Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz
del amor.
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Cuando ves a tu pareja débil, agotada, triste o desbordada, es muy fácil que se te active el instinto de ayudar. La conoces, sabes cómo es y enseguida aparecen soluciones en tu cabeza: lo que debería hacer, lo que tendría que cambiar, lo que le vendría bien. Ese impulso de cuidar nace del amor y es maravilloso.
El problema aparece cuando pasas de querer ayudar a sentir que tienes que solucionarle la vida. Porque una cosa es tenderle la mano y otra agarrar el volante. Cuando empiezas a decidir por el otro, la relación corre el riesgo de convertirse, casi sin darte cuenta, en una relación entre padre e hijo o madre e hija.
El complejo de salvador
Ver sufrir a alguien que quieres es difícil, y más todavía cuando crees que puedes evitarle ese sufrimiento. Entonces, aparece el complejo de salvador: la necesidad de encontrar la solución, tomar las decisiones y sacar al otro del problema.
Detrás de una intención aparentemente generosa puede esconderse una idea peligrosa: «yo sé lo que necesitas mejor que tú». Cuando piensas así, dejas de estar al lado del otro para colocarte por encima.
Amar también es confiar en que tu pareja puede afrontar su propia vida. A veces ayudar no consiste en rescatar, sino simplemente en quedarse cerca y decir: «no sé qué necesitas, pero estoy aquí contigo».
El momento en que te pones el silbato
Hay un momento en el que el deseo de ayudar cambia de naturaleza: es cuando te pones el silbato en la boca y empiezas a marcar jugadas. «tienes que hacer esto», «no deberías pensar así», «lo estás haciendo mal», «te lo dije», «si me hicieras caso…». Ya no estás acompañando; estás evaluando, corrigiendo y dando instrucciones.
Tu pareja puede necesitar que le ayudes, que le des tu opinión o incluso que le señales algo que no está viendo, pero hay una enorme diferencia entre ofrecer una mirada y dictar sentencia. Nadie quiere sentirse permanentemente examinado por la persona que ama.
No eres su educador, instructor, ni coach
Grábatelo a fuego: no eres su educador, ni su instructor, ni su coach. Eres su compañero de viaje. Tu pareja es un adulto, con su propia historia, sus fortalezas y sus errores. Puedes ayudarla a crecer sin asumir la responsabilidad de hacerla crecer tú.
Eso no significa mirar hacia otro lado cuando se equivoca, sino respetar su libertad incluso cuando no tomarías las mismas decisiones. Puedes dar tu opinión, hacer una pregunta o señalar algo que quizá no esté viendo, pero después toca dejarle espacio para decidir. Acompañar no es conducir. Cuidar no es controlar.
La diferencia entre ayudar y paternar
Ayudar a tu pareja significa estar disponible sin quitarle el protagonismo sobre su propia vida. Paternar o maternar es empezar a asumir como propia una responsabilidad que corresponde al otro: recordarle constantemente lo que tiene que hacer, resolver sus problemas o insistir en lo que debería cambiar.
La pregunta es sencilla: «¿estoy ayudando o estoy haciéndome responsable de su vida?». En lugar de «tienes que hacer esto», puedes preguntar «¿quieres que pensemos juntos qué puedes hacer?». En lugar de «te lo dije», «¿cómo puedo ayudarte ahora?». Ayudar dice: «estoy contigo»; paternar dice: «yo me ocupo de ti».
La trampa de «yo sé lo que te conviene»
Con los años llegas a conocer muchísimo a tu pareja. Sabes qué le preocupa, qué le suele funcionar y hasta puedes ver venir una decisión equivocada antes de que la tome. Entonces, aparece la tentación: «hazme caso», «yo sé lo que te conviene». Puede que tengas razón, incluso mucha razón, pero tener razón no significa que tengas que tomar el mando.
Cuando tu pareja está bajo mínimos, quizá no necesita una solución, sino sentirse comprendida y acompañada. Antes de darle un consejo, puedes preguntarle: «¿quieres que te diga lo que pienso o prefieres que te escuche?». A veces la mejor manera de ayudar es simplemente quedarse al lado y decir: «no sé cómo solucionar esto, pero estoy contigo».
