“El Amor me lo ha explicado todo.”
(San Juan Pablo II)
Quien tenga una idea superficial del amor, considerará esta frase de Juan Pablo como pastelera e insustancial. Tal vez porque se han olvidado de lo que San Pablo nos decía: “nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas”(Corintios 1, 9). Lo único que no pasa, y por eso, el único que puede explicárnoslo todo, es el Amor.
Resulta que hace unos días, en contexto de una fiesta de casamiento, debatimos con amigos respecto a si son lícitos los besos antes del noviazgo. La mesa quedó dividida en dos posturas tan notables que no recuerdo que hayamos llegado a una conclusión. Fue ahí cuando me propusieron publicar un artículo al respecto y es por eso que estamos aquí.
No voy a dedicarme a hablar específicamente del asunto de los besos. Sin embargo, podemos incluirlo en un tópico más general ¿Acaso existe una regla única para todas las relaciones? ¿O es que acaso “cada pareja es un mundo”?
Esos debates interminables
¿Besos sí o besos no? ¿Caricias sí o caricias no? ¿Abrazos sí o abrazos no? ¿Juntarse estando solos o juntarse cuando hay gente? Todas esas dudas que surgen en una relación, sea saliendo, de novios o incluso como esposos, se resumen en una sola pregunta: ¿hay alguna norma que diga qué puedo y qué no puedo hacer con mi pareja?
No estamos hablando acá de cuestiones que son reconocidas como “inmorales”, como relaciones sexuales prematrimoniales, sino de aspectos y gestos que no tienen un margen definido explícitamente. Es decir, son aspectos que terminan llevándonos a discusiones y conversaciones inacabables.
Estos debates, sin embargo, no solo son completamente válidos, sino que son muy provechosos, porque nos exigen razonar e interpretar “más allá de lo que está escrito”. Por otro lado, ambas posturas tienen su parte de verdad, pero es necesario que definamos ciertos principios fundamentales para llegar a una verdad común.
La teoría y la práctica, según Santo Tomás
Conviene considerar una distinción esencial que nos enseña Santo Tomás entre la “razón teórica” y la “razón práctica”. No quiere decir que el hombre tenga dos razones, sino que el juicio de la razón distingue dos fines diferentes.
En cuanto a la “teórica”, la razón reconoce que hay cosas que son y cosas que no son. Es decir, distingue la verdad del error. Pues bien, en este plano no hay confusión entre lo verdadero y lo falso. En los principios de una doctrina, no hay matices que considerar. “Hombre y mujer están llamados a la castidad” es un principio verdadero que todos debemos admitir.
Ahora bien, en cuanto a la “práctica”, Santo Tomás aclara que no es lo mismo la verdad considerada en la teoría, que la verdad considerada en las acciones concretas. Por eso, la razón juzga no solo “lo que es y lo que no es”, sino también entre “actuar bien y no actuar bien”. Entonces, en el plano de lo concreto, el margen de acción es muy variado.
Las distintas circunstancias, contextos y condiciones en los que nos encontramos exigen prudencia para discernir cómo obrar en cada caso particular. Esto también aplica a las relaciones.
Cada relación es un mundo
Una cosa es la razón en la teoría, otra es la razón en la práctica. Aunque no se niegue que existen verdades absolutas, el hombre debe contemplar siempre sus circunstancias para un buen obrar, que es lo mismo que decir “un obrar verdadero”.
Por eso no es errado afirmar que “cada pareja es un mundo”. Pues cada pareja está sujeta a contextos específicos y está en ellas atender cuáles son los factores que pueden favorecerlos o perjudicarlos. Depende de en qué etapa de la relación se encuentren, qué tanto se conocen, el lugar y situación, el tipo de relación que llevan.
Además, a esto se suma cómo es cada uno, su personalidad y temperamento, sus virtudes y debilidades, sus experiencias y traumas. Todos estos son aspectos que hacen que los noviazgos o matrimonios sean incomparables. No podemos hablar de que hay una fórmula rigurosa para todas las parejas, porque cada uno está llamado a vivir la virtud según su propia situación particular. Como dice Aristóteles: “cada zapatero (o pareja, en este caso), hace el zapato con el cuero que se le da”.
