“Red flags” del amor propio



Está de moda hablar de amor propio, de que puedes creerte capaz de todo y darle solución a cuanto problema tienes en el mundo con solo sentir, vivir y experimentar el “me amo por encima de cualquier cosa”. Pero la verdad es que tener un sano amor propio no es comprar todo lo que “merezco”, no es hacer siempre lo que me conviene a mí y no a los otros, no es pensar primero en mí, segundo en mí y tercero en mí, por eso de que “si estoy bien, los demás también lo estarán”.


Ciertamente, tener una autoestima sana es importante; valorar lo que Dios te ha dado, esos preciados dones, es importante, y amar cada uno de tus procesos constituye una parte fundamental de la vida. Sin embargo, te quiero compartir algunos puntos con los que siento que a veces me he chocado de frente creyendo que me amo mucho, cuando en realidad solo ha sido espejismo.


“Tengo mucho, porque merezco mucho”


Creo que la palabra “consumismo” ya no se menciona tanto, pero la verdad es que este fenómeno está más popular que nunca. Sólo que hoy en día no nos venden productos, sino ideas. La idea de que cuantas más cosas te compres, más te amas mucho es algo que está taaaan normalizado que hemos llegado a creerlo profundamente. Si tienes diez camisas del mismo color, pero te antojas de otra parecida, revisa cuál es la intención detrás: a veces me he encontrado a mí misma pensando que lo que voy a comprar no es una necesidad, pero sí un merecimiento.


El “merezco todo cuanto quiero” nos puede llevar a ser egoístas, consumistas e incluso despilfarradores. Claro que mereces muchísimo, porque eres hijo de Dios; pero son los bienes espirituales a los que debemos aspirar.


La comparación, el peor enemigo


Ver en alguien más el reflejo de lo que aspiramos ser es más común de lo que parece. Vivimos en un mundo en donde todos los personajes famosos e influencers parecen tener una vida perfecta. Pero ese modo aspiracional no nos hace precisamente sentirnos más amados: pór el contrario, nos motiva cada día a tener una vida más parecida a la que otros viven, y descuidamos el terreno que Dios nos ha regalado para florecer.


Es importante tener modelos de vida, pero revisa en quiénes estás fijando tu mirada, y en quién te quieres convertir. Santa Catalina de Siena decía: “Si somos los que debemos ser, prenderemos fuego al mundo entero”. Quédate con esas palabras: no necesitas la vida que otros tienen para ser pleno. Si te esfuerzas por encontrar lo que tú estás llamado a ser, tendrás vida en abundancia.


“Soy suficiente”


La idea de que somos suficientes y de que no necesitamos de nadie más es la mentira más enorme que nos han hecho creer. Las veces en que me he sentido suficiente y capaz, me he golpeado de frente y sin casco. La verdad es que los seres humanos estamos hechos para vivir en comunidad, y pensar que no necesitamos de nadie para sentirnos amados o valorados es bastante cuestionable.


Si bien es cierto que nuestra mirada debe estar fija en el amor que se nos da en la cruz de Cristo, también es necesario tener relaciones humanas sanas y sólidas. La relación con tu familia, pareja, amigos y compañeros debe llevarte a ser mejor cada día, a dar mucho y a ser capaz de recibir mucho también.


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El tema es largo y profundo; con este artículo, sólo quiero invitarte a que revises en dónde estás poniendo tu corazón. Cuando lo dejamos encerrado en nosotros mismos, creyendo que el amor que le damos es suficiente, estaremos meramente creando una muralla alrededor nuestro. Piensa en las veces que más feliz has sido, y con seguridad te darás cuenta de que siempre has estado acompañado o haciendo algo por los demás. Esa, definitivamente, es la clave de la felicidad y la plenitud.


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