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Día: mayo 2, 2022

¿Contribuyo al mal del mundo?

Durante la pandemia, creímos que todos íbamos a salir mucho mejores personas de lo que conocíamos, creíamos que ante una crisis mundial íbamos a resultar un mundo mejor y más solidario. Para no hacerte el cuento largo, parece que fue al contrario: un día nos despertamos con una guerra en Ucrania, con países más violentos, con asesinatos, robos y corrupción, con la economía por los suelos, con las iglesias vacías y las familias desintegradas, con crisis de depresión y ansiedad en los jóvenes… En fin: con tantos problemas sociales que pareciera que una pandemia no nos sirvió de nada, más que para acabar de destruir las pocas cosas buenas que teníamos.

 

Y ahí estamos… Tentados de pensar que no hay nada bueno en el mundo, que cada vez está peor y que no vale la pena hacer el bien, porque no hace la diferencia. Cada vez que consientes con este pensamiento, estás contribuyendo al mal del mundo. Así como lo lees… Pero, ¿cómo salimos de esto?

 

La respuesta es la virtud

 

Una de las armas más poderosas que Dios nos da para vencer el mal son las virtudes. Una virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien. No solo nos ayuda a realizar actos buenos, sino que nos inspira naturalmente a dar lo mejor de nosotros mismos. Esto a su vez implica mejorar en toda su expresión nuestro encuentro con los demás. El hombre virtuoso es el que practica libremente el bien.

 

Reflexionaba que el mundo nos está tentando con todas sus fuerzas para que se minimicen esas fuentes de bien, como las virtudes. Más adelante te diré por qué lo creo.

 

Las virtudes cardinales y las virtudes teologales

 

Sabemos que existen las virtudes cardinales, que se adquieren mediante fuerzas humanas. Se trata de la prudencia, la justicia, la templanza y la fortaleza. Son una especie de coordenadas a las que todas las demás virtudes se alinean.

 

Aunque las virtudes cardinales son sumamente importantes, quiero hacer una reflexión más profunda sobre las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Las virtudes cardinales se arraigan a las virtudes teologales; estas, más aun que las fuerzas humanas, necesitan la participación de la naturaleza divina.

 

Es ahí en donde estamos siendo tentados, donde flaqueamos como humanidad; es tan dañino que permea en nuestras relaciones, en nuestro quehacer, en nuestra familia, en nuestra forma de vivir, en cómo nos percibimos, e incluso en nuestro propósito de vida.

¿Me estoy dejando tentar? Así comenzó está reflexión, parece que ceder en una, hace una especie de efecto dominó sobre las demás, por eso puede ser rápido y muchas veces sin que nos demos cuenta.

 

La fe

 

Esas veces en las que creemos que no hay solución a las cosas malas que nos pasan, en las que vemos tanto mal en el mundo que ello nos quita la paz, en las que creemos solo en nuestras propias fuerzas, porque nadie nos va a ayudar a cambiar el mundo y que ya no hay buenas personas para formar una familia… Son todas esas veces en las que estamos perdiendo la fe.

 

La esperanza

 

Hasta aquí crees que solo estas perdiendo la fe, pero como dije, es una especie de efecto dominó: luego, sutilmente, nos hace pensar que las promesas no van a ser cumplidas, que no hay una pareja pensada para mí, que nunca me voy a casar, que jamás vamos a poder solucionar tantos problemas sociales… No sólo debemos creer en Dios: debemos creerle a Dios, creer que sus promesas serán cumplidas, aunque el mundo nos diga lo contrario.

 

La caridad

 

Con la pérdida de esta virtud, culmina lo que hoy vemos tangible, todo el mal que mencioné al principio, porque ¿cómo vamos a pensar en nuestros hermanos, si estamos sumergidos y preocupados viendo lo mal que está mi vida, mi familia, mi relación, que no vemos todo lo bueno que tenemos y que podemos hacer por los demás…?

 

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No hay que dejar de esforzarnos y pedir estas virtudes: son un medio para nuestra conexión con Dios y, si lo descuidamos, nos será difícil ser testimonio de su gracia. ¡Seamos virtuosos!

@feminidad.cool

Testimonio de recién casados

Después de 5 meses sin escribir, no sabíamos cómo regresar. Verás: nuestro primer artículo lo escribimos como novios, y este lo estamos escribiendo como esposos. Sí: ¡nos casamos! Fue el 27 de noviembre de 2021, luego de un largo caminar juntos. Por ello, hicimos una pausa para poder centrar nuestra atención en el Sacramento y en los primeros meses de casados.

