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La mujer según la Teología del Cuerpo

Frente a un contexto contracultural en cual se habla en abundancia sobre la mujer, pero en el cual se desdibuja y desaparece de modo imperceptible la esencia de la feminidad, creemos oportuno reflexionar sobre su significado. Lo haremos desde una visión amplia y medular, concentrándonos en los elementos femeninos esenciales y no en particularidades, ya que el objetivo es echar luz sobre aquello que caracteriza lo femenino.

 

1. La diferencia sexual

 

Somos testigos de movimientos que, intentando reivindicar ciertos derechos de la mujer, terminan por igualarla al hombre en actitudes y formas que sólo tienen por resultado una obscena masculinización de lo femenino. Esto se fundamente en la creencia de que se debe tener características masculinas para ocupar ciertos espacios. Por otro lado, abundan también las filosofías que anulan toda diferencia ontológica entre varón y mujer, al sostener un discurso según el cual aquellas serían meramente un resultado cultural. Así, varón y mujer tendrían las mismas características y potencialidades, tanto psicológica como físicamente.

 

Sabemos que varón y mujer tienen la misma dignidad. Esto no quita que la expresen de modo diverso. Llegamos ahora a un punto que es crucial: el asunto de la diferencia sexual. Si hablamos de diferencia, es justamente porque no son iguales. Y esto está comprobado por la experiencia, la ciencia y el sentido común.

 

Hombre y mujer, en su integridad de personas humanas, son inexorablemente diferentes en todas sus dimensiones —física, psíquica, emocional, social y espiritual—. En un mundo absolutamente egoísta y egocéntrico, no resulta extraño que este rasgo característico de la sexualidad sea eliminado del discurso.

 

¿Por qué es tan importante esta diferencia? Porque nos hace conscientes del hecho de que nos necesitamos mutuamente, de que no nos bastamos sólo a nosotros mismos para ser felices. Nos deja en evidencia que ni el varón ni la mujer agotan la humanidad completa en sí mismos, sino que cada uno de ellos expresa un modo único de ser humano: son dos formas diferentes de experimentar el cuerpo como apertura a la Trascendencia. Y es recién en la comunión entre varón y mujer cuando lo humano se expresa en su totalidad y perfección.

 

La diferencia sexual es una invitación a salir de uno mismo hacia el otro que, como es diferente, nos permite ver el mundo desde otro punto de vista, enriqueciendo nuestra experiencia. Esta diferencia es la que nos libera de una mirada encerrada sobre nosotros mismos y nos llama a movernos uno hacia otro para alcanzar un horizonte común.

 

Varón y mujer son complementarios porque necesitan del encuentro con el otro sexo para poder conocerse. Es imposible comprender el ser mujer sin conocer el ser varón. De este modo, la masculinidad y la feminidad se necesitan mutuamente para ser sí mismos y para afirmarse en su esencia.

 

Es importante aclarar que lo que estamos desarrollando no se limita exclusivamente a aquellos que viven el noviazgo o el matrimonio. Este dinamismo de la diferencia sexual se da desde el nacimiento, y en todos los estados de vida.

 

2. La feminidad

 

Como hemos visto antes, la mujer tiene una vocación propia en el mundo, con sus características que le son acordes. Y así como su cuerpo tiene rasgos diferenciales, también sucede con su psiquis, su emocionalidad, su modo de entablar relaciones sociales y su espiritualidad.

 

Desde esta última dimensión afirmamos que hay un modo femenino de vivir la Fe y la relación con Dios. Esto se da así porque la sexualidad no es algo “añadido” a la persona o algo que se pueda eliminar de ella, sino que es un elemento constitutivo e identitario. Es decir: el ser persona implica de modo necesario el ser sexuado. Entonces, todo lo que hagamos va a estar “teñido” de nuestro ser mujer o varón.

 

Para explicarlo mejor, así como el cuerpo es sacramento de la persona, la acción es sacramento del cuerpo. En otras palabras, el cuerpo manifiesta la naturaleza de la persona, y la acción refleja la dinámica del propio cuerpo, varón o mujer, que le permite obrar de determinado modo.

 

Para poner un ejemplo, pensemos en la acción de amamantar, que es un acto propio de la mujer. Se trata entonces acciones enraizadas en una lógica que podemos calificar como femenina o masculina, que tienen su posibilidad según el cuerpo de quien las realiza.

 

La acción revela la persona sexuada, y mediante la experiencia de esta acción podemos comprender el significado de nuestra propia naturaleza masculina o femenina. La feminidad es, justamente, este ser y actuar en base a la naturaleza de ser mujer.

 

Para referirse a esto, san Juan Pablo II hablaba del “genio femenino”[1]. Es cierto que se debe distinguir entre “mujer” y los valores que le son más propios a ella, ya que cada una es única. Pero, aunque estas cualidades sean variables, tienen un trasfondo de configuración natural evidente. Y la cultura debe responder a ese trasfondo de modo adecuado, para ser instrumento de vida plena para la mujer.

