Lo propio de ser mujer



Vivimos en un mundo hostil a la fertilidad. La fertilidad es vista como una carga, un lastre, un problema o un dolor de cabeza. Si bien esto se puede decir tanto del varón como de la mujer, es la mujer quien parece llevar la peor parte. Es la mujer la que padece de manera más evidente una separación entre ella y su propio cuerpo. Pero, ¿tiene que ser así? ¿Se puede abordar la fertilidad, en su complejidad, apreciandola, y reconociendo el valor del cuerpo de la mujer?

Reconocer el valor del cuerpo, no ignorarlo

El respeto que se debe al cuerpo humano no está dado por las habilidades que posee, sino justamente por ser el cuerpo de una persona. El “ser persona” implica necesariamente un cuerpo, no un cuerpo que se “posee”, sino uno que es parte de la identidad de la persona. En este sentido, el respeto al cuerpo debería ser igual, tanto para el varón, como para la mujer.

Es llamativo que, culturalmente —salvo que haya alteraciones o enfermedades—, es poca la atención que reciben las funciones que realiza el cuerpo de la mujer vinculadas a la fertilidad: ovular, gestar y lactar. La importancia de estas tres funciones radica justamente en la primera: ovular.

Ovular es el acto propio de la mujer, el cual la mayoría de las mujeres ignora y el sistema de salud pasa por alto. Ovular es central para la salud de la mujer, y ella jamás podrá ser verdaderamente libre —ni sobre su salud ni sobre su sexualidad— si ignora la centralidad de la ovulación.

Eliminar algo que es natural

Ignorar la centralidad de la ovulación implica tener un manto de ignorancia sobre los ciclos, la salud y la fertilidad. La “salud de la mujer” se reemplazó por “anticonceptivos”. Hoy en día, cuando se habla de la “salud de la mujer” pareceriera hacerse alusión a la eliminación de los efectos de la ovulación. Inlcuiso a inhibirlos, como ocurre con los anticonceptivos hormonales.

La paradoja se da en que ovular es la única manera que la mujer tiene de producir las hormonas femeninas que su propio cuerpo requiere, y sin embargo, es lo que se busca inhibir sintéticamente mediante los anticonceptivos hormonales. Así, los anticonceptivos parecen haberse filtrado en el concepto de “salud”, llegando incluso a considerarse como tratamiento a irregularidades en el ciclo.

La falsa dominación

Este tipo de abordaje pone al cuerpo de la mujer en una visión quebrada y fragmentada. De hecho, considera la salud como algo opcional, pues se motiva a que ella misma pueda elegir si va a permitir que su cuerpo produzca lo que necesita: ovular. Ninguna otra función del cuerpo es puesta como algo “opcional”, pero sí ovular.

Esto se alimenta de la ignorancia que rodea la ovulación. Lo que termina sucediendo es que la mujer cree que adueñarse de su cuerpo es elegir o no ovular. El “empoderamiento” se asocia a la decisión de poder impedir algo que es propio de su ser-mujer. Sin embargo, hay otro tipo de soberanía sobre el cuerpo, que no implica anular sus funciones, sino reconocer su propio valor. Se trata del poder que da el conocimiento del propio ciclo.

Reconocer la ovulación como parte esencial del cuerpo de la mujer permite acceder a un nuevo entendimiento de lo que significa la “salud de la mujer”. Las irregularidades en el ciclo serían abordadas desde el evento central de la ovulación, buscando tratamientos que resulten en la producción de un ciclo sano. A su vez, se desprende que una mujer soberana de su cuerpo no es aquella que puede elegir anularlo, sino quien es capaz de reconocer su valor y cuidarlo.

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Este análisis se puede extender a las otras dos funciones: gestar y lactar; funciones que no hace falta ir muy lejos para ver las opiniones tan viscerales que despiertan. De alguna manera, las polémicas que rondan estas otras dos funciones se desprenden de esta visión fragmentada de la mujer y de su salud.

Es necesario volver a una visión integral, donde el valor de la persona sea asumido en su integridad. En esta busqueda de valorar a la mujer como corresponde, lograr entender el funcionamiento del cuerpo nos puede brindar una herramienta clave para la integralidad necesaria, en donde la mujer pueda lograr reconcerse y valorarse con la riqueza propia de su femineidad.


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