“Cuando eliges algo, rechazas todo lo demás… Toda acción es una elección, y toda acción es una exclusión irrevocable.” (G.K. Chesterton)
Hoy todos hablan de “salud mental”. Por supuesto, es importante procurar el bienestar de todas nuestras dimensiones humanas. Buscar la serenidad de los afectos y el orden interior es importante, no solo para nuestros vínculos sociales, sino para nosotros mismos. Por eso, creo que es necesario hacer una distinción entre lo que es “estar saludable” y lo que simplemente es un signo de hipocondría.
Comencemos con una analogía: si alguien se jacta y dice que goza de nunca haber contraído ni siquiera un resfrío, podríamos admirarlo y pedirle cuál es su secreto para mantener tan buena salud. Imagínense si esta persona nos respondiese: “simple: nunca salgo de mi casa”.
¿Acaso es que goza de “buena salud”? ¿O no es más que un maniático? Quien está “saludable” cuenta con las condiciones para enfrentar un resfrío. Quien no se enferma porque vive en una burbuja hermética es, simplemente, un hipocondríaco.
Pues bien, vemos que, en el día de hoy, hemos confundido estar saludable con un grave caso colectivo de hipocondría. No es que la gente busque “salud mental”, es que definitivamente la gente tiene miedo a enfermarse.
“Prioriza tu salud mental”, “que te quieran y acepten como eres”, “si te quita la paz, ahí no es” son frases ciertas sí, si son bien comprendidas. Para las relaciones de hoy, cualquier discusión, exigencia o mínima diferencia se la considera como “falta de felicidad” o “falta de paz”. Son un atentado a la salud mental. Sin embargo, esto no es salud, y mucho menos es amor. Al contrario, es querer justificar mis miedos bajo el pretexto de “salud”.
¿De dónde nacen los miedos?
Detengámonos en un momento de introspección: ¿de verdad estás solo por libre elección? ¿O simplemente estás evadiendo posibles desafíos? Si la respuesta es la segunda: ¡Sorpresa! No sos realmente libre, estás condicionado por tus miedos.
Muchas veces las personas prefieren no comprometerse en una relación bajo el pretexto de “priorizar su salud mental”, cuando en el fondo lo único que hay es miedo. Tienen miedo a la responsabilidad, miedo al fracaso, miedo al dolor o miedo a salir de la zona de confort. Las opciones son variadas y suelen ir acompañadas de problemas de personalidad, traumas, o una perspectiva alterada de las cosas.
Todo esto se reduce a una sola causa, la causa de todos nuestros defectos: la sobrevaloración de la propia persona. Los estudiosos del alma humana nos enseñan que la soberbia no solo se refleja en conductas ególatras y narcisistas, sino también en la baja autoestima, la vergüenza y la inseguridad.
Quien se toma a sí mismo demasiado en serio, termina sobreestimando el dolor y la humillación, lo que conlleva a una falta de dominio de los propios miedos. Mi persona es demasiado importante y, por ende, caemos en el “no puedo”: “n puedo fracasar”, “no puedo permitirme hacer el ridículo”, “no puedo permitir que me lastimen”, “no puedo estar en esta situación que me exige sacrificarme”.
El orgullo, entonces, termina evolucionando en la inseguridad, la inseguridad en evasión, y la evasión en “salud mental”. Lo que aparenta ser libertad, es en realidad la tiranía del ego.
El amor es una elección
“El amor es la tendencia afectiva a algún bien”.
Tal así lo han planteado los filósofos, con tanta agudeza que es una definición que abarca otras tantas verdades. En primer lugar, “tendencia” quiere decir que el hombre se ha inclinado hacia algo que ha conocido como “bueno”. En ese sentido, el amor implica un “conocer” y un “elegir”.
No puede haber búsqueda de un bien, sin antes descubrimiento de ese bien. La creencia de que “el amor es ciego” es bastante desacertada, tal como expresa Chesterton: “el amor no es ciego, eso es lo menos que es”. No hay amor sin conocimiento, por más superficial que sea.
