Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz
del amor.
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Evitar nombrar una relación no la protege, la paraliza. Dar nombre a un vínculo no es una mera formalidad: es un acto de reconocimiento mutuo que permite construir sobre bases sólidas y proyectarse hacia el futuro.
Hay una conversación que muchas personas posponen semanas, meses o incluso años. Una que parte del ya clásico “¿qué somos?”.
Aunque parezca un interrogante sencillo, pocos generan tanta incomodidad. Detrás de esa pregunta, hay mucho más que una simple etiqueta. Hay historia, heridas, expectativas y, sobre todo, miedo.
En este artículo vamos a explorar por qué nos cuesta tanto nombrar las relaciones afectivas, qué nos dicen la psicología y la antropología sobre el poder de denominar las cosas, y por qué una relación con nombre tiene más posibilidades de crecer de manera sólida. ¡Veamos!
El poder de nombrar las cosas para poder definirlas
Nombrar no es un acto trivial. Las palabras no solo describen la realidad, también la estructuran.
Cuando le ponemos rótulo a algo, lo separamos del caos de lo indefinido y lo traemos al terreno de lo concreto, de lo pensable, de lo comunicable. Ludwig Wittgenstein lo formuló de manera precisa: “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”.
Si no tenemos palabras para algo, ese algo existe de forma difusa, sin contornos claros. Lo que no tiene contornos es difícil de sostener, de proteger, de construir.
Carl Rogers hablaba de la importancia de la congruencia: que lo que sentimos, lo que pensamos y lo que expresamos estén alineados. Vivir en la incongruencia (sentir una cosa y nombrar otra, o no nombrar nada) genera tensión interna. No porque sea incorrecto en lo moral, sino porque nos desconecta de nuestra propia experiencia.
Una persona desconectada de su experiencia con dificultad puede relacionarse de forma auténtica con otra. Por graficarlo: si yo no denomino chocolate al chocolate, al decirle a alguien que me pase “eso” o llamarlo “el cuadrado”, nunca saborearé esa deliciosa golosina.
Cuando nombramos la realidad, comienza a existir de otra manera
Hay un pasaje del Génesis que resulta profundamente revelador. Dios, habiendo creado el mundo, encomienda a Adán la misión de poner nombres a los animales.
No es una tarea menor ni decorativa. Es un acto de participación en la Creación misma: al nombrar, Adán ejerce su razón, su capacidad de discernir, de ordenar lo que le rodea. Lo hace suyo; se encuentra con ello.
El ser humano se realiza a plenitud en el encuentro con el otro. Así, ese encuentro auténtico requiere reconocimiento. Esto implica, entre otras cosas, nombrarlo: en su dignidad, en su singularidad, en el lugar que ocupa en nuestra vida.
Una relación sin nombre es, en cierto sentido, una relación sin reconocimiento mutuo pleno. Los dos saben que algo existe, pero ninguno ha asumido la responsabilidad de decirlo.
Sin ese acto de reconocimiento, es difícil que el vínculo madure hacia algo sólido. En la costa ecuatoriana nació una especie de tomada de pelo que se convirtió en dicho: “oye, ¿tú te llamas oye?”. La idea es que ante el primer vocablo la otra persona responda, de lo cual nos burlamos para completar con el resto de la frase. Se ha convertido en una forma de reproche hacia alguien que nos habla sin respeto.
La imagen es clara: si no somos capaces de llamar al otro por su nombre, desconocemos su dignidad individual.
¿Por qué nos cuesta tanto darle nombre a una relación de pareja?
Aquí es donde la conversación se pone incómoda. Todos conocemos los siguientes eufemismos: “estamos saliendo”, “vamos viendo”, “es un plan”, “somos lo que somos”.
Estas son frases diseñadas, consciente o inconscientemente, para mantener la ambigüedad. ¿Por qué? Hay varias razones. Nombrar una relación implica asumir una responsabilidad. Si decimos “somos novios”, hay una expectativa implícita de fidelidad, de presencia, de intención de futuro. Eso asusta.