 

Hay muchos temas de los que podríamos escribir en este momento: maneras de evitar el egoísmo en el matrimonio, la vivencia de la castidad en el matrimonio, la apertura a la vida y los métodos naturales… Quizás estos temas sean los próximos, pero la verdad es que no nos sentimos llamados en este momento a hablar de teoría, sino de aquello que hemos estado experimentando. En pocas palabras, lo que intentaremos es ponernos al día contigo. Por eso quisimos compartirte nuestra experiencia sobre tres puntos de los que todo el mundo habla antes de casarse.

 

La convivencia antes de casarse

 

Ninguna persona cercana a nosotros nos llegó a preguntar por qué no vivíamos juntos antes de casarnos para ver si lo nuestro realmente iba a funcionar. Pero suele ser el consejo principal del siglo XXI, y lo leíamos en todos lados. En nuestros últimos cinco años de noviazgo, teníamos claro que viviríamos juntos cuando fuéramos esposos, porque solo así cobraría sentido el casarse. Por ello, dicen las Escrituras: “Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer y los dos serán una sola carne” (Génesis 2, 24).

 

Pensamos que es raro poner a prueba lo que se está seguro. Y más raro aun condicionar el amor hacia alguien: como si dijeras “si no nos entendemos en la convivencia, no nos casamos”. Probar “antes de” funciona cuando vas a comprar una cosa, no con las personas. El camino de noviazgo existe para crear certezas en cuanto a la relación y, si lo que necesitas es un “test de convivencia”, es porque realmente no hay seguridad en la relación, ni confianza en la persona.

Desde nuestro testimonio, esperar a ser esposos para vivir juntos fue una gran decisión. No porque la convivencia sea una “maravilla perfecta color de rosas”, sino por la certeza que ambos tenemos de que hay alguien a nuestro lado que afirma mi valor como persona. Alguien que elige amarme y seguir construyendo ese amor, aun en las equivocaciones y defectos, ¡como nos lo prometimos!

 

Nadie dice que será fácil que dos personas de distintas crianzas unan sus vidas para siempre, claro está. Pero, si no estás dispuesto a trabajar en equipo, a tener mucha comunicación y a muchas veces salir de ti para servir al otro, aunque hagas muchas “pruebas” antes de casarte, nunca funcionará.

 

Las tareas del hogar

 

En nuestras conversaciones preboda hablamos sobre cómo nos íbamos a dividir las tareas del hogar. En ese momento creíamos que iba a funcionar, pero en la práctica la historia fue otra, y no nos funcionó así. Por ejemplo: de novios habíamos acordado que, con respecto a la cocina, uno se encargaría del desayuno y la cena, mientras que el otro haría el almuerzo. En limpieza, el mismo objetivo; y así sucesivamente con las demás áreas. La realidad es que, en lo personal, aprendimos que no se trata de repartirse las tareas 50 % y 50 %, porque muchas veces tocará dar el 100%. Somos un equipo, y ambos sabemos que nuestra familia y hogar son lo primero ahora; y entendimos que, más allá de una división de tareas, se trata de una donación diaria, de una disposición a servir.

 

Después de entender esto —luego de un par de discusiones—, frases como “Yo hice tal cosa, te toca a ti” o “Ya cumplí mi parte y tú no haces nada” no entran en nuestros diálogos. Este punto de vista nos permite tener una comunicación asertiva: “Estoy un poco cansado, ¿podrías hacer esto por mí?”. ¡Y nos ha ido mucho mejor! Como dice Gary Chapman, autor de Los cinco lenguajes del amor, las peticiones dan dirección al amor, pero las demandas detienen el flujo del amor.

