Una mirada afirmativa
de la sexualidad,
vista a la luz del amor.

Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz

del
amor.

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«No sé qué me pasa. Hace unos días estaba bien y ahora todo me molesta. Estoy más sensible, me cuesta tener paciencia con mis hijos y siento que lloro por cualquier cosa.»

Muchas mujeres llegan a consulta con esta inquietud. Algunas incluso se sienten culpables porque perciben cambios en su estado de ánimo y no logran entender qué les está ocurriendo.

La pregunta suele ser la misma: ¿soy yo o son mis hormonas? La respuesta corta es: son ambas cosas.

Somos una unidad

Porque no somos un alma atrapada en un cuerpo ni un conjunto de hormonas que determinan cada una de nuestras decisiones. Somos una unidad. Lo que ocurre en nuestro cuerpo influye en cómo nos sentimos y, al mismo tiempo, seguimos siendo responsables de cómo respondemos a esas emociones.

Por eso, entender el síndrome premenstrual no consiste en buscar excusas, sino en crecer en autoconocimiento.

Uno de los grandes aportes del conocimiento de la fertilidad es que permite a la mujer reconocer patrones. Muchas descubren que aquello que consideraban «cambios inexplicables de humor» ocurre siempre en los mismos días del ciclo.

Nada es casualidad

Después de la ovulación, el organismo entra en una etapa marcada por el predominio de la progesterona. En esos días algunas mujeres experimentan más cansancio, menor tolerancia al estrés o una sensibilidad emocional más intensa.

Cuando una mujer conoce su ciclo deja de pelearse con él. Aprende a interpretar señales. Comprende que quizá ese día necesita más descanso, más oración, más apoyo o simplemente ser más prudente antes de reaccionar.

Somos cuerpo y alma

Conocer el ciclo no significa justificar todo por las hormonas. Tampoco ignorarlas.

Significa reconocer que Dios nos creó cuerpo y alma, y que la biología femenina tiene un lenguaje propio que vale la pena aprender a escuchar.

A veces el síndrome premenstrual revela simplemente los cambios normales de una fase del ciclo. Otras veces pone en evidencia un cansancio acumulado, heridas emocionales no atendidas o hábitos de vida que necesitan ser revisados.

Por eso la pregunta no debería ser solamente: «¿son mis hormonas?». Tal vez la pregunta más útil sea:

«¿qué me está mostrando mi cuerpo sobre mí misma en este momento?».

***

Porque el autoconocimiento no es mirarse constantemente a una misma. Es aprender a vivir en la verdad. Y desde allí, amar mejor a Dios, a los demás y a una misma.

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Hay heridas que no se ven. La infertilidad es una de ellas. Cuando se habla de infertilidad, muchas veces la atención se centra en la mujer, en sus tratamientos, en su sufrimiento o en su deseo de ser madre.

Sin embargo, también existe un dolor silencioso que viven muchos hombres y del que se habla poco. Un dolor que toca una pregunta profunda: ¿qué significa ser hombre cuando descubres que quizás no podrás ser padre biológicamente? No es una pregunta fácil.

¿Qué supone la masculinidad?

Con frecuencia se asocia la masculinidad con la capacidad de producir, lograr, conquistar y demostrar. Desde pequeños, muchos hombres aprenden que deben ser fuertes, resolver problemas y mantener el control de las situaciones.

La infertilidad rompe esa lógica. De repente aparece algo que no puede solucionarse con más esfuerzo, más disciplina o más voluntad. Algo que confronta nuestros límites y nos recuerda que no todo depende de nosotros.

Quizás, por eso, la infertilidad puede convertirse en una crisis de identidad. No porque un hombre valga menos por ser infértil, sino porque descubre que había construido parte de su idea de masculinidad sobre algo que en realidad no la define.

La pregunta deja de ser simplemente «¿podré tener hijos?» y se transforma en algo más profundo: «¿quién soy si no puedo cumplir aquello que siempre imaginé para mi vida?» o incluso «¿cómo puedo sentirme plenamente hombre si no puedo ser padre?».

Somos don

Aquí encuentro especialmente iluminadora la Teología del Cuerpo de San Juan Pablo II. Lo más revolucionario de su propuesta no es que hable del cuerpo o de la sexualidad, sino que afirma que la persona humana encuentra su plenitud cuando se convierte en don para los demás. En otras palabras, la identidad masculina no nace de la capacidad biológica de generar vida, sino de la capacidad de amar.

