Aborto: debates y precisiones



El día de hoy, me gustaría hablar de un tema poco usual en Ama Fuerte y, sin embargo, necesario. Se trata del aborto, y de cómo se encaran ciertos debates en torno a él.


Sin duda el tema del aborto es un drama desde donde se lo vea. Es un drama para la mujer que siquiera se plantea abortar. Y definitivamente es un drama para esa pequña persona en el vientre de su madre cuya vida llegará término de producirse el aborto.


Como se ve, en el aborto es mucho lo que está en juego, y eso demanda que el debate en torno a él tenga ciertas notas que, lamentablemente, no siempre están presentes.


1. Se trata de dos vidas humanas


En primer lugar, llama la atención que algunos planteos que se hacen para defender el aborto como un derecho lo hagan afirmando que el concebido no está vivo. De hecho, fue la postura del entonces Ministro de Salud argentino durante el debate llevado a cabo en diciembre de 2020.


Desde una perspectiva filosófica, está vivo aquello que se mueve a sí mismo. Se trata de un movimiento que es espontáneo —parte del propio sujeto— e inmanente —redunda en un beneficio para al propio sujeto—. Hablamos aquí de movimiento en sentido amplio: la nutrición o el crecimiento son formas de movimiento.


Desde el instante mismo de la concepción se desencadenan una serie de cambios —por ejemplo, divisiones celulares— que dan cuenta de este movimiento y, por lo tanto, de una nueva vida en pleno desarrollo. Resulta poco consistente, pues, afirmar que el concebido no está vivo.


Por su parte, hay quienes sostienen una postura más “moderada”, y que afirman que el concebido está vivo, pero no es vida humana. Por ejemplo, es lo que dijo en el año 2009 la entonces Ministra de Igualdad del Gobierno Español cuando se debatía el aborto en dicho país. Sin embargo, si está vivo y tiene un ADN humano distinto del de la madre, ¿puede negarse que se trate de una vida humana?


2. Que el corazón no mate a la razón


En el debate en torno al aborto, se busca sensibilizar a la oponión pública a partir de supuestos en los cuales la mujer se ve en una situación particularmente vunlerable. Se trata de los casos en los que el embarazo ha sido producto de una violación o cuando el embarazo pone en peligro la vida o la salud de la madre. Al respecto, me gustaría hacer dos precisiones.


En primer lugar, claramente es un error estigmatizar a la madre con calificativos de algún tipo. Nada se gana acentuando el drama al que ya está expuesta por un embarazo de estas características. Sin embargo, es importante hacer notar que muchas veces esta sensibilización se hace desde una perspectiva dialéctica en la que sólo es posible elegir el bien para uno de los dos: o la madre o su hijo.


Desde esta perspectiva, se busca generar sentimientos de empatía a favor de la madre a fin de que uno se solidarice con ella con el riesgo de ver al hijo como una amenaza o una fuente de peligro. Por eso es importante plantear el debate desde la superación de esta dialéctica, de forma tal que la salida no sea optar por una vida en perjuicio de otra, sino que se apunte a salvar las dos vidas.


En segundo lugar, nadie niega que una mujer cuyo embarazo haya sido producto de una violación experimente un drama muy hondo. El violador debe ser castigado, y ella debe recibir toda la contención que sea posible, así como nuestra solidaridad y empatía.


Sin embargo, los sentimientos que puedan estar en juego no deben anular la cuota de racionalidad que debe mantenerse en el debate. Por más que el drama que vive cada mujer violentada haga que nos sublevemos interiormente, no podemos perder de vista el hecho de que hay también otra vida que está en juego. Una vida cuyo valor no puede ser negado a partir de los sentimientos generados por un hecho en el cual ese nuevo ser humano no tuvo responsabilidad alguna.