Matrimonio: ¿eterna luna de miel?



¡Hola! Ya ha pasado un tiempo desde nuestra última columna. Hoy queremos compartir algunas ideas que podrían venir muy bien para muchas parejas comprometidas o de recién casados. Y parte de lo siguiente: ¿Qué le ha pasado a mi marido o a mi esposa después de la boda y la luna de miel? En la luna de miel todo era perfecto, ¿pero ahora?


En este artículo, abordamos algunos mitos que pueden ayudar a darle una cuota de realidad a la vida matrimonial.


Mito # 1: el traje de bodas le entrará siempre


La tabla de lavar la ropa que el marido portaba sobre el vientre no durará, así que será mejor invertir en una lavadora. Desafortunadamente, muchas mujeres comprueban que, sin aparente razón más allá de la cadencia de los años, sus esbeltos y bellos maridos van ganando peso —y otras mañas— y perdiendo cabello —y, quizás, los gestos corteses que los caracterizaban—. Y así, la corbata o el moño que lucían en la boda bien podría servir como un arma de estrangulamiento en caso que quisieran atarla nuevamente a sus cuellos.


Mito # 2: las novias no van al baño… y las esposas tampoco


Al parecer, muchas mujeres sufren una transformación espontánea que sus esposos comienzan a reconocer momentos después del desposorio. Ya no lucen a toda hora espléndidas y radiantes, bien perfumadas, casi inmaculadas. Aparecen despeinadas al despertar, en ocasiones con ojeras, y ocupan por horas el toilette, ¡vaya uno a saber para qué!


Mito # 3: los desayunos a la cama durarán para siempre


Las comidas elaboradas que ambos cónyuges se esmeraban en preparar durante los primeros días de convivencia van dejando extrañamente su lugar a la comida congelada, o lo que es peor: ¡al delivery! Esos desayunos completísimos de todos los fines de semana ahora se espacian a una, dos, con suerte tres veces… ¡al año!


Para tomar nota: Los gestos de amor se transforman


Los preparativos de la boda, la luna de miel y los primeros meses de convivencia pueden vivirse como un revival de la experiencia de enamoramiento que disfrutamos en los primeros tiempos del noviazgo. Sentimos una radiante alegría, un optimismo por todos los preparativos, por esa casa y proyecto de vida en común, sin contar lo fascinante que puede ser un viaje solos a un destino paradisíaco —o que simplemente nos resulta cautivante—. Y está bien que así suceda.


En ese ensueño, podemos correr el riesgo de aferrarnos a una euforia que nos haga ilusionar con que la otra persona es perfecta. Y aunque otras parejas puedan pelear... “nosotros no caeremos en ese error”. Claro que el tiempo nos permite entrar en razón, y nos hace darnos cuenta de que esa era una ingenuidad.


Luego de una suerte de “obsesión romántica”, viene el reconocimiento cabal de la persona, con sus luces y sombras, pros y contras. “Afloran” las imperfecciones —pero en verdad siempre estuvieron allí—. Calma, ¡que no cunda el pánico!


La felicidad de caminar juntos


A pesar de que esa persona ya no aparezca tan deslumbrante en su aspecto, o no aparente el mismo esmero que tenía en otros tiempos, el amor sigue allí, vivo, manifiesto en otras formas. El amor sigue expresándose en detalles menores: el esfuerzo cotidiano del trabajo que sostiene el hogar, la taza de café que sorbemos antes de abandonar el hogar a las apuradas, la tolerancia a los defectos y la paciencia con que respondemos, y también la preparación —aunque sencilla— de los aniversarios y otras fechas importantes.


La vorágine con la que solemos vivir puede engañarnos y hacernos pensar que la vida en pareja debe darse siempre en un clímax permanente. Pero no es así, y de no entenderlo, corremos el riesgo de desvirtuar la vida afectiva y depreciarla hasta convertirla en un mero consumo de experiencias excitantes, y si es necesario, cambiando incluso de sujeto amante.


El amor también adopta formas menos gratificantes, pero de gran significación e impacto a futuro, porque amar y sabernos amados con determinación, más allá del sentimiento que hoy se pueda tener, es lo que dará plenitud a nuestras vidas. No estaremos viviendo el gozo de la luna de miel permanente, pero el viaje nupcial continúa, y hay muchas más experiencias de felicidad por compartir en el camino.