La famosa píldora, llamada por muchos “pastilla anticonceptiva o anovulatoria”, es hoy uno de los métodos contraceptivos más extendidos del mundo. Aproximadamente, unos 100 millones de mujeres la usan en alguna de sus formas: píldora combinada, minipíldora, anillo vaginal, parche transdérmico, implante subcutáneo o inyección.
Precisamente por su uso tan extendido y normalizado conviene conocerlas bien, porque la información que suele recibir la mujer que acude a su médico es, con frecuencia, parcial.
Cómo actúan: no siempre es «solo anticoncepción»
El mecanismo principal de los preparados combinados (derivados de estrógenos y progestágenos) es inhibir la ovulación. No es el único.
Actúan también a otros niveles: espesan el moco cervical para dificultar el paso de los espermatozoides, alteran la motilidad de las trompas de Falopio y —este es el punto más delicado— modifican el endometrio haciéndolo hostil a la implantación de un embrión.
Este último mecanismo es el que convierte a algunos de estos preparados en potencialmente abortivos. Pues podrían impedir que un embrión ya concebido se implante en el útero. No ocurre en todos los ciclos ni con todos los preparados por igual, pero la posibilidad existe y está documentada en las propias fichas técnicas de los fármacos.
El investigador Pau Agullés Simó, en una revisión publicada en Cuadernos de Bioética, estimó que una mujer que usa la píldora combinada durante once años podría sufrir estadísticamente un aborto provocado por este mecanismo. Con la minipíldora o los implantes de progestágeno solo, la tasa asciende a aproximadamente uno por año, dado que en estos preparados la ovulación se da en más del 50% de los ciclos.
Un problema terminológico: ¿qué se considera abortivo?
Durante siglos, la definición fue clara: el aborto es la interrupción del desarrollo del nuevo ser humano en cualquier momento desde la fecundación hasta el nacimiento. A partir de los años 60, el American College of Obstetricians and Gynecologists redefinió el inicio del embarazo situándolo no en la fecundación sino en la implantación. La OMS adoptó esa definición.
Consecuencia inmediata de ello fue que todo lo que ocurre entre la fecundación y la implantación dejó de pertenecer técnicamente al «embarazo». Por tanto, impedir la implantación de un embrión ya concebido dejó de poder llamarse aborto.
Sin embargo, hablando en términos embriológicos, nada ha cambiado: la vida humana comienza desde la fecundación, momento en el que existe una nueva persona, con su propio código genético, distinto de la madre, con vida propia, aunque dependiente. La implantación es un hito crucial en este desarrollo, pero no es el inicio de la vida humana.
Lo que se consiguió con este cambio terminológico fue, en la práctica, comercializar y prescribir como “anticonceptivos” compuestos hormonales que sí podían tener ese efecto antiimplantatorio. Ejemplos son: el DIU de cobre, la píldora del día después y, en distintos grados según el preparado y las circunstancias del ciclo, a varios anticonceptivos hormonales. Que se haya normalizado este lenguaje no lo hace menos relevante moralmente.
Los efectos en la salud
Más allá de la cuestión del embrión, una revisión publicada en Frontiers in Medicine de 2023 recoge los principales efectos adversos documentados. A continuación los detallaremos:
- El uso prolongado de anticonceptivos hormonales reduce significativamente la reserva ovárica, acelera el envejecimiento de las criptas que producen el moco cervical, lo cual puede dificultar la fertilidad futura.
- En salud mental, las mujeres tienen mayor riesgo de depresión y de consumo de psicofármacos y aumenta el riesgo de intento de suicidio. El riesgo es especialmente elevado en adolescentes.
- En sexualidad, reduce la testosterona y eleva la globulina transportadora de hormonas sexuales, lo que frecuentemente se traduce en pérdida de libido y disfunción sexual que puede persistir tras su abandono.
- También el riesgo de trombosis venosa se multiplica entre 4 y 9 veces según el preparado.
- Y el uso prolongado aumenta el riesgo de cáncer de mama y de cuello uterino de forma estadísticamente significativa.
Todo esto figura en estudios con cientos de miles de participantes. El problema es que raramente llega a las mujeres de forma clara cuando se les prescribe el “anticonceptivo”.
La cuestión moral
La Iglesia ha enseñado con claridad, concretamente con la Humanae Vitae (1968) que la anticoncepción es contraria al bien integral del matrimonio. Por otro lado, como ya se comentó, algunos de estos preparados no son solo anticonceptivos. Son también potencialmente abortivos en sentido embriológicamente estricto.
Esto abre un problema moral. No es lo mismo impedir la concepción que eliminar una vida ya iniciada.
***
No se trata de juzgar a las mujeres que usan anticonceptivos hormonales. Pues, la mayoría lo hacen sin información suficiente. Se trata de poner sobre la mesa lo que la ciencia sabe y con demasiada frecuencia se minimiza o se silencia.
Una mujer (junto a su esposo, en el caso que forme un matrimonio) informada puede tomar decisiones libres si conoce la doctrina de la Iglesia y los datos científicos, para buscar alternativas respetuosas con su fertilidad y su salud.