Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz
del amor.
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La banalización del cuerpo en redes sociales implica reducir la riqueza y complejidad de nuestra corporeidad. Nuestro cuerpo debería ser entendido como una obra de arte única, a un mero objeto de consumo visual y de validación social.
Este fenómeno de la banalización no solo afecta la autoestima. También refuerza dinámicas de violencia estética y presión estructural que impactan en la salud mental y en la dignidad humana.
La pregunta es: ¿en qué momento comenzamos a ponerle precio a nuestro cuerpo? ¿Y cómo es posible que su valor esté medido por likes, seguidores y comentarios?
La era digital y de consumo en redes sociales trajo muchas ventajas y herramientas extraordinarias. Además, trajo consigo el mal uso, la priorización de la apariencia, los filtros y retoques digitales, los modelos inalcanzables como referencia de éxito y perfección. Puso así en peligro nuestra salud física y emocional al convertir el cuerpo en mercancía de aprobación social.
Body shaming
La banalización del cuerpo en redes sociales se manifiesta principalmente a través del body shaming (avergonzar el cuerpo). Es decir, burlas, críticas y ridiculización del aspecto físico que se difunden mediante likes, memes y comentarios aparentemente inofensivos, que terminan normalizando la crueldad y generando inseguridad emocional.
El fenómeno “body shaming”, puede ser externo (cuando otros critican), o interno (cuando la persona se critica a sí misma).
En el body shaming externo, nosotros poseemos el poder y control sobre él. No tenemos la capacidad de controlar, disminuir o eliminar las actitudes dañinas que otros realicen sobre nosotros, pero si podemos limitar su efecto.
Si hemos logrado desarrollar un autoestima sano y fortalecido, cualquier tipo de contaminación que suelten sobre nuestras vidas no nos afectará en absoluto. Una autoestima sana funciona como escudo de protección ante agresores emocionales. Por eso, es fundamental que hoy, en esta sociedad superficial, indiferente y sin empatía que nos rodea, procurar que nuestro escudo se encuentre fuerte y sin fisuras.
A diferencia del body shaming externo, el interno es el más difícil de combatir. Platón decía: “es peor cometer un mal que padecer un mal, porque cuando lo padezco queda alojado en el exterior, pero cuando lo cometo, queda en el interior”. Al exterior, lo podemos sanar, pero el interior tiene que ser transformado necesariamente.
Cuando llegamos a ese punto de criticarnos y dañarnos a nosotros mismos, necesitamos reiniciar nuestros sistema interno, liberarnos de toda conducta, acción, palabras, que hayan distorsionado nuestra verdad. Así, es preciso volver a mirarnos en el espejo real, como la maravillosa obra de arte que somos.
Objeto de consumo: la reducción del cuerpo.
El cuerpo humano se transforma en un objeto de consumo visual. Esta lógica convierte la identidad personal en una mercancía digital, generando insatisfacción corporal y alimentando una comparación constante con modelos irreales.
Este fenómeno no solo impacta en la autoestima, sino que también perpetúa estereotipos, fomenta la competencia estética y normaliza la presión por encajar en cánones de belleza.
La persona deja de ser sujeto y pasa a ser “contenido” que debe atraer visualizaciones.
La moda, la cosmética y estética capitalizan esta lógica. Así, las personas son utilizadas y elegidas estratégicamente para promover determinado producto.
Las chicas ambicionan ser embajadoras de marcas y saben que para ello deben cumplir ciertos requisitos estéticos que atraigan el marketing de la marca que se intenta comercializar. Las grandes marcas ya no pagan por publicidades, sino utilizan a influencers para promover sus productos.
De ese modo, se convierten en vitrinas vivientes que muestran cuerpos, rostros, piel, cabello aspiraciones. Por tanto, refuerzan la idea de que la apariencia es capital social.
Comparación constante
La comparación en redes sociales puede atentar contra la autoestima. ¡Ojo! la comparación puede ser hacia arriba o hacia abajo.