 

La compatibilidad sexual

 

Una vez nos preguntaron “¿Cómo saber si hay compatibilidad sexual? Sobre todo en un noviazgo que busca la castidad… Eso es importante”. Nosotros tuvimos un noviazgo en donde buscamos vivir la virtud de la castidad en todas las dimensiones de nuestra sexualidad humana, entre ellas, el esperar a tener intimidad sexual. Ahora, como esposos, afirmamos que efectivamente la búsqueda de una “compatibilidad sexual” es un mito, un engaño moderno

 

Así como aprendemos a convivir, a escucharnos, a dialogar, a conocernos… De la misma manera, el hombre y la mujer, en el contexto del matrimonio, aprenden a amarse y a entenderse en sus diferencias y gustos. Así, juntos podrán disfrutar de su encuentro conyugal, lo cual muchas veces, sobre todo en los recién casados, es un paciente camino de ensayo y error, entendiendo que el placer es un medio para el amor, y no un fin. Esto quiere decir que, aunque el placer es importante, no es lo más importante. Lo más importante es que los esposos se amen, se respeten y juntos piensen igual en hacer feliz al otro.

 

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Hay muchas más experiencias vividas que confirman lo que compartimos de novios, pero por ahora te dejamos estas tres. Esperamos que puedan ser un poco de luz para tu vida. Síguenos en @sexualidadycastidad para descubrir más contenido como este.

¿Cómo superar cristianamente el miedo al fracaso?

¿Éxito o victoria? ¿Esclavitud o servicio? ¿Lo temporal o lo eterno? Aunque no resulte habitual que lo pensemos en estos términos, lo cierto es que decidirse respecto de estos tres “this or that” existenciales no es sencillo, pero sí fundamental. ¿Por qué? Porque nos pone frente a una actitud vital que gobernará nuestras acciones, acercándonos o alejándonos del modelo de toda virtud, es decir, de Cristo. Aunque en verdad creemos que Él ha muerto en la cruz y resucitado para salvarnos, podemos descubrir con estupor que la presión social ha afianzado en nosotros ambiciones, e incluso estructuras psíquicas, que nos conducen por un camino distinto al que Jesús nos propone.

 

Estos temas aparecen reflejados en la novela miscelánea The devil’s devices, or Control versus service (1915), de Douglas Pepler, ilustrada con grabados de Erick Gill. Por ello, hoy quiero comentarte algo acerca de este intrigante y fascinante libro, para profundizar respecto de qué decisiones debemos tomar para perfeccionar nuestra forma de obrar y de amar.

 

El autor y su obra

 

Hilary Douglas Clark Pepler (1878-1951) fue un poeta, ensayista, artesano e imprentero inglés. Converso del protestantismo, se bautizó en la Iglesia Católica en 1916 y se hizo terciario dominico en 1918. Cercano a Gilbert Keith Chesterton y a Hilaire Belloc, en 1920 Pepler fundó junto al artista plástico Eric Gill una comunidad de artistas y artesanos llamada “Guild of Saint Joseph and Saint Dominic”, que dio nueva vida al pueblo de Ditchling, en Sussex, renovando su fe. Para que se den una idea, Pepler y Gill notaron que en el pueblo no se rezaba el Ángelus porque no había un campanario que lo anunciara, y entonces decidieron construir uno: así, en ese plan.

 

Como parte de su proceso de conversión, junto con otras obras basadas en la imaginería medieval —como su “Dragon poem” (1916)—, Pepler escribió en 1915 The Devil’s Devices, or Control versus Service. Allí combina narrativa y ensayo—con algunos toques dramáticos y líricos, y grabados de Gill—, para contar qué sucede cuando el Demonio, como personaje principal, se inmiscuye en la política, la economía y la cultura. Junto con el Demonio, aparece la figura protagónica del Autor, y al final el Demonio va a buscarlo a su casa, para pedirle que no publique el libro. Pero el Autor le responde con audacia, y el libro finaliza con el poema que nos permite comprender ese subtítulo “Control versus servicio”, y cuyo fragmento les traduzco aquí:

 

El Demonio cabalga, y Cristo cabalga

en un asno.

Uno, a tener éxito

donde reina el pecado.

El Otro, a una cruz

donde yace la alegría.

¿Y nosotros? Nos preocupamos

por ocupar nuestro lugar en la partida.

 

Acompañado de un grabado de Gill en el que la cruz de Cristo refulge, triunfante, este poema final cierra el libro con la importancia de tomar partido: expresa la profundidad teológica la decisión ética. ¿A quién queremos seguir: a Cristo, que murió crucificado, o al demonio, que hoy parece enseñorearse de todo en el mundo: de los medios, de la política, de la economía…?

