Masculinidad y pasividad



Como hombres, hemos sido llamados a hacer, a sacrificarnos, a la aventura y a la entrega, a romper con la comodidad y la mediocridad, con el desánimo y con el pesimismo. Hemos sido llamados a entregarnos en el amor y a sacrificarnos valientemente por otros.


Es verdad que a lo largo de la historia ha habido hombres que han hecho cosas terribles (yendo precisamente en contra de este llamado a la entrega y al sacrificio), pero también podemos encontrar grandes héroes: hombres que fueron capaces de dejar de lado la pasividad, el egocentrismo, la comodidad y el egoísmo, para salir al encuentro de los demás y cumplir su llamado. A ellos podemos acudir, como grandes fuentes de motivación y ejemplos. Sin embargo, ante el panorama actual, hoy quiero hablar un poco acerca de la pasividad en la masculinidad.


El llamado al sacrificio: un anhelo a saciar


Como hombres, somos llamados a ser y a hacer en tres áreas concretas: como amigos, como esposos y como padres. Todo hombre es o será estas tres cosas. Sin embargo, es indudable que corremos el riesgo de perdernos en el camino.


En este sentido, la pasividad en la masculinidad vendría a ser una de las barreras para el sacrificio al que somos llamados como hombres, pero también, una barrera para nuestra felicidad. Dime si no es cierto que los momentos más felices de tu vida han sido en relación con otros, cuando has puesto en algo empeño, esfuerzo y sacrificio, y obtenido un buen resultado. ¿O acaso alguien se ha sentido orgulloso de haber estado todo el día en cama? ¿Alguien se ha sentido feliz de no haberle dado la mano al que lo necesitaba? Creo que este llamado al sacrificio es también un anhelo que deseamos saciar.


La trampa de las comodidades


En el pasado era muy sencillo que los hombres encontraran este “entrenamiento natural” de la voluntad y la laboriosidad. Siempre recuerdo cómo mi papá o mis abuelos me contaban sobre la ayuda que ofrecían en sus casas, los trabajos que tenían, las reglas que les tocaba seguir, y las consecuencias de no cumplirlas.


En el presente, muchos hombres no sabemos lo que es esto, y vivimos en una pequeña burbuja exclusiva de comodidad, videojuegos, fiestas, vicios, y conquistas rápidas y fugaces. No estoy diciendo que no exista ya este entrenamiento natural de la voluntad y la laboriosidad, o que no haya hombres buenos y laboriosos. Solo estoy observando una realidad: nuestros papás, en su intento por darnos una “mejor vida”, nos han llenado de comodidades, y eso no a muchos nos ha ayudado (claro que hay excepciones, no pretendo ni puedo generalizar).


Y ojo: aquí no estoy haciendo una crítica, ni juzgando estilos de crianza. Más que cualquier otra cosa, lo que quiero es despertar consciencia —que es uno de los conceptos de los que hablaré en un momento—, para que cada uno de nosotros sea capaz de identificar en dónde estamos parados, hacia dónde queremos ir y qué estamos haciendo para lograrlo. Esto, no solo entorno a la masculinidad, sino en general en nuestra vida.


Escapar de la pasividad


En ese sentido, somos llamados a buscar poner los medios para ser hombres verdaderamente masculinos —masculinidad: algo que dista enormemente del machismo—, o sea, a buscar momentos para ejercitar la masculinidad, para crecer en voluntad y en sacrificio. Para aspirar a ser hombres capaces de dejar de lado la comodidad, el egoísmo y todo lo anteriormente mencionado, y así servir a los demás, especialmente en las tres áreas principales: como amigos, como esposos y como padres.


Para ello, creo que es bueno identificar que la pasividad constituye un vicio enormemente destructivo para nosotros, pues es todo lo contrario a aquello a lo que somos llamados: la pasividad lleva a permanecer inactivos, dejando que las cosas pasen sin nuestra intervención.


Raíces de la pasividad, y cómo cortarlas


Llegado a este punto, creo prudente hablar un poco de sus raíces, para ser capaces de discernir por dónde empezar. Desde mi punto de vista, la pasividad se arraiga en las siguientes cuestiones (ojo: no hago esta lista de puntos como una crítica, o para que se encienda tu “juzgómetro”, sino más bien como una radiografía, para ver cómo estamos y qué podemos hacer para mejorar en cuanto a nuestra masculinidad):


#1 La falta de voluntad: falta de esta capacidad humana de decidir entrar en acción. Este problema se resuelve empezando por proponernos cosas pequeñas y por hacerlas; por ejemplo, tender nuestra cama por la mañana, privarnos de un pequeño gusto, correr una vuelta más, hacer una repetición más, etcétera.


#2 La falta de madurez: no saber qué se desea; prima el egocentrismo, hay promesas que no se cumplen… Todo esto es normal en la etapa infantil, pero no así en la adultez. Esto se puede trabajar en terapia.


#3 La mala formación de la inteligencia: no estoy diciendo que seamos tontos, sino simplemente que nos falta información sobre la masculinidad, sobre ser más activos y menos pasivos. Esto se resuelve aprendiendo, tomando talleres, leyendo, etcétera.


#4 Sobrepensar: la mente es una máquina que crea pensamientos. No es la voz de Dios, no es la verdad absoluta: su función simplemente consiste en crear toooooodo tipo de pensamientos, y a veces nos perdemos en ellos. Esto nos lleva a frenarnos, a no avanzar, a no tomar acción. La solución es aprender a ser observadores de estos pensamientos, para saber elegir cuáles nos sirven y cuáles no.


#5 La falta de dirección o sentido en la vida: este constituye un punto muy importante. Me gusta mucho citar a Alicia en el país de las maravillas, cuando el Gato de Chesire le dice a Alicia: “Si no sabes a dónde vas, poco importa el camino que tomes”. ¡Esto tiene mucha verdad! Necesitamos saber en qué dirección queremos ir, para qué hacemos todo lo que hacemos, a dónde queremos llegar, y qué tenemos que hacer para estar ahí.


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Creo que es urgente hablar del tema. Personalmente, para mí lo es, pues creo que un hombre que no asume su masculinidad, que no asume este llamado al sacrificio y a la entrega, puede hacer mucho daño, tanto a otros como a sí mismo.


En ese sentido, un hombre que asume su masculinidad, que pone “manos a la obra”, es un hombre que propone a otros su ayuda, que se preocupa por los demás y por la sociedad en la que está, que —por muy difíciles que sean— se compromete con valores altos, que hace lo que dice que hará, que cumple sus promesas, que es capaz de ser transparente y de decir lo que quiere y siente, pero también lo que no quiere. No es tibio: es frío o caliente. ¡No hemos sido creados para la comodidad!


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