Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz
del amor.
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La pregunta por la realización femenina parece más abierta que nunca. Tenemos más opciones, más oportunidades y más libertad para elegir nuestro proyecto de vida. Sin embargo, muchas mujeres experimentan una paradoja: nunca hubo tantas posibilidades y, al mismo tiempo, nunca pareció tan difícil sentirse plenamente realizadas.
El rol como expresión de nuestra personalidad
Cuando hablamos de un rol nos referimos al conjunto de responsabilidades, vínculos, decisiones y formas de actuar que asumimos en nuestra vida. Somos hijas, amigas, profesionales, esposas, madres, estudiantes. Aunque ocupemos distintos roles, no tenemos múltiples personalidades. Seguimos siendo la misma persona.
Los roles no nos quitan identidad; más bien son una forma de expresarla. Cada mujer vive la maternidad, la amistad o la profesión de una manera única porque cada una posee una historia, una sensibilidad y una personalidad irrepetibles. Por eso, lejos de quitarnos identidad, los roles revelan nuestra singularidad.
La realización personal en la sociedad del rendimiento
Hoy solemos asociar la realización personal con la acumulación de logros, experiencias y reconocimiento. El filósofo Byung-Chul Han advierte que vivimos en una sociedad donde cada persona se convierte en su propio explotador. Ya no necesitamos que alguien nos imponga metas; lamentablemente nosotros mismos nos exigimos producir más, rendir más y demostrar constantemente nuestro valor.
Las mujeres tampoco son ajenas a esta dinámica. La realización termina convirtiéndose en una competencia silenciosa: quién estudia más, quién viaja más, quién tiene mejor trabajo, quién forma una familia perfecta, quién mantiene una imagen impecable. En lugar de sentirnos libres, muchas veces terminamos agotadas intentando cumplir con todos los estándares al mismo tiempo.
La tensión entre trabajo, maternidad y familia
Uno de los debates más importantes de nuestro tiempo gira en torno a la maternidad. Con frecuencia se presenta como una alternativa opuesta a la realización personal, como si una mujer debiera elegir entre desarrollarse profesionalmente o formar una familia.
Sin embargo, la experiencia humana es mucho más compleja. El deseo de ser madre no ha desaparecido. Muchas mujeres siguen valorando profundamente la maternidad, aunque experimenten incertidumbre respecto al momento adecuado para vivirla o las condiciones necesarias para hacerlo.
En la cultura actual la libertad y la coacción pueden confundirse. Creemos elegir libremente, pero a veces nuestras decisiones están condicionadas por una lógica de rendimiento que termina dictando qué vale la pena y qué no. Cuando la productividad se convierte en la medida de nuestro valor, incluso nuestras elecciones más personales pueden terminar subordinadas a ella.
¿Qué significa realizarse como mujer?
La filósofa Edith Stein propone una visión integradora de la vocación femenina. Para ella, toda mujer está llamada a una triple vocación: a nivel humano, femenino e individual que se ha de desarrollar de manera complementaria.
Desde esta mirada, la realización no consiste en negar alguna parte de lo que somos, sino en integrar todas nuestras dimensiones en una unidad coherente. El mundo no necesita mujeres que renuncien a sí mismas para encajar en modelos ajenos. Necesita mujeres capaces de descubrir quiénes son y entregar ese don a los demás.
Roles que liberan, no que esclavizan
La verdadera libertad no consiste en hacer cualquier cosa ni en responder a las expectativas de los demás. Consiste en elegir aquello que nos permite amar mejor y crecer como personas.
Cada mujer está llamada a discernir su propio camino. Algunas decisiones implicarán priorizar la profesión, otras la maternidad, otras una combinación distinta de ambas. Lo importante es que esas elecciones nazcan de una reflexión sincera sobre la propia vocación y no de las presiones culturales del momento.
La pregunta decisiva no es qué esperan los demás de mí, sino qué tipo de persona me estoy convirtiendo con las decisiones que hago a diario. La maternidad, el matrimonio, la profesión, el liderazgo o el servicio no esclavizan por sí mismos. Lo que esclaviza es la lógica que mide el valor de una mujer únicamente por su rendimiento, su productividad o su capacidad de cumplir expectativas ajenas.
Paradójicamente, una cultura que promete liberarnos de todo rol puede terminar imponiendo uno nuevo: el de una mujer que debe demostrar constantemente su éxito, independencia y autosuficiencia.
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Un rol puede convertirse en una carga cuando es impuesto desde fuera, cuando reduce a la persona a una función o cuando le exige renunciar a su dignidad y singularidad. También, puede ser un camino de realización cuando expresa quiénes somos y nos permite entregarnos libremente a los demás.
Una mujer no se realiza cuando acumula experiencias, logros o reconocimientos. Se realiza cuando llega a ser plenamente quien está llamada a ser.
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“El Amor me lo ha explicado todo.”
(San Juan Pablo II)
Quien tenga una idea superficial del amor, considerará esta frase de Juan Pablo como pastelera e insustancial. Tal vez porque se han olvidado de lo que San Pablo nos decía: “nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas”(Corintios 1, 9). Lo único que no pasa, y por eso, el único que puede explicárnoslo todo, es el Amor.
