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Sexting: ¿juego inofensivo o herida silenciosa?

Dentro de las muchas realidades que, como psicóloga, me toca recibir en consulta, una de ellas, que es una consecuencia negativa del internet (porque no, no todas son negativas) es el famoso sexting. Es decir, el envío de mensajes, fotografías o vídeos de contenido sexual explícito por algún medio digital.

¿Quiénes incursionan en esta realidad?

Al elegir este tema me dio curiosidad buscar estadísticas sobre quiénes realizan más estas prácticas y la razón y algo de lo que encontré fue esa mayoría está integrada por novios o parejas estables.

La mayor prevalencia de sexting ocurre dentro de relaciones aparentemente “comprometidas”. Un estudio masivo presentado por la Asociación Americana de Psicología (APA) reveló que cerca del 75% de los adultos que practican sexting lo hacen dentro del contexto de una relación estable.

¿Por qué lo hacen?

Generalmente se utiliza como una herramienta para coquetear a distancia, salir de la rutina o como un «juego previo» digital. En este contexto, suele haber una mayor percepción de confianza y seguridad. Aunque el riesgo de que la imagen se filtre si la relación termina siempre sigue existiendo.

Como posiblemente te habrás dado cuenta puse la palabra comprometidas entre comillas. Pues, en mi opinión, un verdadero compromiso va encaminado a una entrega total en el matrimonio que no se dosifica desde el noviazgo.

Continuemos con los números: los «Casi algos» y relaciones casuales (Alta frecuencia, mayor riesgo emocional)

El mismo estudio de la APA señala que alrededor del 43% de las personas han practicado sexting en el contexto de relaciones casuales o lo que hoy llamamos «casi algos» (situationships).

¿Por qué lo hacen?

Aquí la dinámica cambia drásticamente. En los «casi algos», el sexting suele usarse como una «moneda de cambio» para mantener la atención del otro, acelerar una intimidad que aún no existe en la vida real o buscar validación (un subidón rápido de autoestima). En cuanto al impacto, estudios psicológicos (como los publicados  en Computers in Human Behavior) indican que es en este grupo donde el sexting genera mayores picos de ansiedad y depresión.

La razón es clara, se entrega intimidad sin la red de seguridad del compromiso mutuo, lo que genera mucha incertidumbre y la sensación de ser utilizado si la otra persona de repente hace ghosting (desaparece).

En esta sección sin duda quiero resaltar la frase “moneda de cambio” y es que eso confirma que esta práctica es una auténtica cosificación entre personas (aunque la visión del mundo nos diga que es algo consensuado y por ende bueno). Usamos nuestro cuerpo y el del otro para intercambiarlo en forma de pixeles. Nos reducimos a archivos que van y vienen y dejan la bandeja de entrada de nuestro corazón un vacío total.  Por último, la que yo creí que sería la mas relevante en cuanto incidencia y según veo no es así.

Amantes / Relaciones secundarias (Menor porcentaje general)

Aunque el sexting es una herramienta clásica para la infidelidad porque permite mantener el secreto y la tensión sexual a distancia, estadísticamente representa un porcentaje menor en comparación con las parejas estables. Estudios sobre el sexting fuera de la relación principal indican que aproximadamente un 23% de las personas han enviado este tipo de contenido a alguien que no es su pareja oficial.

Entonces, después de ver algunas estadísticas, considero que para comprender el impacto real del sexting primero debemos entender qué es exactamente lo que estamos compartiendo cuando enviamos una imagen íntima. No es solo un archivo .jpg; es una parte de nuestro ser.

Somos nuestro cuerpo

La Teología del Cuerpo nos enseña una verdad radical: el cuerpo no es simplemente un «estuche» que habitamos, sino que somos nuestro cuerpo. A través de él, nos comunicamos y expresamos nuestra identidad. San Juan Pablo II explicaba que el cuerpo humano tiene un «significado esponsal»; está diseñado para expresar un don libre, total, fiel y fecundo de uno mismo hacia el otro dentro del matrimonio.

Cuando se practica el sexting, este lenguaje se fragmenta y se falsifica se promete entrega sin compromiso, la imagen dice «me entrego a ti», pero el medio digital dice «mantengo mi distancia y mi seguridad». No es una entrega parcial, es una entrega nula. Claramente darnos como cosas deja una herida así que la pregunta que me hago es:

¿Por qué duele si, en teoría, fue una decisión libre?

La herida del sexting es silenciosa porque erosiona gradualmente la percepción de la propia dignidad. Al presionar «enviar», se pierde instantáneamente la soberanía sobre la propia intimidad. Esa pérdida de control genera una hipervigilancia que destruye la paz que debería caracterizar a una relación sana.

En las relaciones sanas, prevalece el discernimiento y el conocimiento del otro y no fotos de su cuerpo. Es decirme a mi mismo “valgo tan pero tan poco que me regalo por ahí en fotos”, eso que debería ser lo mas íntimo y protegido lo reparto como volantes por WhatsApp.

Con estas últimas palabras déjame guiarte en la recuperación de tu dignidad. Si la herida ya está hecha, si los mensajes ya fueron enviados Dios a través de la Teología del Cuerpo nos dice que la solución nunca será vivir lacerándonos. Por el contrario, siempre habrá un llamado a la esperanza, a la redención del cuerpo y restauración de la herida.

***

Ningún error digital, ni la difusión de ninguna imagen, puede alterar tu valor incalculable como hijo amadísimo de Dios. Así que te invito a reconocer y entender que no eres la suma de tus clics ni una imagen en una pantalla. Tu dignidad es intrínseca y sagrada. Por otro lado, a romper el ciclo de validación, toma distancia del entorno digital (un «ayuno de pantallas») para reconectar con amistades y relaciones reales, presenciales y desinteresadas, donde se te valore por quién eres y no por lo que muestras. Y por último y más importante a abrazar la misericordia del Padre, y borrar todo el “cache de tu memoria” en una confesión general, déjate abrazar, ¡levántate y vuelve a tu Padre que te espera con brazos abiertos para hacer un fiestón! ¡Ja!

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