En todo vínculo humano, ya sea con la familia, la pareja o los amigos, existe un elemento común que nos atraviesa a todos: el conflicto. Este problema pone en evidencia la herida en nuestra naturaleza humana, su repercusión en nuestras relaciones interpersonales.
Si bien la palabra “tóxico” no puede aplicarse estrictamente a una persona, hoy se utiliza esta metáfora para describir imprecisamente el conjunto de rasgos, actitudes y comportamientos de algunas personas.
¿Qué significa ser “tóxico/a»?
La expresión “relación tóxica” comenzó a utilizarse en el ámbito psicológico en la década de 1970. Aunque no es un término técnico sino más bien una forma metafórica de describir una relación que perjudica o daña, el uso se ha extendido muchísimo en el lenguaje cotidiano.
Según la Real Academia Española (RAE) el adjetivo “tóxico” se usa en las personas cuando “tienen una influencia nociva o perniciosa sobre alguien”.
La palabra se hizo popular gracias al libro Toxic People: 10 maneras de lidiar con gente que hace tu vida miserable, publicado en 1995. Lo interesante es que éste no es un libro psicológico sino de comunicación interpersonal. Pues la autora, Lilliam Glass, es una experta en ese tema.
En 2018, el diccionario Oxford lo eligió como palabra del año, reflejando su creciente uso para describir relaciones personales, laborales y sociales caracterizadas por comportamientos destructivos.
La culpa la tienen las telenovelas
Es importante no romantizar la idea del conflicto en las relaciones interpersonales. La dramatización del conflicto, es decir el pensamiento “de novela” nos ha llevado a creer que las relaciones de pareja siempre tienen emociones intensas que conllevan a la reconciliación romántica. Esas actitudes en el fondo, reflejan un desorden interior, en donde prima lo emocional sobre lo racional.
Hay personas que están en constante búsqueda de ese tipo de experiencias y huyen de relaciones donde encuentran paz. Hay muchas aristas en este problema: la dependencia emocional, las relaciones sexuales sin compromiso y la banalización del amor, contribuyen al desarrollo de actitudes tóxicas en la relación.
En las películas siempre hay un final feliz luego de un amorío intenso de una semana. Tenés que saber que en la vida real -lo normal- no sucede así.
El cambio empieza por uno mismo
Está claro que muchas personas son capaces de reconocer cuando una persona es “tóxica”. ¿Qué hay de nosotros? ¿Estamos viendo la paja en el ojo ajeno y no la viga en el nuestro?
De hecho, en realidad no tenemos control sobre los otros más de lo que tenemos sobre nosotros mismos. Invertir fuerzas en cambiar a los demás es desgastante.
Por ejemplo, cuando una persona experimenta celos al punto de llevar a cabo conductas perniciosas de control o violencia, en realidad son el reflejo de una inseguridad profunda que la somete.
Esto, lejos de ser una excusa, debe ser el motivo para buscar ayuda profesional. Sin ayuda y tras la repetición de la experiencia, no solo daña al ser amado, sino que va perjudicando su salud mental.
¿Por qué repetimos patrones que dañan, aún cuando decidimos amar?
“Pues no hago el bien que quiero, sino el mal que detesto” decía San Agustín. Así, este tipo de actitudes “tóxicas” no debe sumirnos en la culpa sino propiciar la movilización de nuestras capacidades humanas para poder revertirlo y cambiar.
Tal reconocimiento es un signo de madurez que requiere paciencia y perseverancia al mismo tiempo. Solamente podemos vivir un amor auténtico si amamos y nos dejamos amar por Dios. Muchas veces nuestras conductas destructivas vienen de heridas de nuestra infancia, de la relación con nuestros padres, de traumas y demás sufrimientos que guardamos en el corazón.
Estas situaciones tan dolorosas son reversibles en la medida en la que haya un real compromiso de cambio y un ejercicio de la libertad interior: yo elijo cambiar. Sin embargo, como psicólogos somos conscientes que no depende de la motivación sino de una transformación profunda.
Algunas recomendaciones…
Las siguientes recomendaciones no suponen un remedio o técnica mágica, sino una propuesta desde la educación de las virtudes para vivir mejor. Cada caso es particular, pero todos los seres humanos tenemos la capacidad de perfeccionarnos.
- Ordenar los sentimientos: es necesario tener momentos de soledad y pausa, donde se pueda realizar introspecciones a través de diálogos con uno mismo. Analizar qué me pasa y por qué siento lo que siento; ir al pasado si es necesario o prestar atención a mis decisiones recientes. Reconocerme falible y pedir ayuda.
- Ordenar mis palabras: gran parte de los conflictos se ocasionan por problemas en la comunicación, y esos problemas surgen de nuestra dificultad para pensar antes de hablar. Muchas personas no lo saben, pero el cerebro termina de desarrollarse recién a los 25 años, antes de eso el área prefrontal pasa por muchos cambios y es la encargada del control de impulsos. Las palabras pueden herir o manipular a las personas, por lo tanto conllevan una gran responsabilidad.
- Actos: nuestros actos nos revelan más de lo que pensamos, pues son la materialización de nuestras ideas y sentimientos.Desde la terapia cognitivo-conductual se busca reestructurar el pensamiento para que tenga impacto en las acciones del paciente. Esto no debe darse como una programación robótica o condicionamiento, sino como una verdadera búsqueda de la verdad, el bien y la belleza. Cuando un acto bueno se repite, conforma un hábito, es decir una disposición natural para obrar bien. Todo esto perfecciona el carácter.
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Es importante identificar nuestras conductas tóxicas y disponernos a cambiar. A veces, aparecen con los años cuando hay mayor confianza en la pareja o incluso en el matrimonio. Si en el enamoramiento no se prestó especial cuidado en conocer a la persona, pueden pasar desapercibidas.
Ante esto, es necesario un diálogo honesto sobre la disposición a cambiar, que no es otra cosa que la disposición para amar, y dependiendo del tipo de relación (novios, prometidos o esposos) se debe evaluar la participación de ambos en ese proceso de cambio.