Virginidad, celibato y castidad



Virginidad, celibato y castidad no son lo mismo. Ciertamente, hay puntos de encuentro entre ellos, y eso puede hacer que se los confunda. Sin embargo, no se identifican. En este artículo, intentaremos exponer brevemente en qué consiste cada uno.

1. Virginidad: valorar la persona

La virginidad es la condición de aquella persona que nunca ha hecho una entrega total de su persona a otra en una relación sexual. Para entender la virginidad desde este punto de vista es muy importante tener en cuenta que el cuerpo no es algo que tengo sino algo que soy: soy cuerpo.

Ciertamente, mi persona no se agota sólo en mi cuerpo, pues soy una unidad de cuerpo y alma. Pero tratándose de algo esencial a mi persona, donde pongo en juego el cuerpo, pongo en juego toda mi realidad personal, pongo en juego todo lo que soy. De ahí que entregarle a alguien mi cuerpo en una relación sexual siempre implica hacerle el don total de mi persona.

Vista desde esta perspectiva, la virginidad no se identifica con una cuestión física. De hecho, alguien puede no ser “físicamente virgen” como consecuencia de la práctica de algún deporte, y no por ello ha perdido la virginidad. De igual manera, alguien que ha sido violentado sexualmente no deja de ser virgen. En efecto, la entrega de la propia persona supone un ejercicio de la libertad, la cual está ausente en un contexto de violencia.

Ahora bien, para quien ha dejado de ser virgen es posible una segunda virginidad. Ella implica no sólo abstenerse de tener relaciones sexuales, sino que requiere a su vez una maduración interior. Implica que uno tome consciencia del inmenso valor que tiene como persona, de modo tal que, eso valioso que soy, no estoy dispuesto a entregarlo nuevamente hasta el matrimonio, por ejemplo.

2. Celibato: sostener la propia elección

El celibato implica una elección. Se trata de la decisión de no tener relaciones sexuales en adelante. Esta decisión puede tomarla tanto a alguien que es virgen como alguien que no. Puede hacerse a su vez por diversos motivos, siendo uno de ellos el religioso.

Desde una perspectiva religiosa, uno decide hacerle el don total de su persona a Dios, de forma tal que, como consecuencia de esta elección, uno renuncia a entregarse —sexualmente— a otras personas. El mundo de la sexualidad no es visto como algo negativo, sino que ese “no” a entregarse a otras personas es consecuencia de un “sí” más grande hecho a Dios.

Cuando se hace por motivos religiosos, el celibato no genera frustración. En efecto, el mundo de la sexualidad es un medio que tiene como fin que la persona pueda vivir más plenamente el amor. Amor que, en su forma más extrema, adquiere la forma de una donación. Y la vida consagrada no es otra cosa que un estado de permanente donación de la propia persona a Dios —y a los demás por amor a Dios—. De ahí que el fin al que apunta la sexualidad se cumple plenamente en la vida consagrada. Por más que se prescinda del medio, se consigue el fin; y conseguido el fin, no hay lugar para la frustración.

3. Castidad: vivir plenamente la sexualidad

La castidad implica la vivencia plena de la sexualidad según la propia condición. Para alguien que no está casado o que ha hecho un compromiso de celibato, la castidad implicará abstenerse de relaciones sexuales. En cambio, para alguien casado, vivir la castidad implicará tener relaciones sexuales; claro está, siempre en el marco del amor.

La castidad implica ordenar las fuerzas del mundo de la sexualidad hacia el amor. La castidad es un “sí” al amor. Si en la práctica implica renuncias, los “no” son siempre consecuencia de un “sí” más grande. Castidad no es represión ni negación de la sexualidad, sino su ordenación al amor.

La castidad es una virtud; es decir, es un hábito que me perfecciona. Como todo hábito, se adquiere mediante la repetición de actos libres. Y el acto a partir del cual se construye la virtud de la castidad es la ordenación de las fuerzas del mundo de la sexualidad hacia el amor. Vista así, la castidad no implica renunciar a la sexualidad, sino trabajarla activamente. Se trata pues, de una forma de mirar, de una forma de hablar, de una forma de tocar, de una forma de mostrarse frente a los otros, etc. Es mucho más que tener o no relaciones sexuales.

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