas que una mujer espera, pero definitivamente no son su fuerte. De hecho ¡los hace porque ella los espera! Puede que para él una flor sea solo una flor, pero entiende que a ella le gustan, y no necesita otra razón.
Dos objeciones
Después de todo lo dicho, algunos lectores pudieron haber quedado confundidos, por lo que cabe hacer un par de aclaraciones.
En primer lugar, dijimos que el varón, convencido de su amor, tiende a manifestar esta convicción. Acá podríamos objetar que “no todos los hombres enamorados se atreven a hablar con la mujer”. Es cierto, muchos optan por ocultar sus intenciones, por más convencidos que estén, pero esto no es porque no haya reacción, sino porque el hombre sigue siendo libre de no responder a ella.
No hay determinismo en los actos de la voluntad. Se necesita practicar la virtud y la confianza para ser fieles a uno mismo y a la propia naturaleza.
Por otro lado, podríamos preguntarnos “¿pero no existen acaso varones poetas y románticos?”.Claro que sí, algunos tienen este tacto y sensibilidad, pero esto en realidad es un “extra” y no anula la disposición a la acción. La facilidad del hombre para las palabras bonitas puede ser una virtud o un vicio. Virtud porque puede ser que comprenda las necesidades femeninas y sepa suplirlas. Vicio, porque hay algunos que hablan mucho, pero obran poco.
Como criterio, la mujer encontrará el amor sincero del varón más en sus actos que en sus palabras.
El miedo que callamos
Esto que voy a decir va de la mano con lo que dije anteriormente, que hay unos que por falta de confianza no se animan a expresar sus intenciones. Esta inseguridad parte de otra verdad natural masculina: el querer que su trabajo sea valorado.
El varón al esforzarse y servir a la mujer que ama, no solo espera ser correspondido, busca sentirse respetado y valorado. La admiración y la gratitud femenina son importantes para que preserve la confianza en sus acciones y esté en paz consigo mismo.
Si hay algo por lo que el hombre sufre, es por no sentirse útil. De ahí que hay un miedo, silencioso, áspero, en no ser suficiente para servir a la mujer. Las dificultades económicas, domésticas o físicas son un peso enorme que lo hacen creerse incapaz de ayudar y proveer.
El varón que no siente confianza para declararse, carga con el sentimiento de no ser suficiente para cumplir su rol.
***
En conclusión, el amor del hombre es callado, pero no hacen falta las palabras para que sea sincero. Como San José, en su silencioso servicio y labor, demuestra su amor.
En 1901, G. K. Chesterton contrajo matrimonio para toda la vida con Frances Blogg. En una de sus anécdotas, el célebre escritor relata que, yendo de camino a la ceremonia, se detuvo a comprar su regalo de bodas: balas y un revólver. La razón de este curioso obsequio, cuenta él, es simple: “porque mi boda es la gran aventura de mi juventud, y también porque tenía la vaga idea de proteger a mi mujer de los piratas”.
Supongo que, tal vez, la vivencia del amor deba asumirse con esta sencillez e inocencia infantil de Chesterton, concibiéndola como una aventura. El varón solo puede ser fiel a esta verdad intrínseca de su corazón volviendo a la audacia, la emoción y a preferir el desafío sobre la comodidad y, sobre todo, estar dispuesto a proteger a la princesa.
Soy Juani Rodriguez pero @decime.negro
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Cuando ves a tu pareja débil, agotada, triste o desbordada, es muy fácil que se te active el instinto de ayudar. La conoces, sabes cómo es y enseguida aparecen soluciones en tu cabeza: lo que debería hacer, lo que tendría que cambiar, lo que le vendría bien. Ese impulso de cuidar nace del amor y es maravilloso.
El problema aparece cuando pasas de querer ayudar a sentir que tienes que solucionarle la vida. Porque una cosa es tenderle la mano y otra agarrar el volante. Cuando empiezas a decidir por el otro, la relación corre el riesgo de convertirse, casi sin darte cuenta, en una relación entre padre e hijo o madre e hija.
El complejo de salvador
Ver sufrir a alguien que quieres es difícil, y más todavía cuando crees que puedes evitarle ese sufrimiento. Entonces, aparece el complejo de salvador: la necesidad de encontrar la solución, tomar las decisiones y sacar al otro del problema.
Detrás de una intención aparentemente generosa puede esconderse una idea peligrosa: «yo sé lo que necesitas mejor que tú». Cuando piensas así, dejas de estar al lado del otro para colocarte por encima.
Amar también es confiar en que tu pareja puede afrontar su propia vida. A veces ayudar no consiste en rescatar, sino simplemente en quedarse cerca y decir: «no sé qué necesitas, pero estoy aquí contigo».
El momento en que te pones el silbato
Hay un momento en el que el deseo de ayudar cambia de naturaleza: es cuando te pones el silbato en la boca y empiezas a marcar jugadas. «tienes que hacer esto», «no deberías pensar así», «lo estás haciendo mal», «te lo dije», «si me hicieras caso…». Ya no estás acompañando; estás evaluando, corrigiendo y dando instrucciones.
