Una mirada afirmativa
de la sexualidad,
vista a la luz del amor.

Una mirada afirmativa de
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vista a la luz

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amor.

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Antes de responder a esa propuesta —antes de decir que sí o que no— necesitas saber exactamente qué te están ofreciendo. Porque muchas personas dicen «sí» a algo que no terminan de entender. Otras dicen «no» sin poder explicar bien por qué. Vamos por partes.

¿Qué es una relación abierta?

Una relación abierta es un acuerdo entre dos personas en pareja donde se permite tener relaciones sexuales con otras personas fuera de la pareja, con conocimiento de ambos.

Se puede decir ­que se diferencia de la infidelidad, ya que hay consentimiento declarado—aunque en mi pobre opinión sigue siendo infidelidad, aunque ellos estén supuestamente de acuerdo—.

Se diferencia de la poligamia en que no hay un vínculo formal ni “compromiso real” con las otras personas. Y se diferencia del poliamor en que en el poliamor según ellos puede haber amor genuino hacia varias personas a la vez.

En la relación abierta, al menos en teoría, la pareja principal sigue siendo «la principal» y lo demás es principalmente sexual.

¡Aquí, querido lector, tuve que respirar para seguir escribiendo jaja! ¡El mundo está muy loco perdón!

En la práctica hay muchas versiones: solo uno sale con otros, los dos salen, solo juntos con terceros, con reglas, sin reglas, con fechas de revisión. Lo que todas tienen en común es esto: el acuerdo de exclusividad que define al amor de pareja queda suspendido.

¡Qué decir si esto es dentro de un matrimonio! ¡Mejor, sigamos!

La pregunta que nadie hace

Cuando alguien recibe esta propuesta, la conversación casi siempre se va al mismo lugar: «¿está bien o mal?», «¿es normal?», «¿lo hacen muchas parejas?».

Hay una pregunta más importante que casi nadie hace: “¿por qué me lo están proponiendo ahora?”.

La investigación es clara en esto: la propuesta de abrir una relación casi nunca llega cuando todo va bien. Llega cuando algo ya falló. Es decir, llega cuando aparecen el aburrimiento, la distancia, la insatisfacción y o el miedo al compromiso.

En lugar de nombrar ese problema y trabajarlo, se presenta una solución que suena moderna, valiente y hasta generosa: «¿y si le damos más “libertad” a esto?».

Abrir una relación que ya tiene grietas no la repara. Amplía esas grietas. Lo que entró roto, sale más roto. Yo creo que es tan simple como que El amor une, todo lo que divida no viene del Amor.

Lo que dicen los datos — y esto sí que impresiona

La Universidad de Rochester hizo un estudio amplio sobre distintos tipos de relaciones no monógamas. Sus hallazgos deberían leerse antes de tomar cualquier decisión.

Encontraron que el grupo que peor le fue en todos los indicadores —satisfacción, bienestar psicológico, soledad, distress emocional— fue el de las relaciones abiertas unilaterales.

Las relaciones abiertas unilaterales son aquellas donde uno de los dos quería monogamia y aceptó el acuerdo, generalmente por miedo a perder a su pareja. En ese grupo, el 60% estaba significativamente insatisfecho con su relación. Casi tres veces más que los grupos monógamos.

Léelo de nuevo: el 60% estaba insatisfecho con la relación abierta unilateral. No es una anécdota. Es el escenario más probable cuando alguien dice que sí a algo que en el fondo no quiere.

Y hay otro dato que conecta directo con lo que pasa psicológicamente: las personas con apego ansioso —las que tienen más miedo al abandono o que aman con mayor entrega, las que más necesitan sentirse seguras en su relación— son exactamente quienes más daño sufren en estos “arreglos”. Experimentan los celos con más frecuencia e intensidad. Perciben amenazas donde otros no las verían. Responden con más miedo, enojo y tristeza.