Mismo equipo, mismo dorsal
En una pareja habrá momentos en los que uno esté fuerte y el otro bajo mínimos. Hoy puedes ser tú quien sostenga y mañana necesitarás que sea tu pareja quien te sostenga a ti. La igualdad no significa que los dos aportéis exactamente lo mismo en cada momento, sino que los dos tenéis el mismo valor dentro del equipo.
Por eso me gusta pensar en la pareja como un equipo deportivo: en este partido que es vuestra vida, los dos jugáis en la misma categoría y lleváis el mismo dorsal. Puedes cubrir a tu pareja cuando esté cansada, ayudarla a levantarse o darle una asistencia, pero sigues jugando a su lado, no por encima de ella. Eres su compañero de equipo, no su entrenador.
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Sí, eres su compañero, no entrenador. Tu pareja no necesita que la salves. Necesita saber que no está sola. Puedes ayudarla a levantarse cuando esté bajo mínimos, sostenerla cuando no pueda más, ofrecerle tu opinión y señalarle algo que quizá no esté viendo, pero sin convertir tu ayuda en control.
Así que la próxima vez que veas a tu pareja atravesando un momento difícil, antes de sacar el silbato, prueba a hacer algo mucho más sencillo: ponte a su lado. Pregunta qué necesita. Escucha. Ofrece tu ayuda. Confía en ella. Porque en el partido de vuestra vida lleváis el mismo dorsal: sois compañeros de equipo. Y los compañeros se ayudan, se cubren, se animan; no se entrenan entre ellos.
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Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos, al menos en voz alta, pero que debería aparecer cada vez que abrimos Instagram o Facebook: “¿lo que veo aquí es real?”. Está, también, su contraparte, más incómoda: “¿lo que yo publico me representa de verdad?”.
Este artículo quiere ser una invitación a pensar en esto. Porque la forma en que nos mostramos —o nos ocultamos— en el mundo digital dice mucho sobre cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás. ¡Veamos!
Lo que observamos siempre pasa por filtros
Cuando alguien publica una foto de sus vacaciones, su logro o su pareja, está eligiendo un fragmento de su realidad. Solo uno. Ese fragmento pasa por al menos tres filtros: el estético, el emocional y el social. No es necesariamente una mentira, es una selección intencionada.
El problema surge cuando olvidamos que estamos viendo fragmentos, no el todo. Comparamos nuestra vida entera (con sus miedos y sus dudas) con los mejores momentos editados de otra persona.
Esa comparación nunca será justa y pocas cosas erosionan más la autoestima que repetirla sin conciencia. Recuerda que cada persona es un mundo complejo e irrepetible. Reducirla —o reducirnos— a lo que aparece en una pantalla es empobrecer esa riqueza.
¿Qué publico yo? Honestidad con prudencia
Antes de publicar, resulta oportuno detenerse y hacerse dos preguntas:
- ¿esto me representa?
- Y, más importante aún: ¿estoy listo para las consecuencias de compartirlo?
La honestidad en redes, recordemos, no exige transparencia total. Exige coherencia.
Publicar con autenticidad no significa exponer cada pensamiento o cada herida. Significa que lo que sí compartes es genuino: cuando dices que algo te importa, en realidad es así.
Debemos conocernos a fondo para relacionarnos desde lo que en verdad somos. Esa conciencia de uno mismo es la brújula que distingue la imagen construida del testimonio auténtico.
¿Ocultar no es hipocresía?
La palabra hipocresía proviene del griego hypokrisis: actuar en el teatro. Los actores de la Grecia clásica usaban máscaras (prosopa) para representar personajes. No había engaño; era una convención artística.
Con el tiempo, la palabra adquirió su sentido negativo al usarla el Evangelio de Mateo con una connotación moral. Esa raíz teatral guarda una sabiduría: no toda máscara es deshonesta. Algunas son necesarias.
Mostrarse vulnerable ante cualquier persona es un riesgo real. No todos cuidan lo que se les confía. Elegir frente a quién quitarse la máscara es un acto de autocuidado, no de falsedad.
En redes sociales, donde la audiencia puede ser enorme y anónima, esa prudencia se torna fundamental. Reservar ciertas dimensiones de nuestra vida para los vínculos de confianza no es hipocresía: es sabiduría.
Autenticidad como filtro: atraer a quienes comparten tu visión
Cuando alguien se muestra con coherencia en redes, empieza a atraer personas afines. No por estrategia, sino por resonancia, así como ocurre cuando dos cuerdas de un instrumento comparten una frecuencia similar: si haces vibrar una, la otra responde sola, sin que nadie la toque.
