Una mirada afirmativa
de la sexualidad,
vista a la luz del amor.

Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz

del
amor.

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Todos fantaseamos con la idea ir de gala a un baile Bridgerton: corset, vestidos, peinados, maquillaje, trajes, posturas, miradas y movimientos detalladamente ensayados. Es decir, una escena que te haga deseable ante los ojos de aquellos que también fueron con la ilusión de encontrar al amor de su vida.

Ese sueño tiene que ver, entonces, con la adrenalina por el deseo de ser elegidas por la Reina como el diamante de la temporada o ser ese codiciable y de porte inalcanzable hombre. La música y las coreografías te sumergen en el más loable romanticismo y, quién sabe, tal vez te conduzca a un corazón que lata en tu misma sintonía en un dos por cuatro. 

El baile real

Pero…  ¡un momento! no necesitas un baile Bridgerton para ese fin. Lo que necesitas es liberarte de la idealización y del espectáculo de apariencias y conquistas asechadoras.

Necesitas liberarte de la pretensión de encajar en un corset para ser aceptable, de tener que contar con posesiones para ser codiciable, de tener que ensayar respuestas y desarrollar habilidades para no ser rechazado, de ser juzgado por una reina a quien le diste la potestad de calificarte.

Necesitas liberarte de la ficción que cada vez más intenta penetrar nuestras vidas reales. Es decir, necesitas desintoxicarte de las vidrieras virtuales del amor, el placer, el lujo, la perfección, que te hacen despreciar cada vez más lo real, auténtico e invaluable. 

Necesitas, por tanto, mirarte al espejo real con el alma desnuda y apreciar, no al diamante de la temporada, sino la maravillosa hechura de Dios que sos, desde antes de la fundación del mundo y por la eternidad, que no pretende calificarte, sino enseñarte sobre el amor por excelencia.

Una idealización del amor cuestionada.

La serie Bridgerton presenta el romance y la pasión como pilares.  Las bodas en la serie se muestran como el triunfo del amor verdadero, incluso frente a las presiones sociales. El matrimonio no es solo unión romántica, como fruto de un amor genuino, sino también estrategia de poder y estatus en la alta sociedad londinense. 

Estamos hablando de una idealización del amor cuestionada. Aunque los matrimonios se presentan como destino feliz, la narrativa también expone las dificultades de alcanzar ese ideal.

Esa famosa frase que estamos acostumbrados a ver de manera explícita e implícita en todo romance televisivo, “el amor todo lo puede”, acá está atravesado por vertientes que ponen en peligro el “felices por siempre”. Esas vertientes no son más que intereses, secretos, apariencias montadas, estatus social, dejan entrever que tras bambalinas todos somos vulnerables y no todo lo que vemos es como hemos comprado. 

Lady Whistledown somos todos

Lo maravilloso de esta serie que te sumerge en las profundidades del amor, romanticismo y pasión es la voz anónima de Lady Whistledown. En una sociedad y época donde la voz femenina no tenía peso ni poder alguno, se atreve a desnudar las verdades miserables que el mismo contexto les obliga a construir, mostrando tensiones el entre deber social y el deseo personal. 

Seguro fantaseaste muchas veces en ser una Lady Whistledown de este tiempo y contar al mundo la realidad detrás de un post de Instagram. Es que nos acostumbramos tanto a la apariencia, a la ficción cotidiana, que nos cuesta mirarnos al espejo porque no tiene filtro. Así, no serías capaz de subir una foto sin hacerle los respectivos retoques.

Actualmente, lo que necesitamos ya no es a una Lady Whistledown que divulgue los chismes detrás del montaje. Hoy necesitamos batallar contra la cultura de la apariencia y eso comienza por nosotros mismos. Esa batalla, entonces, se podría convertir en la mayor revolución contra este sistema que tanto daña el amor propio. 

En definitiva, detrás la apariencia, de vestidos elegantes, posturas y miradas ensayadas, se encuentra la espontaneidad que deja ver la esencia misma que hoy tendemos a censurar. Se encuentra lo real, el verdadero diamante. Descubrirlo y ponerlo en valor es tu gran desafío.

Bridgerton y la idealización

¿De verdad todo es negociable? ¿Será que la pasión y el erotismo son suficientes para construir una familia? 

Cuando pensamos de a dos, siempre habrá negociaciones. En algo tendrá que ceder uno u el otro para el mejor desarrollo de la pareja. De eso de trata el amor, no de ser servido, sino de servir y perseguir el bien del otro.

¿Hasta dónde estás dispuesto a negociar? Hay algo que yo lo llamo “el límite de lo inegocible” y estos son nuestros valores y convicciones.  No hay sentimiento, pasión, deseo, que sea capaz de atravesar esa línea o, por lo menos, si deseas una construcción sana, sólida y perdurable, no debería haberlo.