Por otra parte, pedir que se nombre algo es arriesgarse a que el otro lo niegue. Ese ‘no’ puede doler mucho.
Vivimos además en una sociedad líquida que se desenvuelve en relaciones líquidas. El “somos libres” que a veces encubre una falta de valentía para asumir las consecuencias de ponerle límites al vínculo.
Abraham Maslow situaba el amor y la pertenencia como necesidades fundamentales del ser humano. Paradójicamente, las estrategias que usamos para protegernos del dolor (incluyendo evitar nombrar la relación), muchas veces, nos alejan de la conexión genuina que más necesitamos. Al final, nos terminan haciendo más daño, por no ponerle una etiqueta al frasco de veneno, éste no es menos tóxico.
Una relación con nombre se construye sobre bases sólidas
Nombrar una relación no es ponerle una jaula, es darle cimientos. Cuando dos personas deciden que están juntas y lo hacen explícito, algo cambia. No solo cambia en el modo en que se relacionan entre sí, sino en cómo se presentan ante el mundo. Hay una intención declarada. Existe un proyecto vital compartido, aunque sea chiquito al principio; una base sobre la cual construir un edificio sólido.
La psicología del apego muestra que los vínculos seguros permiten a las personas funcionar mejor, amar con más libertad y afrontar las dificultades con más herramientas. Los vínculos seguros son aquellos en los que existe transparencia, disponibilidad y responsabilidad. La seguridad no nace de la intensidad emocional, sino de la consistencia y la claridad.
Una relación con nombre, con intención, con acuerdo mutuo, ofrece justo eso: un marco seguro dentro del cual crecer. No elimina el riesgo (ninguna relación está libre de él porque somos imperfectos), pero sí permite que ambas personas inviertan de verdad, sabiendo en qué terreno están pisando.
El amor auténtico no es solo un sentimiento, es una decisión. Amar es querer el bien del otro de forma deliberada y sostenida y ese bien implica, entre otras cosas, no dejarlo en la incertidumbre sobre qué lugar ocupa en tu vida o qué puede esperar de ti.
Las emociones detrás de la claridad
Es completamente normal tener miedo de ponerle nombre a una relación. El miedo al compromiso y al rechazo es una respuesta emocional humana. Lo importante es no dejar que ese miedo tome decisiones por ti de forma indefinida, en especial si lo que buscas es una conexión auténtica y duradera.
También es cierto que una relación sin etiquetas puede funcionar si ambas personas han decidido de forma consciente esa estructura y están de acuerdo con ella. Aun así, no será sostenible en el tiempo y sus secuelas pueden ser devastadoras, porque al final siempre es solo una forma de esquivar un tema necesario.
La ambigüedad relacional genera ansiedad y dificulta la formación de vínculos seguros. La claridad, la consistencia y la disponibilidad emocional son pilares de las relaciones sanas y estables.
No hay un momento perfecto para tener esa conversación, pero sí señales de que es necesaria: cuando uno de los dos empieza a preguntarse qué son, si hay expectativas no expresadas, o en el momento en que la ambigüedad genera malestar. Esperar a que “se dé sola” o pensar que nunca hará falta, no suele funcionar.
***
Si pedir claridad aleja a alguien de tu vida, eso en sí mismo es información valiosa sobre la disposición de esa persona para comprometerse contigo y con la relación. Acéptalo, aléjate y avanza.
Un vínculo sólido puede sostener esa charla. De hecho, necesita poder sostenerla. Ponerle nombre es darle valor y peso específico.
“Para que mi amor no sea un sentimiento pasajero”, como dice la canción, es necesario tomar decisiones. Elegir supone nombrar. Amar, recordemos, es una decisión en la que se busca el bien del otro (y buscando el bien del otro, encuentro también, un bien propio).
