Una mirada afirmativa
de la sexualidad,
vista a la luz del amor.

Una mirada afirmativa de
la sexualidad,
vista a la luz

del
amor.

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Hace un tiempo, en una reunión de jóvenes, en Mar del Plata, surgió un interrogante similar. Hubo quienes mencionaron a San José, especialmente, como un ideal masculino, un modelo irrealizable. Habíamos visto el capítulo de The Chosen sobre el Nacimiento desde la perspectiva de los pastores y se mencionó que ese José era un personaje más real, sobre todo en la escena en que es tentado en la esperanza. En ese momento, se tranquilizó a los jóvenes, mencionando algunas cosas que dice el Magisterio de nuestra iglesia sobre San José, para que no se convirtiese en sus mentes en una figura lejana, inalcanzable.

¿Puede la Sagrada Familia ser un modelo de familia? ¿O es un ideal en el sentido de un modelo irrealizable? En este artículo indagaremos en estos interrogantes de la mano de la novela de Dobraczynski, La Sombra del Padre, y los evangelios de Mateo y Lucas.

La Sagrada Familia en La Sombra del Padre

La Sombra del Padre es definida por algunos como la mejor biografía de San José. Tomaremos algunas escenas del libro para poner luz sobre cuán real es la Sagrada Familia como modelo para quienes anhelamos formar un matrimonio. También, para aquellos que ya tienen el regalo de estar en un noviazgo en camino y o para los que ya pasaron por el sí ante el altar…

1.La ternura y la firmeza del servicio

En la novela de Dobraczynski, en la escena de la boda de José y Miriam, José reflexiona:

“¿Qué le puedo dar a ella que lo ha recibido todo? ¿Una protección de cara a la gente para unos meses? Cuando nazca el Niño todo cambiará. El Hijo prodigioso rodeará a su madre con una poderosa protección. ¿Qué iba a quedar para él? Pero rechazó inmediatamente estas ideas. Incluso si toda su vida tuviera que limitarse a estos pocos meses de servicio, su amor estaba dispuesto a conformarse con eso”.

José piensa y sobrepiensa. La tentación de la desesperanza se ve muy clara en esta novela. Ante esas ideas negativas, desesperanzadoras, el personaje de José las identifica primero y, posteriormente, las rechaza inmediatamente.

No le es fácil a este José de la novela dejar de sobrepensar. La disposición al servicio, la ternura de su mirada y el amor sin esperar nada a cambio son los tips que -al parecer- San José sigue para dejar de lado los pensamientos negativos.

Entre las cualidades de la masculinidad de San José, junto a la firmeza, se destaca la ternura. La mirada tierna de José, explica el papa Francisco en Patris Corde, es donde Jesús vio la ternura de Dios Padre.

La ternura, además, es el modo por el cual tocar lo frágil en nosotros. Si sumamos a la ternura la firmeza de los actos de servicio -uno de los lenguajes del amor- ¿cómo no mirar en la Sagrada Familia un modelo a seguir? Pues, es en la sumisión mutua, es decir, en la recíproca donación, en donde encontramos la forma de vivir el significado esponsal en nuestra vida (Teología del Cuerpo 89, 4).

2. Querer el bien del otro

Pasemos ahora a los primeros días de convivencia. Leamos juntos esa parte de la novela:

“después transcurrieron los días, la tenía siempre a su lado. Miriam se adaptó con una extraordinaria facilidad a los nuevos quehaceres. Se sintió de pronto rodeado de atenciones. Ella estaba siempre dispuesta para cualquier servicio, continuamente deseosa de ayudarle en todo”.

Estas palabras del narrador me tocan el corazón, porque en esta actitud de servicio del personaje de María de la novela, me identifico. ¿Cuántas veces no parece que tenemos el sí fácil a brindarnos a los demás? ¿Cuántas veces, cuando, por ejemplo, pasamos un día de cumpleaños con nuestros amigos o en familia, no queremos ser las primeras en darnos o bien cocinando, o bien llevando confituras, o bien parándonos a levantar la mesa o lavar? El querer el bien del otro conlleva el rodearlo de atenciones, como expresa acá el narrador.

