Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz
del amor.
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Creo que cualquier matrimonio (o pareja de novios) que me lea reconocerá o se ha visto en esta tesitura: «si tú no me ayudas en casa, no esperes cariño esta noche» o «yo cedí la última vez, ahora te toca a ti».
Estas son situaciones que fácilmente pueden darse. Espero que nadie se sienta mal si las ha vivido en primera persona, ¡somos humanos heridos! Seguramente son situaciones derivadas del cansancio del día a día, más cuando hay mucha tarea en el hogar con el cuidado de los hijos.
Comercio vs. comunión
Cuando convertimos el matrimonio en una especie de relación de socios comerciales con cláusulas incluidas es cuando realmente necesitamos volver al origen, al inicio: el matrimonio es comunión de personas y, desde el momento en el que dijimos ese primer sí quiero, nos debemos a nuestro cónyuge.
No deberíamos dejar que en nuestra realidad conyugal nos tratemos como medios para obtener algo, físico o emocional. Porque, cuando el afecto se negocia, deja de ser lenguaje de amor y se convierte en instrumento de poder.
Somos don
No es lo mismo decir “te doy si me das” que decir “me entrego a ti, incondicionalmente y sin reservas”. El matrimonio solo cobra sentido si se vive al 100%, cada uno en lo que pueda dar, no cuando se convierte tristemente en un 50-50.
Algunas referencias para meditar: Gaudium et Spes 24: “el hombre no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo». Además, leemos en Humanae Vitae 9 que el amor conyugal humano es total, fiel, fecundo.
Por otra parte, recordemos al Nuevo Testamento, en Efesios 5: Cristo no se entregó «a cambio de” nuestra respuesta. Se entregó primero, gratuitamente, incluso sabiendo que la respuesta sería pobre.
Darnos al 100% recíprocamente
Es posible que alguien pudiera objetar: «entonces, ¿me toca darlo todo, aunque el otro no dé nada? ¿Eso no es dejarse pisar?». En este punto es en el que conviene aclarar: que la entrega total, la que se promete en el matrimonio, no es sumisión ni anulación.
Entregarse importa, es esencial. Ha de ser mutua y en una actitud que no ponga condiciones previas. Es decir, y este orden es clave: no doy porque recibo, sino que ambos damos y de ahí nace una reciprocidad que nadie está midiendo.
Esa reciprocidad también incluye aprender a pedir, a expresar las necesidades, a corregir al cónyuge cuando sea necesario…
Tips para evitar al “matrimonio contrato”
El peligro de vivir en modo “contabilidad es que lleve a sobrevalorar lo que uno da e infravalorar lo que uno recibe. Se convierte al afecto en algo sospechoso. Esto, por ejemplo, sucede con frecuencia en el terreno de la intimidad conyugal, en donde muchas mujeres miran con recelo las palabras cariñosas de su marido pensando que eso significa que él quiere una relación sexual a cambio (y viceversa en tantos ejemplos)
Empiezan entonces a pensar “¿me lo da porque quiere algo?” ¡Y es una pena contemplar así el lenguaje del amor! Porque termina perdiendo su verdad. La lógica del don es la entrega sin reservas, sin “negociación pendiente”.
Por tanto, dejo un par de ideas que podrían ayudar evitar esa especie de contrato convenido:
- la primera, dar primero sin esperar el turno a que te den a ti, cualquier oportunidad vale para aprovechar el don.
- Y la segunda, hablar de las necesidades directamente, en vez de cobrarlas indirectamente.
***
¿Acaso no nos dimos por adelantado TODO el día de nuestra boda, y el resto de nuestra vida para cumplir esa palabra? Dejemos el libro de cuentas, y convirtamos nuestro matrimonio en un cheque en blanco.
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¿Qué es lo más importante en la castidad? ¿Se decide de a uno o se vive en pareja? ¿Hay que comunicar las tentaciones y las preocupaciones, o buscar uno solo la manera de no caer en la tentación? ¿Es suficiente, para no caer en la tentación, no llevar forro?
Todas estas preguntas me quedaron dando vueltas en la cabeza después de escuchar una curiosa conversación entre dos chicos en el bondi.
