Cuando me tocó dar Educación Sexual Integral en secundaria tuve que prepararme de verdad. Eso implicó estudiar, dialogar con distintas posturas sobre el tema y enfrentar el desafío de enseñar una materia que conocía, pero que nunca había dado formalmente en el aula, aunque sí había intentado vivirla y aplicarla en mi propia vida.
Después de mi primer año enseñando ESI, estas son cinco cosas que aprendí.
1. Falta material que aborde la ESI desde una antropología realista
Una de las primeras dificultades que encontré al preparar la materia fue la escasez de manuales que aborden la ESI desde una perspectiva de filosofía realista y desde la Teología del Cuerpo. Material existe, pero es poco y muchas veces queda concentrado en circuitos bastante cerrados o en iniciativas muy específicas.
Esto revela algo interesante: todavía hay un campo por desarrollar. Un espacio donde docentes, filósofos y educadores podemos ponernos a trabajar para producir materiales que integren biología, antropología, ética y teología con mayor profundidad. En otras palabras: todavía hay mucho por construir, especialmente en lengua castellana.
2. El humor y la creatividad son aliados pedagógicos
Cuando uno empieza a trabajar estos temas con adolescentes descubre rápidamente algo: el humor aparece inevitablemente. Y, en una materia como esta, lejos de ser un problema puede convertirse en una verdadera herramienta pedagógica.
La risa distiende, permite que los chicos pierdan la vergüenza y abre la puerta a preguntas más sinceras. En una de las clases, por ejemplo, los estudiantes diseñaron juegos de mesa sobre los cambios en la adolescencia. Fue uno de los trabajos más creativos y participativos del año. Aprendían… y se divertían haciéndolo.
3. Aunque tenga formato de taller, sigue siendo una materia
La ESI muchas veces se presenta como un espacio de conversación o de taller. Y eso está bien. También descubrí que, si no se enseña con cierta exigencia académica, muchos contenidos importantes terminan diluyéndose.
Los cambios físicos, emocionales y relacionales que atraviesan los adolescentes son demasiado importantes como para que el aprendizaje quede librado solo a una charla o a una dinámica que no exige trabajo en casa. Si queremos que comprendan lo que están viviendo, también es necesario enseñar, evaluar y acompañar ese proceso como parte real del aprendizaje escolar.
4. No alcanza con lo biológico ni con lo social
Otro aprendizaje fundamental fue comprender que una mirada exclusivamente biológica o exclusivamente social resulta incompleta. La primera tiende a ver al ser humano solo como un cuerpo. La segunda, muchas veces, termina educando de acuerdo con la ideología de turno.
Sin embargo, el ser humano es más que solamente cuerpo y no puede reducirse a una moda cultural o a una corriente ideológica. Hay que poder verlo como lo que es: una unidad de cuerpo y alma, y también como criatura de Dios.
En este sentido, por ejemplo, tocó aprender a distinguir con claridad entre distintas realidades: qué son las enfermedades de transmisión sexual y cómo prevenirlas; qué es la concepción y por qué no se trata de una enfermedad; y también que los métodos anticonceptivos no necesariamente previenen las ETS.
Incluso estas distinciones básicas solo cobran sentido cuando se enmarcan en algo más grande: un proyecto de vida pensado de cara a Dios y a la propia vocación. Algo que va más allá de lo meramente biológico o de las ideologías del momento.
5. Dar ESI es ayudar a los adolescentes a conocerse y a aceptarse a sí mismos
Dar ESI desde el realismo filosófico implica pensar tres preguntas fundamentales: ¿qué soy?, ¿quién soy?, ¿cuál es mi proyecto de vida?
Esto significa que enseñar esta materia no consiste solamente en estudiar qué es el ser humano —como venimos diciendo—, sino también en ayudar al adolescente a conocerse, a descubrir su propia identidad como hijo o hija de Dios, a aceptarse a sí mismo y a comenzar a pensar su proyecto de vida a partir de esa identidad.
En este proceso, además, el vínculo con las familias es fundamental. La escuela no reemplaza a los padres: los acompaña y puede convertirse en una ocasión para que las familias renueven ese vínculo y lo fortalezcan.
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Una conclusión personal: si tuviera que resumir este primer año de ESI, diría que dar esta materia terminó siendo algo muy distinto de aquellas charlas de J&J que muchos recordamos del colegio, o de las charlas de abstinencia que nos daba el cura en el movimiento parroquial.
Para mí se volvió, más bien, una oportunidad de enseñar aquello que me hubiera gustado aprender antes: una comprensión más profunda de la persona humana, iluminada por lo que descubrí años después al conocer la Teología del Cuerpo de Juan Pablo II.
Quizás esa sea una de las tareas más hermosas de la educación: ofrecer a otros, con más madurez, aquello que uno mismo tuvo que descubrir con el tiempo.