Conocerse es la clave
Entender esto nos permite discernir cuál es el límite de los gestos, los actos y el trato que deben llevar. Si besos sí o no, si caricias sí o no, si abrazos sí o no, la realidad es que no hay una regla precisa y determinante, más que una recta intención de hacer el bien.
Por esa razón, el conocimiento es fundamental para que cada pareja pueda establecer criterios y límites. Conocimiento del otro, pero primero conocimiento de uno mismo, reconociendo y aceptando cuáles son mis propios límites.
Hay parejas que deberán ser más cuidadosas en el trato, gestos en los que deberán guardarse, o evitar quedarse solos. O caso contrario, habrá otras en donde tal o cual gesto puede no implicar necesariamente ocasión de pecado.
La clave de esto será siempre un conocimiento profundo de la situación, una aceptación sincera de mí mismo y una determinación a evitar el mal. Saber hasta qué punto sigo siendo dueños de mis actos y con qué intenciones hago lo que hago, para no hacerlo.
La castidad no es relativa
Esta postura puede llevar a algunos a creer que “la manera de vivir la castidad es relativa”, lo que no es así. Si entendemos que la castidad implica vivir la sexualidad de manera ordenada y libre, esta vivencia debe estar en armonía con los demás aspectos de una relación.
Comprender la verdad en cada circunstancia quiere decir que a cada relación le corresponde una manera apropiada de vivir la afectividad. El acto sexual -o cualquier acto de afecto entre hombre y mujer- debe adecuarse al tipo de compromiso que haya entre ambos, dependiendo de qué tanto se conocen, que tipo de vínculo llevan o hace cuánto están en esa relación.
Aunque no exista una regla explícita que determine si besar antes del noviazgo es inmoral o no, el cuerpo es un don que solo puede ser compartido con quien estamos seguros que no está buscando su propio beneficio y que está dispuesto a cuidar ese don. Un beso o una caricia implican cierta intimidad que no se tiene con cualquiera, sino cuando se ha forjado cierto vínculo.
Por eso, el acto sexual exige un estado de entrega total, que no se da ni siquiera en el noviazgo, solamente en la indisolubilidad del matrimonio. A compromisos parciales, entregas parciales. A compromiso total, entrega total.
El criterio es el amor
La cuestión es, entonces, ¿cuál es la medida para determinar cuándo un acto es inmoral? La respuesta la da San Agustín: “ama, y haz lo que quieras”. Toda obra debe tener como fin el bien del otro y en una relación ese fin es recíproco.
Lo contrario al amor es la búsqueda interesada, la imposición del propio placer. En la unión del hombre y la mujer, ambos deben querer perfeccionarse, pero en el egoísmo, todo abrazo, caricia, beso o acto sexual se cierra en uno mismo, dejando de cuidar el don del otro. Allí todo se deprava, la relación, el bien del otro y el bien propio.
Por el contrario, quien ama conoce su contexto y conoce qué le está permitido esperar. El amor parte de un conocimiento de toda mi circunstancia y, por ende, una adecuación humilde a ella. Me adecúo a mi propia situación personal, al vínculo que he forjado con el otro y a lo que cada uno necesita en vista a su felicidad.
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Dice San Pablo: “mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño” (Corintios 1, 11-12). El niño necesita de las normas y reglas para saber cómo obrar. El adulto, ya con conciencia y criterio, puede saber cuál es el mejor modo de obrar sin que se lo recuerden.
Obrar y vivir con amor es propio del ser adulto, es decir, del ser consciente y responsable. Tal así es la libertad del amor, que nos diferencia del esclavo, que sin directivas estrictas no puede obrar. En cambio, cuando amamos, es porque hemos asumido la responsabilidad de nuestras acciones y comprendimos cuál es el fin al que somos llamados. Dejemos, pues, que el amor nos explique todo.