Fuimos creados por amor y por el Amor, gratuitamente. Como fuimos creados a imagen y semejanza de Dios Trinitario, cuyas tres personas viven eternamente en comunión, sentimos un anhelo inmenso de donarnos. Quienes estamos llamados a la vocación matrimonial, anhelamos donarnos en la familia. ¿Cómo no ver en la Sagrada Familia un ejemplo a seguir en ese querer el bien el otro, y convertirnos así en don, mediante actos de servicio?

3. La confianza en el Padre

En la novela La Sombra del Padre me conmueven, además, algunas escenas del viaje de José y Miriam hacia Belén. Paso a compartir el siguiente diálogo:

-Tiemblo al pensar cómo va a ser el vado inferior. Es siempre más difícil y el agua no va a decrecer en dos días.

-¿Por qué te preocupas antes de tiempo? No te angusties con suposiciones. El Altísimo no dejará de velar. (…) No ocurrirá nada que pueda estar en contradicción con Su voluntad. Él está velando y ayudando. A todos… Pero deja que nos afanemos para que pongamos la confianza en Él.

-Me preocupa, sin embargo, que llegues a agotarte.

Sintió sobre su brazo la caricia de su mano.

-Él conoce también mi cansancio.

Esta escena me parece una situación que perfectamente se puede vivir entre amigos, aún más, en el noviazgo o en el matrimonio. Están viajando. Ella está embarazada y él, como hombre previsor, protector y proveedor, cuida de ella. Y , de nuevo, sobrepiensa.

María, en cambio, no hace sino tranquilizarlo recordándole que la confianza de ambos está puesta en el Padre. Lo trae a tierra recordándole su ser hijos amados de Dios. Lo vuelve a la verdad y a la calma -que todo hombre encuentra en la complementariedad con las mujeres, mucho más, su esposa- al recordarle que están siendo cuidados ambos por el Padre.

Es la familia la que “recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor” nos recuerda Juan Pablo II en Redemptoris Custos. Las mujeres no comunicamos el amor de la misma forma que los hombres. En la armonía de la complementariedad, en los vínculos en los que Jesús está presente, como en el matrimonio, ¿cómo no ver, entonces, en el de José y María sino un modelo a seguir?

Además, si vemos los lenguajes del amor de María, ella en este pasaje expresa su amor mediante palabras de acogimiento y le acaricia la mano. Es decir, ahí está, también, el amor expresado mediante el contacto físico. ¿Cuántas veces no hemos puesto la mano en hombro del que maneja, para tranquilizarlo por algún infortunio en el tránsito?

¿Cuántas veces hemos vivido situaciones en las que los hombres de nuestra comunidad, de nuestra familia, amigos, se han sobrepreocupado por nosotras, queriendo prevenir situaciones desafortunadas o lamentándose algún descuido de su parte? ¿Cuántas veces nosotras no hemos dicho “acordate que hicimos una oración antes de salir”, “acordate que rezamos por esto”, “todo va a salir bien, no te preocupes / no pienses tanto”?

La Sagrada Familia en los Evangelios

Empecé este artículo por la novela, porque quisiera concluirlo enfatizando el hecho de que “es en la Sagrada Familia, en esta originaria <<iglesia doméstica>>, donde todas las familias cristianas deben mirarse” como nos aconseja San Juan Pablo II en Redemptoris Custos. De modo tal que no podemos dudar de que es, en verdad, un modelo a seguir, perfectamente realizable en nuestros tiempos.

Cuando comparamos los relatos de la infancia de Jesús, el evangelio de Mateo se centra en la figura de José, pues narra el anuncio a José. En cambio, Lucas se concentra más en María y cuenta la anunciación a María y cómo, apenas queda embarazada parte a la casa de Isabel.

