Hay una escena en Soul (Pixar, 2020) que me parece muy honesta. El protagonista, Joe Gardner, lleva toda su vida convencido de que su «chispa» —su razón de existir— es el jazz. Cuando por fin cumple el sueño de tocar en el escenario que siempre imaginó, algo inesperado le pasa: no siente nada. O peor: siente que algo falta.
Le pregunta a la mujer que lo contrató qué se supone que viene ahora y ella le responde con una imagen: un pez que desde chico soñaba con llegar al océano, sin darse cuenta que ya vivía en él. Sin embargo, el corazón del pequeño pez se preguntaba si había algo más allá. Joe se queda mudo. La pregunta que la película deja flotando en el aire es incómoda y precisa: ¿qué pasa cuando conseguís lo que querías y aún así sentís que algo falta? ¿De dónde viene eso que te hace ser quien eres?
No es una pregunta que se responda mirando el documento de identidad. Ni consultando con tus amigos, ni scrolleando Instagram sin parar a las dos de la mañana. Es una pregunta que golpea desde adentro, en esos momentos de silencio que la vida moderna hace todo lo posible por evitar. San Juan Pablo II se aventuró a dar una respuesta y su punto de entrada es tan concreto y tan radical que todavía cuesta asimilarlo: la respuesta a quién sos está escrita en tu cuerpo. No a pesar de él. No más allá de él. En él.
El cuerpo que habla
Vivimos en una cultura que tiene una relación profundamente ambigua con el cuerpo. Por un lado, lo idolatra: la publicidad, las redes sociales y la pornografía lo exhiben hasta el agotamiento. Por el otro, lo desprecia: lo vacía de sentido, lo convierte en una herramienta de placer, lo moldea como si fuera pura materia. En ambos casos, el mensaje de fondo es el mismo: el cuerpo no dice nada sobre quién eres realmente. Es un envoltorio, una máscara, un dato biológico más o menos irrelevante.
El Génesis, en cambio, abre con una afirmación que es superadora: «Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer.” (Gn 1, 27). No los creó «con cuerpos varón y mujer». Los creó “varón y mujer”. La diferencia gramatical es mínima. La diferencia filosófica es abismal.
Juan Pablo II profundiza en esta cita del Génesis y con ella desafía la cultura actual: afirma que el cuerpo es una realidad sacramental. Es decir, no es sacramento en el sentido técnico y propio de los siete sacramentos de la Iglesia, sino en el sentido etimológico. La palabra sacramento proviene de la conjunción de sacra (sagrado) y mentum (medio, instrumento, modo). En este sentido el cuerpo es un “canal” a través del cual se hace presente una realidad sagrada.
Veámoslo con algunos ejemplos concretos. Un abrazo no es una convención social que «simboliza» el afecto. Cuando es verdadero, el abrazo es el afecto hecho visible, tangible, real. La caricia de una madre a su hijo recién nacido no es el código cifrado de un amor que existe en otro lugar: es el amor mismo tomando forma en el espacio y el tiempo. El cuerpo no es un agregado a la persona: más bien, como diría Juan Pablo II, el cuerpo expresa la persona. El cuerpo es capaz de decir, con un lenguaje propio, quién eres.
Esto tiene consecuencias enormes. Si el cuerpo es un lenguaje, entonces tiene gramática. Tiene la posibilidad de decir la verdad y también la posibilidad de mentir. Y si el cuerpo sexuado —varón y mujer— es parte esencial de ese lenguaje, entonces la masculinidad y la femineidad no son accidentes evolutivos ni construcciones culturales arbitrarias: son dos modos de ser persona, dos formas distintas y complementarias de existir como imagen de Dios en el mundo.
Varón y mujer: dos gramáticas del don
Aquí es donde la cosa se pone interesante —y, también, donde hay que caminar con cuidado para no caer en caricaturas. Decir que el varón y la mujer son distintos no es afirmar que uno vale más que el otro, ni que sus diferencias los encierran en roles fijos e inmutables. Es decir, algo más profundo: que la diferencia sexual es ontológica, toca el nivel más hondo del ser, y que esa diferencia tiene una dirección, un sentido, una vocación inscripta en el cuerpo antes de que cualquier cultura la interprete.