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La diferencia de opinión en una relación no siempre es una amenaza. A veces, puede convertirse en una oportunidad para aprender a amar mejor. Solemos, usualmente, pensar: “ya no somos compatibles porque pensamos diferente” o “si realmente me conociera, sabría lo que pienso”. A veces, también aparece el “no entiendo cómo puede tener una opinión tan distinta a la mía”. Y otras, el “cada vez discutimos más. Creo que ya no estamos en la misma sintonía”.
¿Cuántas veces hemos escuchado —o dicho— alguna de estas frases? Vivimos en una época en la que, muchas veces, confundimos la compatibilidad con la coincidencia absoluta. Queremos amigos que piensen como nosotros, parejas que compartan nuestras opiniones, familiares que entiendan nuestras decisiones y personas que validen constantemente nuestra manera de ver el mundo.
Recordemos: estamos llamados a amar
En estos momentos en los que aparecen estos pensamientos, entonces surge una pregunta importante: ¿es realmente sano coincidir en todo? Y aún más importante: ¿podemos amar profundamente a una persona con la que no siempre estamos de acuerdo?
La respuesta, aunque pueda incomodarnos un poco, es sí. Porque amar no significa encontrar a alguien que piense exactamente como nosotros. Amar tampoco significa desaparecer dentro del pensamiento del otro. Amar implica aprender a encontrarnos incluso en medio de nuestras diferencias.
No somos la misma persona
Puede parecer obvio, pero dentro de una relación a veces lo olvidamos. La persona que tenemos al lado no nació con nuestra historia, no vivió nuestras mismas experiencias, no fue educada exactamente igual y no mira necesariamente la vida desde el mismo lugar.
Incluso cuando compartimos valores fundamentales, podemos tener opiniones diferentes.
Podemos estar de acuerdo sobre la importancia de la familia y discutir sobre cómo educar a los hijos.
Podemos, además, amar profundamente nuestra relación y tener maneras distintas de expresar afecto. También, compartir una misma fe y, aun así, vivir procesos espirituales diferentes.
No olvidemos que queremos construir un futuro juntos, sí. Entonces, es válido no coincidir en cada decisión sobre cómo hacerlo.
La diferencia no es necesariamente una amenaza. Es, en muchos casos, una consecuencia natural de estar frente a una persona distinta a nosotros. Y quizás uno de los grandes errores que cometemos en nuestras relaciones es esperar que el amor elimine las diferencias.
El amor maduro no elimina al otro. Lo reconoce.
El problema no es pensar diferente
Una relación no comienza a deteriorarse necesariamente porque dos personas tengan opiniones distintas. El verdadero problema aparece cuando dejamos de respetarnos por pensar diferente.
Es decir, cuando una conversación se convierte en una competencia, cuando escuchar significa simplemente esperar nuestro turno para responder, cuando queremos convencer al otro en lugar de comprenderlo.
A veces, pensamos: “si me amaras, pensarías como yo”. O peor aún: “si no piensas como yo, entonces estás equivocado”.
No toda diferencia necesita convertirse en una batalla. No toda conversación necesita tener un ganador. Y no todas las opiniones diferentes requieren que alguien cambie inmediatamente de postura.
Hay algo profundamente liberador en descubrir que podemos escuchar una opinión distinta sin sentir que nuestra propia identidad está siendo atacada.
No es lo mismo diferir que herir
Aquí es importante hacer una distinción. No toda diferencia de opinión debe ser tolerada de la misma manera.
Hay asuntos secundarios en los que podemos aprender a convivir con posturas distintas: gustos, preferencias, formas de organizar el tiempo, opiniones sobre determinadas situaciones.
También existen diferencias que tocan valores fundamentales de una relación. Por ejemplo, el respeto, la fidelidad, la dignidad de la persona, la violencia, la responsabilidad.
También, el compromiso.
No podemos utilizar la frase “simplemente pensamos diferente” para justificar comportamientos que dañan profundamente al otro. Una cosa es tener una opinión diferente. Otra muy distinta es utilizar esa diferencia para humillar, manipular, controlar o herir.