 

La victoria de la cruz

 

En charlas con amigos, en las redes sociales, en catárticas confesiones en foros, en sesiones de terapia…, ¿cuántas veces hemos escuchado en estos tiempos acerca del miedo al fracaso? Ante una época que nos genera estrés, adicción al trabajo, ansiedad y depresión, en la búsqueda de un éxito inalcanzable —pues, si obtenemos algo, nunca es suficiente—, la cruz de Cristo se erige como el pilar de la victoria.

 

Se trata de una victoria de grandeza rotunda, pero no exitosa. De una grandeza quizás oculta para quien esperaba ver a un rey con una corona de oro que doblegara a las tropas enemigas. El Salvador vence coronado de espinas, desnudo y herido, abandonado por sus amigos y entre dos malhechores. Pero vence. Y así como Cristo afirma ante Pilato “Mi realeza no es de este mundo” (Jn 18, 36), nuestra grandeza tampoco es de este mundo.

 

La grandeza del servicio

 

Nuestra grandeza no es de este mundo, decimos, porque elegimos victoria antes que éxito, y servicio antes que esclavitud. Porque no queremos ser esclavos de un sistema perverso que nos exige vivir corriendo detrás de la zanahoria del “éxito”. Mucho puede decirse acerca de esa esclavitud moderna, y tenemos ejemplos a la mano en cualquier sitio: la disconformidad constante de los jóvenes adultos, los impulsos consumistas que se busca exacerbar en los niños, la necesidad de acumular títulos y papers para los académicos… Todos ejemplos que nos permiten recordar que “todo es vanidad y correr tras el viento” (Ec 1:13-14).

 

Por el contrario, nosotros queremos ponernos al servicio de Dios y de los demás. ¡El servicio es un acto de libertad! Con ello en mente, y con la mirada puesta en lo Alto, todo nuestro accionar —nuestros quehaceres domésticos, la crianza de nuestros hijos, nuestros detalles para con nuestros padres, nuestro empeño en el estudio, nuestro esfuerzo en el trabajo, nuestra dedicación a una obra de apostolado, nuestra fe en nuestro emprendimiento—, todo se verá elevado. Como el incienso que perfuma las ofrendas del altar. Después de todo, Dios fue quien nos dio los talentos: si los pongamos en práctica, lo demás vendrá por añadidura.

 

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Esta es la razón de nuestra alegría, que nos permite vencer el miedo a un supuesto fracaso, en los términos del mundo. Pues el mundo no conoce esta alegría, y necesita que se la anunciemos. Al nutrirse de la Resurrección, ella es la piedra fundamental de un estilo de vida que no se queda en lo temporal, sino que lo eleva hacia lo eterno. Gracias a esta alegría de saberse servidores —y no esclavos— y triunfantes —aunque no exitosos—, nuestra alma puede regocijarse.

 

Porque frente a nuestras dudas, nuestros escrúpulos, nuestras culpas, nuestras inseguridades, nuestra excesiva preocupación por el qué dirán o nuestra falta de ganas de vivir, Cristo nos recuerda algo. Nos recuerda que Él nos amó primero, que para Él, a pesar de nuestros pecados, somos suficientes. Por ello, tengamos los ojos del corazón abiertos, para gozar de esas cosas —pequeñas, sí, pero también victoriosas, libres y perennes— que el mundo ha olvidado: la sencillez de un amanecer, la admirable calma de un momento de silencio, la magnanimidad de una pequeña y cotidiana muestra de amor.

 

Si te gustó este artículo, no dejes de seguirme en @conluznodespertada. Además, si estás interesado en la figura del poco conocido Douglas Pepler, te cuento que en mi libro Con luz no despertada (@editorialbarenhaus, 2021, con increíbles ilustraciones de @claritadoval) tengo un poema dedicado a él, titulado “Oración de Douglas Pepler”. ¡Mi libro es muy fácil de conseguir! Está disponible en formato físico en Yenny, Cúspide y otras librerías de Argentina (o en tematika.com, con envíos a todo el país), y en formato digital en la web de Editorial Bärenhaus, desde cualquier lugar del mundo. Por último, te dejo un artículo que he publicado al respecto sobre la obra de Pepler: https://repositorio.uca.edu.ar/handle/123456789/3833. Allí, comparándola con textos medievales, analizo la figura del Demonio, que en The devil’s devices se presenta productor de cine, como alto funcionario en el orden político y como instructor de una nueva escuela económica. ¡Espero que te guste, y nos vemos en el próximo artículo!