Algo parecido sucede cuando publicas siguiendo tus valores reales y tus preguntas genuinas: abres una puerta. Quienes entran no llegan por accidente ni porque los fuercen. Llegan gracias a que cierto aspecto de lo que dijiste vibró en la misma frecuencia que algo que ellos ya llevaban dentro.
Esa es la diferencia entre acumular seguidores y cultivar comunidad. Una comunidad construida sobre afinidades reales tiene una calidad de vínculo muy distinta a la de miles de cuentas que siguen tu perfil sin saber bien por qué. La autenticidad funciona como filtro natural: no para excluir, sino para conectar mejor.
La red virtual también es comunidad real
Se dice con frecuencia que los vínculos virtuales son inferiores a los presenciales. Suele pensarse que el amigo de internet no cuenta. La realidad es más matizada. Hay personas que han encontrado en comunidades virtuales el único espacio donde podían hablar de ciertos temas sin que las juzguen.
Hay amistades que comenzaron en una red y se convirtieron en vínculos genuinos y duraderos. Yo mismo tengo algunas. No podemos distinguir lazos según el medio en que nacieron, sino según la calidad del encuentro.
¿Hay respeto? ¿Hay escucha? ¿Hay interés genuino por el bien del otro? Si las respuestas son sí, el vínculo tiene relevancia, ya sea que haya nacido en un aula, en un café o en un hilo de X. Construir una red virtual basada en valores compartidos no es un sustituto de la vida real, es una extensión de ella, como diría Marshall McLuhan.
No publicar todo, pero no mentir sobre quién soy
Las redes sociales son un espacio ambiguo. Pueden construir falsas identidades o revelar dimensiones auténticas de quien las habita. Depende de la conciencia con que se usen. El mensaje no es “muéstrate todo”, como tampoco “cuídate de todo”. Es más bien “sé fiel a ti dentro de los límites que tú mismo elijas con prudencia”.
Tienes derecho a la privacidad y a reservar partes de tu vida para quienes se las han ganado. Tampoco construyas una identidad digital que no tenga nada que ver contigo. Esa distancia entre quién eres y quién finges ser tiene un costo y ese costo se paga con heridas emocionales. La autenticidad no es una performance, es una forma de respetarse y amarse.
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Cuidar cómo te muestras en redes no es vanidad ni falsedad: es conciencia. No hay nada malo en querer que lo que publicas se vea bien, siempre que guarde coherencia con quien en realidad eres.
Una señal útil para comprobarlo es preguntarte si sentirías vergüenza si alguien que te conoce en profundidad comparara tu perfil con tu vida cotidiana. La distancia entre ambos dice mucho.
También sirve recordar que los vínculos que nacen en entornos digitales pueden ser genuinos y duraderos; lo que los define no es el canal, sino la calidad del encuentro. Y cuando las redes empiezan a erosionar tu autoestima, casi siempre hay una comparación injusta detrás. Estás midiendo tu vida completa contra fragmentos seleccionados con cuidado de la ajena. Reconocer eso es ya un acto de lucidez.
La autenticidad, en definitiva, no es mostrarlo todo ni protegerse de todo: es habitar con honestidad el espacio que decides compartir.
¡Hola! Te escribo estas líneas de mujer a hombre, con la honestidad de quien reconoce en ti una fuerza inmensa y un deseo genuino de amar de verdad. Puedo ver a menudo cómo el mundo te envía mensajes confusos sobre lo que significa ser hombre y cómo vivir tu sexualidad.
Te dicen que tus impulsos son solo «instintos» biológicos o que tu valor se mide por la conquista, algo que encuentro mucho en sesiones y que abruma a hombres como tú. Hoy quiero invitarte a mirar más allá, a descubrir el mapa de un tesoro que San Juan Pablo II nos dejó: la Teología del Cuerpo.
Sé que sos protector
Sé que tienes un deseo profundo de cuidar a la mujer que tienes a tu lado, ya sea tu novia, tu prometida o tu esposa. Esa fuerza que sientes no es un error de diseño. Es el motor de tu vocación.
