Lo que es y podemos ser, sería mucho mejor de lo que yo espero y quisiera. Al comenzar una relación, es esperable hacerse una idea de cómo es el otro. Al empezar a conocerlo, podemos crear inconscientemente una versión que mezcla lo real con lo que quisiéramos. A medida que nos vamos conociendo, la cruda realidad se hace visible. Será más dura en la medida que fueron las ideas previas.
La mejor historia es la real
Es esperable tener ilusión en alguien más que elegimos para salir o proyectar un futuro juntos. Según nuestra personalidad, podemos volar más o menos alto en ideas basadas en ideales nuestros. No está mal, hay todo tipo de características que esperamos del otro. El problema aparece cuando se cierra la posibilidad de conocerlo como realmente es.
Esto es lo interesante, comprender que todo lo que tiene y hace es gracias a su historia y entorno. Entender esto es el primer paso para aceptar, lo cual es fundamental cuando queremos amar al otro.
Puede que aún con todos nuestros esfuerzos y ayudas no podamos entender. Sabemos que es un proceso en el que no estamos solos ni apurados por tomar decisiones cuando no lo justifica.
Construir a fondo, aunque sea incómodo
Podemos enamorarnos a primera vista sucediendo ese enceguecimiento propio del comienzo. Sin embargo, irán apareciendo cosas que nos harán ruido. Ir más allá de los sentimientos puede ayudar a tomar la iniciativa de poner sobre la mesa esas inquietudes.
Bajar a la realidad es más que madurez, es construir poco a poco sobre una base limpia y clara. Esa transparencia de pensamientos que deben darse en las conversaciones, serán para entenderse cada vez mejor.
Es necesario, entonces, ir más allá sin pensar cuán incómodo puede ser. Algunos temas pueden ser molestos, pero necesariamente deben hablarse. Sería incompatible quedarnos solo con lo bueno, hay que discutirlo todo.
Ninguno tiene la razón
El conocerse es un tire y afloje de ambas partes, donde cada uno tiene dos opciones: o nos replanteamos lo que somos y hacemos, o nos encerramos en lo que ya conocemos. En todas las etapas y momentos, la palabra final no la tenemos ninguno de los dos.
Tampoco se trata de tener la razón, porque de nadie será. Siempre y en todo momento la clave es llevarlo a la luz de la verdad. Cada uno procesa con Èl su manera de ver las cosas y de vivirlas.
Es imprescindible, por tanto, preguntarse y repreguntarse. Es decir, exponerse y sincerarse frente a Dios: ¿es así? ¿Es por ahí? Construir de a tres, con Él.
Increíblemente, pase lo que pase, nada es en vano. Con el otro podremos crecer muchísimo. Renunciar a ideas, ideales, falsas expectativas es más que generosidad, es querer amar al otro sinceramente. Él me inspira a mejorar y darle lo mejor que ni siquiera sabía que podría dar.
Los problemas de hoy serán los del mañana
No hay que tenerle miedo a no ponerse de acuerdo. Las peleas de hoy serán las del mañana. Así, ser objetivos es el mejor regalo para nuestro yo del futuro. Otra vez, los sentimientos juegan aparte y son momentos en los que no hay que arrebatarse ni posponer temas. Como dijo el emérito papa Francisco: “porque la guerra fría del día siguiente es muy peligrosa”.
Lo no negociable es una lucha propia que, de por sí, es difícil. Poder hablar y contar con el apoyo del otro es una responsabilidad propia. ¿De qué sirve conformarse o acomodarse momentáneamente cuando luego será mucho más difícil?
No es que las personas cambien, es lo que van eligiendo día a día que las ayuda o no a perseverar según sus valores. Estos son los que hay que exponer para proyectar un futuro juntos: que sean las mismas líneas de pensamiento y disposición para seguirlas. El compromiso es cuidarnos espiritualmente y crecer juntos.
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Por supuesto que solo lo que alimentemos podrá fortalecerse. Las manifestaciones de cariño, la convivencia, los gustos y pasatiempos son consecuencia de un entendimiento profundo. El éxito está en participar a quien puede llegar donde nosotros no.
¿Quién nos conoce mejor que nosotros mismos y sabe lo que más nos conviene? Así, aunque tarde o temprano aparezcan grandes crisis, habremos discutido de antemano y sabremos contar con la mejor ayuda en donde comienza y termina todo. Recordá siempre que Él sabe más.
¡No hay derecho a que te dejes impresionar por la primera o por la última conversación! Escucha con respeto, con interés; da crédito a las personas, pero tamiza tu juicio en la presencia de Dios.