3 excusas que nos inventamos para dejar de amar



Creo que todos podemos afirmar que, en algún momento de la vida, una de estas ideas se nos ha pasado por la mente. O que conocemos a alguien cercano que ha tomado una decisión basándose en estas ideas.


Sin embargo, antes de darles cuerda a estas ideas, deberíamos hacernos unas preguntas y responderlas honestamente: ¿acaso queremos crecer en el amor?, ¿estamos dispuestos a aprender a amar? Estas consideraciones nos permitirán escapar de esas excusas que nos parecen muy razonables cuando pasamos por un mal momento, o cuando no tenemos las cosas claras. Estas son algunas de ellas.


#1 “Ya no siento lo mismo”


Todos cambiamos: hoy no somos iguales a cómo éramos ayer, a cómo fuimos cuando teníamos doce años, ni a cómo seremos en cinco años más. Lo ideal es que este cambio sea un cambio positivo, que nos haga ser mejores que ayer, que haya un grado de perfección que sea directamente proporcional al tiempo que pasa, ya sea este grado en una medida mínima o en una bastante sustancial, aunque mejor, al fin y al cabo. En ese sentido, nuestra capacidad de amar o nuestro aprendizaje sobre el amor y el amar no son —o no deberían de ser— la excepción.


Algo que comúnmente sucede es que no se es consciente de esto, o se tiene de presupuesto que el amor es algo estático, no cambiable, ya perfeccionado, ya dado, inmejorable, no dinámico. Algo así como una “herramienta” con la que “participo” de la vida del otro, y que me permite, en las medidas necesarias que se requieran para cada caso, relacionarme —tal vez, mejor que bien— con los demás.


Es decir: vendría a ser algo así como que para cada relación en la vida, tengo la “herramienta del amor” —que ya viene dada y perfeccionada— de la que puedo adaptar para esta u otra en concreto. Bajo esa lógica, de la que uno no tiene necesariamente que ser consciente que así lo cree, mas en la práctica se actúa como si así lo fuera: (i) no habría necesidad de mejorar, ya que ya se estaría con la versión mejorada y completada de lo que es el amor, y (ii) uno terminaría siendo igual que Dios, en cuanto al amor, por el hecho de estar igualados en el amor al Amor mismo.


Pero no es el caso. Así no funciona. El amor y la capacidad de amar más y mejor son algo que debemos ir aprendiendo y mejorando cada día. En cada momento y situación concreta de la vida que nos toca pasar; sobre todo en aquellas en las cuales a uno le cuestan más. Es ahí donde nos ejercitamos y aprendemos más lo que es el verdadero amor.


#2 “No he encontrado mi media naranja”


Todos hemos escuchado frases de ese tipo, o también: “no he encontrado al amor de mi vida”. Sin embargo, el amor no se encuentra: se construye.


Hay personas, y seguramente nos ha pasado o nos pasa, que uno quiere encontrar al príncipe azul, un chico o chica supersanto, y que cumpla con toda la lista de requisitos para que se acomode a como soy, de tal forma que yo no tenga que cambiar nada —porque soy perfeto y así estoy bien—.


Es decir: se pretende encontrar a la persona en su “versión” del amor —entre otras cosas— perfeccionada, lo que no es posible, en cuanto que el amor de uno y la otra persona, una vez que se conocen, se acomoden o encajen perfectamente como la idea de la media naranja, en la que una parte solo toca los bordes de la otra pero, no se juntan ni cruzan ni comparten espacios en ningún lado.


¿Cómo es eso? ¿Amor con límites y sin involucrarse? No es posible. El amor es un proceso de aprendizaje, de amistad, de confianza, de perdón. Habrá que compartir muchas cosas, equivocarse unas tantas más, perdonar y pedir perdón muchísimas veces, confiar y generar confianza. Se irá construyendo de a pocos, pero es bueno ser conscientes de lo imperfectos que somos. Pero también de que tenemos las ganas y intenciones, y de que ponemos los medios concretos para poder mejorar.


#3 ¿Se acabó el amor, o se acabaron las ganas de amar?


Hay que empezar dejando claro que el amar no es un sentimiento bonito y emocionante que resultó de una experiencia que, a su vez, te hacía revolver mariposas en el estómago y que, por lo tanto, se traduce en un “te amo” o una frase parecida que exprese lo mismo. Por el contrario, es una decisión que te lleva a salir de ti y de tu egoísmo, y a buscar el bien del amado. Así duela, sea incómodo, sea incomprensible mientras tengas que hacerlo y , además, no hayan mariposas en el estómago, sino algo más bien parecido a polillas, que causen como indigestión y vómitos—es figurado, no se vaya a ofender nadie por la comparación.


Pero el punto es que el amor, en cuanto a lo sensible, incluso puede ser un sentimiento contrario al que se cree y promueve. Pero lo que lo hace amor es el hecho de que, sienta lo que se sienta, uno decide voluntariamente hacer y buscar el bien del otro.


Habrá veces que será más fácil, y otras en las que no tanto, pero —y esto es un punto clave y como recomendación— si estamos unidos al Amor, que es Dios, nos será mucho más fácil. En efecto, por un lado, nuestro amor debería perfeccionarse al punto de ser lo más parecido al suyo y, por otro, uno no puede dar lo que no tiene. Es decir: si no estamos unidos al Amor, no tenemos amor para dar. Podremos dar algo que se le parezca y que sea un intento de amor, pero no será una verdadera caridad, que busque el fin último de la persona amada ni su bien máximo.


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A veces nos hemos creído estas excusas, pensando que el “amor te tiene que nacer”, que “se tiene que dar espontáneamente”, o que “si lo fuerzas, no es amor de verdad”. Podemos responder citando la encíclica del Papa Benedicto XVI Deus caritas est: “El amor nunca se da por «concluido» y completado; se transforma en el curso de la vida, madura y, precisamente por ello, permanece fiel a sí mismo”. Y esta madurez en el amor supone un desafío que hay que llevar con la voluntad y el intelecto: es un viaje en el que tenemos que estar dispuestos a aprender a amar constantemente.


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