Para amar como ella necesita —y como tú en el fondo anhelas— hace falta entender que tu cuerpo y tus deseos cuentan una historia divina. Es cierto que, por naturaleza, el hombre suele ser más sensible a los valores sexuales del cuerpo, lo que Karol Wojtyła llamaba la «sensualidad». Esto no es malo en sí mismo. Es la «materia prima» con la que se construye el amor.
Tu fisiología masculina está orientada a la acción y a la expansión, pero la Teología del Cuerpo nos enseña que el hombre no debe ser esclavo de sus impulsos.
Sé que quieres amar de verdad
Amar de verdad significa que tu voluntad debe tomar ese impulso sensual y elevarlo al nivel de la persona. No se trata de negar que ella te atrae físicamente —¡Dios te creó así!—, sino de reconocer que ella es «alguien», no solo «algo». Es el amor que busca el bien del otro. Nunca trates a una persona como un medio para un fin, sino siempre como un fin en sí misma.
Es importante ser conscientes que Cristo nos invita a mirar «al principio» para entender nuestro diseño original. Al inicio, Adán experimentó la «soledad original». Estaba solo frente a la creación, dándose cuenta de que, aunque era señor de la tierra, no encontraba a nadie igual a él.
Cuando Dios crea a la mujer, Adán exclama con júbilo: «esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne». En ese momento, él no vio un objeto de placer, sino un «segundo yo», una persona en quien pudo reconocerse y con quien pudo salir de su soledad para entrar en la «comunión de personas».
Sé que quieres ser para ella
Tu cuerpo es un signo que revela a la persona. Tu masculinidad existe «para» su feminidad. Su feminidad, «para» tu masculinidad.
San Juan Pablo II hablaba de que el cuerpo tiene un «lenguaje». En las relaciones sexuales, ustedes están diciendo algo muy profundo. Las palabras del matrimonio son: «prometo serte fiel… amarte y respetarte todos los días de mi vida» y el acto conyugal es el momento en que esas palabras se hacen carne.
Para que este lenguaje sea verdadero, debe haber una entrega total. Cuando se introducen medios artificiales que cierran la puerta a la vida, el lenguaje del cuerpo se falsifica. Es decir, se dice «me entrego todo», pero se retiene una parte esencial de la propia humanidad: la capacidad de ser padre o madre.
Sé que quieres una relación pura
La pureza es un «sí» gigante a la belleza integral de la mujer, es la capacidad de ver en ella a una hija de Dios y una compañera elegida por el Amor eterno.
San Pablo te da la instrucción más audaz de todas: «maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella». ¿Cómo amó Cristo? Dando la vida hasta la última gota.
Cuidar a tu mujer significa ser su «cabeza» no como un jefe autoritario, sino como quien lidera en el servicio y el sacrificio. Significa estar atento a sus necesidades, a su ritmo biológico y a su mundo interior. La virtud de la continencia periódica, por ejemplo, no es una carga pesada, sino un ejercicio de amor maduro que te permite decir: «te amo tanto que puedo esperarte, porque tu persona es más importante que mi placer inmediato».
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Estimado varón, me tengo que ir despidiendo. Me despido recordándote que cuidarla de esta forma, no empobrece el amor. Lo hace más intenso, espiritual y auténticamente humano.
Tu deseo de amar inmensamente es la huella de Dios en ti y la Teología del Cuerpo no viene a apagar tu fuego, sino a enseñarte a canalizarlo para que ilumine y dé calor a tu hogar, en lugar de consumirlo.
Bibliografía
- Wojtyła, Karol (Juan Pablo II). Amor y Responsabilidad: Estudio de Moral Sexual. Prefacio de Henri de Lubac. Tercera edición. Madrid: Editorial Razón y Fe, S. A., 1978
- Juan Pablo II. El amor humano en el plan divino: Catequesis sobre la redención del cuerpo y la sacramentalidad del matrimonio. Pamplona: Fundación GRATIS DATE, 2003. Esta obra recopila las 129 catequesis dadas en Roma entre el 5 de septiembre de 1979 y el 28 de noviembre de 1984.
- Pablo VI. Carta Encíclica Humanæ Vitae: sobre la regulación de la natalidad. 25 de julio de 1968.
- Concilio Vaticano II. Constitución Pastoral Gaudium et Spes: sobre la Iglesia en el mundo actual. 7 de diciembre de 1965
- Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Familiaris Consortio: sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual. 22 de noviembre de 1981
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