Es decir: quien acepta por miedo a perder a su pareja, suele ser la persona que menos puede sostener ese acuerdo emocionalmente.

Lo que pasa en tu cuerpo y por qué importa

Hay un argumento que intenta sonar razonable cuando te proponen esto: «es solo físico, no significa nada con las otras personas». Desde ahí todo parece más manejable.

Ese argumento tiene un problema de fondo: el cuerpo no es una herramienta separada de quién eres. No existe «solo físico» en el ser humano. Cuando entregas tu cuerpo, te entregas tú.

Es decir, cuando entregas tu cuerpo, psicológicamente también entregas tu historia, tu vulnerabilidad, tu capacidad de apego. San Juan Pablo II lo desarrolló con mucha profundidad en la Teología del Cuerpo. El cuerpo habla un lenguaje y ese lenguaje dice «me entrego a ti». Cuando ese lenguaje se dice a varios al mismo tiempo, no se multiplica el amor, se fragmenta la entrega.

Lo que muchos descubren demasiado tarde es que el cuerpo no sabe de acuerdos “racionales”. El cuerpo siente. El cuerpo se apega. El cuerpo se lastima.

La trampa de decir que sí por no perderlo

Este es el escenario más frecuente y silencioso: alguien acepta la relación abierta no porque la quiera, sino porque teme que, si dice que no, su pareja se va. En ese miedo dice que sí, convenciéndose de que va a poder, de que va a adaptarse, de que el amor lo sostiene todo.

Eso no es una decisión libre. Es una negociación hecha desde el miedo. Las decisiones tomadas desde el miedo casi siempre cuestan más de lo que se anticipó.

Si estás en ese lugar — si tu «sí» no es un sí genuino sino un «sí para que no te vayas» — lo que la propuesta te está revelando no es una oportunidad. Es información. Te está diciendo cómo te ve quien tienes enfrente.

¿Te ve como persona o como cosa? ¿Qué lugar ocupa tu bienestar en esa ecuación?

***

Para finalizar, te dejo otras 4 preguntas. No te pregunto si está bien o mal. Te pregunto algo más honesto:

  • ¿Te están amando o te están negociando?
  • ¿Esto es una propuesta o una condición?
  • ¿Cuánto de ti estás dispuesto a suprimir para que alguien se quede?
  • ¿Si tuvieras la certeza de que tu pareja se va a quedar sin importar lo que respondas, seguirías diciendo que sí?

La respuesta a estas preguntas —antes que cualquier acuerdo, antes que cualquier conversación sobre reglas y límites— son las que te dicen si lo que tienes enfrente es una relación o una negociación de supervivencia.

Si es lo segundo, el problema no es si abrir o no la relación. El problema en esa relación es más viejo que esa propuesta. Y merece una conversación diferente. En el fondo de tu corazón sé que anhelas un amor total, de entrega total para toda la vida, no te conformes.

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Una reflexión sobre las personas que se llaman a sí mismos “therians”


En febrero de este año, caminando con una amiga por la Avenida Santa Fe, en Palermo, Capital Federal, vi un grupo de adolescentes y le dije a mi amiga “mirá los disfraces de esos chicos”. Ella, que es vecina de la zona, me dijo “no son disfraces, son therians”. Me llamó muchísimo la atención las máscaras que llevaban puestas. Por la época tranquilamente podría haber sido un grupo de amigos festejando carnaval.

En este artículo quiero que reflexionemos sobre nuestra identidad desde el Catecismo de nuestra iglesia y que pensemos a esta moda de los therians como un fenómeno que viene a socavar nuestra identidad.

A su vez, no quiero dejar de mencionar que la reflexión sobre las personas que se auto mencionan a sí mismas “therians”, no dejan de merecer, de nuestra parte, una mirada con las lentes de Jesús: una mirada misericordiosa, pues no dejan de ser hijos amados de Dios, hermanos en Cristo.

