Llega un momento de la vida en el que la pregunta por la identidad deja de ser una cuestión abstracta. A los veinte años, uno puede preguntarse quién es mientras todavía imagina muchas vidas posibles. A los treinta, en cambio, la pregunta empieza a tener peso.
Ya hubo decisiones, relaciones que dejaron huella, proyectos que no salieron como esperábamos, trabajos que quizá no llenaron tanto como prometían. Algunos amigos se casaron, otros tuvieron hijos y algunos cambiaron de rumbo varias veces. Entonces, pareciera que la sensación de urgencia e incertidumbre surge con mas fuerza.
Allí reaparece la pregunta fundamental: ¿quién soy?
No es extraño que nuestra cultura nos enseñe a buscar la respuesta principalmente dentro de nosotros mismos. Descubrir quién soy parecería consistir en identificar mis proyectos personales, reconocer mis capacidades, aceptar mi historia, sanar mis heridas y encontrar aquello que me hace sentir auténtico.
Todo eso tiene algo de verdadero. El problema comienza cuando suponemos que podemos llegar hasta el fondo de nuestra identidad mirándonos solamente a nosotros mismos.
La antropología cristiana propone algo bastante más profundo. Tal vez la pregunta “¿quién soy?” no pueda responderse por completo hasta que descubramos que existe otra: ¿para quién soy?
No se trata de reemplazar una pregunta por otra ni de sostener que nuestra identidad dependa de encontrar pareja, tener hijos o convertirnos en alguien indispensable para los demás. Juan Pablo II estaba convencido de que la persona humana sólo puede comprenderse desde la lógica del don. Por eso, dentro de sus catequesis sobre la Teología del Cuerpo, afirmó que comprender la dimensión del don “es importante e indispensable para conocer quién es el hombre y quién debe ser” (Juan Pablo II, Audiencia general, 13 de febrero de 1980).
El Papa no está hablando simplemente de proyecciones sobre nuestra vida futura. Está diciendo que existe algo escrito en nuestro cuerpo, en nuestra condición corporal, sexuada y relacional, que revela quiénes somos.
El cuerpo no es solamente una parte de nosotros. Hace visible algo de nuestro misterio como personas: hemos sido creados capaces de salir de nosotros mismos, de entrar en comunión y de convertir nuestra propia existencia en un don para los demás. Es en ese momento cuando podemos descubrir que nuestra existencia no es “solamente para mi”.
Antes de ser el uno para el otro
Hay una frase de Juan Pablo II que expresa esta idea con una belleza especial. Al comentar el relato de la creación del Génesis, escribe: “El varón y la mujer, antes de convertirse en marido y esposa, surgen del misterio de la creación ante todo como hermano y hermana en la misma humanidad” (Juan Pablo II, Audiencia general, 13 de febrero de 1980).
Antes de ser esposo y esposa hay algo fundante. Antes de pertenecerse mutuamente, ambos “surgen del misterio de la creación”. Es como si, en el relato bíblico, Adán abriese los ojos y descubriera que no se ha dado a sí mismo la existencia. Lo mismo ocurre con Eva.
Cuando se encuentran, ya han sido pensados, ya han sido amados y ya han sido llamados a existir por Alguien anterior a ellos. Podríamos condensarlo en una frase que, aunque no pretende ser una cita textual de Juan Pablo II, puede sintetizar su pensamiento: “antes de ser él para ella y ella para él, ambos son de Dios y para Dios”.
Esto cambia mucho nuestra manera de comprender el amor humano, porque significa que el otro nunca puede ser el fundamento último de mi identidad. La persona que amo puede reconocerme, acompañarme, admirarme y confirmarme de innumerables maneras; pero no puede darme aquello que ya tuvo que serme dado para que yo pudiera llegar a su encuentro: mi existencia y mi valor.
Por eso, el cristianismo no empieza respondiendo a la pregunta “¿quién soy?” con una lista de cualidades. Empieza contando una historia: la de Alguien que te deseó y te eligió. Antes de que pudieras hacer algo para merecerlo, antes de que fueras útil e incluso antes de que pudieras responder, tu existencia fue un don.
Esta verdad puede parecer muy elemental, pero toca una de las heridas más profundas de nuestra época. Muchas veces buscamos en las relaciones humanas una confirmación que ninguna relación humana puede sostener por sí sola.
Necesitamos que alguien nos elija para sentir que somos aceptados; que alguien nos desee para sentir que somos amados; que alguien permanezca para convencernos de que no somos descartables. Sin darnos cuenta, podemos colocar sobre los hombros de otra persona una tarea imposible: decirme definitivamente quién soy y cuánto valgo.
Entonces, el amor empieza a deformarse. Ya no me acerco al otro solamente porque quiero su bien, sino porque necesito sentirme valioso para alguien. El “te amo” puede esconder un “necesito desesperadamente que me ames”. Cuanto mayor es esa necesidad, mayor es también la tentación de poseer. Juan Pablo II describe con precisión este peligro cuando contrapone la comunión de personas a la apropiación. La concupiscencia, afirma, “ella sola no une, sino que se adueña. La relación del don se transforma en la relación de apropiación” (Audiencia general, 23 de julio de 1980).
Tal vez muchas experiencias afectivas dolorosas puedan entenderse desde ahí. No necesariamente porque no hubiera sentimientos verdaderos, sino porque esperábamos del otro algo que ningún ser humano puede dar: que fuera nuestra fuente.