 

En su famosa carta a las mujeres, san Juan Pablo II afirma: “la mujer es aquella en quien el orden del amor en el mundo creado de las personas halla un terreno para su primera raíz”[2]. El orden del amor es la clave de las virtudes. Siendo que la mujer es su primera raíz, podemos afirmar que ella es “escuela de virtudes”, “escuela de perfección”.

 

La vocación femenina es, pues, grandiosa, y capaz de llevar a la perfección de vida a tantos. Vemos aquí un rol acogedor, no sólo del don de su feminidad, sino también de la capacidad de hacer mejores a los otros. Vale subrayar que el santo de las familias la llama “primera raíz”, refiriéndose a lo “profundo”, donde se arraiga y alimenta la planta. Sin la raíz no hallamos árbol. Así, la mujer es erigida por Dios como casa de la raza humana.

 

La mujer tiene como vocación especial el cuidado de la vida, en todos sus órdenes. La mujer guarda con la vida una intensa relación, lo cual genera en ella ciertas disposiciones particulares. Ella recibe y da vida, no sólo desde el punto de vista biológico, sino también desde lo social y espiritual. Tiene el propósito de velar por lo que está vivo, de cuidar lo que es frágil, de mostrar una delicada sensibilidad frente a los requerimientos ajenos, de ponerse al servicio de la persona. De estar atenta a los detalles pequeños y al sentir de los demás.

 

La mujer está ligada de modo especial con el mundo invisible: a ella le es más natural la religiosidad. Está llamada a hacer de su hogar y del mundo un santuario donde se resguarde la vida humana y divina.

 

3. Dimensión de esposa

 

Otra característica fundamental de la mujer es su dimensión de esposa. A medida que reflexionamos, comprenderemos que esta dimensión no se refiere de modo único a quienes están casadas, sino a todas las mujeres, en sus distintos estados de vida: se trata de una cualidad amplia, pero profunda a la vez.

 

En el pensamiento del san Juan Pablo II, la mujer es la evidencia de que la persona humana fue creada para la comunión con los demás. Ella es la muestra de que la plenitud de todo ser humano consiste en ser “don” para los demás. Decía Edith Stein: “Entregarse a otro ser por amor, llegar a ser totalmente el bien del otro y poseer totalmente a este otro corresponde a las necesidades más profundas del corazón de la mujer”[3]. La mujer, “ayuda adecuada” para el varón, es creada para dar y para recibir amor. Y no puede encontrarse a sí misma, si no es dando amor a los demás[4].

 

La mujer es portadora de alegría para quienes la rodean. Basta con recordar que las primeras palabras que pronuncia el hombre en toda la Biblia remarcan con júbilo la importancia de su presencia. Ella es para él motivo de humanidad, pues, en su “soledad originaria”[5], “no era bueno”[6]. Es decir: el hombre solitario no llega a entenderse como hombre, sino que se precisa la reciprocidad. Esta no remarca la dualidad como términos opuestos, más bien señala la unidad en la diferencia[7].

Además, ella desempeña un papel revelador para el varón: le permite, situándose frente a ella, tomar conciencia de su identidad. Y viceversa. Así, el santo polaco nos habla de un “recíproco para”, en tanto que varón y mujer son existencias que se refieren mutua y constantemente, compartiendo la base de la misma humanidad[8].

 

Esto se experimenta en el lenguaje del cuerpo que, en varios niveles, los señala como distintos y complementarios. Dios le confía a la mujer de modo especial el cuidado del varón, porque sabe que ella puede ponerse al servicio de la vida. Dios hace crecer en el varón el deseo de aquella a quien podrá darse completamente.

 

La mujer viene presentada como una “ayuda” que se traduce también como “auxilio”, palabra que se le aplica a Dios, cuando la Escritura dice “Dios es mi auxilio”[9]. Esto muestra de modo muy bello cómo la mujer, no sólo es compañera, sino también el auxilio enviado por Dios. Vale remarcar que se trata de una ayuda no en sentido servil; sino todo lo contrario, de un mutuo cuidarse en la reciprocidad del don, ya que el varón, a su vez, se entrega como apoyo de la mujer.

 

Esposa significa “mujer” en relación con el varón, en una relación ontológica precisa y constitutiva de la naturaleza humana. La mujer es el signo de la esposa, la imagen del llamado de la humanidad a los esponsales con Dios. El amor nupcial de los cónyuges humanos es la imagen del Amor Trinitario que se da en Dios mismo.

 

Y, a su vez, es semejante al llamado que tenemos todos los seres humanos a ser la esposa de Cristo, por medio de la Iglesia. La mujer, signo de la esposa, nos recuerda que todos —varones y mujeres— estamos llamados a recibir el amor de Dios y a unirnos con Él en el don total de nuestras vidas.

 

4. Dimensión de madre

 

Jossette Croissant explica que la palabra hebrea que se usa para referirse a la mujer durante la Creación en el Antiguo testamento es Nekeva, es decir, “hembra”. Éste vocablo significa receptáculo, cavidad, espacio interior[10]. La forma de referirse a la mujer es claramente una descripción del útero.