La máscara en el mundo griego pre cristiano

Al ver por primera vez a los therians, pensé en la máscara griega. Quiero compartirles estas ideas que explican una cultura que era muy diferente a la nuestra para ver cuán lejos de nuestra vida, de nuestra realidad, se conecta este fenómeno de los therians.

La función de identificación generalmente atribuida a la máscara era en la antigua Grecia una función representativa. Quien la usaba encarnaba para otro la identidad que su disfraz le confiere. Así, la máscara poseía una naturaleza ficticia.

Esta civilización, sí era rica en expresiones enmascaradas. Tenían las mascaradas y rostros de animales en el culto a Deméter, máscaras de osos al servicio de Artemisa, máscaras religiosas dionisíacas y la mueca de la Gorgona. Cada una de esas divinidades abría un pasaje entre los dominios salvaje y civilizado. Es decir, conectaba la vida de los seres humanos con el mundo animal. Es importante destacar que los dioses griegos no eran dioses creadores, habitaban el mundo sin haberlo creado.

Por otra parte, estaba la máscara de la tragedia que borraba la identidad del actor que la usaba para permitir que un nuevo personaje, independiente de cualquier figura dada y de competencia original. La única modalidad que la máscara trágica le confiere, entonces, es el poder no de ser, sino de convertirse en otro.

Cuando vi a esos jóvenes disfrazados y con máscaras de animales, pensé en esos hombres que se ponían máscaras para representar los personajes de las tragedias en el teatro de Dionisos. Pensé en esos que se ponían máscaras para realizar rituales a Artemisa, diosa vinculada a la caza de animales.

Conecté en mi mente a esos jóvenes con los rituales y el entretenimiento teatral de una ciudad en la que aún no había llegado San Pablo a anunciar a Cristo. Pensé, entonces, cuán lejos de nosotros, de nuestra vida, de nuestra rutina, está esa moda -y hablo de moda porque tengo la esperanza de que sea algo pasajero- de esos jóvenes que se visten como animales y ocultan sus rostros por un artefacto que los convierten en animales.

Etimología de la palabra “therian”

Los hombres que actuaban en el festival de Dionisos en Athenas o los que rendían culto a Demeter o Artemisa, usaban la máscara un ratito: el ratito que representaban. Luego, volvían a su vida familiar. Aristóteles en la Política explicó que la familia era, en esta cultura pre cristiana, el núcleo de la comunidad, que vivía en una polis.

Hoy vemos en Capital Federal a un grupo de jóvenes que se denominan a sí mismos Therians”. “Therian” es un neologismo que viene de la palabra “therion”, del griego antiguo, que significa “bestia”. Así, que hoy en día, un hombre o que una mujer se llame a sí mismo “therian” no revela más que el uso -en el discurso de esa persona- de un recurso literario conocido como “animalización”. La animalización consiste en construir, en la ficción, a los personajes humanos como animales.

Que un hombre o que una mujer hablen de sí mismos como animales no revela más que una auto animalización. Es decir, al identificarse con un animal, se animalizan a sí mismos. Pues, con el uso de la máscara y la vestimenta se convierten, como los actores de la tragedia griega, o los individuos que rendían culto a los dioses griegos en una Grecia que aún no había recibido la Nueva Noticia, se convierte en eso que se disfrazan: un animal.

“No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros” Jn. 15, 16

Si hay un santo relacionado con la identidad cristiana y con el teatro, es San Juan Pablo II. Zavalla, en su libro sobre los dolores en la infancia y adolescencia del papa, explica cómo al morir su otro hijo, frente al ataúd y en presencia de Karol, exclamaba “que se haga Su voluntad”.

Karol tenía, además, facilidad para los idiomas. Había estudiado, en el liceo, filología polaca. Durante la ocupación nazi, al tiempo que trabajaba en una cantera, hacía teatro rapsódico. Fue uno de los promotores del teatro rapsódico en una Polonia en la que estaba censurado. Tenía mucho talento como actor.