Resulta que hace unos días, en contexto de una fiesta de casamiento, debatimos con amigos respecto a si son lícitos los besos antes del noviazgo. La mesa quedó dividida en dos posturas tan notables que no recuerdo que hayamos llegado a una conclusión. Fue ahí cuando me propusieron publicar un artículo al respecto y es por eso que estamos aquí.
No voy a dedicarme a hablar específicamente del asunto de los besos. Sin embargo, podemos incluirlo en un tópico más general ¿Acaso existe una regla única para todas las relaciones? ¿O es que acaso “cada pareja es un mundo”?
Esos debates interminables
¿Besos sí o besos no? ¿Caricias sí o caricias no? ¿Abrazos sí o abrazos no? ¿Juntarse estando solos o juntarse cuando hay gente? Todas esas dudas que surgen en una relación, sea saliendo, de novios o incluso como esposos, se resumen en una sola pregunta: ¿hay alguna norma que diga qué puedo y qué no puedo hacer con mi pareja?
No estamos hablando acá de cuestiones que son reconocidas como “inmorales”, como relaciones sexuales prematrimoniales, sino de aspectos y gestos que no tienen un margen definido explícitamente. Es decir, son aspectos que terminan llevándonos a discusiones y conversaciones inacabables.
Estos debates, sin embargo, no solo son completamente válidos, sino que son muy provechosos, porque nos exigen razonar e interpretar “más allá de lo que está escrito”. Por otro lado, ambas posturas tienen su parte de verdad, pero es necesario que definamos ciertos principios fundamentales para llegar a una verdad común.
La teoría y la práctica, según Santo Tomás
Conviene considerar una distinción esencial que nos enseña Santo Tomás entre la “razón teórica” y la “razón práctica”. No quiere decir que el hombre tenga dos razones, sino que el juicio de la razón distingue dos fines diferentes.
En cuanto a la “teórica”, la razón reconoce que hay cosas que son y cosas que no son. Es decir, distingue la verdad del error. Pues bien, en este plano no hay confusión entre lo verdadero y lo falso. En los principios de una doctrina, no hay matices que considerar. “Hombre y mujer están llamados a la castidad” es un principio verdadero que todos debemos admitir.
Ahora bien, en cuanto a la “práctica”, Santo Tomás aclara que no es lo mismo la verdad considerada en la teoría, que la verdad considerada en las acciones concretas. Por eso, la razón juzga no solo “lo que es y lo que no es”, sino también entre “actuar bien y no actuar bien”. Entonces, en el plano de lo concreto, el margen de acción es muy variado.
Las distintas circunstancias, contextos y condiciones en los que nos encontramos exigen prudencia para discernir cómo obrar en cada caso particular. Esto también aplica a las relaciones.
Cada relación es un mundo
Una cosa es la razón en la teoría, otra es la razón en la práctica. Aunque no se niegue que existen verdades absolutas, el hombre debe contemplar siempre sus circunstancias para un buen obrar, que es lo mismo que decir “un obrar verdadero”.
Por eso no es errado afirmar que “cada pareja es un mundo”. Pues cada pareja está sujeta a contextos específicos y está en ellas atender cuáles son los factores que pueden favorecerlos o perjudicarlos. Depende de en qué etapa de la relación se encuentren, qué tanto se conocen, el lugar y situación, el tipo de relación que llevan.
Además, a esto se suma cómo es cada uno, su personalidad y temperamento, sus virtudes y debilidades, sus experiencias y traumas. Todos estos son aspectos que hacen que los noviazgos o matrimonios sean incomparables. No podemos hablar de que hay una fórmula rigurosa para todas las parejas, porque cada uno está llamado a vivir la virtud según su propia situación particular. Como dice Aristóteles: “cada zapatero (o pareja, en este caso), hace el zapato con el cuero que se le da”.
Conocerse es la clave
Entender esto nos permite discernir cuál es el límite de los gestos, los actos y el trato que deben llevar. Si besos sí o no, si caricias sí o no, si abrazos sí o no, la realidad es que no hay una regla precisa y determinante, más que una recta intención de hacer el bien.
Por esa razón, el conocimiento es fundamental para que cada pareja pueda establecer criterios y límites. Conocimiento del otro, pero primero conocimiento de uno mismo, reconociendo y aceptando cuáles son mis propios límites.
Hay parejas que deberán ser más cuidadosas en el trato, gestos en los que deberán guardarse, o evitar quedarse solos. O caso contrario, habrá otras en donde tal o cual gesto puede no implicar necesariamente ocasión de pecado.
La clave de esto será siempre un conocimiento profundo de la situación, una aceptación sincera de mí mismo y una determinación a evitar el mal. Saber hasta qué punto sigo siendo dueños de mis actos y con qué intenciones hago lo que hago, para no hacerlo.
La castidad no es relativa
Esta postura puede llevar a algunos a creer que “la manera de vivir la castidad es relativa”, lo que no es así. Si entendemos que la castidad implica vivir la sexualidad de manera ordenada y libre, esta vivencia debe estar en armonía con los demás aspectos de una relación.