La conversación, más o menos, fue así:
Uno decía que había cortado con su novia porque había decidido ser casto, pero que ella se había enojado porque él no la había incluido en el proceso de discernimiento y, como ella no quería ser casta, habían decidido cortar después de dos años de relación.
Luego continuaron hablando sobre si era conveniente o no dormir juntos con la novia, sobre si pajearse mutuamente o sobre si estar desnudos en la cama.
Al terminar la conversación, uno le dice al otro:
«Si no querés caer en la tentación, no lleves forro, porque ahí lo vas a pensar dos veces. Pero no digas que yo te lo dije.»
Y ahí pensé:
«Pucha… cómo no conocen a las mujeres.»
Primera pregunta
¿Qué es lo más importante en la castidad?
En la castidad lo más importante es el orden. De hecho, ser casto no significa simplemente no tener relaciones sexuales en el noviazgo, sino que es una cuestión mucho más amplia que «me acuesto o no con mi novia».
Lo más importante en la castidad es, como diría san Agustín —un gran santo para seguir en esta cuestión porque literalmente la luchó en este ámbito (si no saben, consulten sus Confesiones)—, ordenar el amor. O, como diríamos hoy, ordenar las prioridades.
En otras palabras, saber a qué lugar corresponde cada cosa y cada quien.
Las relaciones sexuales, dentro de una relación, tienen un lugar y un tiempo determinados. Y cuando uno está de novio o casado es algo que se vive de a dos; no se decide unilateralmente.
En el noviazgo hay una abstinencia que prepara para conocerse mejor y, en el matrimonio, la castidad significa alternar períodos de abstinencia con períodos de intimidad.
¿Y qué es lo que marca eso?
El orden en el amor, en las prioridades, el conocer los tiempos del otro, los momentos que está viviendo, etc.
Lo que me lleva a la segunda pregunta.
Segunda pregunta
¿Se decide de a uno o se vive en pareja?
En esto, parafraseando a Santo Tomás, es necesario distinguir. En principio, como en todo acto moral, hay que considerar el objeto, el fin y las circunstancias; en otras palabras, la acción, el para qué y el en qué momento.
Esto significa, nuevamente, que la virtud de la castidad no va a ser igual para una persona soltera que para alguien que está de novio, que para alguien que está casado o que para alguien que está consagrado.
No basta con una cuestión netamente prohibitiva de «no al sexo». De nuevo, es algo mucho más amplio.
Y sí, si uno está soltero, ser casto va a implicar no tener sexo con nadie, incluso con uno mismo. Pero también va a implicar no ver pornografía, purificar el corazón, los pensamientos y la manera de hablar.
Pero no va a implicar que uno sea ciego, de palo o que no tenga sentimientos ni deseos. Significa que los va a ordenar al momento que está viviendo y que, al ser soltero, le corresponde hacerlo solo.
En cambio, al estar de novio ya entra a jugar la otra persona.
Esto no es un tema que se decida en soledad. Acá el discernimiento ha de ser de a dos y debe sentar las bases del noviazgo. Es una de esas conversaciones incómodas que se han de tener en las primeras citas, porque sientan las bases de las expectativas de la relación.
Y sí, es incómoda, pero ahorra mucho si se la tiene a tiempo.
¿Pero qué pasa en el caso del pibe de la conversación?
Al ser una relación de tiempo que no se cimentó sobre estas bases, la cuestión es más difícil, pero no imposible. El tema empieza por incluir al otro en el proceso de discernimiento, empezar a charlar y a comunicar lo que uno piensa. Porque, si ya hubo intimidad física, es hora de que también haya intimidad anímica y ambos puedan conocerse más.
Después de todo, la castidad en el noviazgo es el cimiento de la castidad en el matrimonio.
Algo dialogado y comunicado que ha de ser tan sencillo como que el otro sepa qué me está pasando por dentro.
Lo que me lleva a la tercera pregunta.
Tercera pregunta
¿Hay que comunicar las tentaciones y las preocupaciones, o buscar uno solo la manera de no caer en la tentación?
A ver, entiéndase una cosa: no todos los procesos han de ser abiertos. Obviamente, si tenés un sueño con Henry Cavill, no es necesario contárselo a tu pareja, ni tampoco necesita el otro un minuto a minuto de tu cabeza, alma y corazón.
Pero sí en lo que se refiere a la vivencia común de la castidad.