Tu pareja puede necesitar que le ayudes, que le des tu opinión o incluso que le señales algo que no está viendo, pero hay una enorme diferencia entre ofrecer una mirada y dictar sentencia. Nadie quiere sentirse permanentemente examinado por la persona que ama.
No eres su educador, instructor, ni coach
Grábatelo a fuego: no eres su educador, ni su instructor, ni su coach. Eres su compañero de viaje. Tu pareja es un adulto, con su propia historia, sus fortalezas y sus errores. Puedes ayudarla a crecer sin asumir la responsabilidad de hacerla crecer tú.
Eso no significa mirar hacia otro lado cuando se equivoca, sino respetar su libertad incluso cuando no tomarías las mismas decisiones. Puedes dar tu opinión, hacer una pregunta o señalar algo que quizá no esté viendo, pero después toca dejarle espacio para decidir. Acompañar no es conducir. Cuidar no es controlar.
La diferencia entre ayudar y paternar
Ayudar a tu pareja significa estar disponible sin quitarle el protagonismo sobre su propia vida. Paternar o maternar es empezar a asumir como propia una responsabilidad que corresponde al otro: recordarle constantemente lo que tiene que hacer, resolver sus problemas o insistir en lo que debería cambiar.
La pregunta es sencilla: «¿estoy ayudando o estoy haciéndome responsable de su vida?». En lugar de «tienes que hacer esto», puedes preguntar «¿quieres que pensemos juntos qué puedes hacer?». En lugar de «te lo dije», «¿cómo puedo ayudarte ahora?». Ayudar dice: «estoy contigo»; paternar dice: «yo me ocupo de ti».
La trampa de «yo sé lo que te conviene»
Con los años llegas a conocer muchísimo a tu pareja. Sabes qué le preocupa, qué le suele funcionar y hasta puedes ver venir una decisión equivocada antes de que la tome. Entonces, aparece la tentación: «hazme caso», «yo sé lo que te conviene». Puede que tengas razón, incluso mucha razón, pero tener razón no significa que tengas que tomar el mando.
Cuando tu pareja está bajo mínimos, quizá no necesita una solución, sino sentirse comprendida y acompañada. Antes de darle un consejo, puedes preguntarle: «¿quieres que te diga lo que pienso o prefieres que te escuche?». A veces la mejor manera de ayudar es simplemente quedarse al lado y decir: «no sé cómo solucionar esto, pero estoy contigo».
Mismo equipo, mismo dorsal
En una pareja habrá momentos en los que uno esté fuerte y el otro bajo mínimos. Hoy puedes ser tú quien sostenga y mañana necesitarás que sea tu pareja quien te sostenga a ti. La igualdad no significa que los dos aportéis exactamente lo mismo en cada momento, sino que los dos tenéis el mismo valor dentro del equipo.
Por eso me gusta pensar en la pareja como un equipo deportivo: en este partido que es vuestra vida, los dos jugáis en la misma categoría y lleváis el mismo dorsal. Puedes cubrir a tu pareja cuando esté cansada, ayudarla a levantarse o darle una asistencia, pero sigues jugando a su lado, no por encima de ella. Eres su compañero de equipo, no su entrenador.
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Sí, eres su compañero, no entrenador. Tu pareja no necesita que la salves. Necesita saber que no está sola. Puedes ayudarla a levantarse cuando esté bajo mínimos, sostenerla cuando no pueda más, ofrecerle tu opinión y señalarle algo que quizá no esté viendo, pero sin convertir tu ayuda en control.
Así que la próxima vez que veas a tu pareja atravesando un momento difícil, antes de sacar el silbato, prueba a hacer algo mucho más sencillo: ponte a su lado. Pregunta qué necesita. Escucha. Ofrece tu ayuda. Confía en ella. Porque en el partido de vuestra vida lleváis el mismo dorsal: sois compañeros de equipo. Y los compañeros se ayudan, se cubren, se animan; no se entrenan entre ellos.
Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos, al menos en voz alta, pero que debería aparecer cada vez que abrimos Instagram o Facebook: “¿lo que veo aquí es real?”. Está, también, su contraparte, más incómoda: “¿lo que yo publico me representa de verdad?”.
Este artículo quiere ser una invitación a pensar en esto. Porque la forma en que nos mostramos —o nos ocultamos— en el mundo digital dice mucho sobre cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás. ¡Veamos!
Lo que observamos siempre pasa por filtros
Cuando alguien publica una foto de sus vacaciones, su logro o su pareja, está eligiendo un fragmento de su realidad. Solo uno. Ese fragmento pasa por al menos tres filtros: el estético, el emocional y el social. No es necesariamente una mentira, es una selección intencionada.
El problema surge cuando olvidamos que estamos viendo fragmentos, no el todo. Comparamos nuestra vida entera (con sus miedos y sus dudas) con los mejores momentos editados de otra persona.
Esa comparación nunca será justa y pocas cosas erosionan más la autoestima que repetirla sin conciencia. Recuerda que cada persona es un mundo complejo e irrepetible. Reducirla —o reducirnos— a lo que aparece en una pantalla es empobrecer esa riqueza.
