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Día: septiembre 16, 2026

La bella virtù desde San Juan Bosco y San Juan Pablo II

En este artículo indagaré en la belleza de la castidad en cuanto a la pureza del corazón. San Juan Bosco la llamaba la bella virtù, “la hermosísima virtud angélica”, Regina Virtutum, “la reina de todas las virtudes”. ¿Qué hace “bella” a la castidad? ¿Qué tiene que ver la pureza con nuestro corazón?

¡Veamos! Comencemos a inmiscuirnos en el tema basándonos en el libro de Ravasi sobre los textos de San Juan Bosco. Así, partiendo de Don Bosco, llegaremos a la Teología del Cuerpo y, con este recorrido, espero poder dejar una semillita, en el corazón de los lectores de este artículo, semillita del amor a esta virtud.

La importancia de conservar la virtud de la pureza para salvar el alma

Se repite la advertencia de la salvación del alma en varios de los sueños de Don Bosco, sueños regalos del Señor, algunos, fruto de la preocupación por sus queridos hijos, “¡Oh, si pudiese soñar algo que les sirviese de provecho!”.

Así, sobre las malas confesiones, “los pecados contra la bella virtù los confesaron mal o los callaron por completo” le aconseja el amigo guía del sueño, luego de mostrarle una imagen del infierno. En otro de sus sueños, la Señora que lo guiaba le avisa “los que tuvieron la desgracia de perder la bella virtù remedian sus caídas con la confesión”.

La obediencia es otro de los consejos que surge: “¿y qué consejo podré darles para que no les sucedan tan graves desgracias? Insistirás demostrando cómo la obediencia aún en las cosas más pequeñas los salvará”.

Nosotros podemos preguntarnos, junto con Don Bosco, cómo salvar el alma. En sus sueños la metodología para ello es, además de la confesión, conservar la oración, la obediencia, el retiro, la fuga del ocio y apartarse de las malas compañías, o sea, de su influencia. Pues, cuidando la castidad, se conservan todas las demás virtudes. Por ello es la Regina Virtutum.

Imágenes de los jóvenes con y sin la bella virtù

Me llamó mucho la atención cómo Don Bosco describe la forma como aparecen en sus sueños las personas que conservan la pureza: “casi todos llevaban en la cabeza una corona de flores de belleza indescriptible… de colores tan vivos y variados que encantaban al que las miraba. Hasta los pies de aquellos jóvenes descendía una vestidura de fascinante blancura, entretejida de guirnaldas de flores. La luz encantadora que partía de las flores iluminaba toda la persona haciendo reflejar en ella la propia belleza. Las flores se espejaban unas en otras”.

Es, por lo mismo, llamativo cómo aconseja el modo en que se comporta un joven que ya no la posee: “os ocurrirá, a veces, que veréis a uno que goza de buena salud, pero anda pensativo. No habla con nadie y, si se le pregunta algo, responde con palabras enredadas, cuyo sentido nadie comprende. Los instruidos y con carismas para conocer el corazón humano se dan cuenta de que por aquella mente vagan pensamientos no castos”.

La pureza y la inocencia

Repetidas veces, también, Don Bosco asociaba la pureza a la inocencia y recordaba la frase de Jesús “dejen que los niños vengan a mí” (Mc 10, 14). Pues explicaba que en ellos está la bella virtù. Fundamentaba que, por ello, San Juan, el Evangelista, es el preferido de Jesús, por ejemplo, y lo demostró llevándolo al Monte Tabor. Es decir, por conservar la inocencia.

En el sueño en el que las doncellas explican qué es la inocencia, dicen “el estado afortunado de la gracia santificante, conservado merced a la constante y exacta observancia de la ley divina”. Además, “la fuente y origen de toda ciencia y virtud”. Destaca una tercera doncella, asimismo: “¡qué brillo, qué gloria, qué explendor de virtud, entre los malignos y malvados, conservar el candor de la inocencia y la pureza de las costumbres!”.

Describen las doncellas al inocente como al que “el deseo, la alegría, el aplauso del Paraiso… el Paraíso es su herencia. Está continuamente con Dios”.

¿Cómo conservamos la inocencia, entonces, Don Bosco? En este sueño de las doncellas le aconsejaron que “sin la penitencia no se puede conservar la inocencia”. Luego, la mortificación, la mortificación, por ejemplo, de la inteligencia mediante la humildad, la mortificación del decir siempre la verdad, la mortificación del corazón frenando sus movimientos desordenados”.

La bella virtù y las buenas compañías

“para que el amor fraterno sea realmente verdadero debe ser tal que el bien de uno sea para el bien de todos y el mal de uno lo sientan todos” San Juan Bosco.

La pureza va de la mano con la amistad verdadera. Además, camina acompañada del cuidado de la acepción de personas.

En una de sus conferencias, Don Bosco incentiva a juntarse con los buenos y da tips para reconocerlos: “los que van con gusto a visitar al Santísimo, los que animan al bien”. A la amistad verdadera la llama “fraterna”.

En segundo lugar, menciona cuidarse de la acepción de personas: “nuestra amistad trate por igual a todo compañero con la misma caridad”. En sus conferencias es tajante con respecto a este tema: “no acarrea ningún bien a la castidad la amistad particular que inclina nuestro corazón hacia uno más que hacia otro”.

En una prédica durante unos ejercicios espirituales destacó “me gusta mucho lo que veo que ya se acostumbra a hacer… que al salir del comedor, de la iglesia, juntarse con el primer muchacho que aparece, sin saber quién es, y pasear juntos”.

