Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz
del amor.
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«Para la libertad nos liberó Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir de nuevo bajo el yugo de la esclavitud» (Gál. 5,1).
El Apóstol Pablo afronta el problema de la interpretación legalista de la Escritura. Muchos cristianos venidos del judaísmo piensan que deben continuar su vida viviendo como judíos. San Pablo les explica que nunca se trató de la Ley, sino de la Fe (cf. Gál. 3, 11s).
Eventualmente, no se trata de cumplir, sino del motivo que me empuja a hacerlo. Nunca fueron las obras a justificar, sino la gracia de Dios que coopera para que actuemos de esta manera y participar así del único mérito verdadero: el de Cristo.
La libertad pues, comienza a poder ser interpretada como la negación del yugo del legalismo judaizante, que incluso pretendía que los cristianos pasaran primero por la circuncisión antes del Bautismo. Las sombras, como aquellos ritos y leyes, deben ser dejadas de lado para dar lugar a la realidad que ellas mismas indican (cf. Santo Tomás de Aquino, STh. III, 62, 6).
La libertad de la cruz
Así, nuestro santo Apóstol escribe “Mas yo por la misma Ley he muerto a la Ley, por vivir para Dios; estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál. 2, 19s). El Doctor común explica que se trata de vivir para la Ley del Espíritu (Rm. 8, 2) en lugar de la ley de la carne o temporal (cf. In Gal., lectio 6 [104]). En otras palabras, no quiere decir que el Antiguo Testamento quede inválido en materia de fe y moral, sino que ha sido superado en estos mismos temas. Sin embargo, esta superación no implica anulación en sentido literal, trata de una asunción plena.
Pues, la libertad de la que tratamos aquí es sólo posible para aquel que ha dejado hacer de su vida ocasión de cumplimiento exterior para pasar al sentido del primer pedido de dicho cumplimento, es decir, el por qué Dios exigía aquello al Pueblo. A pesar de que pueda parecer sencillo comprenderlo en palabras es, sin lugar a dudas, difícil de entender a nivel afectivo. ¿Qué implica para un católico estar crucificado con Cristo para ser libres? ¿Acaso los mismos clavos no son una paradoja?
Soy lo que doy: el yugo y la caridad
San Juan de la Cruz parece resolverla muy bien:
y a cabo de un gran rato se ha encumbrado
sobre un árbol, do abrió sus brazos bellos,
y muerto se ha quedado asido dellos,
el pecho del amor muy lastimado”
(Otras canciones a lo divino de Cristo y el alma, 5).
“El amor me lo ha explicado todo” decía san Juan Pablo II (Canto al Dios escondido). Ciertamente es así. Los clavos del amor son el signo de la libertad: “no hay mayor amor que dar la vida por los amigos” (cf. Jn. 15, 13).
Pensamos que algo esencial en la enseñanza de Cristo es que la caridad enseña al hombre quién es el mismo hombre y, por ende, todo lo que se dice de él, entiéndase, en este caso, la libertad. La presunta paradoja de que un clavo inmovilice es porque el amor implica reposo.
El amor supone compromiso
No se trata de girar y girar como Paolo Malatesta y Francesca da Rimini, como encontramos en el segundo círculo del infierno de Dante (Divina Comedia), sino de reposar en el pecho del amado:
Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado
cesó todo, y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.
(San Juan de la Cruz, Coplas hechas sobre un éxtasis de harta contemplación).
Nunca se trató, pues, de movimientos varios, ligeros o pesados, sino de ir en una dirección hacia el objetivo. Pensamos que nadie podría llamar “buen arquero” a aquel que tras de mil flechas atina al blanco, sino a quien lo hace de un intento. Tampoco podríamos decir que es prudente aquel que teniendo poca nafta cargada se desvía una y otra vez por cada giro de la autopista.
La vida de la que se nos habla aquí exige un compromiso amoroso con una persona, en la que estamos clavada con los clavos de Cristo, el sacramento del matrimonio. No hay de otra. Así, como nuestro Señor en la Cruz, nosotros amamos los clavos que nos permiten dar la vida por aquella que se crucifica junto a nosotros en la Santa Cruz. Así, los esposos dicen al unísono “y ya no vivimos nosotros, es Cristo que vive en nosotros”.