¿Qué publico yo? Honestidad con prudencia
Antes de publicar, resulta oportuno detenerse y hacerse dos preguntas:
- ¿esto me representa?
- Y, más importante aún: ¿estoy listo para las consecuencias de compartirlo?
La honestidad en redes, recordemos, no exige transparencia total. Exige coherencia.
Publicar con autenticidad no significa exponer cada pensamiento o cada herida. Significa que lo que sí compartes es genuino: cuando dices que algo te importa, en realidad es así.
Debemos conocernos a fondo para relacionarnos desde lo que en verdad somos. Esa conciencia de uno mismo es la brújula que distingue la imagen construida del testimonio auténtico.
¿Ocultar no es hipocresía?
La palabra hipocresía proviene del griego hypokrisis: actuar en el teatro. Los actores de la Grecia clásica usaban máscaras (prosopa) para representar personajes. No había engaño; era una convención artística.
Con el tiempo, la palabra adquirió su sentido negativo al usarla el Evangelio de Mateo con una connotación moral. Esa raíz teatral guarda una sabiduría: no toda máscara es deshonesta. Algunas son necesarias.
Mostrarse vulnerable ante cualquier persona es un riesgo real. No todos cuidan lo que se les confía. Elegir frente a quién quitarse la máscara es un acto de autocuidado, no de falsedad.
En redes sociales, donde la audiencia puede ser enorme y anónima, esa prudencia se torna fundamental. Reservar ciertas dimensiones de nuestra vida para los vínculos de confianza no es hipocresía: es sabiduría.
Autenticidad como filtro: atraer a quienes comparten tu visión
Cuando alguien se muestra con coherencia en redes, empieza a atraer personas afines. No por estrategia, sino por resonancia, así como ocurre cuando dos cuerdas de un instrumento comparten una frecuencia similar: si haces vibrar una, la otra responde sola, sin que nadie la toque.
Algo parecido sucede cuando publicas siguiendo tus valores reales y tus preguntas genuinas: abres una puerta. Quienes entran no llegan por accidente ni porque los fuercen. Llegan gracias a que cierto aspecto de lo que dijiste vibró en la misma frecuencia que algo que ellos ya llevaban dentro.
Esa es la diferencia entre acumular seguidores y cultivar comunidad. Una comunidad construida sobre afinidades reales tiene una calidad de vínculo muy distinta a la de miles de cuentas que siguen tu perfil sin saber bien por qué. La autenticidad funciona como filtro natural: no para excluir, sino para conectar mejor.
La red virtual también es comunidad real
Se dice con frecuencia que los vínculos virtuales son inferiores a los presenciales. Suele pensarse que el amigo de internet no cuenta. La realidad es más matizada. Hay personas que han encontrado en comunidades virtuales el único espacio donde podían hablar de ciertos temas sin que las juzguen.
Hay amistades que comenzaron en una red y se convirtieron en vínculos genuinos y duraderos. Yo mismo tengo algunas. No podemos distinguir lazos según el medio en que nacieron, sino según la calidad del encuentro.
¿Hay respeto? ¿Hay escucha? ¿Hay interés genuino por el bien del otro? Si las respuestas son sí, el vínculo tiene relevancia, ya sea que haya nacido en un aula, en un café o en un hilo de X. Construir una red virtual basada en valores compartidos no es un sustituto de la vida real, es una extensión de ella, como diría Marshall McLuhan.
No publicar todo, pero no mentir sobre quién soy
Las redes sociales son un espacio ambiguo. Pueden construir falsas identidades o revelar dimensiones auténticas de quien las habita. Depende de la conciencia con que se usen. El mensaje no es “muéstrate todo”, como tampoco “cuídate de todo”. Es más bien “sé fiel a ti dentro de los límites que tú mismo elijas con prudencia”.
Tienes derecho a la privacidad y a reservar partes de tu vida para quienes se las han ganado. Tampoco construyas una identidad digital que no tenga nada que ver contigo. Esa distancia entre quién eres y quién finges ser tiene un costo y ese costo se paga con heridas emocionales. La autenticidad no es una performance, es una forma de respetarse y amarse.
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Cuidar cómo te muestras en redes no es vanidad ni falsedad: es conciencia. No hay nada malo en querer que lo que publicas se vea bien, siempre que guarde coherencia con quien en realidad eres.
Una señal útil para comprobarlo es preguntarte si sentirías vergüenza si alguien que te conoce en profundidad comparara tu perfil con tu vida cotidiana. La distancia entre ambos dice mucho.
También sirve recordar que los vínculos que nacen en entornos digitales pueden ser genuinos y duraderos; lo que los define no es el canal, sino la calidad del encuentro. Y cuando las redes empiezan a erosionar tu autoestima, casi siempre hay una comparación injusta detrás. Estás midiendo tu vida completa contra fragmentos seleccionados con cuidado de la ajena. Reconocer eso es ya un acto de lucidez.
La autenticidad, en definitiva, no es mostrarlo todo ni protegerse de todo: es habitar con honestidad el espacio que decides compartir.
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