¿Cómo reconocemos a los malos, entonces? Los tips que deja en sus conferencias son los siguientes: “los murmuradores, los criticadores, los que buscan eximirse de las prácticas de piedad, los que quieren ser exclusivos en sus amistades”.

La pureza vs. las malas conversaciones

Las malas conversaciones son, para Don Bosco, la puerta por donde entra el demonio “porque con la lengua se tienen las malas conversaciones”. Aconseja a sus hijos espirituales, entonces, pedirle a la Birgen María “estar siempre alejados de la compañía de los que tienen conversaciones libres u obscenas, es decir que tratan de cosas que no dirían en presencia de sus padres o superiores”.

En el “sermón sobre los mandamientos <<no fornicar>>” llama a la reflexión, luego de cirtar Mateo 5, 28 y las reflexiones de San Pablo sobre la pureza, de la siguiente manera: “Los libertinos se defienden. ¿Acaso es un mal tan grande condimentar el recreo con una palabra picante, un poco libre? ¿Es un mal tan grande caer en naturales fragilidades, en conclusión, es un mal cometer alguna sensualidad? ¡Dios mío! ¿Que esto no es un gran mal? ¿Acaso el pecado es una acción indiferente? ¿Son quimeras las leyes divinas y humanas?”.

Al final de la primera parte de este sermón concluye que estas conversaciones licenciosas y este hablar “descocado” conduce a la desventura y a la infelicidad, envileciendo e igualando al hombre con los animales.  

¿Cuántas veces nosotros no escuchamos decir a nuestros amigos bromas o citar algunos programas de televisión argentinos de los años 90 o principios del 2000 que hoy, por su contenido obsceno, tienen prohibida la reproducción? ¿Nos reímos? ¿Realizamos una corrección fraterna? ¿Somos conscientes de este “gran mal” que afecta a nuestro corazón?

Me llamó la atención que la cuestión de las malas conversaciones aparece vinculada en uno de sus discursos a un pasaje central de la Teología del Cuerpo y, con esto, voy saliendo de San Juan Bosco para, en adelante, adentrarme, en el próximo apartado, en San Juan Pablo II, Mateo 5, 28.

La pureza en la Teología del Cuerpo

93 años después de la muerte de San Juan Bosco, que ocurre en enero de 1888, el papa San Juan Pablo II, en sus catequesis de los miércoles de enero de 1981 desarrolla el tema de la pureza en las cartas paulinas. Tomo, por ello, esta fecha como significativa, y porque San Juan Bosco cita estas cartas en su sermón, y parto de ahí para indagar aquí sobre la pureza en la Teología del Cuerpo.

Juan Pablo II introduce el tema explicando que: “dado que por pureza se debe entender el justo modo de tratar la esfera sexual, según el estado personal (y no necesariamente una abstención absoluta de la vida sexual), entonces indudablemente esta pureza está comprendida en el concepto paulino de «dominio» o enkráteia” (miércoles 14 de enero de 1981). Es decir, la pureza, entonces, en las cartas paulinas está ligada al dominio de sí mismo o la templanza.

Además, el papa explica que en las cartas a los tesalonicenses se contrapone las «obras de la carne», como «fornicación, impureza, libertinaje», al «fruto del Espíritu». La pureza, así, nos conduce a la santificación y es la voluntad de Dios nuestra santificación.

En la Teología del Cuerpo, el papa explica que esta virtud es una capacidad y una actitud. Consiste en el dominio y la superación de las pasiones libidinosas.

Estas reflexiones sobre la pureza en las cartas de San Pablo constituyen el tramo final de las iniciadas en 1980 sobre el sermón de la montaña (Mateo 5, 27-28). Así, vemos, también, una sintonía entre las preguntas que realiza el papa en la catequesis del miércoles 15 de octubre de 1980 y las que se realiza -escandalizado- San Juan Bosco en su sermón sobre los mandamientos.

San Juan Pablo II se pregunta: “¿cómo «puede» y «debe» actuar el hombre que acoge las palabras de Cristo en el sermón de la montaña? … ¿cómo «debería» actuar, es decir, de qué modo los valores conocidos según la «escala» revelada en el sermón de la montaña constituyen un deber de su voluntad y de su «corazón», de sus deseos y de sus opciones? ¿De qué modo le «obligan» en la acción, en el comportamiento, si, acogidas mediante el conocimiento, le «comprometen» ya en el pensar y de alguna manera, en el «sentir»?”. Juan Pablo II descarta una explicación maniqueísta del asunto, e invita, en las siguientes catequesis, a profundizar en la pureza del corazón.

Así, el papa admite que las palabras de Cristo en el sermón de la montaña son rigurosas. Exigen, pues, tener plena y profunda conciencia de los propios actos y de los impulsos internos del corazón. Por tanto, la madurez afectiva, en este sentido, es clave para quienes queremos vivir -y no solo conocer de oída- la belleza de la bella virtù.

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¿Qué hace “bella” a la castidad? ¿Qué tiene que ver la pureza con nuestro corazón? Pues, como Reina de las Virtudes, interiorizarla nos ayuda a interiorizar, custodiar, a las demás. ¿Cuál es nuestra meta sino llegar al cielo? ¿Cuál es nuestra meta sino vivir la vocación al amor?

La bella virtù nos ayuda a darnos cuenta cuán maduros afectivamente nos encontramos para poder donarnos. Es en el don sincero de nosotros mismos en donde encontramos la plenitud. Es en la vocación a la que fuimos cada uno llamados -el matrimonio o la vida consagrada, cada uno sabrá- en donde vivimos ese don de sí, para poder vivir el sueño que Dios soñó para nosotros.