1. En los inconvenientes cotidianos, obediencia al deber de estado

Mateo repite que José “tiene miedo” (Mt. 1, 20; 2, 22) y, luego de la expresión de este miedo, el ángel se le aparece en sueños y el santo le obedece (Mt. 1, 24; 2, 22). A la Anunciación, Mateo la cuenta desde la perspectiva de José, es decir, cuando el Ángel le anuncia a él que María está embarazada por el poder del Espíritu Santo.

En el libro Id a José se explica esta tentación: “la razón por la cual José quiso separarse de María es la que alegaba el mismos San Pedro para alejar de él al Señor: <<apártate de mí, Señor, porque soy un pecador>>”. Más adelante, continúa explicando: “con temor religioso, percibía que ella llevaba muy nítida la señal de la presencia divina y, como no podía penetrar el misterio, decidió abandonarla”.

San José no se queda solo en el miedo -o la desesperanza- paralizado. Cuando el Ángel se le presenta, inmediatamente obedece al Padre. Entonces, “con la obediencia, superó su drama y salvó a María” (Patris Corde, 3).

Una vez más, vemos que la Sagrada Familia no es un ideal. Siguiendo la voluntad de Dios, cumpliendo el deber de estado -en el trabajo, en la familia- y, por tanto, obedeciendo, podemos encontrar la solución en las desventuras del día a día, siguiendo el ejemplo de la cabeza de la Sagrada Familia.

2. Inteligencia más voluntad

Lucas, en cambio, relata la Anunciación con la mirada puesta en María. El Ángel a María, le dice, también “no tengas miedo”, cuando ella se extraña al verlo entrar donde ella estaba y saludarla (Lc. 1, 30). El saludo del Ángel la desconcierta, por su humildad y sencillez. María no solo se desconcierta, sino que antes de dar su sí, le pregunta al Mensajero cómo puede ser ello.

María da su sí posteriormente a discernir. Es la Inmaculada. El plan de Dios se cumple con su libre y voluntario sí, obviamente. San José, claro está, es el custodio del Redentor y de su Madre. María también experimenta un temor religioso.

El temor sumado al “¿cómo puede ser ello?” de María son ejemplos para nosotros. Decir que sí, querer el bien el otro y estar dispuestos al servicio, no descarta el discernimiento: el preguntar ¿cómo vamos a hacer con ello? El diálogo, la conversación asertiva, el ir juntos a la par…

Pues, vemos cómo la inteligencia acompaña nuestra voluntad no solo al tomar una decisión en familia, sino al abrirnos a construir una amistad, en el trabajo al cooperar en equipo, en todos los casos, para cumplir con nuestro deber de estado de la mejor manera que podamos.

***

La Sagrada Familia no solo es nuestro modelo a seguir en el camino de la casa sobre roca que es el matrimonio. Es casi un imperativo. Cuando amamos queremos bien al otro, como dicen los italianos, “ti voglio bene”. Amar supone donarse a sí mismo -vivir el significado esponsal del cuerpo-.

Para hacer de nuestra vida un don es necesario no solo quedarse en la voluntad de querer lo mejor del otro, sino pasar a la acción, dar el sí, como María. También, ser obedientes al juego de Dios y serviciales, como San José, quien resolvió con acciones, actos de servicio a su familia cuidando y protegiendo a María y a Jesús.

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Quizás una relación no necesita coincidencia absoluta. Sí necesita ciertos encuentros fundamentales. Una pareja puede pensar diferente sobre muchas cosas y, aun así, construir una vida sólida si comparte valores esenciales.

El problema no está en que uno prefiera una cosa y el otro otra. ¡Veamos!

¿Discutir es malo para una relación?

No necesariamente. De hecho, una relación en la que nunca existen desacuerdos debería llevarnos a preguntarnos algunas cosas. ¿Realmente no pensamos diferente? ¿O simplemente uno de los dos ha aprendido a callar?

A veces confundimos la paz con la ausencia de conflicto. Una relación aparentemente tranquila puede esconder silencios, frustraciones acumuladas y personas que han dejado de expresar lo que realmente sienten por miedo a generar un problema.