El otro no es mi creador y yo tampoco soy el suyo. Sólo cuando descubrimos esto podemos empezar a encontrarnos verdaderamente, como hermanos en la misma humanidad. Quizá sea por ello que el Amado del Cantar de los Cantares reconoce en la Amada a su hermana, antes que a su esposa: “¡Abreme, hermana mía, mi amada, paloma mía, mi preciosa!” (Ct. 5, 2).
No puedo inventarme a mí mismo
Hay algo profundamente contracultural en aceptar que nuestra identidad es, antes que una construcción, una recepción. Una buena parte de nuestra cultura nos invita a pensarnos como una hoja en blanco: cada uno debería definirse, configurarse, diseñarse a sí mismo.
El cristianismo no niega nuestra libertad, pero creer que “todo depende de mi, incluso mi propia identidad”, quizá sea una de las causas mas importantes de nuestra ansiedad tan actual. Por el contrario, es bueno saber que antes de pretender fabricar artificialmente una identidad, ya soy amado solo por el hecho de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios.
Por eso, hay algo de nuestra identidad que nunca podremos fabricar. Podemos descubrirlo, aceptarlo, rechazarlo u oscurecerlo, pero no producirlo. La persona humana, dice el Concilio Vaticano II, es la “única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo”, y es por ello que “no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (Gaudium et Spes, 24).
Estas dos afirmaciones tienen que mantenerse juntas: soy querido por mí mismo y, precisamente por eso, estoy hecho para entregarme. No soy valioso porque soy útil para otro. Dios no me ama porque pueda cumplir alguna función.
Mi dignidad no aumenta cuando alguien me necesita ni disminuye cuando alguien deja de elegirme.
Soy querido “por mí mismo”. Sería un error concluir que la plenitud consiste en encerrarme sobre esa identidad, aislado de todos los demás. Ocurre exactamente lo contrario: ese yo que es amado por sí mismo, sólo llega a descubrirse cuando se le permite salir a través de la donación a los demás.
Quizá aquí esté una de las respuestas más interesantes a cierta crisis contemporánea de identidad. Hemos multiplicado las posibilidades de preguntarnos quiénes somos, pero a veces hemos empobrecido la pregunta acerca de para quién vivimos. Cuando el yo se convierte en el proyecto central de toda una existencia, termina produciéndose una paradoja: cuanto más obsesivamente intento encontrarme, más inaccesible parezco volverme para mí mismo.
El Evangelio ya había anunciado esa paradoja: “el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará” (Mt. 16, 25). No es una invitación a desaparecer, a permitir abusos o a vivir permanentemente sometido a las necesidades ajenas. Para poder dares, hace falta poseerse.
Sólo puedo regalar aquello que es verdaderamente mío. El don de sí supone libertad, madurez e identidad. Así, ocurre algo misterioso: hay aspectos de nosotros mismos que sólo aparecen cuando son entregados.
Uno puede pasar años preguntándose si es capaz de amar y descubrir una respuesta cuidando concretamente a alguien. Puede no saber cuánta fortaleza tiene hasta que llega el momento de sostener a otra persona. Puede desconocer su capacidad de ternura hasta que alguien se vuelve destinatario de ella. Hay zonas enteras de nuestra personalidad que no se revelan mediante la introspección, sino que necesitan una relación.
Soy para Él
Todavía queda algo anterior. Si alguien me preguntara “¿para quién eres?”, podría pensar enseguida en mi esposa, mis hijos, mis amigos, mi comunidad religiosa o las personas a las que sirvo. Todo eso puede ser verdad. La fe cristiana lleva la pregunta un paso más atrás: ¿para quién soy antes de todos ellos?
La respuesta es Dios. No porque Dios necesite algo de nosotros, sino porque esa es nuestra relación primaria, de Él venimos y hacia Él nos dirigimos. Somos nosotros quienes recibimos de Él gratuitamente el ser.
Por eso, pertenecer a Dios no significa convertirse en una propiedad que Él utiliza, sino descubrir el Amor del que procedemos y hacia el cual estamos llamados.
Paradójicamente, descubrir que antes de ser para mi pareja, soy para Dios, no debilita el amor humano, sino que lo hace posible en su forma más libre. Si sé que mi existencia está sostenida por un Amor anterior al de mi matrimonio, puedo dejar de exigirle a mi esposa/o que sea mi dios. Ya no necesito poseer al otro para asegurar mi identidad o mi valor.
Asçi, puedo recibir al otro como don sin convertirlo en una respuesta absoluta a mi necesidad de ser amado. Es, entonces, cuando la respuesta absoluta a mi necesidad legítima de amor puedo encontrarla en el Absoluto, en Dios mismo.
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Recapitulamos, entonces, ala pregunta “¿quién soy?” no puede responderse por completo hasta que descubramos que existe otra: ¿para quién soy? El cuerpo hace visible algo de nuestro misterio como personas: hemos sido creados capaces de salir de nosotros mismos, de entrar en communion.
Hay Alguien que ya te deseó. Sí. Repito, Jesús ya te deseó y, además, te eligió. Antes de que pudieras hacer algo para merecerlo, antes de que fueras útil e incluso antes de que pudieras responder, tu existencia fue un don.