***

Bridgerton trata siempre de renuncias, de transacciones y, en todos los casos, ha conducido a finales felices y apasionados. No obstante, la vida real no es Bridgerton.

No esperes que un Duque, un Conde o  Vizconde rompa todo obstáculo para alcanzarte. No te escondas detrás de un filtro o sigas una tendencia solo por intentar encajar, aparentar o resaltar, ese corsetN. o te sirve.

Mejor fortalece tu identidad y autoestima, identifica tus valores y convicciones y trabaja en potenciar tu vida, sin olvidarte de ninguno de ellos. El mejor baile al que sí estás invitado es de gala, porque tu presencia lo amerita, sin máscaras.

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Hoy en día se promueve con fuerza la idea de que debemos seguir siempre lo que nos hace felices. Este mensaje, repetido en redes sociales, por algunos consejeros e, incluso, profesionales puede convertirse fácilmente en una invitación a evitar cualquier incomodidad, esfuerzo o renuncia.

Sin embargo, cuando este enfoque se traslada a la vida en pareja, puede generar relaciones frágiles, centradas únicamente en la satisfacción inmediata y no en la construcción a largo plazo.

¿Qué implica realmente una relación de pareja?

Estar en pareja no es solo compartir momentos agradables. Implica también enfrentar desafíos, atravesar diferencias y asumir responsabilidades emocionales.

Surgen, entonces, preguntas importantes: ¿debo ser siempre yo mismo sin cambiar nada? ¿El otro tiene que adaptarse completamente a mí? ¿O hay algo que la relación me pide transformar? Responder con honestidad a estas preguntas es clave para comprender el amor en su dimensión más madura.

Del individualismo al “nosotros”

Toda relación comienza, en cierta medida, buscando bienestar personal. Cuando el vínculo crece, también, lo hace la conciencia de que ya no se trata solo de uno mismo. Aparece, entonces, un cambio de mirada. ¿Qué necesita mi pareja de mí? ¿Qué necesita la relación en este momento?

Este paso del “yo” al “nosotros” no implica perder la identidad, sino ampliarla. Es aprender a integrar al otro en las propias decisiones y prioridades.

La renuncia como camino de crecimiento

Entender la vida en pareja desde esta perspectiva permite reconocer que, en determinados momentos, será necesario renunciar a ciertos comportamientos, actitudes o formas de pensar.

Lejos de ser una pérdida, estas renuncias son una oportunidad de crecimiento. Así, las transformaciones, lejos de limitar, fortalecen tanto a la persona como a la relación.

Algunas de esas renuncias pueden manifestarse de manera concreta: priorizar tiempo de calidad con la pareja, abandonar hábitos o conductas nocivas, dejar de pensar únicamente en uno mismo para empezar a pensar en dos, cultivar la paciencia, la tolerancia y la empatía, aprender a ser más expresivo y emocionalmente disponible.

“Sobrellévense”: la renuncia como expresión del amor

Aquí cobra sentido lo que decía San Pablo: “sobrellévense unos a otros”. Esta expresión no es casual. Habla de un amor que no se limita a lo agradable o a lo fácil, sino que reconoce que convivir con otro implica esfuerzo, paciencia y, muchas veces, incomodidad.

“Sobrellevar” supone aceptar que el otro no siempre será como yo espero, que habrá momentos de tensión, diferencias y límites. Aun así, elegimos permanecer, comprender y construir.

Esto rompe con la idea de que el amor es solo sentir cosas bonitas. Amar también es sostener, tolerar y trabajar activamente por el vínculo.

“Cuidado” no es renunciar a todo

Es importante hacer una distinción clara: amar no significa renunciar a todo. No implica anularse, perder la dignidad o aceptar situaciones de maltrato o dependencia.

Una relación sana nunca debería exigir renunciar a los propios valores, a la familia, a la integridad personal o a aquello que constituye lo esencial de la persona. Cuando esto ocurre, ya no estamos hablando de amor, sino de dinámicas que pueden ser dañinas.

Las renuncias de las que hablamos construyen, no destruyen. Apuntan al crecimiento mutuo, no a la pérdida de identidad.

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En relaciones serias y con proyección, la renuncia no es opcional, es parte del proceso. Amar no es solo sentirse bien, sino también estar dispuesto a incomodarse, a ceder y a crecer. Porque, al final, una relación sólida no se construye únicamente desde la comodidad, sino desde el compromiso de ambos por buscar un bien mayor: el de la relación misma.

