Sexo y placer en el matrimonio



Una relación sexual nunca es un acto aislado. Siempre es un acto que compromete a toda la persona. En efecto, la persona es una unidad de cuerpo y alma, pero esa unidad es inseparable, de forma tal que, donde uno pone en juego el cuerpo, pone en juego toda su realidad personal. ¿Cómo está llamado a vivirse esto en la vida matrimonial? Me gustaría desarrollar 4 aspectos.

1. Amor y sexo: una relación circular

En el matrimonio, la relación sexual está llamada a expresar el amor de los esposos. De ahí que dicha relación no puede vivirse aislada del resto de la vida matrimonial, pues está llamada a expresar y fortalecer el amor que se vive en ella.

Hay una íntima vinculación entre amor matrimonial y relaciones sexuales. Se trata de una relación circular. Las relaciones sexuales expresan el amor matrimonial, de forma tal que los esposos, con sus cuerpos, hablan el lenguaje del amor que viven todos los días y a todas horas (esto lo retomaré al final). De igual forma, las relaciones sexuales ayudan a que ese amor cotidiano, a la vez que se exprese, se haga cada vez más fuerte.

2. Sexo y placer

Para los esposos, una relación sexual no es solamente un “asunto de cuerpos”. En efecto, no se trata de acercarse a la otra persona para obtener para uno mismo el máximo placer. Pero esto tampoco implica que la dimensión del placer esté ausente en una relación sexual en el matrimonio. De hecho, está presente, y es válido buscar que ambos maximicen su placer. Pero esto siempre en el marco del amor y como una expresión de amor.

La búsqueda del placer siempre debe estar subordinada a la expresión del amor. De forma tal que, si bien puedo buscar sentirme bien en una relación sexual, el centro no está puesto en mí, sino en el bienestar de la otra persona. Al mismo tiempo, si quiero que la otra persona se sienta bien y maximice su placer, esto se da como consecuencia del amor que tengo por esa persona. Este amor me lleva a buscar su bienestar en todos los aspectos, y también en una relación sexual.

3. Estado de donación permanente

Amar es buscar el bien y lo mejor para la otra persona. Y en el caso del amor de pareja, dicho amor se concreta a través de una donación. “Busco tanto tu bien que te entrego lo mejor que tengo: te entrego la totalidad de mi persona, a la vez que recibo tu persona como don.” El amor matrimonial adquiere la forma de una mutua donación. Este es el amor que ambos se profesan el día del matrimonio.

Al celebrar el matrimonio, los esposos se comprometen a vivir este amor de donación de una manera total. Se trata de un amor exclusivo (sólo de a 2), incondicional (en las buenas y en las malas), hasta la muerte, y con apertura a la vida (disposición a tener un hijo al tener relaciones en los períodos de fertilidad, y a criar los que ya se tenga). Sin embargo, el amor matrimonial no puede vivir de la promesa que se hace el día de la celebración, sino que está llamado a renovarse todos los días.

¿Con qué frecuencia debe renovarse el amor matrimonial? ¿Cada aniversario? No: todos los días. Todos los días hay que elegir amar al otro. Todos los días hay que elegir entregarse al otro. Todos los días hay que dejarse amar por el otro. De ahí que toda la vida matrimonial supone un estado de permanente donación y recepción de la otra persona. Todos los días, a toda hora, está llamado a renovarse el amor matrimonial.

4. Lenguaje del cuerpo y lenguaje del amor

Lo dicho en el punto anterior tiene un fuerte impacto en la vida sexual de los esposos. En efecto, para ellos, la relación sexual está llamada a ser mucho más que la mera entrega de sus cuerpos. Con la entrega total de sus cuerpos, vienen a significar algo mucho más profundo: la entrega total de sus personas, la cual se da en toda su vida matrimonial. “Te entrego mi cuerpo como expresión de la entrega total y permanente de mi persona.” “Recibo tu cuerpo como expresión de la recepción permanente y total de tu persona.”

El cuerpo, siendo un poderoso medio para comunicar, es capaz de articular palabras, pero carece de un lenguaje propio. El cuerpo puede hablar de egoísmo, como también de entrega. Puede hablar de conquista, como también de donación. Puede hablar de uso, como también de amor. En el matrimonio, los esposos están llamados a hablar, con sus cuerpos, el lenguaje del amor que hablan con sus personas. “Hablan” con sus cuerpos de esa donación permanente que “hablan” con la entrega y recepción cotidiana de sus personas.

Una relación sexual en el matrimonio nunca debería ser un acto vacío, un acto en el que el cuerpo, en vez de “hablar”, articule palabras inconexas, ininteligibles. Por el contrario, los esposos, con sus cuerpos, están llamados a hablar el lenguaje del amor que viven permanentemente con sus personas. Sus cuerpos no hablan de otra cosa que del lenguaje del amor que viven todos los días. Esto es lo que le da profundidad y permanente novedad a las relaciones sexuales de los esposos.

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