Podés mirar a quienes consideras superior y llenarte de motivación, porque se convierte en una inspiración para tu vida personal. Eso está bien. Necesitamos admirar a alguien, los héroes de nuestras vidas nos inspiran a crecer, conquistar, superar.
Lo que no es saludable es compararte con esa persona, porque son vidas y realidades diferentes. No te critiques por no ser la persona a quien admiras, mejor desarrollar fortalezas para poder ser de inspiración a otros.
También existe la comparación “hacia abajo”. Nos da una cierta sensación de alivio momentáneo al vernos “mejor” que alguien más. Esto solo puede ser bueno cuando, al ver a alguien pasando situaciones difíciles, nos hace reflexionar y valorar lo que poseemos o hemos alcanzado. Así, brota agradecimiento en nuestras vidas. Si la comparación es para sentirnos superior, solo deja en evidencia un autoestima dañada y una vida pidiendo a gritos auxilio a través de la necesidad de validación constante.
Los algoritmos de las redes sociales priorizan imágenes “ideales” que generan presión estética y ansiedad. Cada imagen genera un mensaje repetitivo: “¡quién pudiera ser así! en cambio yo, soy un desastre”. Este tipo de comparación constante alimenta la idea de no ser suficiente. Se auto imponen metas estéticas que no corresponden a la realidad.
La comparación intensifica inseguridad y pérdida de amor propio. Surgen emociones como envidia, irritabilidad o rechazo hacia uno mismo.
¡Mejorate por vos!
Mejorate, arréglate, superate, ponete metas, sé disciplinad/a en la vida, soñá, avanza y concreta lo que dejaste pendiente. Sobretodo, ¡ACAPTATE! No te detengas demasiado tiempo en tus complejos, en tus errores, en tus defectos, en tus fracasos. ¡Mejor desarrollá fortalezas!
¡Hacelo por vos! Comé más sano para sentirte más saludable y más fuerte, dormí mejor por despertar renovado/a, movete, bailá o hace un deporte para tener más energía! ¡Perseguí el progreso, no la perfección! ¡Y sobre todo dejá de hablar mal de vos frente al espejo y ¡descubrí lo increíble que sos!
En definitiva, tu cuerpo cambia, y va a seguir cambiando. Su valor tiene que ser siempre el mismo.
***
La banalización del cuerpo en redes sociales no es solo un problema de estética, sino de dignidad humana. Tenemos que revalorizar el cuerpo como expresión de vida y no como objeto de calificación o de juicio.
Entendamos que es el cuerpo quien nos permite movernos, respirar, abrazar, y hacer lo que más amamos. Es verdad que no siempre vamos a amar cada parte de nuestro cuerpo. Aún ahí, merece respeto.
Cada clic puede reforzar la crueldad o abrir espacio para la empatía. La clave está en transformar las redes en un lugar donde el cuerpo deje de ser objeto de burla y se reconozca como valor personal. ¡Hagámoslo real!
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Por: Rafael Lafuente
Me casé en 2013 con Diana y con ella he tenido cuatro hijos.
He hablado de sexualidad, he dado la misma conferencia a parejas jóvenes y a matrimonios mayores, a solteros y a casados, a creyentes practicantes, creyentes no practicantes y a no creyentes. De todos he aprendido y a casi todos, al explicarles mi visión de la sexualidad, creo que les he ayudado.
Nos hemos acostumbrado a hablar de afectividad, sexualidad y matrimonio con las categorías que impone el mundo. Con esas categorías es difícil ganar la partida. Casi siempre se pierde. Una de las pruebas de esa derrota es haber normalizado, en apenas unos años, una idea que hace poco tiempo habría causado extrañeza: que antes de casarse hay que comprobar si la pareja es sexualmente compatible.
Para conocer más ingresar a: https://rafalafuente.com/
Una suposición que no se sostiene
Detrás de esa idea hay una suposición difícil de defender: que quienes se casaron sin haber practicado antes el sexo, no supieron después entenderse en ese terreno. No hay razones para pensar que fuera así. Lo que suele esconderse tras la pregunta de la compatibilidad es otra cosa: la búsqueda de una justificación razonable para adelantar el sexo al matrimonio.