Esta perspectiva cambia profundamente la manera de entender la infertilidad. Si la masculinidad se define por el amor y la entrega, entonces la infertilidad no tiene la última palabra. El hombre sigue estando llamado a una fecundidad real, aunque adopte formas distintas de las que había imaginado.

Puede ser fecundo en su matrimonio, en su familia, en su trabajo, en su comunidad o en la vida de quienes Dios pone en su camino. La fecundidad humana es más amplia que la capacidad reproductiva.

San José, siempre un ejemplo a seguir

Pienso también en San José. No fue padre biológico de Jesús y, sin embargo, nadie podría negar la profundidad de su paternidad. Su grandeza no estuvo en transmitir sus genes, sino en custodiar, proteger, acompañar y amar una vida que le fue confiada.

José nos recuerda que la paternidad es mucho más que un hecho biológico; es una forma de amar. Quizás ahí se encuentre una lección importante para quienes viven el dolor de la infertilidad: la capacidad de amar como padre puede existir incluso cuando la biología parece cerrarse.

La infertilidad sigue siendo dolorosa. La fe no elimina la tristeza ni responde todas las preguntas. Tampoco convierte automáticamente el sufrimiento en algo fácil de llevar. Sí ofrece una mirada distinta.

Nos ayuda a descubrir que la masculinidad madura no consiste en ejercer poder sobre la vida, sino en recibirla como un don. Nos enseña que el valor de un hombre no depende de aquello que puede producir, sino de su capacidad de amar con generosidad y fidelidad.

Ser padre suele asociarse con proteger, cuidar, proveer, acompañar y dar la vida por otros. Estas características no nacen con la paternidad biológica. Forman parte de la vocación masculina misma.

Un hombre está llamado a desarrollarlas independientemente de si tiene hijos o no. La infertilidad puede impedir una función biológica, pero no puede impedir la entrega, la fortaleza, la responsabilidad ni la capacidad de amar.

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Por eso, la masculinidad de un hombre no depende de su capacidad reproductiva. Un hombre no está definido por un seminograma, un diagnóstico médico o una estadística clínica. Está definido por quién es y por cómo ama.

Tal vez la infertilidad no sea solamente una experiencia de pérdida. Tal vez pueda convertirse, con el tiempo, en una invitación a descubrir una forma más profunda de ser hombre: menos basada en el control, el rendimiento o la capacidad de engendrar, y más centrada en la entrega sincera de sí mismo. Porque al final, desde la mirada cristiana, la verdadera fecundidad no se mide únicamente por la vida que uno genera, sino también por la vida que ayuda a crecer en los demás.

Hay un tipo de persona que produce una reacción inmediata e incómoda. Lo reconoces rápido: se esfuerza demasiado por agradar, compite por ser quien resulte elegido, se posiciona como «el diferente», «la fácil de llevar», «el que no es como los demás». Y en lugar de generar cercanía, genera lo contrario. Genera rechazo.

Le decimos «pick me» literal, «elígeme a mí». Detrás del meme y de la burla hay algo que vale la pena mirar con seriedad, porque revela una herida que muchos cargamos en alguna versión.

El fondo: la escasez del amor

El pick me no nace de la vanidad. Nace de la escasez.  Es alguien que aprendió temprano que el afecto no se recibe por existir, sino que se gana. Interiorizó que el amor es un recurso limitado por el cual hay que competir, rendir, destacar. Generalmente viene de un entorno donde el cariño llegaba de forma inconsistente o condicional: a veces sí, a veces no, y nunca por las razones que un niño pudiera controlar.

De ahí sale una conclusión que se graba hondo: «tengo que ser el mejor para que me quieran» o “el amor se gana, nadie me lo dará gratuitamente”. El problema es que esa conclusión lleva a la persona a construir una identidad prestada. La persona no aprende a valorarse desde dentro, no por quien es, sino desde la mirada del otro. Valgo lo que el otro dice que valgo. Y sin esa mirada que me elija, no sé quién soy.

Por eso los demás dejan de ser pares y se vuelven amenazas. No es maldad. Es supervivencia. Si el amor es escaso y otro es elegido en mi lugar, no es que pierda una oportunidad: es que desaparezco. La rivalidad del pick me es el reflejo de alguien que siente que su existencia depende de ganar.

