Cuando nuestra mente decide por nosotros...



Hemos crecido en un mundo en el que se busca resolver problemas —lo cual, técnicamente, no es algo malo: realmente es lo que nos ha permitido evolucionar y crecer como especie—. Cuando hay una dificultad en nuestra vida, la mente entra inmediatamente en un estado de “resolución de problemas”. Así, piensa, piensa, piensa y piensa, hasta encontrar una respuesta que dé solución satisfactoria al problema.


En la vida cotidiana, esto es muy útil: es gracias a la “mente solucionadora de problemas” que tenemos energía eléctrica, internet, automóviles, celulares y muchas otras cosas que han facilitado la vida y que han mejorado su calidad. Sin embargo, la “mente solucionadora de problemas” también nos genera (paradójicamente) problemas en nuestra vida.


No todo es un problema a ser resuelto


“¿Y cómo así, Bernardo?”, podrás cuestionarte. Pues sí: porque no todo en esta vida es un problema a ser resuelto. Hay cosas que simplemente son así, y el hecho de que la mente entre en este estado y yo le dé toda mi atención sólo genera que me estanque, me agobie y me aleje de lo que es importante y valioso para mí.


“Mmm, sigo sin entender, Bernardo…”. Pues mira: imagina que caes en un arbusto, ¿qué es lo más lógico por hacer? ¿Qué dice la "mente solucionadora de problemas" que debes hacer? Pues salir de ahí, ¿no? Poner un pie por delante y luego el otro… y, ¡listo!, estás afuera y problema resuelto.


¿Qué pasa si caes en un charco de agua con lodo? Pues exactamente lo mismo: automáticamente, la mente dirá “¡Salgamos de esto!”, y enviará órdenes al cuerpo para que ejecute una serie de acciones para mover los pies y demás.