Conviene partir de dos premisas ciertas. La vida matrimonial es larga y la sexualidad será una de sus piezas importantes. Si esa pieza no encaja bien, el matrimonio puede resentirse. Hasta ahí, de acuerdo. El problema aparece en el paso siguiente: concluir que, por tanto, hay que probarlo todo antes, como si lo no ensayado previamente fuera imposible de encajar después.
La pregunta que no se hace
Cabría devolver la pregunta con otra: ¿vamos a probar antes de casarnos todo lo que nos vamos a encontrar en el matrimonio?
Y si la respuesta fuera afirmativa, ¿no deberíamos empezar por aquello que resulta más difícil de encajar, allí donde de verdad se revela la fortaleza o la fragilidad del otro?
Porque, salvo patología severa o una torpeza extrema —incluida la incapacidad de aprender-, lo más probable es que la vida sexual funcione bien dentro del matrimonio. Es más: una de las ventajas de la vida conyugal es precisamente esa: que al compartirse siempre con la misma persona, cada vez se hace mejor.
Quienes llevan treinta años casados lo hacen mejor que quienes llevan veinte. Estos, mejor que quienes llevan diez. Estos, a su vez, mejor que los recién casados.
Hay cosas que requieren práctica, sin duda. Así, el matrimonio ofrece toda una vida para practicarlas y disfrutarlas. Cabe, entonces, preguntarse por qué se quiere adelantar justamente aquello en lo que el éxito es tan probable, y no otras cuestiones que exigirán bastante más esfuerzo.
El cuidado y el dinero también deberían adelantarse
Si el motivo fuera realmente la responsabilidad, la pareja debería someterse a pruebas más exigentes, no más cómodas. Pensemos en el cuidado del otro. Por edad o por enfermedad, es probable que en algún momento de la vida matrimonial uno de los dos quede dependiente, postrado o sin plena capacidad física o mental. Es probable, también que uno de los dos necesite ser cuidado por quien ha prometido entregarle su vida.
Sería coherente, siguiendo esa misma lógica, que los novios acudieran juntos cada semana a una residencia de ancianos, a un hospital o a un centro de rehabilitación, para comprobar si el otro es capaz de acompañar y cuidar. Nadie propone, sin embargo, adelantar esa prueba.
Lo mismo ocurre con el dinero. En el matrimonio, al casarse, los bienes pasan a ser comunes. Es decir, lo que gana uno pertenece también al otro. Es una entrega importante y, sin embargo, no es costumbre que los novios adelanten esa entrega antes de la boda ni que depositen sus ahorros en una cuenta compartida durante el noviazgo. Para eso no hay prisa.
Una pregunta que no busca lo que dice buscar
Todo esto sugiere que la pregunta por la compatibilidad sexual prematrimonial no es una pregunta sincera. No busca garantizar el buen funcionamiento del matrimonio, sino justificar el sexo antes de él.
Frente a esa pregunta, resulta más honesto plantear otras: ¿si esos mismos novios que tienen tanta prisa por adelantar el sexo tendrían la misma prisa por adelantar el cuidado del enfermo o la entrega de sus bienes? La respuesta suele ser reveladora.
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En síntesis, la compatibilidad sexual no es un requisito que deba comprobarse antes del matrimonio, sino una realidad que se construye dentro de él, con el tiempo y el conocimiento mutuo. Adelantar el sexo con la excusa de la compatibilidad no adelanta la responsabilidad conyugal: la elude, escogiendo precisamente la prueba más fácil y evitando las que de verdad exigirían un compromiso genuino.
Hace algún tiempo acompañé a un paciente con cáncer avanzado. Había pasado de trabajar, proyectar y sostener a su familia, a depender de estudios, consultas y tratamientos. Recuerdo una frase que repetía muy seguido: «Quiero que pase algo.»
No estaba pidiendo morir. Estaba cansado, confundido y necesitaba respuestas, alivio, alguien que caminara con él en una etapa difícil de su vida.
