La primera encíclica social de León XIV con gran profundidad desde la Teología del Cuerpo de San Juan Pablo II
Cuando un Papa publica su primera encíclica social, conviene prestar atención no solo a lo que dice, sino también a quién cita. Magnifica Humanitas —el documento de León XIV sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial— deja entrever, en sus notas al pie, una clave hermenéutica decisiva: el autor más citado del documento, con más de treinta referencias, es San Juan Pablo II. Le siguen el Papa Francisco, el Concilio Vaticano II (especialmente Gaudium et Spes) y Benedicto XVI.
León XIV está construyendo su documento programático apoyándose en el magisterio de sus antecesores. Para ello, utiliza los grandes principios de la Doctrina Social de la Iglesia, formulada en gran medida por León XIII. Sin embargo, reconoce en Juan Pablo II un gran aliado para hablar acerca de dichos principios y, al mismo tiempo, de la naturaleza humana.
En el Papa polaco podemos encontrar un gran proyecto catequético, cuyo objetivo fue comprender mejor quién es el ser humano y para qué fue creado. Ese proyecto se llamó Teología del Cuerpo, las 129 audiencias dedicadas al amor humano en el plan divino.
El problema de la IA no es (en primer lugar) moral, sino antropológico
Existe un modo superficial de leer la encíclica: como un manual de ética tecnológica, una guía de buenas prácticas para que la inteligencia artificial no se nos vaya de las manos. Sin embargo, esa lectura traiciona el documento. León XIV es enfático en señalar que «la primera elección no es entre un ‘sí’ o un ‘no’ a la tecnología» (n. 9). La cuestión está en otro lugar.
El verdadero problema —el que recorre toda la encíclica— es una crisis de comprensión del ser humano. La tecnología no es neutra, dice el Papa, porque «toma el rostro de quien la concibe» (n. 9), la financia, la regula y la utiliza. Refleja, en definitiva, la forma de comprender al ser humano propia de la cultura actual. Y hoy no sabemos qué significa ser persona humana.
¿En qué consiste ese problema? León XIV la nombra con una expresión devastadora: la deshumanización consiste en «reducir al otro a un medio» (n. 10). No se trata principalmente de hacer cosas malas con tecnología, sino de algo más radical: la persona ha dejado de ser comprendida como fin en sí misma y ha pasado a ser tratada como medio para otros fines.
Por ello es que León XIV denuncia como profundamente inhumano ver a la persona (o a la población) como datos a extraer para vender y comportamientos que pueden ser modelados, siempre con el foco puesto en la eficiencia.Aquí entra Juan Pablo II como guía indispensable. Porque toda su filosofía —antes incluso que su teología— fue construida precisamente alrededor de esta intuición.
La norma personalista: amar es lo contrario de usar
En 1960, siendo aún un joven obispo polaco, Karol Wojtyła publicó Amor y Responsabilidad. En esa obra formuló lo que él mismo llamó la «norma personalista». La idea es muy simple, pero con gran impacto: la persona es el único ser cuyo trato adecuado es el amor, porque es el único ser que nunca puede ser usado como medio sin que ello constituya una violación a su dignidad. Esto significa que existe una oposición fundamental entre dos verbos: usar y amar.
Usar coloca al otro como medio: lo trato en función de lo que me beneficia, lo evalúo por su utilidad, lo descarto cuando deja de serme útil. La lógica del uso convierte al sujeto en objeto.
Amar coloca al otro como fin en sí mismo: lo reconozco como un misterio irreductible, lo afirmo por lo que él es, no por lo que me da. La lógica del amor reconoce en el otro a una persona.
Esta dualidad es exactamente la que León XIV traslada al plano social y tecnológico. En el número 51 de la encíclica —probablemente el corazón antropológico del documento— el Papa denuncia con precisión la ideología que reduce el valor humano a la productividad: en esa lógica, dice, «la persona termina reduciéndose a un medio» para obtener resultados, «un recurso para ser usado y explotado», y deja de ser reconocida «como fin en sí misma, jamás instrumentalizable» (n. 51). La inteligencia artificial, en sus usos más cuestionables, aplica a escala industrial la antigua tentación de tratar al otro como cosa.
La dignidad como don recibido, no como conquista
¿De dónde viene, entonces, la dignidad de la persona, si no podemos producirla ni demostrarla? Aquí está, quizás, el aporte más revolucionario que la tradición wojtyliana ofrece a nuestro tiempo. Y León XIV lo recoge para aplicarlo a los problemas actuales:
La dignidad humana, afirma la encíclica, es «un don que la precede y la excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla» (n. 50). No la construimos a partir de nuestra autosuficiencia, sino que la recibimos como un don. No depende de nuestras capacidades, riquezas, productividad ni decisiones; sino que depende exclusivamente de que Dios nos ha pensado, amado y creado.
Esta es la consecuencia directa de la doctrina del Imago Dei. El ser humano es imagen y semejanza del Dios trinitario (cf. Gn 1,26-27), del Dios que es comunión de Personas, del Dios que —en palabras de León XIV— es «amor en relación, que se da recíprocamente» (n. 48) y se comunica al mundo.