Por otro lado, en el amor yo no solo he conocido, sino que he elegido. Entre todos los bienes que conozco, este me ha parecido el mejor bien entre todos los bienes. Tal así que no me basta con verlo, necesito acercarme a él, estar con él, reposar en él, descubrirlo hasta en el más mínimo de sus secretos.
Porque de todos los bienes del mundo, éste es el más bello, el más pleno, y el que más me colma. En las relaciones, quien ama elige al amado por sobre todo lo demás. Cuando esta elección es profundamente consciente, esta elección es libre.
El amor es una renuncia
El conocimiento mueve la voluntad. Como yo conozco, yo elijo. El amor es el culmen de este acto de la naturaleza humana y, en definitiva, de todos nuestros actos. Como afirmaba Viktor Frankl: “la verdad es que el amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el hombre… La salvación del hombre está en el amor y a través del amor”.
Sin embargo, no hay amor sin sacrificio. Esto es lo que hace a muchos tan reacios a él. Toda elección es, en definitiva, cerrarse a otras posibilidades. Quien elige algo, renuncia a todo lo demás.
No se renuncia por una cuestión de descarte, sino porque se ha encontrado todo aquello que ha buscado y que quiere poseer para siempre. En consecuencia, todo lo otro, por bueno que sea, no es comparable en absoluto con su amado, ni posee lo que su amado posee.
Esta intensidad es lo que Santo Tomás llama “celo”, que es la reacción contra todo aquello que nos separe del bien amado. En ese caso, ni el miedo, ni el conflicto, ni los desafíos, ni el propio ego, ni las banalidades, son razones que aparten al amante de su bien amado.
Si vis pacem, para bellum (“si quieres paz, prepárate para la guerra”)
Volviendo a la cuestión del inicio, hemos dicho que, en nuestros tiempos, la salud mental se ha convertido en un pretexto para evadir compromisos o desafíos. La sociedad de la “positividad” nos ha impuesto slogans que nos incitan a vivir sin preocupaciones, evitando momentos difíciles, y separando los sentimientos entre “positivos” y “negativos”.
De ahí provienen frases como “prioriza tu paz mental”, “que te quieran y te acepten como eres”, y otras tantas más que en sí no son erradas, pero guardan una manipulación en sus palabras. Nos ofrecen paz y felicidad como un estado ideal donde no existen los problemas ni los obstáculos, donde todo se da tal como lo queremos.
Esto nada tiene que ver con la paz y la felicida que promete el amor, el cual como hemos visto es sacrificio, y en ese sentido, guarda consigo una faceta de batalla. El amor es probado no en los tiempos de paz, sino en los tiempos difíciles.
Las relaciones reales renuncian constantemente. Frente a las peleas, al tedio, y a las diferencias, se eligen una y otra vez. La paz no es la ausencia de conflictos, sino contar con el orden y la virtud para hacerles frente.
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No me malinterpreten, eso no quiere decir que todo es admisible. Si el amor es una búsqueda del bien, en una relación ese bien es el bien del otro. Por eso, la reacción natural debe ser la búsqueda mutua del bien del otro, respetando su dignidad y buscando celosamente su bien por sobre todas las cosas, comprendiendo que es valioso en sí mismo.
Ese debe ser el criterio para toda decisión. Más que la comodidad o la evasión de la responsabilidad, la base de toda relación debe ser ver al otro como valioso. Esta mirada, que ve al prójimo desde los ojos de Dios, amándolo porque Él lo amo primero, es lo que llamamos caridad.
No hay salud real, ni física, ni mental, ni espiritual, donde no hay caridad. Donde el corazón se cierra, no existe ningún bien que pueda ser amado, más allá de sí mismo. Debemos entender que las pruebas y desafíos nos fortalecen y nos perfeccionan, y que el orgullo y la comodidad nos enferman. Aunque los disfracemos bajo el pretexto de “salud”.