Es interesante estudiar el libro del Génesis y descubrir, en su forma de expresión, que el ser humano es la criatura más grande de este mundo. Entender que fueron creados varón y mujer en el principio por igual, para complementarse y acompañarse.
Sin duda la Teología del Cuerpo ilumina conocimientos profundos que responden a muchos escenarios actuales. Aunque, más allá de lo opinable, de la evidencia o de la historia, podemos experimentar cada uno la realidad de su propia sexualidad.
Somos seres sexuados
Nacemos con un genotipo definido que configura cada célula de nuestro cuerpo. En esa fusión de los ADN progenitores, se plasma todo el mapa que definirá nuestra expresión de caracteres: altura, rasgos físicos, potenciales enfermedades, incluso síndromes genéticos. Además, en el último par de cromosomas, se expresa nuestro sexo.
En el comienzo de la vida humana ya está inscripto su primera diferencia que siempre será un factor diferencial para muchas enfermedades y condiciones de la población. No tendrá las mismas posibilidades que el sexo contrario. Su desarrollo embrionario sigue su camino a partir del estímulo hormonal que permanecerá hasta su adultez.
La sexualidad, un regalo que se expresa en todo
No solo en lo biológico se notan diferencias, sino en toda la persona que es más que solo un cuerpo. Las diferentes dimensiones se relacionan y atraviesan entre sí, siendo la sexualidad de manera transversal.
La psiquis del ser humano es la que le ayuda a descubrir, conocer, buscar y entender todo lo que le rodea, como también él mismo. Desde niño vive este proceso involuntariamente, haciéndose poco a poco más consciente para luego, con los conceptos que decida o pueda tener, establecer su forma de vivir.
Existen hitos propios de su desarrollo biológico y psíquico, pero sus dimensión espiritual y trascendente genera una experiencia que requiere de acompañamiento. En esta esfera no es fácil crecer solo, a menos que la persona lo quiera y en consecuencia lo busque.
El proceso más difícil: la pubertad
Durante la adolescencia se produce la explosión de emociones, crecimiento y desarrollo ligado a la sexualidad. Es el culmen final que realmente produce un duelo del niño que muere para transformarse en adulto. No importa las intervenciones que hagamos en cualquier esfera, la naturaleza sigue su curso hacia lo que le fue dado, alcanzando su máxima expresión.
En esta transición donde los amigos pasan a ser el primer apoyo, donde existe un maremoto de emociones, donde el cuerpo cambia drásticamente, pueden existir grandes disconformidades con nosotros mismos. La pregunta es, ¿qué hacemos con esto? ¿Qué pasa cuando no nos encontramos o no nos sentimos cómodos con ello?
Los psiquiatras actuales recomiendan acompañar este proceso, propio del momento, sin necesidad de decidir ni contraponerse a estas inquietudes. De ahí la importancia de mostrar y conocer sus características, sus propiedades para poder amarlo y entender este camino, con toda la compresión a uno mismo, para aceptarlo.
Ser fieles confiando en el origen de nuestra sexualidad
En ese momento tan complejo e incierto de la adolescencia, es cuando aparece la necesidad de intimar con el otro. Algo natural que comienza por medio de la amistad, mientras surgen nuevas emociones que se sienten como más que admiración. Todas ellas solo bullen, siendo muy difícil controlarlas.
Así, a partir de quien descubre ser y con todo lo que ha vivido, la persona irá tomando un rumbo que busca definir. Aunque acompañada y guiada de sus pares, es su intimidad personal quien reclama la identidad en una elección.
Son transiciones que van desde lo impulsivo hacia lo organizado. Es el momento final pero difícil para iniciar el auto control, conocer ideales y proyectarse en cómo quiere ser. Es el tramo decisivo para formar nuestra voluntad e inteligencia.
En medio de todo eso, existe un actual concepto de dejarse ser, dejarse llevar, elegir en base a los sentimientos de turno, como suele referir un gran psicólogo. Realmente este no es un buen parámetro, ya que, como sabemos, siempre estaremos cambiando de emociones.
Conviene, más bien, auto conocerse a fondo, con vistas al futuro, en busca de una realidad objetiva de lo que estamos llamados a ser para una plena realización en esta corta vida. Ni siquiera con todas las respuestas, pero sí con la base fundamental de quien soy, con mi historia, mis compañeros, los que yo elijo tener.
Compartir lo más íntimo de nuestra sexualidad
Existe un anhelo muy profundo de darse, de unirse al otro hasta el extremo en donde le damos parte de lo propio. Esto en todos los planos, naturalmente comenzando con lo abstracto y terminando con lo tangible. Hasta el punto de darse uno, con su cuerpo, con su mente y su alma.
Esa unión íntegra, completa, corre el peligro de ser parcial y por ende disgregar a la persona. Y puede suceder, ya sea por el otro o por egoísmo personal. En cualquier caso, el fin de ese punto extremo en una relación termina por vaciar ambas partes sin poder realizar lo humano, como originalmente fue pensado.
Por eso mismo, no es una condición fisiológica ni indispensable para la persona la unión sexual. En ese caso, aunque parezca imposible, es beneficioso y virtuoso practicando el dominio de sí en favor del otro, sin dejar de entregarse en sus otras dimensiones.
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El acto conyugal, que debe darse como su nombre lo expresa entre sexos opuestos, tiene como principal objetivo la unión y renovación del matrimonio, y en consecuencia original, la apertura a la vida. La intervención de nosotros impidiendo dicho fin, genera lo que hoy la sociedad padece: un ser humano incompleto y sin rumbo claro, que desdibuja su sentido más profundo y natural. La sexualidad es un enorme don que comunica, potencia y transmite la vida entre seres humanos, en todas sus dimensiones.