El Misterio del Amor verdadero



Hace unas semanas comenzamos a preguntarnos sobre el verdadero significado de amar. Para empezar, hemos descartado las falsas nociones de amor que prevalecen hoy en día: máscaras que presentan una apariencia o, mejor aún, una promesa de algo vacío. Ahora, es importante detenernos en la descripción positiva del amor. En este artículo nos adentraremos, al menos un poco, en el gran misterio del verdadero amor. ¿Misterio? Sí, porque el amor tiene su origen fuera de nosotros, nos antecede y, a su vez, nos llama hacia una realidad más profunda. Trasciende nuestra existencia humana y nos promete un gozo con sabor a eternidad. El misterio del amor resulta ser, al mismo tiempo, el misterio que da sentido a nuestras vidas.


El amor como vocación


En una de las obras literarias de Karol Wojtyła, titulada El taller del orfebre, se nos ofrecen unas bellas y ciertas palabras, que pueden orientarnos: “El amor no es una aventura. / Posee el sabor de toda la persona. / Tiene su peso específico. / Y el peso de todo su destino. / No puede durar sólo un instante. / La eternidad del hombre lo compenetra. / Por esto se le encuentra en las dimensiones de Dios. / Porque sólo Él es la eternidad” [1].


Esta es la respuesta de Adán a Ana cuando se preguntan sobre la verdadera naturaleza del amor. No es entonces un sentimiento, algo que arrebate a la persona de sí misma durante un momento, para devolverla luego a su estado original. Por el contrario, aquí estamos frente a un misterio más grande, que nos pide actuar para participar y gozar de él. Adán representa el conocimiento simple de la humanidad, el sentir original de todo hombre, que busca en el amor una plenitud a la cual se siente llamado. Se debe a que en nuestro corazón está inscrito desde el inicio de nuestra existencia el deseo irrefrenable de sentirnos amados y de amar: se trata de una vocación al Amor.


A lo largo de nuestras vidas, vamos experimentando de algún modo el sentirnos amados. Si bien este amor experimentado no llega a ser perfecto, tiene su raíz en el Amor que sí es perfecto por excelencia. Podemos decir que el amor nos precede, es anterior a nosotros, y nos es dado como un don absolutamente gratuito. En el origen de la existencia humana hay un hombre y una mujer que se aman. En nuestra historia personal podemos observar que somos parte de una concatenación de amores presentes en una genealogía que se remonta décadas y siglos atrás y que encuentra su origen primero en un único Amor Creador. Comprendemos así que el amor no es algo que inventamos nosotros, sino que existe con una lógica objetiva que nos excede.


¡Qué bueno que el sentido profundo del amar no lo determinemos nosotros! De seguro que, si de nosotros dependiera, nos equivocaríamos, como sucede con tantas cosas de la vida. La naturaleza de la acción “amar” se vive en “las dimensiones de Dios”, porque reafirma, con cada acto de amor, la eternidad a la que están llamados a vivir juntos los esposos.


Apertura al otro y conocimiento de uno mismo


La verdad del amor radica, pues, en la afirmación que damos nosotros de su esencia objetiva. Esto consiste en reconocerla y aceptarla, otorgándole un sentido encarnado en nuestra experiencia. Es abrirse al misterio eterno del Amor, que permite, a su vez, comprender el sentido de nuestras vidas a partir de la vivencia de la reciprocidad dentro de una comunión de personas. Así, el verdadero conocimiento de nosotros mismos adviene a través del amor, que significa la apertura al otro.


¡Gran paradoja! Al amar más al otro, llego a conocerme más a mí mismo. Por el contrario, si busco encerrarme en el conocimiento de mí mismo, me desconozco cada vez más, ya que me alejo del significado comunional [2] que está en la base de mi naturaleza humana. El “yo” sólo se hace presente por medio del “nosotros”. Entendemos entonces que amar de verdad consiste en construir una comunión en la cual cada uno desee y procure el bien del amado. Nuestras acciones deben señalar siempre la perfección del otro. Se genera así una reciprocidad, que se enriquece de modo circular. Es decir: la veracidad del amor redunda en la afirmación y promoción subjetiva del otro a través de un “recíproco para”.