Comprender la verdad en cada circunstancia quiere decir que a cada relación le corresponde una manera apropiada de vivir la afectividad. El acto sexual -o cualquier acto de afecto entre hombre y mujer- debe adecuarse al tipo de compromiso que haya entre ambos, dependiendo de qué tanto se conocen, que tipo de vínculo llevan o hace cuánto están en esa relación.
Aunque no exista una regla explícita que determine si besar antes del noviazgo es inmoral o no, el cuerpo es un don que solo puede ser compartido con quien estamos seguros que no está buscando su propio beneficio y que está dispuesto a cuidar ese don. Un beso o una caricia implican cierta intimidad que no se tiene con cualquiera, sino cuando se ha forjado cierto vínculo.
Por eso, el acto sexual exige un estado de entrega total, que no se da ni siquiera en el noviazgo, solamente en la indisolubilidad del matrimonio. A compromisos parciales, entregas parciales. A compromiso total, entrega total.
El criterio es el amor
La cuestión es, entonces, ¿cuál es la medida para determinar cuándo un acto es inmoral? La respuesta la da San Agustín: “ama, y haz lo que quieras”. Toda obra debe tener como fin el bien del otro y en una relación ese fin es recíproco.
Lo contrario al amor es la búsqueda interesada, la imposición del propio placer. En la unión del hombre y la mujer, ambos deben querer perfeccionarse, pero en el egoísmo, todo abrazo, caricia, beso o acto sexual se cierra en uno mismo, dejando de cuidar el don del otro. Allí todo se deprava, la relación, el bien del otro y el bien propio.
Por el contrario, quien ama conoce su contexto y conoce qué le está permitido esperar. El amor parte de un conocimiento de toda mi circunstancia y, por ende, una adecuación humilde a ella. Me adecúo a mi propia situación personal, al vínculo que he forjado con el otro y a lo que cada uno necesita en vista a su felicidad.
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Dice San Pablo: “mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño” (Corintios 1, 11-12). El niño necesita de las normas y reglas para saber cómo obrar. El adulto, ya con conciencia y criterio, puede saber cuál es el mejor modo de obrar sin que se lo recuerden.
Obrar y vivir con amor es propio del ser adulto, es decir, del ser consciente y responsable. Tal así es la libertad del amor, que nos diferencia del esclavo, que sin directivas estrictas no puede obrar. En cambio, cuando amamos, es porque hemos asumido la responsabilidad de nuestras acciones y comprendimos cuál es el fin al que somos llamados. Dejemos, pues, que el amor nos explique todo.
En principio, para responder al interrogante con el que se titula este artículo, deberías preguntarte, vos, como mujer… ¿qué biomarcadores observás en tu cuerpo? ¿Cuáles te resultan más cómodos?
Sabemos que los Métodos de Planificación Familiar Natural son para monitorear la fertilidad, la salud referente a la fertilidad, sí. También, para buscar o posponer embarazo. Si tu vocación es el matrimonio, deberías tener presente que, en algún momento, con ese método que elijas, vas a buscar o posponer embarazo junto con tu esposo.
Los métodos de índice simple
Los métodos de índice simple son aquellos que se basan en un solo biomarcador: por ejemplo, la observación y análisis del moco cervical. Entre estos métodos, tenemos al método Billings y al modelo Creighton.
Observar el moco cervical es clave para advertir si se produjo la ovulación o no. Para que se produzca la ovulación el cuerpo debe pasar de emanar un moco lubricado, como un aceite. Luego suele pasar a tener forma de clara de huevo: elástico, transparente, y por último: nada, sequedad. Luego de esa sequedad, a veces, el moco se advierte blanco, sin casi nada de elasticidad.
Los métodos de índice múltiple
Uno de los métodos de índice múltiple, el que me gusta aconsejar a mi y me gusta acompañar a las mujeres a que redescubran su cuerpo usando este método, es el método sintotérmico.
El método sintotérmico combina la observación del moco cervical con otros biomarcadores, por ejemplo, la temperatura basal. La temperatura basal es la temperatura natural corporal que se obtiene con 3 horas de reposo -sí, a la mañana, tenés que tomártela bien te despertás, y por 3 horas antes, no podés levantarte de la cama-. Todos los días, si se toma a la misma hora, vas a notar que va a ir variando. Cuando se produce la ovulación la temperatura basal aumenta 2 grados centígrados. Ese aumento divide el ciclo en preovulatorio y post ovulatorio.
Para buscar embarazo, la hormona LH es una gran aliada en el método sintotérmico. Puesto que el pico de LH anticipa la ovulación, ayuda a concretar un embarazo, ya que los esposos al vivir el abrazo conyugal en los días de pico de LH, previos a la ovulación, buscan certeramente un bebé.
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No puede nadie decirte con qué método aprender a monitorear tu fertilidad. Tampoco puede nadie decirles que busquen o pospongan un embarazo con tal método porque es mejor…
La fertilidad de la mujer es la fertilidad del matrimonio. Espero que estas claves les ayuden a encontrar el mejor método para vivir plenamente la vocación.
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