Todos sabemos – o, al menos, lo afirmamos – que lo que vemos en las redes sociales no es la realidad completa. Vemos encuentros sociales, viajes, salidas en cafeterías aesthetic, fotografías de citas maravillosas… y, racionalmente, nos repetimos que no conocemos el panorama completo de las personas que están detrás de sus perfiles.
“Cuentas vemos, corazones no sabemos” podríamos decir hoy día. Sin embargo, aunque pareciera que lo tenemos clarísimo, en la realidad hay numerosos estudios que siguen hablando de cuánto nos afecta estar consumiendo permanentemente la vida “perfecta” de otros.
¿Sabías que también impacta en tu relación de pareja? Incluso contenido muy valioso y positivo, incluso historias edificantes… sin un filtro y discernimiento necesarios, podrían estar sembrando dificultades. Déjame explicártelo paso a paso.
El «detrás de escena» vs. el «escenario»
El consumo pasivo de redes sociales altera nuestra percepción de la realidad porque nos expone únicamente a momentos seleccionados… y que el algoritmo va alimentando, presentándonos uno tras otro. De pronto, sin analizarlo mucho, hemos visto 10 reels con mensajes románticos, puesto like a 20 fotos de parejas viajando, cenando, paseando con sus hijos, pasado por 30 historias que nos muestran una cápsula de momentos “instagrameables”.
Quizás, de manera involuntaria e inconsciente, comparamos nuestra vida cotidiana completa —incluyendo discusiones, cansancio y rutina— con los instantes que otros deciden compartir.
Esta desigualdad en la información genera una distorsión: vemos la cena romántica, pero no vemos la semana de conflictos que la precedió. Vemos la foto de vacaciones, pero no las conversaciones incómodas. Vemos una foto familiar, pero desconocemos posibles historias previas de pérdidas o infertilidad.
¿Y qué ocurre? Nuestro cerebro procesa esta cantidad de contenido perfeccionado como una norma.
¿Cómo eso crea expectativas?
A partir de esta exposición selectiva, desarrollamos expectativas sobre cómo debe ser una relación. Comenzamos a creer que el amor tiene un formato específico. Si la relación propia no cumple con estos parámetros, surge la duda sobre su calidad real.
El abuso de contenido educativo puede agravar el problema, porque consumimos información superficial en micro-instantes y, sin discernimiento o profundidad, puede ser contraproducente.
Por ejemplo, podemos escuchar un video de diez segundos en el que un terapeuta afirma de manera aislada que «una pareja sana siempre se comunica de esta manera». De pronto, la discusión de la mañana parece ser una red flag. Sin discernimiento, transformamos la información en un instrumento de medición de nuestras carencias. En lugar de apreciar lo que ya existe en la relación, usamos el contenido como una vara para identificar lo que falta.
Esta reorientación del enfoque —de lo presente hacia lo ausente— genera insatisfacción crónica. La lupa está en lo que falta, la vara está demasiado alta y hay cierta ceguera de los esfuerzos cotidianos u olvido de los procesos que aún se están construyendo.
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Con las expectativas incumplidas, el ideal daña más que la realidad. Es así como es posible que las expectativas creadas a través de redes sociales lleguen a desembocar en conflictos tangibles. Muchos problemas no son problemas reales en sí mismos… sino que se crean porque la realidad no coincide con el ideal construido mentalmente. O no coincide con la etapa actual que la pareja está cursando.
Así, se corre el riesgo de acabar peleándose por una imagen, no con la relación que tienen. Además, la exposición constante a «lo mejor de otros» desgasta la capacidad de valorar lo propio.
¿La solución? ¿Eliminar las redes? ¡No hace falta ser tan drásticos! La solución es más sencilla y más difícil: desarrollar discernimiento y entender que la información es una herramienta, no una sentencia. Cada pareja tiene su propio lenguaje y sus propios tiempos, que no necesariamente deben alinearse con el ritmo de otros.