La libertad de confiar en Él
Pensamos que la medida desmesurada y desmesurante de la caridad de esta vida cristificada es la única que luego merece la Pascua. La paradoja humana es la alegría divina. No entendemos lo que Dios bien sabe es nuestro bien, pero confiamos y echamos las redes. Estamos seguros que aquí se aplican las palabras de Santo Tomás de Aquino de manera luminosa: “es mejor amar a Dios que conocerle, y al revés: es mejor conocer las cosas caducas que amarlas” (STh. I, 82, 3, r.).
Nuestra libertad no se trata de ser grandes conocedores del amor, sino de experimentar el pequeño camino de la humildad y la confianza en las palabras y obras del Señor. Sólo por la estrechez se halla la grandeza.
La caridad conyugal: una explicación del “yugo”
La caridad conyugal es libre porque esclaviza en el mismo amor de Cristo. De faltar este, es inevitable la esclavitud del pecado a través de las grandes puertas de la soberbia y la arrogancia. Cuando no es Cristo quien explica el amor, ¿quién lo hace? ¿Él? ¿Ella?
Todo lo bello que está llamado a ser el amor por el servicio (cf. Jn. 13, 1-17) se termina transformando en la lucha del poder (cf. Thomas Hobbes, El Leviatán) de quien se erige en señor de las definiciones dentro del matrimonio (“no me amás porque no hacés esto o lo otro”).
Cuando inicia el quinto capítulo de la carta, se nos pide “no os dejéis sujetar al yugo de la servidumbre” (5, 1). ¿No somos, acaso, “cónyuges”? ¿Yugo?
El hombre, por su condición y conciencia de creatura, está siempre en situación de servidumbre. El problema no es este, sino a quién servimos, ya que “no podéis servir a dos señores” (Mt. 6, 24). El “yugo” que llevo “con” mi esposa me hace “cónyuge”. Tenemos que tener en claro de qué se trata ese yugo al que está sujeto nuestro matrimonio.
Aquí redunda parte de la libertad. El peso de la ley y del pecado contrasta fácilmente con Cristo, quien nos invita: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt. 11, 28-30).
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La carta a los Gálatas nos invita a una libertad matrimonial exuberante en alegrías. El mismo Cristo nos enseña a vivir nuestra vida de esposos con la conciencia de la Cruz y la promesa de la Pascua. Una libertad que se enraiza en la posibilidad de amar a nuestro cónyuge con la fervorosidad de Nuestro Señor sin esconder las heridas de los clavos y el peso del yugo porque ambos son signos de una entrega profunda de amor.
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¿Por qué muchas veces se asocia el conocimiento del ciclo con evitar el embarazo? Es cierto que, en sus inicios, los métodos naturales fueron pensados principalmente para espaciar los embarazos. Esa idea quedó instalada en el imaginario colectivo. Sin embargo, es una cara de la moneda.
Los métodos de reconocimiento de la fertilidad no son solo una herramienta para evitar un embarazo. Tomemos como ejemplo el método Creighton: no fue concebido únicamente para espaciar embarazos, sino también para lograrlos y, además, para monitorear la salud de la mujer. Esto supone un cambio de mirada importante.
Poner el foco en saber cuándo se abre la ventana de fertilidad
Cuando una pareja busca un embarazo, no debería “olvidarse de la gráfica”. Al contrario, para que ese método sea eficaz, es necesario realizar el 100% de las observaciones.
Esto representa una novedad dentro de la planificación familiar natural y la paternidad responsable: no solo se trata de conocer la fertilidad para evitar un embarazo, sino también para poder alcanzarlo.
¿Cómo buscar un embarazo si no sabes cuándo eres fértil? ¿No es más razonable conocer el propio ciclo y, antes de iniciar la búsqueda, detectar posibles anomalías para poder tratarlas? De este modo, no solo se optimiza la búsqueda del embarazo, sino también, el embarazo en sí mismo y la salud materno-infantil.
Conocer para discernir
Quisiera invitar a repensar la idea de que conocer la fertilidad es sinónimo de mentalidad anticonceptiva. Conocer tu fertilidad es, en realidad, un regalo: es una forma de conocerte, de cuidarte y de entregarte mejor al otro. No se puede dar lo que no se tiene, ni cuidar lo que no se conoce.