Juan Pablo II, en su catequesis 9 de la Teología del Cuerpo, formuló al respecto una intuición decisiva: el ser humano se vuelve imagen de Dios no tanto en la soledad, sino «en el momento de la comunión». La dignidad humana es trinitaria antes que individual. Somos imagen de Dios precisamente en cuanto somos seres-para-el-otro, llamados a la communio personarum. Por eso León XIV puede citar inmediatamente después el famoso pasaje de Gaudium et Spes 24: el ser humano «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo» (n. 48).
La dignidad, entonces, no puede ser ganada dependiendo de la eficiencia del sujeto, sino que se recibe como un regalo. Eso es exactamente lo que está en juego en la era digital.
La tentación del Edén digital
Debemos seguir profundizando. El corazón del problema contemporáneo no es solo que tratemos al otro como medio, sino que pretendamos ser nuestros propios creadores. El relativismo cultural, la ideología de la autoconstrucción identitaria, el transhumanismo, las distintas formas de fabricación tecnológica del cuerpo y la conciencia: todas estas corrientes comparten una tentación muy antigua.
El pecado de Adán y Eva no fue, en el fondo, un acto de desobediencia formal a una norma arbitraria. Sino que fue la pretensión de inventarse a sí mismos, de constituirse en fuente última de la verdad sobre el bien y el mal, de reescribir su propia naturaleza, de ponerse en el lugar del Creador. La serpiente fue muy clara cuando los tentó: «serán como dioses» (Gn 3,5).
Juan Pablo II vio con claridad que esta es la tentación de toda cultura que rompe con la verdad recibida. Si el cuerpo no significa nada por sí mismo, si la diferencia sexual no es un dato sino una construcción, si la naturaleza humana es plástica y editable, si la identidad es producto de la voluntad y no don recibido, entonces el ser humano se convierte en su propio dios.
Esto se vende como promesa de libertad, pero si el ser humano va contra su propia naturaleza, saldrá dañado. Basta con ver las consecuencias de la ideología de género en tantos jóvenes que han sido mutilados bajo la promesa de “reasignar el género”.
León XIV utiliza la imagen bíblica de Babel: una humanidad que pretende edificar una ciudad y una torre «cuya cúspide llegue hasta el cielo» (Gn 11,4), una obra concebida —dice el Papa— «sin referencia a Dios» (n. 7), sustentada por la pretensión de bastarse a sí misma. El resultado es siempre el mismo: dispersión, confusión, deshumanización.
Por qué el personalismo cristiano es urgente hoy
Por todo esto, la filosofía personalista de Karol Wojtyła se vuelve especialmente decisiva en este momento histórico. No porque sea un sistema cerrado o una escuela académica, sino porque ofrece exactamente lo que falta en el debate público sobre la IA: una comprensión integral de la persona como totalidad encarnada, relacional, libre, recibida como don y orientada al amor.
Cuatro intuiciones del personalismo wojtyliano resultan especialmente fecundas:
Primera: la persona no se define por sus funciones (lo que hace) sino por su ser (lo que es). Una persona enferma, ineficiente, anciana, no nacida o cognitivamente disminuida sigue siendo persona, y por lo tanto sigue teniendo dignidad infinita.
Segunda: el cuerpo no es un envoltorio accidental sino el lenguaje visible de la persona. Por eso la diferencia sexual, la generación, el envejecimiento y la muerte no son problemas a resolver tecnológicamente: son dimensiones constitutivas de nuestra humanidad. Al mismo tiempo, la pretensión de superar los límites de nuestra naturaleza, tiene una respuesta: la eternidad que nos regala Dios, no la que pretendemos auto-construirnos.
Tercera: la libertad no consiste en ausencia de límites sino en capacidad de donarse. Soy más libre cuanto más capaz soy de salir de mí mismo hacia el otro. Porque, en definitiva, la libertad no es un fin en sí mismo, sino que es para amar.
Cuarta: la verdad sobre el ser humano no se construye desde la nada: se recibe, se acoge, se contempla. Adán y Eva pretendieron edificarla y terminaron deshumanizados.
Estos cuatro principios, articulados por Juan Pablo II y recogidos sistemáticamente por León XIV, configuran lo que podríamos llamar el antídoto cristiano contra la deshumanización tecnológica.
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Conclusión: permanecer humanos
La consigna que León XIV ofrece a la Iglesia y al mundo es hoy más necesaria que nunca: «permanecer profundamente humanos» (n. 15). No «ser más” desde la autosuficiencia, sino reconocer que el primero que nos llama a «trascender nuestros límites” es el mismo Dios cuando nos quiere hacer partícipes de su propia naturaleza por medio de la santidad. Eso es “permanecer humanos”.
Esto también implica volver al principio. Significa redescubrir que somos imagen y semejanza del Dios trinitario, que nuestra dignidad nos precede y excede, que somos cuerpo y espíritu, varón y mujer, llamados a la comunión, hechos para amar y no para usar, recibidos como don y no fabricados como producto.
Significa, en definitiva, aceptar lo que María acepta en el Magníficat: que la magnifica humanitas no es obra nuestra, sino obra de Dios. Y que nuestra grandeza no consiste en construirnos a nosotros mismos, sino en dejarnos construir por su amor.