Misterio del amor y corporalidad humana


El otro modo a través del cual se nos revela la verdad del misterio del amor es el cuerpo. No olvidemos que somos una unidad de cuerpo y espíritu. Somos corporales, en el sentido de que no tenemos un cuerpo, sino que también somos un cuerpo. Nuestro cuerpo no es algo accesorio a nuestra persona, que viene a ser utilizado como un medio para lograr determinados fines. El cuerpo forma parte de nuestra persona, y es justamente en él donde esta se manifiesta, y donde se nos permite entrar en relación con la realidad y con los otros.


En sus primeras Catequesis [3], el papa Juan Pablo II profundiza y desarrolla este tema. Aquí llegamos a afirmar que la verdad del amor va de la mano de una correcta lectura del “lenguaje del cuerpo” [4]. Con esto nos referimos a que el cuerpo nos da la respuesta sobre nuestra identidad. A su vez, nos demuestra que no somos nuestros propios creadores, sino que la existencia nos fue dada por otros. También nos enseña que la vida terrena en algún momento termina y nos hace cuestionarnos sobre qué hay más allá de la muerte. Pero, centrándonos en la cuestión del amor, el cuerpo nos expresa dos modos diferentes de ser humanos: el varón y la mujer. Nos dice que la experiencia humana no se agota ni en el uno ni en otro, sino en la unidad de los dos.


Así, la diferencia sexual inscrita en nuestra carne nos revela que hemos sido creados para salir de nosotros mismos hacia el otro. Que estamos llamados a vivir el amor en una comunión de personas donde la donación sea de la totalidad de la persona, en todas sus dimensiones. La verdad del cuerpo nos da a entender también que varón y mujer son una ayuda recíproca gracias a la inmensa riqueza de su diferencia sexual, y que el don de sí mismos en el cual están llamados a consumar su amor tiene la capacidad intrínseca de comunicar el amor, engendrando nueva vida.


Más allá de los esposos


En relación con este último punto, debemos considerar que el amor verdadero se comunica más allá de los esposos: es fecundo, y se extiende hacia su entorno. Por ello, el lenguaje del cuerpo nos enseña también que el placer sensible en la entrega de los esposos es fruto y regalo de una sincera y total donación de sí mismos, experimentada en el gozo de sus almas, que se ofrecen entre sí, y a su vez a Dios. Afirmamos entonces que hay en el lenguaje del cuerpo una objetividad que debemos saber leer y comunicar, para vivir y expresar sanamente nuestro amor.


Finalmente, consideramos como tercera vía para conocer la verdad del amor, el hecho objetivo de los frutos de este, en la sociedad. Ante un contexto que lleva las relaciones afectivas al ámbito meramente privado de quienes las viven, sabemos ciertamente que el modo de amar tiene consecuencias sociales. De hecho, el matrimonio justamente constituye un sacramento que se celebra socialmente, y los esposos se prometen el amor para toda la vida de manera pública.


Una familia con vínculos sanos y fuertes, fundada sobre el verdadero amor de los esposos, se convierte en una escuela de humanidad. Los hijos que allí crecerán, saboreando la dulzura de la donación y de la entrega desinteresada desde pequeños, serán adultos con capacidad de discernir y de amar sanamente. Es conociendo el amor como aprendemos a amar, y es en la familia donde cada integrante conoce el amor y se reconoce a sí mismo, encontrando sentido a su existencia.


En la familia se aprenden los principales valores de la convivencia social, aquellos que nos hacen auténticamente humanos. Las familias fuertes, fundadas en la verdad del amor, conforman un tejido social rico de experiencia humana, sólido y resistente a los engaños y confusiones que se le quieran presentar desde fuera. La prueba social del amor, por llamarla de alguna manera, es la riqueza humana que genera en las personas que se aman.