Y eso incluye las tentaciones, las caídas, las preocupaciones, pero también los gustos, los deseos, con qué se está cómodo y con qué no.
O sea, la comunicación es clave y la verdadera base para vivir la castidad, tanto en el noviazgo como en el matrimonio.
Y sí, es difícil, porque es exponer la vulnerabilidad de uno al otro. Pero, después de todo, de eso se trata amar y de eso se trata la intimidad: dejar entrar al otro en uno y volverse uno.
Lo que me lleva a la cuarta y última pregunta de este artículo.
Cuarta pregunta
¿Es suficiente, para no caer en la tentación, no llevar forro?
La respuesta es tan obvia que duele, pero la vamos a explicitar porque es el corazón del artículo y porque fue un mal consejo que partía de un desconocimiento de las mujeres.
No, no es suficiente. Porque, por más que no se lleve preservativo, si la mujer está en la fase ovulatoria y ambos se ponen en ocasión, no llevar preservativo no te va a ayudar… y nueve meses después…
A ver, no se malentienda. No es que seamos animales que nos dejemos llevar por el instinto. Pero, de nuevo, conocer al otro es importante. Entender que las chicas pasamos por distintas etapas del ciclo; que va a haber momentos en los que haya más deseo y otros en los que no los queramos ver ni en figuritas, o en los que solo queramos de nuestra pareja contención, cambia mucho.
Pero todo esto requiere comunicación y conocer al otro. Saber qué es conveniente para ambos, en qué momento y cómo. Y entender que la castidad en el noviazgo es algo de a dos.
Así que mi consejo es:
¡Si querés vivir la castidad, hablá con tu novia!
Pero no digas que yo te lo dije.
La banalización del cuerpo en redes sociales implica reducir la riqueza y complejidad de nuestra corporeidad. Nuestro cuerpo debería ser entendido como una obra de arte única, a un mero objeto de consumo visual y de validación social.
Este fenómeno de la banalización no solo afecta la autoestima. También refuerza dinámicas de violencia estética y presión estructural que impactan en la salud mental y en la dignidad humana.
La pregunta es: ¿en qué momento comenzamos a ponerle precio a nuestro cuerpo? ¿Y cómo es posible que su valor esté medido por likes, seguidores y comentarios?
La era digital y de consumo en redes sociales trajo muchas ventajas y herramientas extraordinarias. Además, trajo consigo el mal uso, la priorización de la apariencia, los filtros y retoques digitales, los modelos inalcanzables como referencia de éxito y perfección. Puso así en peligro nuestra salud física y emocional al convertir el cuerpo en mercancía de aprobación social.
Body shaming
La banalización del cuerpo en redes sociales se manifiesta principalmente a través del body shaming (avergonzar el cuerpo). Es decir, burlas, críticas y ridiculización del aspecto físico que se difunden mediante likes, memes y comentarios aparentemente inofensivos, que terminan normalizando la crueldad y generando inseguridad emocional.
El fenómeno “body shaming”, puede ser externo (cuando otros critican), o interno (cuando la persona se critica a sí misma).
En el body shaming externo, nosotros poseemos el poder y control sobre él. No tenemos la capacidad de controlar, disminuir o eliminar las actitudes dañinas que otros realicen sobre nosotros, pero si podemos limitar su efecto.
Si hemos logrado desarrollar un autoestima sano y fortalecido, cualquier tipo de contaminación que suelten sobre nuestras vidas no nos afectará en absoluto. Una autoestima sana funciona como escudo de protección ante agresores emocionales. Por eso, es fundamental que hoy, en esta sociedad superficial, indiferente y sin empatía que nos rodea, procurar que nuestro escudo se encuentre fuerte y sin fisuras.
A diferencia del body shaming externo, el interno es el más difícil de combatir. Platón decía: “es peor cometer un mal que padecer un mal, porque cuando lo padezco queda alojado en el exterior, pero cuando lo cometo, queda en el interior”. Al exterior, lo podemos sanar, pero el interior tiene que ser transformado necesariamente.
Cuando llegamos a ese punto de criticarnos y dañarnos a nosotros mismos, necesitamos reiniciar nuestros sistema interno, liberarnos de toda conducta, acción, palabras, que hayan distorsionado nuestra verdad. Así, es preciso volver a mirarnos en el espejo real, como la maravillosa obra de arte que somos.