Una relación sana necesita espacio para la diversidad, pero también necesita límites claros. El respeto nunca debería ser negociable.
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¿Por qué nos molesta tanto, entonces, que el otro piense diferente? Quizás porque, en el fondo, muchas veces buscamos seguridad. Es decir, queremos sentir que estamos construyendo con alguien que mira en nuestra misma dirección. Eso es comprensible.
El problema aparece cuando creemos que mirar hacia la misma dirección significa tener exactamente la misma mirada. Dos personas pueden caminar hacia un mismo horizonte desde perspectivas diferentes.
De hecho, a veces, la diferencia del otro puede mostrarnos algo que nosotros no habíamos visto. Quizás por eso una relación madura no pregunta solamente: “¿cómo hago para que piense como yo?”, y también, “¿qué puedo aprender de esta diferencia?”.
No significa aceptar todo. No significa renunciar a nuestras convicciones. Significa tener la suficiente humildad para reconocer que no siempre poseemos toda la verdad.
Llega un momento de la vida en el que la pregunta por la identidad deja de ser una cuestión abstracta. A los veinte años, uno puede preguntarse quién es mientras todavía imagina muchas vidas posibles. A los treinta, en cambio, la pregunta empieza a tener peso.
Ya hubo decisiones, relaciones que dejaron huella, proyectos que no salieron como esperábamos, trabajos que quizá no llenaron tanto como prometían. Algunos amigos se casaron, otros tuvieron hijos y algunos cambiaron de rumbo varias veces. Entonces, pareciera que la sensación de urgencia e incertidumbre surge con mas fuerza.
Allí reaparece la pregunta fundamental: ¿quién soy?
No es extraño que nuestra cultura nos enseñe a buscar la respuesta principalmente dentro de nosotros mismos. Descubrir quién soy parecería consistir en identificar mis proyectos personales, reconocer mis capacidades, aceptar mi historia, sanar mis heridas y encontrar aquello que me hace sentir auténtico.
Todo eso tiene algo de verdadero. El problema comienza cuando suponemos que podemos llegar hasta el fondo de nuestra identidad mirándonos solamente a nosotros mismos.
La antropología cristiana propone algo bastante más profundo. Tal vez la pregunta “¿quién soy?” no pueda responderse por completo hasta que descubramos que existe otra: ¿para quién soy?
No se trata de reemplazar una pregunta por otra ni de sostener que nuestra identidad dependa de encontrar pareja, tener hijos o convertirnos en alguien indispensable para los demás. Juan Pablo II estaba convencido de que la persona humana sólo puede comprenderse desde la lógica del don. Por eso, dentro de sus catequesis sobre la Teología del Cuerpo, afirmó que comprender la dimensión del don “es importante e indispensable para conocer quién es el hombre y quién debe ser” (Juan Pablo II, Audiencia general, 13 de febrero de 1980).
El Papa no está hablando simplemente de proyecciones sobre nuestra vida futura. Está diciendo que existe algo escrito en nuestro cuerpo, en nuestra condición corporal, sexuada y relacional, que revela quiénes somos.
El cuerpo no es solamente una parte de nosotros. Hace visible algo de nuestro misterio como personas: hemos sido creados capaces de salir de nosotros mismos, de entrar en comunión y de convertir nuestra propia existencia en un don para los demás. Es en ese momento cuando podemos descubrir que nuestra existencia no es “solamente para mi”.
Antes de ser el uno para el otro
Hay una frase de Juan Pablo II que expresa esta idea con una belleza especial. Al comentar el relato de la creación del Génesis, escribe: “El varón y la mujer, antes de convertirse en marido y esposa, surgen del misterio de la creación ante todo como hermano y hermana en la misma humanidad” (Juan Pablo II, Audiencia general, 13 de febrero de 1980).