Este tema es de mujeres, pero de hombres también.

El término se popularizó hablando de mujeres porque culturalmente la validación femenina se construyó alrededor de «ser elegida». Sin embargo, la herida no tiene sexo.

En los hombres se ve con otro envase: el que es atento y servicial esperando que eso le garantice un lugar, y se resiente cuando no funciona («hago todo bien y aún así no me eligen»).

También, entre los hombres, está en elque se vende como «no soy como otros hombres» para sacar ventaja. Además, en el que compite por la aprobación del jefe o del grupo invalidando a sus pares.

Y fuera del plano romántico, el patrón es universal: el hijo que se vuelve «el bueno» para asegurar el afecto que escasea en casa, compitiendo en silencio con sus hermanos. El empleado que se sobreentrega buscando ser el favorito. El amigo que nunca incomoda para no perder su lugar.

El núcleo es siempre el mismo: no me sé amado por existir, así que tengo que ganar mi lugar rindiendo. Cambia la forma; la herida no.

Lo que genera en los demás

Acá viene lo incómodo, lo que solemos nombrar como «cringe» sin entender bien por qué.

Lo que produce rechazo no es que la persona sea «falsa» o needy. Es algo más profundo y más triste: estás viendo, al descubierto, cuánto se devalúa. Y eso desata dos reacciones a la vez.

Primero, un rechazo casi instintivo. Nadie quiere ser elegido por alguien que no se elige a sí mismo. Si tú no proteges tu propio valor, ¿qué valor tiene que me elijas? Me estás ofreciendo algo que tú mismo tratas como si no valiera nada. La lógica relacional se cae sola.

Segundo, una pena incómoda. No es compasión del todo: es ver una herida expuesta sin filtro y no saber dónde mirar. El pick me muestra su necesidad sin ningún filtro y eso nos incomoda. Es como ver a alguien rogar por algo que uno siente que no debería rogarse, y algo en nosotros se tensa.

Y ahí está la paradoja central, la trampa entera del patrón: busca ser elegido compitiendo, pero la competencia misma comunica «sin ganar esto, no merezco estar aquí». Y nadie quiere elegir a alguien que llega en esas condiciones.

Mientras más se esfuerza, más se aleja de lo que busca. Porque lo que la gente termina viendo no es a la persona, es la actuación. Y a la actuación no se la puede amar.

Lo más oscuro: quien tiene autoestima sana lo detecta y se aleja, se necesita mucho amor para quedarse, usualmente no amamos de forma tan heroica. El que se queda suele ser alguien cuya herida encaja con esa dinámica —alguien que necesita sentirse superior, o que disfruta el poder de ser «el que elige». Así, el patrón atrae justo lo que confirma la herida original.

La salida

La solución no es «quererse más» dicho como eslogan o trabajar por milésima vez tu autoestima en terapia. Es algo más concreto.

Es dejar de buscar afuera la respuesta a una pregunta que solo se contesta adentro, que digo desde dentro, esa pregunta sólo la contesta Dios Padre y no es una son varias: ¿le pertenezco a alguien? ¿De quién soy hijo antes de ser hijo de mis padres? ¿Y ese Padre también me condiciona Su amor? ¿Soy amado antes de hacer nada para merecerlo?  ¿Tengo un lugar que no tuve que ganarme?

¿Fui amado antes de existir? Por eso Jeremías 1,5 dice «antes de formarte en el vientre te conocí». No es que Dios tuviera una ficha tuya guardada. Es que tú ya estabas sostenido en Su Amor eterno —ese amor que después se vuelve tu vida concreta en el tiempo.

***

¿Valgo porque me dieron el ser, no porque lo produzca?  Sanar el pick me es, al final, dejar de mendigar lo que ya se tiene. Es pasar de «elígeme» a «ya fui elegido» y no fui elegido por cualquiera, me eligió el mismísimo Dios para ser Su hijo y dar Su vida por mí, mira te dejo lo mejor de este pobre artículo en estas últimas palabras: Isaías 43,1: «No temas, que yo te redimí, te llamé por tu nombre, tú eres mío.» Deja de buscar quien le elija, ¡ya fuiste elegido!

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