En general a nadie le gusta buscar pelea. Lamentablemente, la iniciamos “sin querer” y, luego, comienza la frustración porque sentimos que pudimos haber dicho las cosas de una forma diferente.

En el fondo, está el principio de querer sentirnos escuchados, vistos, queridos. En lugar de decir “me siento solo” o “te necesito más cerca”, terminamos diciendo algo como: “eres un egoísta” o “nunca estás para mí”.

Después viene la culpa. También, la confusión: ¿por qué reaccioné así si en realidad quería acercarme?

Las heridas no son cosa menor

La respuesta no está solo en la mala comunicación. Según las investigaciones de expertos como John Gottman y Sue Johnson, muchas discusiones de pareja tienen raíces más profundas: miedo al abandono, activación biológica del sistema de amenaza, heridas emocionales y dificultad para mostrar vulnerabilidad.

Lo que pudo haberse expresado a través de una serie de conversaciones profundas y amistosas, se transforman rápidamente en discusiones.

El verdadero problema no siempre es la comunicación

Se suele decir que muchas relaciones fracasan por “falta de comunicación”. Aunque en parte eso es cierto, la realidad suele ser más compleja.

En muchas parejas, el problema no es simplemente no saber hablar, sino no sentirse emocionalmente seguro para hablar. Cuando una persona se siente ignorada, poco importante o insegura dentro del vínculo, su forma de expresarse cambia. Ya no habla desde la calma, sino desde la alarma.

Por eso, detrás de una frase agresiva, muchas veces no hay frialdad ni desprecio, sino una necesidad afectiva mal expresada. Obviamente a nadie le gusta estar en una relación donde esto se vuelve parte de la normalidad. A largo plazo esto se vuelve extremadamente agotador y es una de las grandes razones de porque se rompen las relaciones.

Por qué es más fácil atacar que decir “me dolió”

Mostrar vulnerabilidad exige fortaleza interior. Decir frases como “esto me hizo sentir solo”, “me dolió mucho” o “tengo miedo de que no me necesites” implica exponerse. Cuando uno ya se siente inseguro, esa exposición puede vivirse como demasiado riesgosa.

Entonces hacemos algo muy humano: transformamos la herida en reproche. En vez de decir “me dolió que no me llamaras”, decimos “nunca piensas en mí”. En vez de decir “necesitaba sentirme importante para ti”, decimos “eres un desconsiderado”.

Esto es clave porque, como explica John Gottman, no es lo mismo una queja que una crítica. Una queja apunta a una conducta concreta. Una crítica, en cambio, ataca el carácter del otro. Y cuando la conversación comienza así, es mucho más probable que termine mal.

Cómo dejar de atacar a tu pareja cuando te sientes herido

La buena noticia es que estos patrones pueden cambiar. No de un día para otro, pero sí con conciencia, práctica y un nuevo modo de leer lo que está pasando.

1. Habla desde tu experiencia, no desde la acusación: en lugar de empezar con “tú siempre” o “tú nunca”, intenta comenzar con algo como:
 “Yo me sentí solo cuando pasó esto.”
 “Esto me dolió más de lo que parece.” Hablar en primera persona reduce la defensividad y hace más visible la emoción real.

2. Expresa la necesidad que hay debajo del reclamo: a veces decimos muy bien lo que el otro hizo mal, pero no logramos decir qué necesitamos. En vez de atacar, prueba con frases como:
 “necesito sentir que me escuchas.”,
 “necesito un poco más de cercanía.”,
 “necesito que estés conmigo en este momento, no que me corrijas.”. Eso cambia por completo el tono de la conversación.

3. Distingue si estás haciendo una queja o una crítica: antes de hablar, pregúntate:
 ¿estoy describiendo algo que me dolió o estoy atacando quién es el otro? Esa sola pausa puede evitar mucho daño.

4. Haz una pausa si tu cuerpo ya está desbordado: si sientes el corazón acelerado, ganas de explotar, tensión física o incapacidad para escuchar, probablemente no sea el mejor momento para resolver nada. Tomarse un respiro no es huir. Muchas veces es una forma madura de evitar que el conflicto escale. Calmar el cuerpo es parte de reparar la relación.

5. Aprende a reconocer lo que hay debajo de tu enojo: muchas veces, debajo de la rabia hay tristeza. Debajo del reclamo hay miedo. Debajo del ataque hay una necesidad de cercanía. Poder nombrar eso cambia el vínculo:
 “No estoy enojado solo por esto; en realidad me sentí poco importante.”
 Ese tipo de honestidad puede abrir conversaciones mucho más profundas.

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Si alguna vez te has preguntado por qué atacas justo cuando más necesitas amor, la respuesta puede estar en tu sistema emocional y no solo en tu forma de comunicarte.

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