Mujeres y varones: no somos iguales



Decir que varones y mujeres somos igualmente dignos e iguales ante la ley no significa que se borren las particularidades de uno y otro sexo. En materia de sexualidad, el varón y la mujer tienen distintos cuerpos, distintos sistemas reproductores y, por lo tanto, órganos específicos con funciones propias.


Es verdad, se puede hacer un paralelismo entre testículos y ovarios, pero no son iguales, no funcionan parecido. Ambos producen sus células reproductivas, pero no de la misma manera. Mientras que los testículos producen sus células de manera lineal y continua, los ovarios maduran una sola célula de manera cíclica.


Buscando la igualdad


En el terreno de la sexualidad —y, por lo tanto, de la fertilidad—, somos distintos. Esta realidad es biológica. Aun así, la responsabilidad de la fertilidad debería ser de ambos. No de uno, ni de otro, sino de ambos. Sin embargo, esto no siempre se da así, lo que hace que se alcen voces que busquen una vivencia de la sexualidad más “igualitaria”.


Esta tan ansiada igualdad ha dado lugar a confusiones. En efecto, en vez de propiciar que se compartan las responsabilidades frente a la fertilidad, se plantea que la mujer debería poder acceder a las relaciones sexuales “igual que el varón”. Es decir, sin la responsabilidad por el embarazo. Y en el caso de la mujer, esto se hace suprimiendo su ovulación.


Todos los anticonceptivos hormonales desarrollados y presentes en el mercado funcionan inhibiendo la ovulación. El resultado es que el varón logra mantener sus funciones reproductivas —y, por lo tanto, su salud sexual—, pero la mujer no. Al suprimir la ovulación —que es expresión de su salud reproductiva—, se compromete la producción de hormonas femeninas, y también la salud ósea, cardiovascular, y digestiva.


La desigualdad natural que existe en la sexualidad no puede suplirse con anticonceptivos. Los anticonceptivos podrán dar la apariencia de “pase libre” para el varón y para la mujer a la hora de tener relaciones sexuales, pero el precio lo paga en su mayor parte la mujer: ella compromete su salud en el camino. Para colmo, los anticonceptivos hormonales no protegen contra enfermedades de transmisión sexual, donde la víctima suele ser nuevamente la mujer. La solución de los anticonceptivos suele profundizar la desigualdad, y no al contrario.


La responsabilidad, el efecto igualador


Es la responsabilidad y el compromiso del varón con la mujer lo que da igualdad a la relación. ¿Cómo podríamos entonces acercar al varón y a la mujer, en lugar de alejarlos, en una situación que parece tan desigual? Dicho de manera concreta, el varón no va a transitar el embarazo, ni va a parir, ni tampoco va a amamantar. Más allá de cómo viven las mujeres estos procesos —algunas con un alto costo, otras de manera muy alegre— la verdad es que son ellas quienes los llevan adelante, y no el varón.


En realidad, si bien el varón no puede suplir estas funciones, sí puede crear el ambiente para que la mujer no padezca estas desigualdades como injustas. Así, la desigualdad puede ser motivo de alegría y encuentro si durante el embarazo, nacimiento y lactancia, el varón apoya, cuida y colabora con la estabilidad de la mujer.


Por el contrario, la desigualdad se transforma en injusta, e incluso puede ser opresiva si la mujer debe enfrentar estos procesos sola. La injusticia está en que la mujer no debería ser “mamá y papá”, pues el hijo no lo concibió ella sola.


¿Y los anticonceptivos masculinos?


Mucho se habla del desarrollo de anticonceptivos masculinos para liberar a la mujer de la carga de tomar químicos diariamente o de tener que lidiar con dispositivos extraños en el cuerpo. Sin embargo, es el mismo concepto. Un anticonceptivo masculino sería dañino para la salud del varón, tal como lo es ahora el anticonceptivo hormonal para la mujer.


¿Por qué alguien buscaría dañar su propio cuerpo? ¿No nos llama la atención que para acceder a las relaciones sexuales estemos debatiendo quién debe resignar su salud sexual y sus funciones biológicas?


La idea de que la igualdad se pueda lograr agregando medicación o alterando nuestra fisiología no resuelve en absoluto el problema. Una sexualidad madura, donde se celebre la diferencia, es aquella en la que el compromiso del varón es manifiesto y se muestra a la altura de lo que se exige de él.


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Descubrir nuestras diferencias ayuda a complementarnos mejor y esa es la riqueza de nuestra sexualidad.


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