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Día: septiembre 7, 2026

¿Qué buscamos en el matrimonio? Un camino de afectividad

El matrimonio es un camino hacia la felicidad. Es el fruto de un camino que comienza con la decisión libre de dos personas y da origen a una nueva condición de vida. Es, por tanto, una vocación: un llamado que da, y a la vez se elige.

Si lo pensamos bien, es la única persona que nos acompañará toda la vida y a quien elegimos libremente. Por eso el noviazgo es tan importante: es el tiempo para conocer de verdad a quien un día le prometeremos amar para siempre.

En su esencia, el matrimonio está llamado a ser una relación personal, estable, fiel y profundamente afectiva. El matrimonio nace en un día, pero se construye durante toda la vida. Es un camino que se recorre de a dos. En el matrimonio, quien deja de crecer, comienza a retroceder.

Los pilares que no pueden faltar

Para que el matrimonio madure son indispensables la fidelidad, la confianza y la docilidad.

La fidelidad implica mucho más que permanecer al lado del otro: significa elegirlo cada día, creer en él y sostener la promesa hecha. Esa fidelidad da lugar a la confianza, y la confianza permite abrir la propia intimidad sin miedo. Cuando ambos viven esta apertura, surge la reciprocidad y la verdadera comunión.

Estas virtudes se fortalecen mutuamente y sostienen el vínculo matrimonial, aun cuando aparezcan las limitaciones, los errores y los sufrimientos propios de toda vida humana.

El matrimonio es más fuerte que nuestras propias fuerzas cuando se apoya verdaderamente en Aquel que lo ha unido.

Habrá momentos difíciles, algunos muy dolorosos. En esas circunstancias será necesario aprender a mirar la realidad desde el lugar del otro para comprender antes de juzgar y, comprendiendo, poder perdonar. Siempre con la ayuda del Señor.

Dar una nueva oportunidad al cónyuge —o a uno mismo— no es solo un acto de paciencia: es un verdadero acto de amor.

El fin del matrimonio y los medios para alcanzarlo

Como toda vocación, el matrimonio tiene un fin. Para alcanzarlo existen medios que objetivamente conducen hacia él, aunque muchas veces creamos que cualquier camino puede llevarnos al mismo destino. Ese fin es la felicidad.

Por eso conviene preguntarnos, incluso desde el noviazgo: ¿qué esperamos del matrimonio?, ¿qué medios estamos eligiendo para llegar a esa meta?

La verdadera felicidad consiste en realizar plenamente aquello para lo que fuimos creados. En el matrimonio, eso implica crecer personalmente, ayudar al otro a realizarse y caminar juntos hacia Dios, disfrutando ya desde esta vida la alegría de ese amor.

Como dice el conocido principio, el fin no justifica los medios. Por eso el noviazgo es el momento oportuno para descubrir con sinceridad cuáles son nuestras verdaderas motivaciones e intereses.

Amar es buscar objetivamente el bien del otro, incluso por encima del propio, dejándose orientar por Dios y aceptando también la ayuda y el consejo de quienes pueden acompañarnos.

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Estamos, entonces, llamados en el matrimonio a crecer juntos. Ser como tú necesitas que yo sea, sin dejar de ser aquello para lo que Dios me llamó. Allí está una de las claves para que un matrimonio crezca y permanezca.

Cada uno necesita aprender a dejarse ayudar, aceptar correcciones, buscar mejorar personalmente y favorecer el crecimiento del otro, procurando siempre la verdad por encima de los sentimientos pasajeros o de las reacciones propias del temperamento. Solo así podremos caminar juntos hacia el cielo.

Como María, aprendamos a guardar en el corazón aquello que todavía no comprendemos, confiando en los tiempos de Dios: «porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.» (Mt 12,50)

Madre, enséñanos una confianza y una fidelidad que no dependan de los sentimientos cambiantes. Ayúdanos a no victimizarnos, a mirar siempre a Cristo y a aprender a amar como Él ama.

Basado en La realización de los cónyuges, de Ana María Navarro.