Es por ello que ver cómo estamos hechos nos puede ayudar a comprender nuestra psiquis. El cuerpo masculino es un cuerpo que se orienta hacia afuera, que tiene la estructura de la iniciativa y la entrega hacia lo otro. No es casualidad que en la generación de una nueva vida, la masculinidad sea el principio que sale de sí mismo, que busca, que fecunda.
Hay en el varón, inscripta en su corporalidad más fundamental, una llamada estructural a la donación activa: a proteger, a generar, a salir al encuentro. El problema no es esa estructura —es bella y necesaria— sino cuando se corrompe: cuando la fuerza de la iniciativa se desvía, se convierte en violencia. La fuerza se vuelve dominación cuando el varón usa su energía para arrebatar en lugar de dar.
El cuerpo femenino, en cambio, tiene la estructura de la acogida: no es pasividad, sino receptividad capaz de transformar. La mujer recibe una vida y la hace crecer dentro de sí. Recibe al otro y se transforma en su hogar. Hay en la femineidad una capacidad de interioridad, de relacionalidad profunda, de contacto con el misterio de la vida que no es una limitación sino una riqueza específica.
El problema tampoco está en esa estructura —es igualmente bella y necesaria— sino cuando se distorsiona: cuando la receptividad se vuelve sumisión, cuando la interioridad se vuelve repliegue ansioso, cuando la mujer se niega a sí misma al punto de existir solo si hay un otro.
En este punto estamos hablando de estructuras, no de perfiles psicológicos universales. Hay varones con una profunda interioridad y mujeres con una potente capacidad de iniciativa. La gracia —y también la cultura, la crianza, la historia personal— modula estas estructuras de maneras infinitamente variables. La estructura de base permanece ahí, inscripta en el cuerpo antes de que cualquier experiencia la toque.
Lo que nuestras diferencias dicen de Dios
Hay algo más, y es quizás lo más asombroso de todo este desarrollo. Juan Pablo II señala que la imagen de Dios en el ser humano no está completa en el varón solo ni en la mujer sola, sino en la communio personarum —la comunión de personas— que forman juntos. Cuando el varón y la mujer se reconocen, se acogen y se entregan mutuamente, están haciendo visible algo que de otra manera sería completamente inaccesible: que Dios mismo es comunión, donación mutua, amor que genera vida.
La masculinidad y la femineidad, en su complementariedad, son como dos espejos que se apuntan mutuamente y que, en esa interacción, reflejan el rostro de un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo: tres personas en comunión perfecta, donde cada una existe para las otras y con las otras sin perder su identidad propia.
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Todo esto aterriza en algo muy concreto en la vida cotidiana. El lenguaje del cuerpo dice la verdad. Cada vez que un varón usa su fuerza para cuidar a alguien vulnerable en lugar de aprovecharse de él, su cuerpo está diciendo la verdad sobre la masculinidad. Cada vez que una mujer ejerce su capacidad de acogida para crear un espacio donde otro pueda ser él mismo sin miedo, su cuerpo está diciendo la verdad sobre la femineidad. Y cada vez que un hombre y una mujer se entregan de manera total, libre, fiel y fecunda —sea en el matrimonio o en la virginidad consagrada— su amor está haciendo visible, en la carne, algo del amor de un Dios fecundo.
Es por ello que la vivencia de la sexualidad no puede convertirse jamás en un catálogo de obligaciones. Es, ante todo, un anuncio acerca de nuestra identidad y dignidad. Tu cuerpo —con su historia, sus cicatrices, su particular modo de ser varón o mujer— no es un problema ni un instrumento. Es el lugar donde Dios escribió, desde el primer instante de tu historia, una llamada al amor. Y esa llamada no la borra el pecado, ni la confusión, ni el dolor. La gracia la puede restaurar. La puede hacer más bella que antes, porque eres sacramento.