Los planes de Dios siempre son perfectos. Colaborar con su obra creadora es una responsabilidad altísima que nos asemeja a Él, dándonos la posibilidad de palpar su imagen en el amor que recibimos y damos en la familia.
Tener hijos, así, es un regalo impensable que puede nublarse a los ojos del mundo, ansiosos de placer seguridad y poder.
La previa: ilusión profunda
Durante el noviazgo el tema de los hijos debe ser de los primeros a poner en la mesa y proyectar personalmente. Sin duda la historia de cada uno y la formación que tenga dirigirá la elección de su corazón.
De ahí que es tan importante vaciarse con apertura a los planes de Dios, que son en post de nuestra verdadera realización. Es el momento de llenarse con buenos cursos, libros, charlas que nos informen y ayuden a enterarnos de la grandeza de la familia… el primer y más importante de nuestros proyectos de vida.
El inicio: anhelo pronto
Al recibir el sacramento, es una sobrecarga de gracia la que recibe el matrimonio. Es por eso que algunos experimentan un deseo continuo y ansioso de hijos. Más allá de lo nuevo de vivir juntos, compartirlo todo y soñar en grande, es como si algo faltase.
Pasan los días y la pareja debe reinventarse para no caer en la monotonía, con más o menos años por delante. Así, al llegar los hijos, comienza una agenda diaria donde todo varía, donde el foco cambia y permanece en lo importante, todo tiene otro color con un horizonte infinito.
En el fondo, es dejar el control de nuestro camino a los planes de Dios, porque confirmamos que existen numerosas variables que se escapan de nuestras manos. Los hijos son un enorme regalo que obligan a madurar y centrarse en la vida, siempre y cuando queramos aprender a colaborar con ello.
La realidad: cuando Dios quiere
¿Por qué será que cambió todo tan radicalmente o que pareciera que ese anhelo profundo en realidad es todo lo contrario pero debemos obedecer? Quizá porque hemos perseguido indefinidamente ideales que nos proyectan tranquilos, “sin problemas”, con todas las posibilidades y opciones por delante siempre disponibles.
Somos libres de ataduras para lo que surja, porque después de los hijos se acaba todo.
Así, ¿qué es lo que realmente llena nuestros días? ¿Qué los ilumina y mueve nuestro corazón hacia lo más grande y generoso?
No importa nuestra historia ni el contexto que nos rodea, siempre podemos transformar nuestra mirada en medio del mundo si lo pedimos y buscamos con sinceridad. Se trata, como todo, de aprender ejerciendo. Nadie nace excelente padre ni debe ser fanático de los niños.
Entonces, si hemos dicho “sí”, aceptado y eligiendo esta vocación al matrimonio, elegimos con ello la apertura a la vida.
Intervención: a la luz de la oración
Todo lo que pueda hacernos ruido e imaginar otros escenarios catastróficos, ya sabemos de quién viene y no queremos hacerle caso, nos desorienta de los mejores planes.
Si bien no está en nuestras manos decidir si podremos tener hijos o los hijos que pensamos, sí podemos elegir no tenerlos evitándolo.
¿Cómo podemos ejercer esa libertad en función a los planes de Dios?
Esa posibilidad de planificar los embarazos Dios lo quiere, pero se vuelve como todo en el hombre, ocasión de pecado.
Evaluar con Él es la mejor decisión en este tema, que es del matrimonio y de nadie más. Rezarlo para poder priorizar y ordenar nuestra vida hacia lo más importante no es fácil con tantas opinionesy obligaciones por delante.
¿Quién mejor que el Señor puede ayudarnos? Él sabe lo que es mejor para la familia. Debemos responder a nuestras dudas con buenas fuentes y personas formadas que nos quieran ayudar con la verdad y no con otros fines. Sin dejarse llevar de las nuevas o viejas tendenciasque vayan en contra de los planes originalesde Dios.
***
La vida es un regalo, la nuestra. Y los hijos son de Dios, tanto como nosotros mismos. Estamos de paso y qué mejor que (re-)descubrir estos misterios de los que hoy en día cuesta admirarse. Quizá porque hemos desplazado lo más importante. Nuestra Madre siempre está dispuesta a ayudarnos y llevarnos a contemplar lo único necesario.