Exclusividad en la pareja



Cuando se habla de exclusividad en la relación, lo primero que suele venir a la mente es la imposibilidad de estar con otras personas, ya sea besándose o teniendo intimidad sexual. Sin embargo, el día de hoy me gustaría hablar de la exclusividad desde una perspectiva más ampliaa partir de la Teología del Cuerpo de San Juan Pablo II.

 

Aclarando nociones

 

Una idea central de la Teología del Cuerpo es la comprensión del amor como una donación. Antes de continuar, es importante que aclaremos a qué nos referimos con esto.

 

Recordemos que el amor no es un sentimiento fuerte ni una atracción intensa, sino una decisión: la decisión de buscar el bien y lo mejor para la otra persona. No quiero decir con esto que los sentimientos o la atracción física sean contrarios al amor. De hecho, para San Juan Pablo II,ambas realidades son muy buenas, pues son insumos para el amor.

 

Por ejemplo, el hecho de sentir algo intenso por alguien puede ayudar a fortalecer el compromiso que se tiene con la búsqueda del bien de esa persona. Pero lo importante aquí es quedarnos con la consideración de que el amor, en su esencia más pura, es una elección.

 

En una relación, uno puede percibir cómo esa decisión de buscar el bien para el otro poco a poco se va viviendo como una entrega de la propia persona, es decir, como una donación. “Busco tanto tu bien que progresivamente te voy entregando lo mejor que tengo: te voy haciendo el don de mi persona a la vez que recibo el don de tu persona que me haces a mí.” Esta mutua donación y entrega del otro es algo único del amor de pareja, y va haciéndose cada vez más intensa hasta adquirir su forma definitiva en el matrimonio, en el cual la donación es total.

 

Exclusividad vista desde el don

 

Desde la perspectiva del don, la exclusividad propia del amor puede entenderse con una mayor profundidad. De hecho, puede descubrirse cómo la exclusividad tiene una doble dimensión: una afirmativa y una negativa, siendo que la dimensión negativa encuentra su fundamento en la dimensión afirmativa. A continuación, analizaremos cómo se dan ambas dimensiones en el matrimonio:

 

#1 Dimensión afirmativa del don

 

En primer lugar, la dimensión afirmativa de la exclusividad implica una vivencia plena del amor como donación. Es decir, uno se entrega completamente a la otra persona, siendo que suspensamientos, sus deseos, sus fantasías, su futuro, su cuerpo, sus afectos, sus ojos, sus oídos, sus manos, etcétera; todo esto —todo eso que uno es— es para la otra persona y solo para ella.

 

Desde esta comprensión de la exclusividad, nada hay de uno que no sea para la otra persona. Esto es parte de lo que significa la expresión “una sola carne” propia del matrimonio. Se trata de una unión fundada en la elección permanente que cada uno hace de entregarse totalmente al otro y de recibir la totalidad del otro como don.

 

#2 Dimensión negativa del don

 

Es a partir de la dimensión afirmativa de la exclusividad que se entiende la dimensión negativa. Como todo lo que uno es lo es para su cónyuge, nada queda para entregarle a alguien más. En este sentido, no se trata de abstenerse de miradas, besos, pensamientos, fantasías o encuentros sexuales como consecuencia de una simple prohibición. Lo que ocurre es que ya no quedan miradas, besos, deseos, fantasías o tiempo para compartir con alguien más porque todo eso cada uno se lo entrega permanentemente a su cónyuge.

 

Como todo lo que uno es le pertenece a la persona que ama, no me queda nada para compartir con alguien más.

 

El momento de la tentación

 

Obviamente, esto no es algo que se hace sin pensar ni se da de manera automática. Tampoco se trata de una elección que cada uno hace el día de su matrimonio y queda ahí, en el pasado. Si la decisión de amar con exclusividad a la otra persona se hiciera únicamente el día de la celebración del matrimonio, sería imposible vivir la exclusividad.

 

Esto es así porque el amor es una elección, y como tal, requiere ser renovado permanentemente. Por eso, esa elección de entregarse totalmente a la otra persona y de recibir el don de la otra persona hay que hacerla todos los días.

 

En este contexto, las tentaciones que se puede experimentar —que siempre las hay— pueden vivirse como la ocasión para renovarle el amor a aquella persona que se ama; la ocasión para elegirla nuevamente. Se rechaza la tentación como consecuencia de la elección: el “no” es la consecuencia de un “sí” más grande.


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