Pasar tiempo a solas con el novio o la novia puede convertirse en un desafío para muchas parejas. No es un secreto que, en esos momentos de intimidad, despierta con fuerza el deseo sexual.
Además, hoy parece más difícil que nunca mantener el autocontrol. Pues la cultura actual invita a dejarse llevar sin cuestionar demasiado, a tomar decisiones en base a los sentimientos.
Sin embargo, también están aquellos que, por algún motivo profundo, sí se detienen. Algo dentro de ellos, a veces una inquietud, otras un susurro de conciencia o una convicción naciente, les hace preguntarse si realmente todo deseo debe ser seguido sin más.
Esta tensión no es simple, pero tampoco es inútil. Es precisamente en ese momento, en esa pregunta interior, donde empieza un camino valioso: el camino de la castidad vivida desde la libertad, la responsabilidad y la verdad sobre el amor.
Ser honesto con uno mismo
Cuando hablamos de castidad, muchos la consideran como un tipo de represión o como algo que te ata e imposibilita. Otros la entienden como una especie de mandamiento anticuado e irracional. Sea como sea, la mayoría le atribuye cualidades negativas a esta virtud.
La castidad es una virtud. Así, toda virtud requiere la repetición de actos buenos a lo largo del tiempo. Esto no es fácil. Hablar de la castidad no es lo mismo que practicarla. Pues “entre el dicho y el hecho hay mucho trecho”, reza una vieja frase. Por eso, debemos aceptar el límite de nuestras fuerzas humanas.
Nuestra recomendación: no dialogues con la tentación, es mejor huir. No con cobardía sino más bien con audacia.
¿Netflix and chill sin tus padres en casa? Seamos honestos, probablemente sea difícil decir que no en ese momento. Por eso es mejor ser honesto con uno mismo y no autoengañarse diciendo “vamos a ser fuertes esta vez”. Hagan planes que incluyan amigos o familia, o si van a planear algo a solas, hay que preparar la cita y ser astutos para tomar buenas decisiones.
Ser honesto con mi novio/a
Pasar tiempo a solas entre novios puede despertar un deseo afectivo y corporal que, en sí mismo, es algo bueno. Muestra que somos capaces de amar profundamente y de entregarnos al otro.
Sin embargo, ese deseo muchas veces avanza más rápido que el proyecto de amor que la pareja puede sostener en la etapa del noviazgo. Allí aparece una tensión natural. Lo que el cuerpo “quiere decir” (entrega total, compromiso estable, apertura a la vida) aún no coincide con la realidad del vínculo, que está en camino de construirse, pero todavía no ha llegado a ese nivel de compromiso definitivo.
La castidad, entendida como una forma madura y ordenada de amar, invita a buscar una unidad interior, una coherencia entre lo que se vive emocionalmente, lo que se expresa corporalmente y el tipo de relación que realmente existe. No es represión, sino un arte de amar que ayuda a no mentir con el cuerpo, a no anticipar con gestos de entrega total algo que todavía no pueden sostener en la vida real.
En consulta psicológica muchos jóvenes nos cuentan que recibieron actos de ternura, cuidado, comprensión e interés solamente hasta que tuvieron relaciones sexuales. En ese momento, se dieron cuenta que estaban siendo usados por sus parejas.
Admitir que nuestro novio/a nos atrae mucho y despierta en nosotros el deseo sexual es natural. Es mejor ser transparentes con tus deseos para ayudarse mutuamente a esperar y no ocultar las verdaderas intenciones.
Redirigir la intimidad
Aunque puede resultar difícil, es posible redirigir el deseo hacia formas de intimidad que fortalezcan verdaderamente la relación. No solo es posible, es necesario.
El desafío no consiste en negar o apagar lo que se siente, sino en aprender a conducir ese impulso hacia espacios más profundos, donde el vínculo crece en confianza, respeto y cercanía auténtica. Redescubrir estas otras formas de estar juntos ayuda a que la pareja se conozca mejor, se escuche más profundamente y construya una conexión más estable y significativa.
La castidad no evita la intimidad. Más bien la redirige hacia lo esencial: el diálogo sincero, la escucha atenta, la vulnerabilidad compartida, el discernimiento y las decisiones tomadas en conjunto. Antes que centrarse únicamente en lo corporal, invita a cultivar un vínculo verdadero, donde cada uno se muestra auténtico.
Vivir la castidad juntos
Vivir la castidad no es un esfuerzo individual, sino un camino que se recorre en pareja, donde el compromiso y la responsabilidad de ambos son fundamentales. Para sostener este camino, resulta muy útil establecer acuerdos claros que guíen la relación y fortalezcan la confianza mutua.
Es agotador estar escapando del deseo, incluso puede llegar a vivirse como un sufrimiento cuando uno de los miembros de la pareja insiste constantemente en tener relaciones sexuales sin comprender la decisión de vivir en castidad. No debes resignarte o ceder por presión, pero tampoco obsesionarte con encontrar a la persona perfecta. Lo más importante es conversar este tema con seriedad.
Conozcan sus debilidades para ayudarse a crecer
Alguna vez nos preguntaron ¿hasta dónde se puede llegar? En relación a las caricias y besos en el noviazgo, como psicólogos, constantemente analizamos la historia de vida de las personas para comprender su forma de pensar, sentir y actuar. Si bien, no recomendamos analizar a tu pareja, es imprescindible conocer aspectos importantes de su vida.
No tengan miedo de hablar de sus debilidades, a su debido tiempo: si ve (o ha visto) pornografía, si ha ido a prostíbulos, si se masturba, si ve aplicaciones eróticas o si ha tenido parejas sexuales… No para juzgar sino para tomar decisiones realistas. Estos comportamientos pueden ser comunes, pero definitivamente no son saludables.
La hipersexualización de la mente y los efectos de toda esta sobreexposición a contenido erótico van a dificultar la vivencia de la castidad. No se comparen, cada persona es distinta.
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Hablen con claridad sobre qué besos o caricias generan excitación, busquen ayuda en su familia, comunidad y/o profesionales con formación en educación afectivo – sexual. No se trata de caer en la escrupulosidad sino de vivir ese amor que busca el bien del otro, reconociendo su debilidad y ayudándolo a superarla.