 

Resulta llamativo cómo el lenguaje corporal femenino se concentra en la sexualidad y en la maternidad. El cuerpo de la mujer está construido con forma de madre. La sexualidad femenina, ordenada a la maternidad y siendo constitutiva de la mujer, es mucho más compleja que la del varón. Su vida está marcada por un ritmo propio del ciclo de fertilidad e infertilidad, en el cual derrama su propia sangre. Este don de la sangre es parte de la naturaleza femenina.

 

La autora María Teresa Porcile incluso relaciona esto con la analogía entre la mujer y la Iglesia. Afirma que, así como en la Iglesia se celebra el gran sacrificio de la difusión de la vida, el cuerpo de la mujer expresa lo que significa dar vida, otorgando su sangre. Esto nos permite observar en la corporeidad femenina cierto lenguaje eucarístico[11].

 

La mujer, atravesando los dolores físicos y espirituales que conlleva la maternidad, se constituye ella misma en ofrenda y don para el mundo y para Dios. Muchas mujeres, ante la falta de sostén familiar y social, ven en esto una carga demasiada pesada para soportar, y rechazan la maternidad. Sin embargo, cuando la mujer no es abandonada a su sola fuerza, sino que es acompañada y contenida por una red familiar y social, la maternidad se constituye en una vía de realización femenina y en camino de santidad. Y en este camino es fundamental el rol del varón, desde los diversos espacios que ocupa, tanto en la maternidad biológica como en las demás formas de maternidad.

 

San Juan Pablo II afirma: “la maternidad está unida a la estructura personal del ser mujer”[12]. Es decir, no puede separarse la naturaleza de la mujer y la maternidad. Son una sola cosa y, si se elimina una, también queda eliminada la otra.

 

Contrariamente a lo que nos imponen hoy en día en el discurso global, la maternidad no es un anexo optativo de la mujer, por cierto, presentada dentro de las últimas opciones, y como un simple recurso para satisfacer deseos o necesidades. La dimensión de madre no se trata solamente de engendrar hijos biológicos, sino de la capacidad femenina de dar su vida, sea soltera, consagrada o casada con hijos biológicos o adoptados.

 

Esta dimensión se vive tanto en el propio hogar como en la comunidad a la cual pertenece, y en los diversos ámbitos laborales y profesionales en los cuales la mujer se desempeña. Esto es así debido a que la mujer no solamente tiene un cuerpo de madre, sino también un corazón, una psiquis y una espiritualidad de madre, que la llaman a ejercer una maternidad espiritual donde sea que ella se encuentre.

 

Y aquí llegamos al punto central de esta dimensión: la vocación de la mujer es el don desinteresado de su persona hacia aquellos a quienes ama. Cuando ella va en contra de esta llamada, se centra sólo en sí misma y se pierde en su interior. Pierde su rumbo, y pierde el sentido de su existencia.

 

***

 

Lo que hemos reflexionado puede resultar llamativo o desconcertante a los ojos del mundo. Es una mirada que va a contracorriente, y que se rebela contra una línea de pensamiento imperante desde hace más de medio siglo. Una línea de pensamiento que intenta deconstruir a la mujer, quitándole su esencia, bajo una falsa promesa de autosuficiencia egocéntrica.

 

Frente a un contexto tan hostil al amor humano, a la familia y a la vida, que engaña, confunde y oscurece la mente y el corazón de tantas generaciones, es esperanzador leer las palabras de Jossette Croissant sobre el tema: “La mirada de Juan Pablo II se une a nosotros donde estamos para liberarnos. Es una mirada que nos eleva, que nos revela a nosotros mismos, que nos cura de todas las demás miradas, y nos hace tomar conciencia del esplendor de nuestra vocación”[13]. Que esta mirada, que nos fue regalada por el papa polaco en la Teología del Cuerpo, sea faro para iluminar la vida de tantas mujeres y hombres.

 

A Guido y Maggie se los puede encontrar en @centrosanjuanpablo2.

 

____

[1] San Juan Pablo II, Carta a las mujeres, 29/06/1995, 9-12. [2] San Juan Pablo II, Mulieris Dignitatem, 29. [3] Citada en: J. Croissant, La mujer y su misión de esposa, en: C. A. Scarponi (edit.), Nuevo Feminismo. La mujer en Juan Pablo II. Identidad – dignidad – misión. Coloquio Teológico Internacional, EDUCA, Buenos Aires 2006, 78. [4] Mulieris Dignitatem, 30. [5] Expresión tomada del primer ciclo de las Catequesis sobre la Teología del Cuerpo de san Juan Pablo II (en adelante C). Por ejemplo: C 10/10/1979. [6] Gn 2, 18 [7] Cf. Gn 4, 1 [8] Cf. C 14/11/1979, 1 [9] Cf. Salmo 28; 46; 54. [10] J. Croissant, La mujer y su misión de madre, en: C. A. Scarponi (edit.), Nuevo Feminismo. La mujer en Juan Pablo II. Identidad – dignidad – misión. Coloquio Teológico Internacional, EDUCA, Buenos Aires 2006, 84. [11] M. T. Pocile Santiso, La femme, espace de salut, Editions du cerf, 1999. [12] Mulieris dignitatem, 18. [13] J. Croissant, La mujer y su misión de madre, cit., 83.

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