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¿Tenemos que pensar igual para amarnos bien?

La diferencia de opinión en una relación no siempre es una amenaza. A veces, puede convertirse en una oportunidad para aprender a amar mejor. Solemos, usualmente, pensar: “ya no somos compatibles porque pensamos diferente” o “si realmente me conociera, sabría lo que pienso”. A veces, también aparece el “no entiendo cómo puede tener una opinión tan distinta a la mía”. Y otras, el “cada vez discutimos más. Creo que ya no estamos en la misma sintonía”.

¿Cuántas veces hemos escuchado —o dicho— alguna de estas frases? Vivimos en una época en la que, muchas veces, confundimos la compatibilidad con la coincidencia absoluta. Queremos amigos que piensen como nosotros, parejas que compartan nuestras opiniones, familiares que entiendan nuestras decisiones y personas que validen constantemente nuestra manera de ver el mundo.

Recordemos: estamos llamados a amar

En estos momentos en los que aparecen estos pensamientos, entonces surge una pregunta importante: ¿es realmente sano coincidir en todo? Y aún más importante: ¿podemos amar profundamente a una persona con la que no siempre estamos de acuerdo?

La respuesta, aunque pueda incomodarnos un poco, es sí. Porque amar no significa encontrar a alguien que piense exactamente como nosotros. Amar tampoco significa desaparecer dentro del pensamiento del otro. Amar implica aprender a encontrarnos incluso en medio de nuestras diferencias.

No somos la misma persona

Puede parecer obvio, pero dentro de una relación a veces lo olvidamos. La persona que tenemos al lado no nació con nuestra historia, no vivió nuestras mismas experiencias, no fue educada exactamente igual y no mira necesariamente la vida desde el mismo lugar.

Incluso cuando compartimos valores fundamentales, podemos tener opiniones diferentes.

Podemos estar de acuerdo sobre la importancia de la familia y discutir sobre cómo educar a los hijos.

Podemos, además, amar profundamente nuestra relación y tener maneras distintas de expresar afecto. También, compartir una misma fe y, aun así, vivir procesos espirituales diferentes.

No olvidemos que queremos construir un futuro juntos, sí. Entonces, es válido no coincidir en cada decisión sobre cómo hacerlo.

La diferencia no es necesariamente una amenaza. Es, en muchos casos, una consecuencia natural de estar frente a una persona distinta a nosotros. Y quizás uno de los grandes errores que cometemos en nuestras relaciones es esperar que el amor elimine las diferencias.

El amor maduro no elimina al otro. Lo reconoce.

El problema no es pensar diferente

Una relación no comienza a deteriorarse necesariamente porque dos personas tengan opiniones distintas. El verdadero problema aparece cuando dejamos de respetarnos por pensar diferente.

Es decir, cuando una conversación se convierte en una competencia, cuando escuchar significa simplemente esperar nuestro turno para responder, cuando queremos convencer al otro en lugar de comprenderlo.

A veces, pensamos: “si me amaras, pensarías como yo”. O peor aún: “si no piensas como yo, entonces estás equivocado”.

No toda diferencia necesita convertirse en una batalla. No toda conversación necesita tener un ganador. Y no todas las opiniones diferentes requieren que alguien cambie inmediatamente de postura.

Hay algo profundamente liberador en descubrir que podemos escuchar una opinión distinta sin sentir que nuestra propia identidad está siendo atacada.

No es lo mismo diferir que herir

Aquí es importante hacer una distinción. No toda diferencia de opinión debe ser tolerada de la misma manera.

Hay asuntos secundarios en los que podemos aprender a convivir con posturas distintas: gustos, preferencias, formas de organizar el tiempo, opiniones sobre determinadas situaciones.

También existen diferencias que tocan valores fundamentales de una relación. Por ejemplo, el respeto, la fidelidad, la dignidad de la persona, la violencia, la responsabilidad.

También, el compromiso.

No podemos utilizar la frase “simplemente pensamos diferente” para justificar comportamientos que dañan profundamente al otro. Una cosa es tener una opinión diferente. Otra muy distinta es utilizar esa diferencia para humillar, manipular, controlar o herir.

Una relación sana necesita espacio para la diversidad, pero también necesita límites claros. El respeto nunca debería ser negociable.

***

¿Por qué nos molesta tanto, entonces, que el otro piense diferente? Quizás porque, en el fondo, muchas veces buscamos seguridad. Es decir, queremos sentir que estamos construyendo con alguien que mira en nuestra misma dirección. Eso es comprensible.

El problema aparece cuando creemos que mirar hacia la misma dirección significa tener exactamente la misma mirada. Dos personas pueden caminar hacia un mismo horizonte desde perspectivas diferentes.

De hecho, a veces, la diferencia del otro puede mostrarnos algo que nosotros no habíamos visto. Quizás por eso una relación madura no pregunta solamente: “¿cómo hago para que piense como yo?”, y también, “¿qué puedo aprender de esta diferencia?”.

No significa aceptar todo. No significa renunciar a nuestras convicciones. Significa tener la suficiente humildad para reconocer que no siempre poseemos toda la verdad.

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