¿Es obligatoria la sexualidad en el matrimonio?



Quiero continuar mi artículo anterior, para profundizar acerca de que la sexualidad humana va mucho más allá del instinto conservador y de los apetitos físicos, pues se centra en la unión con la pareja y la formación de la familia. Aquí tomaremos en cuenta los extremos a los que podemos llegar por —supuestamente— defender esta idea. Estos, como todo extremo, resultan perniciosos. Y los llevaremos hacia un lugar más saludable, menos… extremo. El objetivo es encontrar el espacio de una sexualidad bien entendida en el matrimonio, y darnos cuenta de si estamos obligados a ella como esposos o no. ¡Veamos!

#1 Para tener relaciones sexuales, hay que casarse

Ciertamente, vista en blanco y negro, esta frase es verdadera por completo. Pero estamos hablando de exageraciones. Sí: la sexualidad dentro del matrimonio entraña el compromiso, la confianza y la entrega requeridos para que, en este marco, ésta busque el bien de los cónyuges. Sin embargo, se produce un problema cuando la llevamos al extremo: si la mayor razón de contraer matrimonio es contar con “permiso” —social, legal, religioso…— para poder acceder a una vida sexual activa, la sexualidad se transforma en una moneda de cambio. En un arma que condiciona la relación completa.

La respuesta sana es entender que el sexo es una parte de nuestro cuerpo, y el cuerpo, uno de los componentes de nuestra individualidad. Por esto, la sexualidad constituye un aspecto inseparable de la unión de los esposos, sí, pero no el único. Así como la persona es una integralidad de cuerpo, mente y espíritu, la relación conyugal es un equilibrio entre lo físico, lo psicoemocional y lo trascendente. Y el acto sexual debe ser, a la vez, una suma de estos tres aspectos, y una arista del poliedro conyugal.

#2 El llamado del ser humano es a casarse y tener hijos

Es verdad: esto también parece correcto. Una vez más, el problema es caer en extremismos. No todas las personas tienen la vocación a la familia, ni están preparadas para tener una. Si bien el último punto es modificable a través de un proceso individual, el primero no lo es. Pues la vocación es un llamado interno a cumplir con un proyecto vital, y si este sólo toma en cuenta mis aspiraciones personales —y no un posible propósito compartido—, es probable que el matrimonio y los hijos no sean más que un requisito social.

Podemos ver esta realidad de una manera saludable; primeramente, conociéndonos. Si descubro que tengo una vocación a unir mi vida a otra persona y formar una familia, y descubro esa misma vocación en ella, la sexualidad tendrá sentido dentro de este proyecto de vida. Un sentido que construiremos y sostendremos juntos. Por tanto, cada acto sexual se enmarcará en esta vocación que compartimos, abiertos a la procreación y conscientes del vínculo indisoluble que se forma y se afianza.

#3 El débito conyugal

Asimismo, visto superficialmente, aquí hay algo real. Asimismo, a veces se exagera. Cuando llevamos al extremo del abuso el concepto de que el esposo se debe a la esposa —y viceversa—, hemos desbaratado el principio básico de la donación mutua que reside en dicho concepto. Entonces, como tu cuerpo ya no es tuyo, sino mío, tienes que rendirte a mis urgencias. El otro ya no es una persona que toma decisiones libres, y se vuelve un oscuro objeto de deseo. Por esto mismo, resulta descartable cuando ya no me sirve.

Lo sano es ver al otro como eso… Como otro individuo, distinto de mí, con sus propios apetitos, necesidades, historias y sueños. Luego, ya no lo uso, sino que dialogo para entender esa realidad que tengo frente a mí, y para que también entienda la mía. Descubrimos puntos de encuentro, tanto en la actividad sexual como fuera de ella. Encuentros físicos, no únicamente en la genitalidad, sino en la corporalidad entera, en una caricia, un abrazo, al tomarnos la mano. Me debo al otro, pero no como un esclavo de su placer, sino como un ser libre con sus propias circunstancias.

#4 No puede haber matrimonio sin relaciones sexuales

También esto es verdad, en principio. El extremo está en considerar que una vida sexual activa es un requisito para tener un matrimonio sólido. El matrimonio se define en el compromiso mutuo y en el acto corporal consumado, cierto; pero esto no significa que, cuando las circunstancias condicionan los encuentros sexuales, la pareja ya no pueda sostenerse. Y que, por tanto, se justifica que busquen otra relación donde sí existan estos encuentros.

La visión saludable es que dicho compromiso y actos corporales se deben mantener en el tiempo fundamentados en el amor. El amor que todo lo soporta y todo lo espera. El amor que comprende que hay momentos y momentos en la vida conyugal. Que, así como hay etapas en la existencia de una persona, las hay en las relaciones. Que no es lo mismo la pasión ardiente de la luna miel que la calmada afectividad de un matrimonio maduro. Que yo sigo siendo yo, y te sigo amando, aunque mi manera de expresarlo físicamente haya cambiado.

#5 Una pareja de casados normal tiene mucho sexo

A diferencia de los anteriores, en este pensamiento hay poco de real, y está basado más bien en una apreciación errada, por lo que vemos en las películas. Primero, el concepto de “normalidad” en este aspecto de la sexualidad no es tan fácil de determinar, considerando todo lo anterior, pero mayormente porque mi realidad no es igual a la de otra persona. Incluso dentro de la misma pareja. Entonces, si nos comparo con la idea que tengo de una frecuencia “normal” de relaciones sexuales, es evidente que habrá una discrepancia, si la de mi matrimonio es menor que esta. Y le meteré presión a la sexualidad.

El amor nos da la medida de qué es normal. Si busco el bien del otro y mi bien para, partiendo de ahí, seguir construyendo una relación conyugal sólida, no me preocupará que alguien diga por ahí que no tenemos suficiente sexo. Es más: si hiciéramos una encuesta entre todos los conocidos casados, es probable que nos sorprenda que la frecuencia promedio está muy por debajo de esa “normalidad”, y que aun así se sienten plenos. Porque la sexualidad nos une, pero no es la única manera de unirnos.

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¿Estamos, entonces, obligados por el matrimonio al acto sexual? No. Estamos, sí, obligados a buscar una respuesta saludable a la realidad de nuestra relación a través del puente del amor. Porque la sexualidad debe ser el encuentro de dos seres que ya son uno, no el mero uso del otro en beneficio propio. Aunque este beneficio sea el cumplir el deseo de tener hijos, o la búsqueda de apoyo. Y, como seres libres, no estamos obligados a nada que no apunte al bien. Al bien mío, del otro, de la familia… Sin egoísmos. Ahí está nuestra única y definitiva obligación.


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