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Día: julio 21, 2026

La masculinidad y la feminidad en el origen

¿Qué significa ser varón y qué significa ser mujer? Vivimos en una época rara: por un lado, se nos dice que las diferencias son inventos sociales y que cada uno puede construirse desde cero.

Por el otro, hay una visión determinista de la masculinidad y es tildada de «tóxica» en sí misma. Mientras, pareciera que la mujer tiene permitido ser cualquier cosa, menos femenina. Hay mucho ruido y, sobre todo, mucha herida real que debe ser reconocida.7

Para zanjar cualquier tipo de debate inútil, te propongo ir al origen. Vamos a ver cómo fuimos pensados desde el principio.

El diseño en el taller del escultor

Para entender una obra de arte, es necesario mirar al artista y el momento en que la concibió. En los primeros capítulos del Génesis, Dios actúa de forma muy intencional.

Cuando crea al ser humano, el texto sagrado dice algo bellísimo: «a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó” (Gn 1, 27). No creó un ser humano genérico y después le agregó accesorios. La diferencia sexual está en el núcleo de nuestra identidad.

Juan Pablo II explicaba que en el principio existía una «soledad original». Adán estaba solo entre los animales y sentía que ninguno era como él. No era una soledad triste, sino una toma de conciencia: «soy diferente, tengo un corazón, tengo libertad, puedo amar».

Ahora bien, faltaba algo. Dios mismo lo dice: «no es bueno que el hombre esté solo». Acá viene el misterio. Dios no crea a Eva para ser una empleada o un satélite de Adán. La crea de su costilla, lo que en el lenguaje hebreo antiguo significa «al mismo nivel», hueso de sus huesos, carne de su carne.

Cuando Adán se despierta y la ve, no analiza su anatomía de forma científica. Se le sale el corazón del pecho y se alegra por encontrar un semejante con quien compartir su vida. Hay un reconocimiento mutuo.

¿Qué había ahí en el origen?

Había dos formas distintas y complementarias de reflejar el misterio de Dios.

Entonces, `por una parte, estaba la masculinidad original.Tiene que ver con una fuerza protectora, con la iniciativa de salir, de cultivar, de custodiar el jardín y dar la vida por el otro. El cuerpo del hombre, con su capacidad de dar la semilla, habla simbólicamente de una iniciativa amorosa.

A su vez, por otro, estaba la feminidad original. No es pasividad; es receptividad activa. Es la capacidad de acoger la vida, de humanizar el mundo, de ver a la persona antes que a las estructuras. El cuerpo de la mujer, que tiene un espacio sagrado dentro de sí para albergar a otro ser humano, habla de un misterio profundo: la capacidad de ser un hogar para el otro.

En ese momento, el hombre tenía la fuerza para entregarse y la mujer tenía el deseo profundo de ser acogida, valorada y amada en su totalidad. Se miraban y no había vergüenza, porque no querían usarse. Se miraban y veían un regalo.

El cortocircuito: Génesis 3

Quizá estés pensando: «todo esto suena idílico pero la realidad que vivo es otra». Es verdad. Algo pasó en el camino. Entró el pecado en escena, la desconfianza hacia Dios y nuestras diferencias ya dejaron de ser causa de alegría y pasaron a ser causa de amenaza mutua.

Génesis 3 nos ayuda a comprender esto. Después de la caída, Dios les habla y les muestra las consecuencias de haber roto el lazo de amor con Él. A la mujer le dice algo que suele malinterpretarse: «tu deseo irá hacia tu marido, y él te dominará” (Gn 3, 16).

Dios no está dando un mandamiento ni está dando rienda suelta al mal. ¡No! Dios está haciendo una autopsia del corazón humano herido. Está describiendo cómo se deforma el diseño original por culpa del pecado.

Es conveniente evaluarlo con atención porque es exactamente lo que nos ocurre hoy:

Es decir, en primer lugar, el deseo de ser acogida se deforma: el deseo hermoso de la mujer de ser recibida y amada se transforma en una búsqueda ansiosa de aprobación, en dependencia afectiva o en el intento de poseer al hombre para asegurarse su amor.

En segundo lugar, la fuerza protectora se deforma: la fuerza del hombre, que antes estaba al servicio de la mujer y del jardín, se vuelve peligrosa. Se convierte en dominación, en agresión, en el uso del otro o, peor aún, en una cobardía pasiva que se esconde (como hizo Adán, que se quedó callado mientras la serpiente hablaba con Eva).

C.S. Lewis, en su libro “Los cuatro amores”, explica esto de una manera increíble. Dice que cuando el amor humano se separa de Dios, se convierte en un dios mismo y cuando un amor se convierte en dios, se transforma en un demonio.

La masculinidad sin Dios se vuelve tiranía o egoísmo. La feminidad sin Dios se vuelve manipulación o un vacío afectivo que devora al otro.

Es por eso que hoy vemos tanta tensión. Las heridas del Génesis siguen vivas en las relaciones, los noviazgos, las inseguridades. El hombre hiere con la distancia o el control. Mientras, la mujer sufre por el miedo al abandono o la necesidad de controlar para no ser herida.

La respuesta cristiana

Frente a este desastre, el mundo de hoy nos ofrece una solución bastante mediocre: «si la masculinidad hiere, borremos la masculinidad. Si la feminidad duele, digamos que no existe». Es como si tuvieras un auto increíble, se le rompe el motor y, en vez de arreglarlo, decidís prenderlo fuego y caminar. ¡Un sinsentido!

La respuesta católica no es destruir el diseño; es rescatarlo. Jesús no vino a abolir nuestra carne, vino a redimirla. San Pablo, en la Carta a los Efesios, nos da la clave de la restauración. Dice: «maridos, amen a sus esposas como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella” (Ef 5, 25).

¿Cómo amó Cristo? Muriendo en una cruz. La masculinidad recupera su corona no cuando domina, sino cuando pone su fortaleza al servicio de los suyos, incluso hasta el punto del sacrificio.

Por otro lado, San Pablo a las mujeres les dice: “así como la Iglesia está sometida a Cristo, de la misma manera las mujeres deben respetar en todo a su marido” (Ef 5, 24). Les pide respetar, no como la sumisión de una esclava, sino dejándose amar por ese amor que se entrega.

Pensemos en la verdadera feminidad, no la de las revistas de moda que reduce a la mujer a un objeto, sino la que vemos en figuras como la Virgen María o en personajes con una fuerza interior descomunal, como Madre Teresa de Calcuta.

La feminidad tiene el superpoder de sostener el alma del mundo. Una mujer que sabe quién es, que se sabe amada por Dios, no necesita mendigar afecto ni competir con el hombre. Brilla con una autoridad espiritual que frena cualquier tiranía.

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Para concluir este artículo, te propongo un desafío para tu vida hoy. Te invito a mirar tu propio corazón.

Si sos varón: ¿estás usando tu fuerza para proteger, para comprometerte, para estudiar y trabajar por los demás, o estás escondido detrás de una pantalla, viviendo una vida pasiva y consumiendo la dignidad de las mujeres con un click? Tu diseño es ser custodio de la dignidad de la mujer.

Si sos mujer: ¿estás reconociendo el valor infinito de tu misterio, tu capacidad de intuición, de cuidado, de ser el corazón de tus ambientes, o estás cayendo en el juego de creer que valés solo por lo que mostrás o por cuánto lográs controlar a los demás? Tu diseño es ser acogida y respetada, nunca usada.

El pecado deformó las cosas, nos dejó con miedo y con vicios. Siempre recordá que la gracia de Dios está activa y disponible a cualquiera que se quiera dejar rescatar en su identidad original.