Castidad: un equilibrio cambiante



La castidad es una virtud; es decir, un hábito bueno. Se trata de un hábito que me perfecciona en el ámbito del amor. Concretamente, consiste en ordenar a las fuerzas del mundo de la sexualidad hacia el amor. Sin embargo, esta ordenación no siempre sencilla, pues las fuerzas del mundo de la sexualidad suelen ser muy intensas, y en ocasiones, difíciles de controlar.


Vivir la castidad como virtud implica tratar de encontrar un punto de equilibrio entre dos extremos. Por un lado, hay que evitar el extremo de rechazar el placer como si fuera algo malo. Pero por otro, hay que evitar también el extremo de considerar al placer como si fuera el fin último de la sexualidad.


Ahora bien, a diferencia de lo que se podría pensar, el equilibrio que exige la castidad no es estático, sino dinámico. Es decir, depende de diversos factores que cambian; y al cambiar los factores, cambia también el punto de equilibrio. A modo de ejemplo, mencionamos aquí algunos de esos factores.


1. El equilibrio varía según la edad


La edad es un factor muy importante a tener en cuenta cuando hablamos de castidad. En efecto, la castidad supone una ordenación: ordenar a las fuerzas del mundo de la sexualidad hacia el amor. Y el cómo podemos ordenar esas fuerzas varía según su intensidad; intensidad que cambia según la edad.


Cuando uno es joven, ordenar las fuerzas de la sexualidad es difícil, pues el despertar de las mismas hace que irrumpan con mucha vehemencia. Por eso, en la adolescencia y los años posteriores a esta, el punto de equilibrio de la castidad implicará tomar una cierta distancia de aquellas acciones que lo sitúen a uno muy cerca del placer, pues es muy fácil perder el control.


Ahora bien, a medida que uno va creciendo, las fuerzas del mundo de la sexualidad se van “asentando”. Después del movimiento producido al “abrirse la represa” de la sexualidad en la adolescencia, a medida que pasan los años, las aguas se empiezan a calmar. No quiero decir que estas fuerzas hayan perdido su intensidad, sino que ya no irrumpen con tanta violencia como antes. Todavía me pueden hacer perder el control, pero ya no estoy tan a merced de mis impulsos como antes.


Con el paso de los años, me voy conociendo más profundamente, y sé en qué situaciones pierdo con más facilidad el control, y en qué situaciones tengo un poco más de resistencia. En este contexto, con el paso de los años y al crecer en el auto-conocimiento, me puedo permitir exponerme a ciertas cosas que antes era mejor evitar. Esto exige que el punto de equilibrio de la castidad no sea el mismo a los 15, a los 20, a los 30 ó a los 45 años: varía dependiendo de la edad.


2. El equilibrio varía según las circunstancias


En un sentido literal, las circunstancias son aquellas condiciones que “están alrededor” de una acción. Son muy importantes, pues una buena acción realizada en las circunstancias incorrectas, se vuelve mala. Por ejemplo, no da igual contar el mismo chiste en la playa que en un velorio. El cambio en las circunstancias —en este caso, el lugar— hace que la acción de contar un chiste deje de ser una buena idea.


Apliquemos esto al mundo de la sexualidad. Un beso y abrazo que se da una pareja de enamorados o novios en un lugar público a plena luz del día puede encontrarse dentro del equilibrio que exige la castidad. Puede tratarse de una acción muy buena, pues reafirma y fortalece el amor que hay entre ellos.


Traslademos ahora el mismo beso y abrazo a otro escenario. Ya no es la universidad al mediodía, sino la casa de uno de ellos, de noche, estando ambos solos, con las luces apagadas, viendo una película y echados en el sillón. Para una pareja que quiera vivir la castidad, claramente esto no es una buena idea. El beso es exactamente el mismo, pero las circunstancias han cambiado, lo cual hace que cambie también la valoración respecto de dicha acción.


3. El equilibrio varía según la fluctuación del deseo


En varones y en mujeres, el deseo sexual no es estático, sino que fluctúa. Hay momentos en los que uno está más “activado”, y pareciera que hasta los estímulos más pequeños lo afectan. Y hay otros momentos, en cambio, en los que uno se siente imperturbable. Este deseo, que es fluctuante, juega un papel muy importante en el equilibrio propio de la castidad.


Para ejemplificar esto, situémonos en el ámbito de las relaciones de pareja. Es algo muy bueno que la pareja pueda expresar físicamente el afecto que se tienen el uno por el otro. Para una pareja de enamorados o novios, gestos como tomarse las manos, bailar juntos, abrazarse o besarse, ciertamente ayudan a fortalecer el vínculo entre ambos. Sin embargo, en el discernimiento de qué actos consentir y qué actos evitar, es importante hacer no sólo un discernimiento “en abstracto”, sino tener en cuenta también cómo ambos se sienten “en este momento”.


En efecto, el mismo beso, abrazo, o baile, no se vive igual cuando ambos se sienten “fuertes”, que cuando ambos —o uno de ellos— pasan por un momento de debilidad. En esos momentos, acciones que podían permitirse cuando se sentían “fuertes”, será mejor evitarlas en orden a cuidar el equilibrio propio de la castidad. El deseo del momento influye, pues, en la acción precisa que exige la castidad.


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En este artículo, hemos procurado dar algunos ejemplos que permitan ver cómo el equilibrio propio de la castidad no es estático, sino dinámico. Esto evidentemente exige crecer en el conocimiento de uno mismo, y requiere también mucha honestidad. Y si tratamos de vivir la castidad en pareja, requiere también mucho diálogo sobre estos temas.


Para los que deseen, los invitamos a ver este episodio del curso “Siete mitos sobre la castidad”, en el que abordamos el tema que hemos venido desarrollando: ¿La castidad es olvidarse del placer?

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