Luego de que muere su padre, en 1941, se pregunta sobre su identidad, para qué está en este mundo. Es ahí cuando discierne su vocación. Muchos de sus amigos habían fallecido, dando la vida por la patria. En este contexto de dolor ante tantas pérdidas comienza a pensar para qué Dios lo creó. Recibe la respuesta, entonces, del llamado al sacerdocio.

Es aconsejable que todos los jóvenes, en algún momento, perdamos el miedo de ir al Santísimo y le preguntamos al Señor ¿cuál es el sueño que soñaste para mí? ¿Cuándo fui creado qué soñaste para mí? Nuestra identidad está íntimamente unida a ese sueño que tiene que ver con nuestra vocación.

La vocación, o sea el matrimonio o la vida consagrada, son los únicos dos llamados que Dios hace a cada uno de sus hijos -o uno o el otro-. Son solo dos. La vocación define nuestra identidad. Ahondemos ahora en nuestra identidad un poquito más profundo.

“¿Qué es el hombre para que te fijes en él?” Salmo 144, 3

Cuando en Gaudium et Spes Juan Pablo II explica el misterio del hombre,parte de tres premisas: imagen de Dios, unidad de cuerpo y alma y varón y mujer. Nuestro cuerpo revela a nuestra persona y todo lo que afecta a nuestro cuerpo afecta el alma. Cuerpo y alma son una unidad.

El hombre es persona porque es imagen de Dios. Ser persona es alguien capaz de conocerse, de darse libremente, de recibir a otro libremente, de entrar en comunión con otras personas.

Nuestro cuerpo revela a la persona de otro modo. Somos hijos, es decir, hijos amados de Dios, adoptados por Él mediante el bautismo, hermanos en Cristo. Somos además hijos de nuestro papá y de nuestra mamá. Salimos del vientre de nuestra madre vulnerables, dependientes, sin cariño, sin calor, sin cuidado, un bebé muere. Dependemos hasta que nos independizamos de nuestro papá y de nuestra mamá. Dependemos de Dios Padre hasta que llegamos al Cielo.

Somos, además, don: fuimos creados a imagen y semejanza de Dios para donarnos. Nuestra biología habla de una entrega. Que el matrimonio sea fecundo supone que es abierto a la vida. La apertura a la vida supone un salir de sí mismo del varón y un recibir de la mujer que, en el abrazo conyugal, renuevan el sí que dieron en el altar. Ese salir y recibir supone la posibilidad de esperar un nuevo integrante en la familia luego de esa unión conyugal.

La sexualidad, el ser varones o mujeres, es la tercera característica que nos define. La anatomía de nuestro cuerpo, una vez más, revela la forma como Dios Padre nos creó. Cuando entramos a un quirófano, no importa qué nosotros hayamos mencionado sobre nosotros mismos, somos un varón o una mujer, en una camilla, frente al cirujano.

Esa realidad de la anatomía nos indica que nuestros cuerpos de varones o de mujeres nos son dados. Es decir, en nuestra concepción, en el momento en el que el espermatozoide y el óvulo dejan de ser un espermatozoide y un óvulo para ser un embrión, ya hay ADN femenino o masculino. Desde esa instancia en la que Dios da permiso para que luego del abrazo conyugal un nuevo integrante se sume a la familia permitiendo la existencia de una nueva vida, en la creación de una nueva persona, en ese fiat, ya el ADN de ese origen habla de si somos varón o mujer.

***

¿Qué somos? Somos hijos amados de Dios y de nuestros padres. Somos don: fuimos creados para amar y dejarnos amar, a imagen y semejanza de Nuestro Creador. Somos además o varones o mujeres, y esa identidad sexual forma parte de nuestra biología desde el fiat que inició nuestra vida. Esta identidad nos es dada. Es un regalo que nos hace Nuestro Padre.