Comprender cómo funciona la fertilidad no implica control ni manipulación, como a veces se piensa. Implica información. Esa información permite tomar decisiones conscientes. Son preguntas que se renuevan en cada ciclo y que forman parte de una verdadera paternidad responsable.
No se trata de gestionar o manipular, sino de escuchar al cuerpo y decidir en pareja. Conocer esta información no determina una mentalidad anticonceptiva. La actitud con la que la pareja utiliza esa información nace del corazón. Es importante resaltar en este punto que el corazón necesita ser educado, trabajado, para vivir en la verdad.
Por eso, la invitación es a reflexionar y comprender a qué nos llama la Iglesia, cuál es el camino que nos propone y qué enseña la encíclica Humanae Vitae.
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Al final, no se trata de elegir entre evitar un embarazo conocer tu fertilidad, sino de algo más profundo: aprender a vivirla con conciencia, respeto y verdad. Conocer el propio ciclo no limita. Al contrario, abre un camino de libertad, diálogo y crecimiento en la pareja.
Es una invitación a dejar de ver la fertilidad como un problema a gestionar o una incógnita desconocida y empezar a reconocerla como una dimensión valiosa de la persona que, cuando se comprende, se convierte en fuente de vida.
En esta ocasión, indagaremos sobre la cirugía que utilizamos en naprotecnología: cuáles son las diferencias y por qué ayudan en el diagnóstico de infertilidad de origen desconocido.
La cirugía es uno de los pilares fundamentales de la Naprotecnología, por ello, es diferente a las cirugías que se realizan de manera convencional. La Naprotecnología no busca intervenir más, sino intervenir mejor. Esto es clave cuando hablamos de infertilidad de origen desconocido.
Las pruebas convencionales no siempre visualizan las causas
Muchas veces, detrás de ese diagnóstico hay causas que no se han detectado con pruebas convencionales, como una endometriosis silente que no da síntomas claros, adherencias pélvicas que alteran la anatomía sin ser visibles en estudios básicos o pequeñas alteraciones en los tejidos que afectan la función reproductiva.
Este enfoque permite identificar y tratar estas condiciones de forma precisa, abordando la raíz del problema en lugar de asumir que no existe una causa.
Se utilizan técnicas avanzadas, como la laparoscopia de contacto cercano (near-contact laparoscopy), que permiten:
- visualizar con mayor precisión las estructuras
- detectar lesiones que pasarían desapercibidas
- tratar patologías como endometriosis o adherencias de forma más fina
Otros abordajes quirúrgicos específicos
Además, en Naprotecnología se emplean otros abordajes quirúrgicos específicos según la patología, como la cirugía de excisión completa en endometriosis y la reconstrucción plástica pélvica.
En el caso de la endometriosis, la diferencia clave está en el enfoque: mientras que técnicas como el láser o la coagulación superficial “queman” o destruyen parcialmente las lesiones, la cirugía por excisión busca retirar completamente el tejido enfermo desde la raíz. Esto permite no solo aliviar síntomas, sino también reducir la recurrencia y mejorar el entorno reproductivo.
Restaurar, devolver la estructura y funcionalidad
La reconstrucción plástica pélvica, por su parte, se centra en restaurar la anatomía y la función de los órganos reproductivos cuando han sido alterados por adherencias, infecciones o cirugías previas. No se trata solo de eliminar tejido, sino de devolver al sistema su estructura y funcionalidad óptimas.
Este enfoque quirúrgico es más meticuloso y respetuoso con los tejidos, priorizando siempre la preservación de la fertilidad y la reducción de daño secundario.
Todo esto mientras se emplean materiales quirúrgicos específicos diseñados para:
- minimizar el daño tisular
- evitar la formación de adherencias posteriores
- preservar al máximo la función reproductiva
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Porque en fertilidad, no todo es “quitar” o “corregir”. Es también respetar el tejido y su función.
Este enfoque cambia el resultado, porque cuando unes:
- diagnóstico profundo
- cirugía precisa y respetuosa
- tratamiento de la causa real
dejas de hablar de infertilidad “sin explicación”… y empiezas a entender lo que está pasando.
Y eso, una vez más, lo cambia todo. Habías escuchado este enfoque en el factor masculino?
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