Objeto de consumo: la reducción del cuerpo.
El cuerpo humano se transforma en un objeto de consumo visual. Esta lógica convierte la identidad personal en una mercancía digital, generando insatisfacción corporal y alimentando una comparación constante con modelos irreales.
Este fenómeno no solo impacta en la autoestima, sino que también perpetúa estereotipos, fomenta la competencia estética y normaliza la presión por encajar en cánones de belleza.
La persona deja de ser sujeto y pasa a ser “contenido” que debe atraer visualizaciones.
La moda, la cosmética y estética capitalizan esta lógica. Así, las personas son utilizadas y elegidas estratégicamente para promover determinado producto.
Las chicas ambicionan ser embajadoras de marcas y saben que para ello deben cumplir ciertos requisitos estéticos que atraigan el marketing de la marca que se intenta comercializar. Las grandes marcas ya no pagan por publicidades, sino utilizan a influencers para promover sus productos.
De ese modo, se convierten en vitrinas vivientes que muestran cuerpos, rostros, piel, cabello aspiraciones. Por tanto, refuerzan la idea de que la apariencia es capital social.
Comparación constante
La comparación en redes sociales puede atentar contra la autoestima. ¡Ojo! la comparación puede ser hacia arriba o hacia abajo.
Podés mirar a quienes consideras superior y llenarte de motivación, porque se convierte en una inspiración para tu vida personal. Eso está bien. Necesitamos admirar a alguien, los héroes de nuestras vidas nos inspiran a crecer, conquistar, superar.
Lo que no es saludable es compararte con esa persona, porque son vidas y realidades diferentes. No te critiques por no ser la persona a quien admiras, mejor desarrollar fortalezas para poder ser de inspiración a otros.
También existe la comparación “hacia abajo”. Nos da una cierta sensación de alivio momentáneo al vernos “mejor” que alguien más. Esto solo puede ser bueno cuando, al ver a alguien pasando situaciones difíciles, nos hace reflexionar y valorar lo que poseemos o hemos alcanzado. Así, brota agradecimiento en nuestras vidas. Si la comparación es para sentirnos superior, solo deja en evidencia un autoestima dañada y una vida pidiendo a gritos auxilio a través de la necesidad de validación constante.
Los algoritmos de las redes sociales priorizan imágenes “ideales” que generan presión estética y ansiedad. Cada imagen genera un mensaje repetitivo: “¡quién pudiera ser así! en cambio yo, soy un desastre”. Este tipo de comparación constante alimenta la idea de no ser suficiente. Se auto imponen metas estéticas que no corresponden a la realidad.
La comparación intensifica inseguridad y pérdida de amor propio. Surgen emociones como envidia, irritabilidad o rechazo hacia uno mismo.
¡Mejorate por vos!
Mejorate, arréglate, superate, ponete metas, sé disciplinad/a en la vida, soñá, avanza y concreta lo que dejaste pendiente. Sobretodo, ¡ACAPTATE! No te detengas demasiado tiempo en tus complejos, en tus errores, en tus defectos, en tus fracasos. ¡Mejor desarrollá fortalezas!
¡Hacelo por vos! Comé más sano para sentirte más saludable y más fuerte, dormí mejor por despertar renovado/a, movete, bailá o hace un deporte para tener más energía! ¡Perseguí el progreso, no la perfección! ¡Y sobre todo dejá de hablar mal de vos frente al espejo y ¡descubrí lo increíble que sos!
En definitiva, tu cuerpo cambia, y va a seguir cambiando. Su valor tiene que ser siempre el mismo.
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La banalización del cuerpo en redes sociales no es solo un problema de estética, sino de dignidad humana. Tenemos que revalorizar el cuerpo como expresión de vida y no como objeto de calificación o de juicio.
Entendamos que es el cuerpo quien nos permite movernos, respirar, abrazar, y hacer lo que más amamos. Es verdad que no siempre vamos a amar cada parte de nuestro cuerpo. Aún ahí, merece respeto.
Cada clic puede reforzar la crueldad o abrir espacio para la empatía. La clave está en transformar las redes en un lugar donde el cuerpo deje de ser objeto de burla y se reconozca como valor personal. ¡Hagámoslo real!
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