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Día: agosto 3, 2026

¿Morir o no morir?, esa no es la cuestión

Hace algún tiempo acompañé a un paciente con cáncer avanzado. Había pasado de trabajar, proyectar y sostener a su familia, a depender de estudios, consultas y tratamientos. Recuerdo una frase que repetía muy seguido: «Quiero que pase algo.»

No estaba pidiendo morir. Estaba cansado, confundido y necesitaba respuestas, alivio, alguien que caminara con él en una etapa difícil de su vida.

Vivimos en una sociedad que valora enormemente la juventud, la independencia y el rendimiento. Sin darnos cuenta, corremos el riesgo de mirar a las personas con la misma lógica con la que miramos los objetos: mientras funcionan, sirven; cuando dejan de hacerlo, se reemplazan. Esta forma de pensar es lo que los últimos Papas han llamado «cultura del descarte».

El valor de una persona no depende de su funcionalidad

Cuando una persona enferma gravemente, pierde autonomía o necesita ayuda para realizar actividades básicas, algunos comienzan a preguntarse si su vida sigue teniendo sentido. Nuestra dignidad no depende de lo que hacemos, sino de quiénes somos.

Si el valor de una persona dependiera de su capacidad de producir, un recién nacido valdría menos que un adulto sano y un anciano dependiente valdría menos que una persona joven. Intuitivamente sabemos que eso no es así.

Cada vida humana conserva su valor desde la concepción hasta la muerte natural. La enfermedad puede cambiar nuestras capacidades, pero nunca nuestra dignidad.

La verdadera compasión no elimina al que sufre

Con frecuencia se presenta la eutanasia como una respuesta compasiva al sufrimiento. La verdadera pregunta es ¿el problema es la persona o el sufrimiento que está atravesando?

La medicina actual dispone de recursos extraordinarios para aliviar el dolor y otros síntomas difíciles. Los cuidados paliativos nacieron precisamente para que nadie tenga que atravesar la enfermedad avanzada, la agonía o la muerte en soledad ni con sufrimientos evitables.

La auténtica compasión no consiste en provocar la muerte para eliminar el dolor, por más que la persona lo pide. Consiste en permanecer al lado del que sufre, aliviar lo que pueda aliviarse y acompañar cuando ya no es posible curar. Aunque es difícil de comprender que hay otra salida, debemos superar esa «empatía» por un bien mayor, su salvación eterna.

Ni encarnizamiento terapéutico ni abandono

Desde la misma fe, siempre se rechazaron ambos extremos. Por un lado, el encarnizamiento terapéutico, que intenta prolongar la vida a toda costa mediante medios desproporcionados. Por otro, el abandono del paciente, cuando se deja de cuidar porque ya no existe posibilidad de curación.

El camino humano y éticamente correcto es el acompañamiento. Continuar cuidando, alimentando, hidratando, aliviando síntomas, escuchando y sosteniendo a la persona hasta el final de su vida.

Como decía san Juan Pablo II, la dignidad de una persona permanece intacta incluso en medio de la enfermedad más grave.

El sufrimiento no tiene la última palabra

Nadie está obligado a «aguantar» el dolor por el dolor mismo. El sufrimiento debe prevenirse y tratarse siempre que sea posible. En ese caso existe una opción de tratamiento que consiste en sedar al paciente para aliviar ese dolor, pero no termina con su vida.

La experiencia humana muestra que incluso en medio de la fragilidad pueden surgir algunos de los momentos más valiosos de la vida: reconciliaciones familiares, palabras pendientes, actos de amor, crecimiento espiritual y encuentros profundos con Dios.

Cristo mismo nos recuerda que el sufrimiento no tiene la última palabra. Dios puede sacar bien incluso de aquello que hoy no comprendemos. Muchos pacientes descubren en esta etapa que siguen teniendo una misión: amar y dejarse amar.

La cultura del descarte nos pregunta cuánto vale una persona cuando ya no puede producir. A lo que respondemos que vale exactamente lo mismo que cuando era joven, fuerte y saludable. ¿Y esto cómo? o ¿por qué? Porque existe un Dios creador y Padre de todos, quien nos da la misma dignidad sin distinciones.

No depende de nosotros determinar quién es más o menos importante, quién debe irse o no. Ni nosotros respecto a nosotros mismos. «Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti» dice San Agustin.

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Cuando no comprendemos el dolor, la enfermedad o los tiempos de Dios, podemos mirar a nuestra Madre. La Virgen María, que permaneció al pie de la cruz sin entender plenamente todo lo que estaba sucediendo, es también modelo para quienes acompañan el sufrimiento. Que ella, que guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón, nos enseñe a permanecer junto al que sufre con amor, respeto y esperanza.