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Tips para conocer el corazón de otro de la mano de la filosofía medieval de las pasiones

Cuando estamos conociendo a alguien, en algún momento, le abrimos nuestro corazón. Conversar sobre las pasiones puede ser una forma de compartir con otros cómo está nuestro corazón hoy, sin exponernos mucho. ¿Cuándo fue la última vez que sentiste alegría? ¿Y tristeza? ¿Y desesperanza?

Un buen consejo que escuché no hace mucho, fue la importancia de ponerle nombre a las cosas. Ponele nombre a las cosas que te suceden. Escribilas en tu diario o contáselas a un buen amigo. Materializá eso que te pasa mediante el lenguaje. Nombrarlas nos ayuda a materializarlas.

Si es tan importante el lenguaje como sustancia para materializar nuestro interior, compartir con otro ese material, nos ayuda a empatizar y abrir un poquito nuestro corazón. Los filósofos medievales nos han legado una enorme riqueza en sabiduría que puede ayudarnos a conocer el corazón de otro a quien nos interesa conocer. En este artículo nos enfocaremos solamente en Santo Tomás.

Las pasiones según Santo Tomás

Si bien el centro de este artículo es profundizar en la apertura de nuestro corazón, es necesario volver sobre la fuente y conocer un poquito esa fuente, contextualizarla para, así, iluminar el entendimiento, dar claridad sobre el tema que vamos a profundizar.

El “tratado de las pasiones”, forma parte de la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino, parte prima seconda, a partir de la cuestión 22. La estructura de la Suma es conocida: se presenta una cuestión, dada en el título, presenta tres objeciones o posturas problemáticas con respecto a lo que quiere plantear, después plantea un sed contra, contra esas objeciones cita a algún autor, por ejemplo Aristóteles, a partir de ahí responde a las cuestiones y después a las objeciones por separado.

Para Santo Tomás de Aquino, las pasiones son movimientos del apetito sensitivo, es decir, emociones o impulsos. Aparecen ante un bien o un mal que percibimos y conllevan una alteración corporal. Eso significa que sí: cuando te gusta alguien los demás lo notan, porque tu cuerpo lo expresa, se te enrojecen los pómulos, por ejemplo. Lo mismo si te enojó un comentario de otro: nos salen más o menos subtítulos en la cara, cuando nos ponemos nerviosos por esa ira.

Conocernos a nosotros mismos para discernir

Entonces, en sí mismas, las pasiones no son ni buenas ni malas. Moralmente se convierten en buenas o en malas dependiendo de cuánto las moderemos nosotros con la razón y de cuánto las ordenemos al fin último.

Sí, son naturales y necesarias para la acción humana. Se convierten en virtuosas cuando la razón las conduce al bien. Por el contrario, si la razón las sigue ciegamente, se vuelven viciosas.

¿Qué hay sobre la finalidad? Aunque se considera necesario dominar las pasiones para la virtud, el objetivo no es la destrucción total de las emociones, sino su ordenación hacia la bienaventuranza y la felicidad.

Por lo tanto, si se desbordan, perdemos el monitoreo de nosotros mismos… ¡Qué bonito es expresarse sin perder ese control!

¡Nombremos las pasiones, por favor!

Santo Tomás clasifica las pasiones de la siguiente manera:

Las de apetito concupiscible: aquellas que buscan el bien sensible o huyen del mal sensible:

  • amor
  • odio
  • deseo
  • aversión
  • gozo
  • tristeza

¿Cómo no empatizar con ese otro cuando me cuenta la última vez en que sintió tristeza al recordar a una persona que ya no forma parte de su vida, si yo al acceder a ese tesoro de su corazón, al fin, recuerdo cuando caminé por una calle que hace un tiempo caminaba acompañada de alguien que ya no está en mi camino?

¿Cómo no mirar a los ojos brillosos de ese otro que me abre su corazón, al contarme cuál fue el último gesto alegre que vivió en comunidad y que me invita a trasladarme a mi historia, en la que viví un gesto semejante con los míos?

Las de apetito irascible: aquellas que se enfrentan a un bien arduo o a un mal difícil de evitar:

  • esperanza
  • desesperación
  • temor
  • audacia
  • ira

¿Cómo no ponerme en los zapatos de aquél que me cuenta cuánta ira le provoca una injusticia, si puedo ver en los gestos de su rostro casi subtítulos no verbales de ese recuerdo que lo enoja antes de que empiece a contar?

De corazón a corazón

Volvamos ahora sobre la idea inicial: es sabido que una forma de empatizar con alguien desconocido es mediante las pasiones. Todos sentimos. Todos hemos tenido experiencias en las que nuestro corazón ha vivido un clímax de una pasión o de otra… o un anticlímax.

Las pasiones resuenan. Surgen del corazón. ¡Qué bonito es tener la posibilidad de expresarse! ¡Y qué lindo que es abrir nuestro corazón y que lo que contamos resuene en el corazón de otros! Así, nos vamos conociendo, y vamos observando y vamos discerniendo.

Si estoy conociendo a una persona, puede ser que resulte, de esa hermandad en Cristo, una amistad, un noviazgo, un matrimonio o simplemente un acoger por un ratito en el corazón al otro. Todo es gracia, cinco meses, un año o toda una vida de acogerlo en mi corazón.

***

Entre relato y relato, entre recuerdo y recuerdo, accedo a su historia. Accedo a una historia que merece ser custodiada, como todo corazón que se me confía. Así, entre custodia y custodia, puedo conocer a ese otro y ver qué tanto es compatible conmigo, qué tanto avanzar en una relación, encontrar respuestas al “Señor, ¿cómo me estás confiando a esta persona?”.

En la escucha de cada relato, accedo al corazón de ese otro. Sí, es inevitable aprender a escuchar, para poder abrirme a la riqueza de ese corazón que, posiblemente, sea compatible con el mío.

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