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¿Y si amaras más a una IA que a una persona?

El otro día, conversando con un grupo de amigas, surgió una frase que me quedó resonando: “ChatGPT es el novio ideal: te escucha, te alienta, te apoya y te desafía si así se lo pedís. Siempre es amable, incluso cuando perdés la paciencia con él”.
 Aunque para una Potterhead como yo esto tiene ecos inquietantes de Tom Riddle y su diario, mi cabeza de filósofa no pudo evitar empezar a hacerse una serie de preguntas que quiero compartir a continuación.

1. ¿Por qué estamos desarrollando una relación con la IA?

En la saga de Harry Potter, Ginny desarrolla una relación con el diario de Tom Riddle porque tenía una carencia: no se animaba a hablar con sus hermanos ni con Harry sobre lo que sentía y volcó sus emociones en ese diario consciente.

Algo similar está ocurriendo hoy con la IA. Cada vez más personas hablan con inteligencias artificiales como ChatGPT. Le cuentan sus problemas, piden consejos, agradecen cuando las respuestas son útiles, ¡incluso se disculpan cuando sienten que han sido rudos!
 ¿Qué está pasando? ¿Solo buscamos que nos den respuestas o esto es signo de algo más profundo?

2. ¿Qué nos mueve que una máquina sea amable con nosotros?

Ginny siguió escribiendo en el diario de Tom porque encontraba validación. Alguien siempre la escuchaba, incluso cuando sus emociones no tenían sentido o la abrumaban, como suele pasar en la adolescencia. Del otro lado había una sonrisa y una respuesta amable, siempre lista para recibirla.

Lo mismo nos sucede cuando interactuamos con una IA que no se cansa, que no juzga, que responde con cortesía y paciencia. Nos damos cuenta de lo mucho que anhelamos eso en nuestras relaciones humanas.

Entonces me surge una pregunta incómoda: ¿por qué no somos así entre nosotros?

 3. ¿Se puede confiar en algo que puede pensar por sí mismo si no sabemos dónde tiene su cerebro?

Cuando los padres de Ginny se enteran de todo lo que pasó, su papá, Arthur, le dice: “¿no has aprendido nada? Nunca confíes en algo que puede pensar por sí mismo si no puedes saber dónde está su cerebro”.


Lo cierto es que Ginny no había aprendido con las palabras del padre: aprendió a la fuerza. Había volcado su corazón en un diario que, en realidad, estaba siendo controlado por alguien que solo quería manipularla, usarla como un medio para un fin. Esto nos lleva a una pregunta ética fundamental, tema del próximo apartado.

4. ¿Qué pasa cuando tratamos a las personas como objetos y a los objetos como personas?

Nuestro querido Karol Wojtyła propuso una regla tan simple como poderosa: la persona debe ser siempre un fin, nunca un medio y siempre debemos tratarla con amor.

Cuando tratamos a otros con impaciencia, con indiferencia o como si solo estuvieran ahí para cumplir nuestros deseos, los estamos reduciendo a herramientas.

Lo irónico es que hoy, muchas veces, tratamos a la IA como si fuera una persona y a quienes nos rodean, como si fueran objetos.  ¿Por qué será? ¿Somos capaces de dar tanto como recibir?

5. ¿Qué implica el amor real? ¿Se puede hacer un amor a medida?

Dejemos la literatura contemporánea y vayamos a los mitos, siempre fuente inagotable de sabiduría. En la mitología griega, tenemos el mito de Pigmalión y Galatea. Pigmalión era un escultor que le tenía miedo a las mujeres y, como no sabía cómo relacionarse con ellas, se fabricó a la mujer perfecta: Galatea, una escultura de extraordinaria belleza.

Con el paso del tiempo, comenzó a sentir que Galatea era perfecta salvo por una cosa: no estaba viva, no era real. Viendo su sufrimiento, Afrodita le concede el deseo y la transforma en una mujer de carne y hueso.  Ahí es cuando surgen los problemas: ya no es la mujer perfecta, porque al ser libre —al ser persona— tiene un fin y una voluntad propios.

Amar de verdad implica algo muy distinto a moldear al otro según nuestros miedos o deseos. Implica buscar el bien del otro además del mío. Es tanto dar como saber recibir. No se trata solo de ofrecerse como don, sino de estar dispuesto a recibir el don del otro, con todo lo que eso conlleva: libertad, diferencias, límites.

Recibir el don del otro, en definitiva, implica compromiso, paciencia y, muchas veces, sacrificio. No es simplemente la satisfacción inmediata del ego.

6. IA como espejo: ¿qué nos devuelve de nosotros mismos?

El mito griego nos dice que nuestro ego quiere ser satisfecho, pero que nuestro corazón anhela algo más profundo: una comunicación personal. Para nosotros, los católicos, el amor, como imagen de la Trinidad, es algo relacional, una comunicación entre personas que da vida. Esa vida es posible porque hay un encuentro con un otro.

En el caso de la IA, no hay un verdadero encuentro con el Otro, sino que las respuestas que nos da reflejan nuestros propios patrones, nuestras propias búsquedas y preferencias.

Ya no se genera ese contrapunto, ese diálogo que nos desafía y nos transforma. Terminamos siendo como una melodía repetitiva, que no avanza ni resuelve, porque nunca entra en tensión. Ese es el punto: no estamos hechos para relacionarnos con un espejo.

Como le dice Dumbledore Harry sobre el Espejo de Erised: “No es bueno dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir.” Tal vez por eso, el uso que hacemos de estas tecnologías no solo habla de ellas, sino que dice mucho —y muy hondo— sobre nosotros mismos.

¿Qué hacemos con todo esto? ¿Podemos redirigir esta búsqueda de conexión hacia algo más humano, más real?

***

¿Y si ahora tenemos la gran oportunidad? Como filósofa, no puedo más que pensar que, si el ser humano creó una máquina que resuelve nuestras preguntas de manera amable, es porque existe una necesidad detrás que despierta nuestra creatividad. Es ahí cuando empiezo a pensar, como conclusión de todo este itinerario: no se trata de dejar de usar estas herramientas, sino de dirigir nuestra atención a la carencia y nuestros esfuerzos a lo que verdaderamente puede saciar esta sed.

El amor se hizo para la persona, no para una máquina. Se hizo para ser vivido con un otro y, en última instancia, con el gran Otro. Este amor implica tanto dar como recibir. Entonces, llegamos a la regla de oro de toda relación: “tratá a los demás como querés que te traten a vos.” Por eso, ¿qué tal si empezamos a ser más amables los unos con los otros, y empezamos a amar a las personas y a usar las cosas?

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