Antes de ser esposo y esposa hay algo fundante. Antes de pertenecerse mutuamente, ambos “surgen del misterio de la creación”. Es como si, en el relato bíblico, Adán abriese los ojos y descubriera que no se ha dado a sí mismo la existencia. Lo mismo ocurre con Eva.
Cuando se encuentran, ya han sido pensados, ya han sido amados y ya han sido llamados a existir por Alguien anterior a ellos. Podríamos condensarlo en una frase que, aunque no pretende ser una cita textual de Juan Pablo II, puede sintetizar su pensamiento: “antes de ser él para ella y ella para él, ambos son de Dios y para Dios”.
Esto cambia mucho nuestra manera de comprender el amor humano, porque significa que el otro nunca puede ser el fundamento último de mi identidad. La persona que amo puede reconocerme, acompañarme, admirarme y confirmarme de innumerables maneras; pero no puede darme aquello que ya tuvo que serme dado para que yo pudiera llegar a su encuentro: mi existencia y mi valor.
Por eso, el cristianismo no empieza respondiendo a la pregunta “¿quién soy?” con una lista de cualidades. Empieza contando una historia: la de Alguien que te deseó y te eligió. Antes de que pudieras hacer algo para merecerlo, antes de que fueras útil e incluso antes de que pudieras responder, tu existencia fue un don.
Esta verdad puede parecer muy elemental, pero toca una de las heridas más profundas de nuestra época. Muchas veces buscamos en las relaciones humanas una confirmación que ninguna relación humana puede sostener por sí sola.
Necesitamos que alguien nos elija para sentir que somos aceptados; que alguien nos desee para sentir que somos amados; que alguien permanezca para convencernos de que no somos descartables. Sin darnos cuenta, podemos colocar sobre los hombros de otra persona una tarea imposible: decirme definitivamente quién soy y cuánto valgo.
Entonces, el amor empieza a deformarse. Ya no me acerco al otro solamente porque quiero su bien, sino porque necesito sentirme valioso para alguien. El “te amo” puede esconder un “necesito desesperadamente que me ames”. Cuanto mayor es esa necesidad, mayor es también la tentación de poseer. Juan Pablo II describe con precisión este peligro cuando contrapone la comunión de personas a la apropiación. La concupiscencia, afirma, “ella sola no une, sino que se adueña. La relación del don se transforma en la relación de apropiación” (Audiencia general, 23 de julio de 1980).
Tal vez muchas experiencias afectivas dolorosas puedan entenderse desde ahí. No necesariamente porque no hubiera sentimientos verdaderos, sino porque esperábamos del otro algo que ningún ser humano puede dar: que fuera nuestra fuente.
El otro no es mi creador y yo tampoco soy el suyo. Sólo cuando descubrimos esto podemos empezar a encontrarnos verdaderamente, como hermanos en la misma humanidad. Quizá sea por ello que el Amado del Cantar de los Cantares reconoce en la Amada a su hermana, antes que a su esposa: “¡Abreme, hermana mía, mi amada, paloma mía, mi preciosa!” (Ct. 5, 2).
No puedo inventarme a mí mismo
Hay algo profundamente contracultural en aceptar que nuestra identidad es, antes que una construcción, una recepción. Una buena parte de nuestra cultura nos invita a pensarnos como una hoja en blanco: cada uno debería definirse, configurarse, diseñarse a sí mismo.
El cristianismo no niega nuestra libertad, pero creer que “todo depende de mi, incluso mi propia identidad”, quizá sea una de las causas mas importantes de nuestra ansiedad tan actual. Por el contrario, es bueno saber que antes de pretender fabricar artificialmente una identidad, ya soy amado solo por el hecho de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios.
Por eso, hay algo de nuestra identidad que nunca podremos fabricar. Podemos descubrirlo, aceptarlo, rechazarlo u oscurecerlo, pero no producirlo. La persona humana, dice el Concilio Vaticano II, es la “única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo”, y es por ello que “no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (Gaudium et Spes, 24).
