Dos poemas para abrir los ojos en esta cuaresma



El pasado miércoles, empezamos a vivir una vez más, junto con toda la Iglesia, el sagrado tiempo de la Cuaresma. Tiempo de oración, limosna, ayuno y abstinencia; tiempo, sin duda, de preparar nuestro corazón para la salvación que Cristo nos traerá en la Pascua. El sentir de este tiempo está signado por las admoniciones del Miércoles de Ceniza “Conviértete y cree en el Evangelio” y “Recuerda que eres polvo, y en polvo te convertirás”. Se nos invita a abrazar la vida nueva en Cristo, teniendo presente nuestra propia mortalidad.

Y creo que una de las mejores metáforas para representar esta conversión interior es la de la curación de la ceguera. Asombrosa imagen, ¿no es cierto? Por eso, hoy les traigo dos poemas vinculados con ella. Se trata de dos obras de autores españoles de la llamada Generación del 36 ⎯entre los cuales resuenan nombres como Blas de Otero y Miguel Hernández⎯, y en este caso, dos autores que compartían una fuerte amistad, en los ideales y en la poesía. Espero que estos versos nos inviten a dejarnos iluminar, en esta cuaresma, por el misterio del amor de Dios.

Un gran milagro de Jesús

Para ponernos un poco en contexto, recordemos, sin ir más lejos, el asombroso episodio de la curación del ciego de nacimiento relatada en el capítulo 9 del Evangelio de Juan. Allí se cuenta que, cuando Jesús cura al ciego, ni los padres de este quieren dar fe de Él, por temor a los fariseos. Por el contrario, les responden: “Nosotros sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego. Pero cómo ve ahora, no lo sabemos; ni quién le ha abierto los ojos, eso nosotros no lo sabemos. Preguntadle; edad tiene; puede hablar de sí mismo” (Jn 9, 20-22).

Pero el ciego recién curado no se queda atrás, y, luego de haber proclamado a Jesús como su curador muchas veces, cobra aún más protagonismo en el capítulo. En un diálogo bastante extenso, se atreve a discutir con firmeza ⎯y buena retórica⎯ ante la turba enojada: “Eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; mas, si uno es religioso y cumple su voluntad, a ése le escucha. Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si este no viniera de Dios, no podría hacer nada” (Jn 9, 30-33). Cuando, entonces, lo echan fuera, él se encuentra con Jesús, quien le pregunta “¿Tú crees en el Hijo del Hombre?”. Ante ello, el ciego curado responde: “Creo, Señor”, y se postra ante Él (Jn 9, 35-38).

Me encanta cómo este relato bíblico nos pone ante la posibilidad de elegir más de una postura: podemos ser los padres desagradecidos, podemos ser los fariseos interesados y escépticos, o bien, podemos ser el ciego curado, que se entrega a la fe, y agradece a Dios dando testimonio de su obra. Por ello, es comprensible que nuestros dos autores elijan como perspectiva la de un hablante lírico ciego, como imagen de la conversión a Dios.


“Las manos ciegas”, de Leopoldo Panero (1909-1962)

Ignorando mi vida,

golpeado por la luz de las estrellas,

como un ciego que extiende,

al caminar, las manos en la sombra,

todo yo, Cristo mío,

todo mi corazón, sin mengua, entero,

virginal y encendido, se reclina

en la futura vida, como el árbol

en la savia se apoya, que le nutre,

y le enflora y verdea.

Todo mi corazón, ascua de hombre,

inútil sin Tu amor, sin Ti vacío,

en la noche Te busca,

le siento que Te busca, como un ciego,

que extiende al caminar las manos llenas

de anchura y de alegría.

Notarán enseguida que en el ciego hablante de este poema de Panero no se ha dado una curación: el mismo título alude a la idea de la ceguera y a la necesidad del tacto. Quizás sea por eso que una de las primeras cosas que me llaman la atención de “Las manos ciegas” es la sintaxis. ¿Qué me llama la atención? Primero, que todo el poema está compuesto por sólo dos oraciones largas, y que el autor ha hecho que en la primera oración vayamos a tientas, casi dando tumbos entre verso y verso, para encontrar dónde ha escondido el verbo principal de la oración. Este aparece recién en el séptimo verso: “se reclina”.

Además, es notorio cómo el “yo” está presente desde el principio, y sin embargo, ¡las oraciones están en tercera persona! El sujeto elige hablar de sí mismo aludiendo a dos frases: “Todo yo” y “Todo mi corazón”. Es casi como si se estuviera pintando a sí mismo desde afuera, como si se estuviera mirando en el espejo, como si se estuviera sacando una selfie. ¿Por qué? Quizás sea porque el hablante no se siente completo, no se siente sí mismo, sino un “ascua de hombre”.

