Seguro que lo has escuchado más de una vez, o quizás te lo has dicho a ti mismo frente al espejo mientras sentías que sostenías el mundo sobre tus hombros: «yo puedo solo», «no necesito a nadie», «si quiero algo bien hecho, tengo que hacerlo yo».
En nuestra cultura actual, la autosuficiencia se vende como la medalla de honor de la madurez. Nos han hecho creer que no necesitar de los demás es la meta definitiva del éxito personal. Es como si dijéramos para nuestros adentros “entre más solo yo pueda con todo, mejor, y más sano seré” o como si el mundo nos dijera “salud mental es igual a independencia total”. Y, perdón, pero nada más alejado de nuestro diseño original y eso que hasta lo decimos con orgullo: “yo no necesito a nadie, perfecto puedo solo o sola con todo”. Ante esto, el debate moderno suele encerrarnos en una encrucijada:
¿La hiperindependencia es una verdadera fortaleza?
¿O es solo el miedo oculto a necesitar de los demás? O será que hay algo más profundo aun sin contestarse. Como alguien que acompaña los corazones en sus heridas más profundas, hoy quiero que demos juntos un paso atrás.
Si analizamos esta pregunta con ternura y honestidad, nos daremos cuenta de que estas dos opciones se quedan muy cortas. Plantear el dilema entre «fortaleza» o «miedo» es una visión reduccionista de la visión de la persona. La realidad de nuestra alma es muchísimo más profunda, más bella y, a la vez, más misteriosa.
Estamos biológicamente preparados para conectar
Vamos a empezar por el principio, desenredando lo que pasa en nuestra historia humana. Desde la teoría del apego, sabemos que el ser humano está biológicamente programado para conectar (¿programado por Quién?).
Necesitamos de los otros para regular nuestro sistema nervioso, para sentirnos a salvo. El llanto del bebé genera una urgencia única en los adultos y, por eso, tenemos esa capacidad de dar seguridad cuando los cargamos en nuestros brazos. El punto es que esto no es solo para bebés, es para ti adulto que me lees.
¿Qué cosa es entonces el apego evitativo?
Cuando una persona desarrolla una actitud de híper independencia, la teoría del apego nos enseña que no estamos ante una virtud o fortaleza, sino ante un mecanismo de afrontamiento. Lo llamamos un apego evitativo.
En algún momento de su historia, generalmente en la infancia, ese corazón aprendió que mostrarse vulnerable no era seguro. Interiorizó que pedir ayuda conllevaba el riesgo del rechazo, la decepción o el abandono. Además, que no había quien atendiera sus necesidades físicas y emocionales con consistencia y prontitud.
Y ante ese dolor, la mente construye una fortaleza que suena algo como esto: «si no te necesito, no puedes herirme», o como esto: “yo no necesito a nadie, estoy perfecto solo” y un largo etcétera de mentiras que nos decimos para sentirnos “mejor”.
Diferencia entre autonomía e independencia
Por eso, es vital hacer una distinción: la independencia absoluta no es una sana; la autonomía sí lo es. Y más allá, la comunión es la única que nos da plenitud, pero explico eso más adelante.
La autonomía es saber quién soy, conocer mis límites, hacerme cargo de mis emociones y poseerme a mí mismo. La independencia, cuando se vuelve rígida, es un muro que nos aísla y nos impide recibir.
La psicología que verdaderamente guía hacia el bien nos invita a transitar de la herida del aislamiento hacia la interdependencia. Esto es, la capacidad de dos personas autónomas que deciden, desde la libertad y el amor, ser una base segura el uno para el otro. Es el equilibrio perfecto de la salud mental: «yo soy valioso, tú eres valioso, y nos sostenemos mutuamente».
¿Qué cosa es el apego seguro?
La interdependencia y el apego seguro son maravillosos. Son el suelo firme que sana nuestras relaciones humanas. Sin embargo, si nos quedamos solo ahí, sentimos que algo falta. La psicología se queda corta y mira que te lo dice una psicóloga.
La psicología busca la homeostasis, el equilibrio y la funcionalidad. Si somos honestos, el corazón humano alberga una “insatisfacción” crónica e infinita. No nos conformamos con un «contrato psicológico» de mutuo apoyo y respeto de límites. El ser humano sigue sintiendo una sed profunda… no de una fusión que nos desdibuje, pero sí de «hacernos uno».
Somos don, fuimos hechos para serlo
Aquí es donde la ciencia necesariamente tiene que ceder el paso a la antropología más profunda, la que nos entiende aún mejor por que viene de Quien nos diseñó, la Teología del Cuerpo.
Dios no nos pensó como islas autosuficientes. Fuimos creados a imagen y semejanza de una Trinidad, que es una comunidad de amor total. Por lo tanto, nuestro cuerpo y nuestra alma están diseñados con un significado esponsal: fuimos hechos para el don, para la entrega sincera y total de nosotros mismos y para la acogida del otro en una comunión de amor.
La hiper independencia es, en el fondo, una especie de tapón espiritual, es la consecuencia de las heridas, es una mentira, en una forma de vivir que nos daña. Al negarnos a necesitar del otro, no solo estamos protegiéndonos de una posible herida humana, sino que estamos saboteando el diseño original de Dios. Porque para poder darnos, primero tenemos que aprender a recibir.
Si mi orgullo o mi miedo me impiden aceptar tu ayuda, tu consuelo o tu ternura, tu fuerza, tu belleza, tu esencia, te estoy negando a ti la oportunidad de ser un don para mí, y me estoy encerrando en una soberbia que me marchita y me atrapa dentro de mí mismo y lo que no fluye se estanca y lo que se estanca se …(y ya tu termina aquí la frase).
Como nos enseñaba San Juan Pablo II, el ser humano solo se encuentra a sí mismo a través del don sincero de sí. En la comunión divina, cuanto más te entregas en libertad, más eres tú mismo.
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Para cerrar, volvamos a la pregunta inicial: ¿Hiper independencia fortaleza o miedo? La respuesta sería el miedo. La hiper independencia es el síntoma de un corazón que ha olvidado su diseño original debido al miedo a sufrir.
La psicología nos ayuda a ordenar el terreno, a poseernos y a ser dueños de nosotros mismos. ¿Y para qué queremos ser dueños de nosotros mismos? No para guardarnos en una vitrina donde nadie nos toque, sino para tener algo valioso que entregar.
No puedes dar lo que no posees. Al final del día, la verdadera fortaleza no es el muro que construyes, sino la valentía de abrir la puerta y decirle al otro, con el corazón en la mano: “bajo mis defensas para acogerte como el don que eres y que tu me recibas también a mi”.
Así que necesitar a otros es parte de tu diseño, es bueno, es sano, estás llamado al encuentro, a la donación y al recibimiento del otro en su totalidad. No, no eres el ser humano más sano del mundo entre más solo sepas estar, ni el mas “enfermo” o “loco” si sientes esa sed en entrega y comunión. Por eso la vocación es ese camino en el que Dios te ha pensado y te invita a ser pleno en comunidad, ve a por ello como dicen aquí en España. ¡Gracias por leer!