Vivimos en una sociedad que valora enormemente la juventud, la independencia y el rendimiento. Sin darnos cuenta, corremos el riesgo de mirar a las personas con la misma lógica con la que miramos los objetos: mientras funcionan, sirven; cuando dejan de hacerlo, se reemplazan. Esta forma de pensar es lo que los últimos Papas han llamado «cultura del descarte».
El valor de una persona no depende de su funcionalidad
Cuando una persona enferma gravemente, pierde autonomía o necesita ayuda para realizar actividades básicas, algunos comienzan a preguntarse si su vida sigue teniendo sentido. Nuestra dignidad no depende de lo que hacemos, sino de quiénes somos.
Si el valor de una persona dependiera de su capacidad de producir, un recién nacido valdría menos que un adulto sano y un anciano dependiente valdría menos que una persona joven. Intuitivamente sabemos que eso no es así.
Cada vida humana conserva su valor desde la concepción hasta la muerte natural. La enfermedad puede cambiar nuestras capacidades, pero nunca nuestra dignidad.
La verdadera compasión no elimina al que sufre
Con frecuencia se presenta la eutanasia como una respuesta compasiva al sufrimiento. La verdadera pregunta es ¿el problema es la persona o el sufrimiento que está atravesando?
La medicina actual dispone de recursos extraordinarios para aliviar el dolor y otros síntomas difíciles. Los cuidados paliativos nacieron precisamente para que nadie tenga que atravesar la enfermedad avanzada, la agonía o la muerte en soledad ni con sufrimientos evitables.
La auténtica compasión no consiste en provocar la muerte para eliminar el dolor, por más que la persona lo pide. Consiste en permanecer al lado del que sufre, aliviar lo que pueda aliviarse y acompañar cuando ya no es posible curar. Aunque es difícil de comprender que hay otra salida, debemos superar esa «empatía» por un bien mayor, su salvación eterna.
Ni encarnizamiento terapéutico ni abandono
Desde la misma fe, siempre se rechazaron ambos extremos. Por un lado, el encarnizamiento terapéutico, que intenta prolongar la vida a toda costa mediante medios desproporcionados. Por otro, el abandono del paciente, cuando se deja de cuidar porque ya no existe posibilidad de curación.
El camino humano y éticamente correcto es el acompañamiento. Continuar cuidando, alimentando, hidratando, aliviando síntomas, escuchando y sosteniendo a la persona hasta el final de su vida.
Como decía san Juan Pablo II, la dignidad de una persona permanece intacta incluso en medio de la enfermedad más grave.
El sufrimiento no tiene la última palabra
Nadie está obligado a «aguantar» el dolor por el dolor mismo. El sufrimiento debe prevenirse y tratarse siempre que sea posible. En ese caso existe una opción de tratamiento que consiste en sedar al paciente para aliviar ese dolor, pero no termina con su vida.
La experiencia humana muestra que incluso en medio de la fragilidad pueden surgir algunos de los momentos más valiosos de la vida: reconciliaciones familiares, palabras pendientes, actos de amor, crecimiento espiritual y encuentros profundos con Dios.
Cristo mismo nos recuerda que el sufrimiento no tiene la última palabra. Dios puede sacar bien incluso de aquello que hoy no comprendemos. Muchos pacientes descubren en esta etapa que siguen teniendo una misión: amar y dejarse amar.
La cultura del descarte nos pregunta cuánto vale una persona cuando ya no puede producir. A lo que respondemos que vale exactamente lo mismo que cuando era joven, fuerte y saludable. ¿Y esto cómo? o ¿por qué? Porque existe un Dios creador y Padre de todos, quien nos da la misma dignidad sin distinciones.
No depende de nosotros determinar quién es más o menos importante, quién debe irse o no. Ni nosotros respecto a nosotros mismos. «Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti» dice San Agustin.
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Cuando no comprendemos el dolor, la enfermedad o los tiempos de Dios, podemos mirar a nuestra Madre. La Virgen María, que permaneció al pie de la cruz sin entender plenamente todo lo que estaba sucediendo, es también modelo para quienes acompañan el sufrimiento. Que ella, que guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón, nos enseñe a permanecer junto al que sufre con amor, respeto y esperanza.
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