Porque este poema nos habla de algo que está en proceso. Nos habla de la esperanza de la búsqueda: nos invita a reclinarnos en esa “futura vida”, a descansar en la fe, en eso que nos va nutriendo desde adentro, y que se identifica con el amor de Dios.

Con la tranquilidad de que, aunque no lo veamos, ese amor puede llenarnos. Cuando nos sentimos vacíos, el amor de Dios es la esperanza que nos alienta a continuar, aunque sea a tientas, con alegría.

“Del pastor ciego que abrió los ojos a nueva vida”, de Luis Rosales (1910-1992), en Nuevo retablo de Navidad

Sentí decir ¡Belén! y un inseguro

empuje me arrastró; quedé un momento

sin poder respirar; pálido y lento

volví a palpar el muro y tras el muro

el roce de un testuz súbito y duro

me hizo pasmar; después sentí un violento

temblor de carne y labio, el movimiento

gozoso de la gente y un oscuro

miedo dulce a volver; seguí avanzando

y resbalé en la paja; ya caído

toqué el cuerpo de un niño; yo quería

pedirle ver y me encontré mirando,

sintiéndome nacer, recién nacido,

junto al rostro de Dios que sonreía.

De más está aclarar que este poema trae un tiempo litúrgico distinto, pero que no hemos vivido hace tanto, que es el tiempo de Navidad. Con él, Luis Rosales refleja, en la literalidad, que Cristo desde la cuna realizaba los milagros que luego se cuentan en los evangelios.

En este poema ⎯a mi juicio, uno de los mejores poemas narrativos que he leído, ¡y encima con forma de soneto!⎯, los encabalgamientos ⎯esos cortes tan fuertes que sufren las oraciones entre los versos, e incluso entre las estrofas⎯ nos llevan no sólo a sentir que vamos a tientas, sino directamente a empujarnos, a hacernos caer de línea en línea. Y fíjense qué notorio: las primeras tres estrofas están completamente vedadas de imágenes visuales, ¿lo notan? Se recurre sólo a imágenes táctiles, hay una imagen auditiva en el primer verso…, pero nada más. Recién en la última estrofa encontramos una imagen visual, y es alucinante: “pedirle ver y me encontré mirando”.

Desde este punto de vista, es hermoso pensar en algunas frases que nos propone Luis Rosales como imágenes de un proceso de conversión. Veamos: a veces entramos en la fe apenas por algo que hemos oído, por algo que nos han contado de Dios; luego, necesitamos cierta quietud, y hasta tenemos miedo. Por fin, se presenta esa moción interior, algo que nos acontece bajo la forma de un “violento temblor”. Puede ser un gran logro, una gran tristeza, un gran amor, un sencillo y epifánico descubrimiento…, pero es algo que nos mueve, que rompe nuestras estructuras.

Y aquí viene la mejor parte. A medida que nos acercamos más a la fe, a los sacramentos, y aún sin entenderlo, empezamos a notar la realidad comunitaria de la vida eclesial: percibimos ese “movimiento gozoso de la gente”. Y es entonces cuando ya no hay marcha atrás, pues nos da un “miedo dulce a volver”. Ya comprendemos que pertenecemos allí, que allí estará nuestra felicidad. Y luego, el poeta nos marca algo genial: en el encuentro con Cristo ⎯en el caso aquí narrado, vinculado con la Encarnación, con Su Nacimiento⎯ somos nosotros, en verdad, los que nacemos.

* * *

En el poema de Luis Rosales, se pone en acto la curación buscada en los esperanzados versos de Panero. Así, la imagen del ciego que va a tientas por la noche, y busca su cura en Cristo, se vuelve muy útil para nosotros en este momento. Y quiero proponérselas como un modo de vivir esta cuaresma. Entonces, ¿cómo debemos avanzar hacia la pascua?

Primero, conscientes de nuestras miserias: ello nos ayudará a vaciarnos de todo lo que sea accesorio, de todo lo que no nos permita arrojarnos con confianza en Dios. Por ello, podemos vivir esta cuaresma alegres en la esperanza de esa búsqueda, pues sabemos que luego de la cruz viene la resurrección.

Y segundo, maravillados ante la vida nueva de la gracia. Agradecidos, como el ciego curado del Evangelio de Juan, porque hemos encontrado en Cristo un lugar que nos da paz, compañía, seguridad, plenitud.

En esta cuaresma, caminemos con las manos llenas de alegría, y pidámosle a Cristo ver, creer enteramente. Ceguémonos a todo lo pasajero, y dejemos que Él nos abra los ojos.


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