La verdadera paz no consiste en nunca discutir. Consiste en saber qué hacer cuando pensamos diferente.

El arte de escuchar sin defendernos

Uno de los mayores desafíos en una relación es escuchar sin preparar inmediatamente nuestra defensa. Muchas veces el otro comienza a hablar y nosotros ya estamos pensando en nuestra respuesta.

No escuchamos para comprender. Escuchamos para responder. Y ahí la conversación deja de ser un encuentro. Se convierte en una negociación de egos.

Quizás podríamos comenzar haciendo preguntas diferentes. En lugar de decir: “¿cómo puedes pensar eso?”, podríamos preguntar: “¿qué te hace verlo de esa manera?”.

En lugar de responder: “estás exagerando”, podríamos decir: “quiero entender por qué esto es tan importante para ti”.

En lugar de insistir: “yo tengo razón”, podríamos preguntarnos: “¿qué parte de esta conversación me está costando escuchar?”.

Escuchar no significa estar de acuerdo. Significa reconocer que la experiencia del otro merece ser escuchada. Y eso, dentro de una relación, puede cambiarlo todo.

Tips para medirnos y crecer como pareja

La pregunta importante es: “¿qué sostiene nuestra relación cuando no estamos de acuerdo?”.

Junto a esta pregunta, les dejamos otras: ¿existe respeto? ¿Existe confianza? ¿Existe capacidad de diálogo?

Y sumamos algunas más: ¿existe libertad para expresar lo que pensamos? ¿Podemos pedir perdón? ¿Podemos cambiar de opinión? ¿Podemos reconocer que el otro tiene algo de razón?

Una relación sana no se construye sobre la obligación de pensar igual. Se construye sobre la decisión de seguir cuidando el vínculo incluso cuando descubrimos nuestras diferencias.

A veces, el amor nos pide ceder

Y aquí aparece algo que puede resultar incómodo. En una relación, habrá momentos en los que tendremos que ceder.

Ceder no es desaparecer. No es renunciar constantemente a nosotros mismos. No es permitir que el otro siempre decida.

Ceder es reconocer que no todo tiene que hacerse a nuestra manera. Es comprender que compartir la vida implica renunciar, en algunas ocasiones, a tener siempre la última palabra.

El problema aparece cuando solo una persona cede. Cuando uno siempre se adapta y el otro siempre impone. Cuando uno calla para mantener la paz y el otro se acostumbra a decidir.

El amor auténtico busca reciprocidad. A veces cedo yo. A veces cedes tú. Y, muchas veces, encontramos una tercera manera que ninguno de los dos había imaginado al inicio.

La diferencia puede hacernos crecer

Quizás no necesitamos personas que siempre nos den la razón. Quizás necesitamos personas que nos amen lo suficiente como para decirnos, con respeto, cuando no están de acuerdo.

Alguien que piense diferente puede ayudarnos a ampliar nuestra mirada. Puede enseñarnos paciencia. Puede obligarnos a comunicar mejor lo que sentimos. Puede mostrarnos nuestras rigideces. Puede ayudarnos a distinguir entre una convicción profunda y un simple capricho.

No todas las diferencias destruyen. Algunas nos hacen crecer.

Porque amar a alguien diferente a nosotros nos obliga a salir de nuestro propio centro. Nos recuerda que el mundo no termina en nuestra experiencia. Y que compartir la vida con otra persona no consiste en encontrar nuestro propio reflejo.

Entonces, ¿conviene coincidir en todo?

Probablemente, no. Coincidir en todo podría resultar cómodo. Recordemos que la comodidad no siempre produce crecimiento.

Las diferencias, cuando se viven desde el respeto, pueden ayudarnos a construir relaciones más conscientes, más libres y más maduras. No necesitamos pensar igual en todo. Necesitamos aprender a conversar.

