María y Luis se casaron llenos de ilusión, soñando con formar una familia numerosa. Sin embargo, los años pasaron y la cuna en su habitación seguía vacía.
Las pruebas médicas confirmaron una herida profunda: eran infértiles. Para muchos matrimonios jóvenes, descubrir la falta de fertilidad es devastador. Surgen preguntas dolorosas: “¿por qué a nosotros?” o “¿nuestro matrimonio está incompleto si no podemos tener hijos?”.
Esta es una historia ficticia, pero muy real para muchos. La fertilidad –es decir, la capacidad biológica de engendrar hijos– parece negada. Así, con ella, a veces, sienten que se les niega, también., la alegría de dar vida.
La Biblia misma recoge el clamor de tantas esposas estériles que lloraban por un hijo: Sara, Ana, Isabel. Eran consideradas “vergonzosamente” estériles en su tiempo. Esa herida sigue siendo real hoy.
El dolor de una cuna vacía
¿Es el fin del camino para quienes no pueden concebir? Aquí es donde entra en juego la fecundidad, una realidad más profunda que a veces confundimos con la fertilidad.
Muchas personas piensan que ser fecundos es lo mismo que ser fértiles, pero la fecundidad no es sinónimo de tener hijos. Una pareja puede ser estéril físicamente y, sin embargo, tener una vida conyugal llena de sentido y de frutos.
De hecho, “los esposos a los que Dios no ha concedido tener hijos pueden llevar una vida conyugal plena de sentido, humana y cristianamente”. Su matrimonio, enseña la Iglesia, “puede irradiar una fecundidad de caridad, de acogida y de sacrificio” (CIC 1654). En otras palabras, aunque sus brazos no carguen un hijo, su amor puede dar vida de muchas otras maneras.
Fecundos en el Espíritu: la vida más allá de lo biológico
Para comprender cómo una persona -sin hijos biológicos- igual puede dar vida, necesitamos mirar a los consagrados. Dios nos creó a todos con el mandato primordial: “¡sean fecundos y llenen la tierra!” (Gn 1,28). Esto no es solo un llamado biológico, sino una vocación espiritual para cada persona.
En efecto, dice el Papa Francisco que “la fecundidad siempre es una bendición de Dios, la fecundidad material y espiritual. [Significa] dar vida. Una persona puede incluso no casarse, como los sacerdotes y los consagrados, pero debe vivir dando vida a los demás”. Esta es una afirmación potente: todos estamos llamados a dar vida de alguna manera, a ser fecundos en buenas obras, en amor entregado, en hacer crecer a otros.
“¡Ay de nosotros si vivimos estérilmente, encerrados en el egoísmo!” advertía el Papa, “porque la esterilidad (sea física o del corazón) no viene de Dios” (Homilía, 19 de diciembre de 2017). Pensemos en tantos hombres y mujeres consagrados que han renunciado a tener hijos propios por amor a Dios: monjas, frailes, sacerdotes, misioneros… ¿Acaso sus vidas son estériles? ¡Todo lo contrario!
La virginidad consagrada es un testimonio de que el amor de Dios lo llena todo y hace florecer el desierto más árido. La Iglesia los llama “padre” o “madre” por una razón: espiritualmente engendran una multitud de hijos. San Juan Pablo II nos enseñó que “aun habiendo renunciado a la fecundidad física, la persona virgen se hace espiritualmente fecunda, padre y madre de muchos” (Familiaris Consorcio, 16).
¡Qué verdad tan profunda! Piensa en la Madre Teresa de Calcuta, quien no tuvo hijos biológicos, pero es madre para miles de pobres que encontraron en sus brazos el consuelo de Dios. Quizás en ese párroco que te bautizó y acompañó tu crecimiento en la fe. Él engendró vida nueva en tí, te hizo “nacer de nuevo” como hijo de Dios.
Una anécdota real que contaba el Papa Francisco ilustra esto con belleza: un misionero anciano, después de décadas entregadas a los demás, agonizaba rodeado de innumerables hijosespirituales que habían nacido gracias a su entrega. No murió solo, sino arropado por la fecundidad del Espíritu que había sembrado a lo largo de su vida.
Entonces, ¿cuál es la diferencia?
Quien engendra vida espiritual, como el misionero anciano, lo hace para la vida eterna. En cambio, la vida biológica, al menos como la conocemos aquí en la tierra, pasará.
Por lo tanto, la fecundidad espiritual es, en algún sentido, mayor a la mera fertilidad biológica. Más aún, se podría decir que esta última es un signo de algo infinitamente mayor: la Vida eterna. La fecundidad espiritual será lo que permanecerá para siempre.
Esto lo confirma nuestra experiencia: cuando una madre es fértil, pero por alguna razón no puede criar a su hijo y lo da en adopción, eso causa un profundo dolor y una herida de abandono. En cambio, quienes adoptan a ese hijo y se sacrifican por amor a él, entonces, se convierten en verdaderos padres, aún sin haberlo concebido en la carne.
El hijo es una bendición, el regalo visible del amor de sus padres. Sin embargo, la fecundidad matrimonial no se agota en la procreación biológica. Incluso cuando no llegan los hijos, el amor conyugal tiene la capacidad de tocar lo eterno y por eso puede dar esa vida que viene desde el Espíritu, puede ser realmente fecundo.
***
Ser fecundos significa transmitir amor a nuestro alrededor. Una pareja que se ama de verdad ya está generando vida en cierto modo: en la forma en que se cuidan mutuamente, en cómo abren las puertas de su hogar para acoger a familiares y amigos, en el servicio que brindan a la comunidad, en el tiempo y cariño que entregan a sobrinos, ahijados o niños necesitados.
No se es más fecundo por tener más hijos, sino que se es más fecundo cuanto más se ama, con hijos o sin ellos. Esa fecundidad del amor es la que hace que un matrimonio sin hijos pueda ser luminoso y generoso.
Como enseñó San Juan Pablo II, “la esterilidad física (…) puede dar ocasión a los esposos para otros servicios importantes a la vida (…) por ejemplo la adopción, diversas formas de obras educativas, la ayuda a otros niños pobres o enfermos” (Familiaris Consortio, 14). Es decir, su amor puede expandirse en servicio y generosidad, dando frutos en la vida de muchos otros.