¿Cómo no valorarnos? ¿Cómo no agradecerle? ¿Cómo no alabarlo cuidándonos, cuidando lo que somos? ¿Cómo no mirar con misericordia a quienes no conocen -o no recuerdan o se han olvidado- esta verdad y se animalizan a sí mismos?

Creo que cualquier matrimonio (o pareja de novios) que me lea reconocerá o se ha visto en esta tesitura: «si tú no me ayudas en casa, no esperes cariño esta noche» o «yo cedí la última vez, ahora te toca a ti».

Estas son situaciones que fácilmente pueden darse. Espero que nadie se sienta mal si las ha vivido en primera persona, ¡somos humanos heridos! Seguramente son situaciones derivadas del cansancio del día a día, más cuando hay mucha tarea en el hogar con el cuidado de los hijos.

Comercio vs. comunión

Cuando convertimos el matrimonio en una especie de relación de socios comerciales con cláusulas incluidas es cuando realmente necesitamos volver al origen, al inicio: el matrimonio es comunión de personas y, desde el momento en el que dijimos ese primer sí quiero, nos debemos a nuestro cónyuge.

No deberíamos dejar que en nuestra realidad conyugal nos tratemos como medios para obtener algo, físico o emocional. Porque, cuando el afecto se negocia, deja de ser lenguaje de amor y se convierte en instrumento de poder.

Somos don

No es lo mismo decir “te doy si me das” que decir “me entrego a ti, incondicionalmente y sin reservas”. El matrimonio solo cobra sentido si se vive al 100%, cada uno en lo que pueda dar, no cuando se convierte tristemente en un 50-50.

Algunas referencias para meditar: Gaudium et Spes 24: “el hombre no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo». Además, leemos en Humanae Vitae 9 que el amor conyugal humano es total, fiel, fecundo.

Por otra parte, recordemos al Nuevo Testamento, en Efesios 5: Cristo no se entregó «a cambio de” nuestra respuesta. Se entregó primero, gratuitamente, incluso sabiendo que la respuesta sería pobre.

Darnos al 100% recíprocamente

Es posible que alguien pudiera objetar: «entonces, ¿me toca darlo todo, aunque el otro no dé nada? ¿Eso no es dejarse pisar?». En este punto es en el que conviene aclarar: que la entrega total, la que se promete en el matrimonio, no es sumisión ni anulación.

Entregarse importa, es esencial. Ha de ser mutua y en una actitud que no ponga condiciones previas. Es decir, y este orden es clave: no doy porque recibo, sino que ambos damos y de ahí nace una reciprocidad que nadie está midiendo.

Esa reciprocidad también incluye aprender a pedir, a expresar las necesidades, a corregir al cónyuge cuando sea necesario…

Tips para evitar al “matrimonio contrato”

El peligro de vivir en modo “contabilidad es que lleve a sobrevalorar lo que uno da e infravalorar lo que uno recibe. Se convierte al afecto en algo sospechoso. Esto, por ejemplo, sucede con frecuencia en el terreno de la intimidad conyugal, en donde muchas mujeres miran con recelo las palabras cariñosas de su marido pensando que eso significa que él quiere una relación sexual a cambio (y viceversa en tantos ejemplos)

Empiezan entonces a pensar “¿me lo da porque quiere algo?” ¡Y es una pena contemplar así el lenguaje del amor! Porque termina perdiendo su verdad. La lógica del don es la entrega sin reservas, sin “negociación pendiente”.

Por tanto, dejo un par de ideas que podrían ayudar evitar esa especie de contrato convenido:

  • la primera, dar primero sin esperar el turno a que te den a ti, cualquier oportunidad vale para aprovechar el don.
  • Y la segunda, hablar de las necesidades directamente, en vez de cobrarlas indirectamente.

***

¿Acaso no nos dimos por adelantado TODO el día de nuestra boda, y el resto de nuestra vida para cumplir esa palabra? Dejemos el libro de cuentas, y convirtamos nuestro matrimonio en un cheque en blanco.

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