Asimismo, no necesitamos ganar cada discusión. Necesitamos proteger el vínculo. Es decir, no necesitamos cambiar al otro para sentirnos seguros. Necesitamos conocerlo realmente.

Y, quizás, esa sea una de las formas más profundas del amor: mirar a una persona, descubrir que es diferente a nosotros y, aun así, decidir encontrarnos. Porque amar no es decir: “eres perfecto porque piensas como yo”. Amar es poder decir: “somos diferentes. No siempre vemos las cosas de la misma manera. Quiero seguir aprendiendo a caminar contigo”. Y tal vez la verdadera compatibilidad no consiste en coincidir en todo.

***

Hay parejas que nunca levantan la voz, pero viven emocionalmente distantes. Y hay otras que tienen conversaciones intensas, desacuerdos importantes y, sin embargo, han aprendido a volver a encontrarse después de cada diferencia.

La clave no está en evitar todo conflicto. Está en aprender a relacionarnos sanamente dentro de él.

Tal vez, entonces, amar consiste en saber qué hacer con aquello en lo que no coincidimos. Porque una relación no se fortalece cuando nunca existen diferencias, se fortalece cuando, incluso en medio de ellas, dos personas recuerdan que están en el mismo equipo.

¿Y tú? ¿Crees que una pareja debe coincidir en todo o que las diferencias pueden fortalecer una relación?

Para nuestro artículo de hoy nos vamos a centrar en una figura interesante: la princesa que espera en la torre. La pregunta que tenemos que hacernos frente a este arquetipo de los cuentos de hadas, que Disney luego plasmó en la película Enredados, es: ¿estoy viviendo mi vida como si fuera una princesa encerrada en una torre, esperando a que empiece?

Lo cierto es que, en el mundo contemporáneo, muchos caemos en esa falacia: nos encerramos en nuestra propia torre esperando a que nuestra vida «empiece» y no nos damos cuenta de que la vida es eso que está pasando mientras esperamos que comience. Porque lo que importa es el ahora, el único tiempo que realmente tenemos y que recibimos como regalo de Dios.

Por eso, en este artículo quiero compartirles cinco cosas sobre las que me quedé reflexionando después de ver a nuestra Rapunzel salir en busca de sus luces.

1. «Aun dentro de una torre hay mil cosas por hacer»

El primer momento de la película nos muestra a una Rapunzel que ha crecido en una torre, pero, lejos de vivir el encierro como una cárcel, su actitud fue: «Ok, ¿qué cosas puedo hacer, aprender, entender, crear?». Y así, poco a poco, aun en medio de su vida en la torre, Rapunzel no se quedó como un ente pasivo, sino que desde el primer momento fue la protagonista de su propia aventura.

La pregunta es: ¿cómo tomamos las torres que nos pone la vida? ¿Nos vemos como víctimas de ellas o intentamos, aun en los peores momentos, buscarle la vuelta al asunto?

Rapunzel habrá crecido en una torre, pero el acento está en que creció, no se atrofió. Aprendió, jugó, creó, hasta que la torre y mamá Gothel ya no pudieron contenerla. Porque la vida siempre encuentra su camino si la dejamos crecer dentro de nosotros, respondiendo a la gracia de Dios.

2. «No basta con crecer dentro de la zona de confort; hay que animarse a salir sin culpa»

Y así llegó el día en que la torre y mamá Gothel no pudieron contener a Rapunzel. Entonces, Gothel hizo lo posible por sembrarle la culpa por crecer. Esa idea peregrina que se mete en nuestro corazón y nos hace sentir culpables por ser aquello que Dios nos llamó a ser.

Digamos que la idea que siembra mamá Gothel es la opuesta a la frase de Catalina de Siena: «Sé lo que debas ser y prenderás fuego al mundo». Algunas veces tenemos madres o padres Gothel reales que nos quieren manipular desde la culpa y evitar que respondamos al llamado de las luces de nuestra vida, que es la vocación que Dios nos dio. Otras veces, esa voz somos nosotros mismos, representando el miedo de dejar lo conocido, aunque sea angosto, por lo desconocido, que es ancho y vasto.