Estas dos afirmaciones tienen que mantenerse juntas: soy querido por mí mismo y, precisamente por eso, estoy hecho para entregarme. No soy valioso porque soy útil para otro. Dios no me ama porque pueda cumplir alguna función.
Mi dignidad no aumenta cuando alguien me necesita ni disminuye cuando alguien deja de elegirme.
Soy querido “por mí mismo”. Sería un error concluir que la plenitud consiste en encerrarme sobre esa identidad, aislado de todos los demás. Ocurre exactamente lo contrario: ese yo que es amado por sí mismo, sólo llega a descubrirse cuando se le permite salir a través de la donación a los demás.
Quizá aquí esté una de las respuestas más interesantes a cierta crisis contemporánea de identidad. Hemos multiplicado las posibilidades de preguntarnos quiénes somos, pero a veces hemos empobrecido la pregunta acerca de para quién vivimos. Cuando el yo se convierte en el proyecto central de toda una existencia, termina produciéndose una paradoja: cuanto más obsesivamente intento encontrarme, más inaccesible parezco volverme para mí mismo.
El Evangelio ya había anunciado esa paradoja: “el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará” (Mt. 16, 25). No es una invitación a desaparecer, a permitir abusos o a vivir permanentemente sometido a las necesidades ajenas. Para poder dares, hace falta poseerse.
Sólo puedo regalar aquello que es verdaderamente mío. El don de sí supone libertad, madurez e identidad. Así, ocurre algo misterioso: hay aspectos de nosotros mismos que sólo aparecen cuando son entregados.
Uno puede pasar años preguntándose si es capaz de amar y descubrir una respuesta cuidando concretamente a alguien. Puede no saber cuánta fortaleza tiene hasta que llega el momento de sostener a otra persona. Puede desconocer su capacidad de ternura hasta que alguien se vuelve destinatario de ella. Hay zonas enteras de nuestra personalidad que no se revelan mediante la introspección, sino que necesitan una relación.
Soy para Él
Todavía queda algo anterior. Si alguien me preguntara “¿para quién eres?”, podría pensar enseguida en mi esposa, mis hijos, mis amigos, mi comunidad religiosa o las personas a las que sirvo. Todo eso puede ser verdad. La fe cristiana lleva la pregunta un paso más atrás: ¿para quién soy antes de todos ellos?
La respuesta es Dios. No porque Dios necesite algo de nosotros, sino porque esa es nuestra relación primaria, de Él venimos y hacia Él nos dirigimos. Somos nosotros quienes recibimos de Él gratuitamente el ser.
Por eso, pertenecer a Dios no significa convertirse en una propiedad que Él utiliza, sino descubrir el Amor del que procedemos y hacia el cual estamos llamados.
Paradójicamente, descubrir que antes de ser para mi pareja, soy para Dios, no debilita el amor humano, sino que lo hace posible en su forma más libre. Si sé que mi existencia está sostenida por un Amor anterior al de mi matrimonio, puedo dejar de exigirle a mi esposa/o que sea mi dios. Ya no necesito poseer al otro para asegurar mi identidad o mi valor.
Asçi, puedo recibir al otro como don sin convertirlo en una respuesta absoluta a mi necesidad de ser amado. Es, entonces, cuando la respuesta absoluta a mi necesidad legítima de amor puedo encontrarla en el Absoluto, en Dios mismo.
***
Recapitulamos, entonces, ala pregunta “¿quién soy?” no puede responderse por completo hasta que descubramos que existe otra: ¿para quién soy? El cuerpo hace visible algo de nuestro misterio como personas: hemos sido creados capaces de salir de nosotros mismos, de entrar en communion.
Hay Alguien que ya te deseó. Sí. Repito, Jesús ya te deseó y, además, te eligió. Antes de que pudieras hacer algo para merecerlo, antes de que fueras útil e incluso antes de que pudieras responder, tu existencia fue un don.
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