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Viajes durante el noviazgo, ¿es posible si queremos vivir la castidad?

Nos apetece viajar juntos. El hecho de querer compartir tiempo, descubrir sitios nuevos o salir de la rutina es algo que atrae bastante. Por otro lado, bastante normal, sobre todo si ya se lleva cierto tiempo conociéndose.

Una cuestión de prudencia

Cuando una pareja de novios tiene claro que quiere vivir la castidad, puede surgir la pregunta de si viajar (especialmente solos) es compatible o aconsejable. Mi recomendación en estos casos es preguntarse, no si el hecho de viajar está bien o no, sino si es prudente.

Porque, sinceramente, la buena voluntad puede existir, pero hay algo mucho más profundo: si la idea es ir madurando en el amor para construir un futuro juntos, quizá haya ciertos límites a los que no se deba llegar antes de tiempo.

El “problema” no creo que esté en el hecho de viajar sino en cómo se vive ese viaje. Cuando se viaja solos aparece un contexto muy concreto: habrá mucho tiempo juntos y la intimidad será constante, se desconectará de la rutina y lo más probable es que todo llame a relajar las “normas” (¡a todos nos puede pasar!), y no por mala intención. Es decir, que, muchas veces (por no decir todas), no será cuestión de voluntad sino de situación.

Dicho esto, una pareja de novios que desee realmente vivir su castidad en serio, viajar solos no será lo más prudente. No porque desconfiemos de nosotros mismos, sino porque somos realistas: encontrarse en una situación límite de forma constante exige una lucha continua en una mezcla de afecto, descanso e intimidad.

Lo importante es el cómo

Por lo tanto: ¿Viajar? Sí. Pero no de cualquier manera.

No es que haya que renunciar a viajar, sino que hay formas más inteligentes de hacerlo. Por ejemplo: viajar en grupo, con amigos, hacer una peregrinación, etc.

Es buscar una vía de viajar en todo no todo suponga intimidad de pareja. Y, por supuesto, cuidar el tema del alojamiento. El contexto cambia totalmente la vivencia.

Custodiar el amor

Entonces, ¿no podemos hacer nada? Intuir que quizá viajar solos no es la mejor idea, podría vivirse como una limitación. Sin embargo, diría que la prudencia no es miedo, ni rigidez, ni desconfianza. La prudencia es inteligencia y amor que se protege y se cuida.

Cuando algo te importa de verdad, no lo pones en riesgo constantemente.

“Si nos queremos y lo tenemos claro…” es una objeción muy típica. Si sabemos lo que queremos, ¿no debería dar igual? Como ya comenté antes, no es solo de intención sino de situación.

No somos solo voluntad y el ambiente puede influir enormemente. Sabemos que el cuerpo también habla y, por eso, elegir bien los contextos en los que moverse forma parte de amar bien.

La cuestión de la espera

Aquí diría algo fundamental: no esperamos porque “no se puede”. Esperamos porque sabemos lo que vale.

La sexualidad no es cualquier cosa. Ésta implica entrega total, une cuerpo, afecto y compromiso. Sin duda tiene sentido esperar al matrimonio, en donde la entrega puede ser plena. Y ahí radica el valor de la espera: no estamos esperando por miedo, sino por sentido.

Si en el noviazgo hemos decidido esperar porque valoramos lo que significa la unión, entonces tiene lógica vivir de forma coherente con eso. Es decir, no se trata solo de “aguantar”. Se trata de cuidar lo que hemos elegido. Cuando algo que te importa de verdad, lo cuidas también en los pequeños detalles.

***

En conclusión: ¿se puede viajar en el noviazgo? Sí, pero si queremos vivir la castidad de verdad no todo vale. Viajar solos, en la mayoría de los casos, no será lo más prudente.

E, insisto, esto no se ha de vivir como una pérdida, sino como una ganancia. Amar bien, a veces, implica renunciar a planes que nos apetecen para cuidar algo mucho más grande.

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