Pero lo cierto es que Jesús nos llama a poner la mano en el arado y no mirar hacia atrás, sino a seguir adelante y creciendo en su gracia.

3. «Mi vida no es una sala de espera que está esperando a comenzar»

Así llegamos al corazón de este artículo. Muchas veces podemos tener la tentación de pensar: «¿Cuándo mi vida va a empezar?». Y queremos responder esa pregunta diciendo: cuando me ponga de novia, cuando me case, cuando tenga hijos, cuando me reciba, cuando me doctore…

Y la vida se transforma en un proceso kafkiano, lleno de salas de espera intermedias y de «sueños por cumplirse» que, como Sísifo, nunca llegan, porque encontramos que la realización verdadera no está en ellos. ¿Por qué? Porque nuestro corazón no fue hecho para ellos. Si los ponemos en el centro de nuestros anhelos y no como un anhelo, corremos el riesgo de que el peso de nuestro corazón nos arrastre a una espera que jamás se va a solucionar.

Rapunzel quería ver las luces, pero las luces no eran la respuesta a su vida. Al animarse a salir a buscarlas y a vivir la aventura que la llevaba hacia ellas —desde conocer a Flynn (Eugene) hasta cantar con los malandras del bar sobre sus sueños—, logró expandirse y encontrar no solo el sueño de las luces, sino también el sueño del amor, de la familia, de los amigos y de su verdadero lugar como princesa.

Entonces, la cuestión está en cómo tratamos el camino: ¿es una aventura o una sala de espera?

4. «Es importante animarse a soñar aunque no se vea todavía el camino hacia ese sueño»

De este modo, si vivimos la vida como una aventura, si vamos creando lore, no solo momentos, sino que nos adentramos bien dentro de nuestra saga nórdica, ya no vivimos dentro de un proceso burocrático de salas de espera, sino que salimos en busca de aquello que esta vida, regalo de Dios, nos puede dar.

Así, somos exploradores en busca de un sueño, de un tesoro perdido. Quizá no sabemos dónde ni cómo vamos a llegar, pero ese sueño que nos anima a seguir es esa llama de amor vivo dentro nuestro. Todos poseemos un sueño y nos preguntamos cómo vamos a llegar. Ese deseo que C. S. Lewis llamó alegría nos señala el camino y nos va haciendo encontrar las distintas etapas de nuestra aventura, hasta que llegamos a nuestro verdadero Hogar.

Por eso es importante soñar. No se trata de no ponernos metas o sueños, sino de ponerlos en su lugar.

5. «Aprender a amar es aprender a donarse y no adueñarse»

La última parte de la película y de este artículo nos muestra algo interesante: el sueño de Rapunzel y de Flynn dejó de ser unipersonal y llevó a un sueño compartido. La isla de Flynn dejó de tener sentido y las luces comenzaron a ser una realidad que lo hacía ver la verdadera Luz.

Al contrario de mamá Gothel, Rapunzel descubrió la paradoja del deseo: este solo florece si se lo deja ir, si no se lo aferra de manera desesperada, puesto que, de lo contrario, puede convertirse en nuestra propia trampa mortal. Por eso, amar es aprender a donarse, a tratar al otro con amor y como persona que busca su fin.

No se trata de no buscar nuestros sueños, sino de aprender que, cuando estos se comparten libremente, cuando colaboramos entre todos por el sueño de cada uno, el amor se expande, porque el bien es difusivo de sí. Mientras que, si nos encerramos en la torre del dolor y del cuidado de «nuestro propio tesoro», el sueño se convierte en pesadilla, que es lo que le pasó a Gothel.

Sin embargo, en el caso de Flynn y Rapunzel, el sueño sacrificado fue eucatástrofe: restauró las cosas a su lugar, pero mejor.

Por eso, para cerrar, les pregunto: ¿Dónde está tu corazón: en la torre o en la aventura?

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