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Día: mayo 6, 2026

La libertad de los hijos de Dios en la carta a los Gálatas: un pensamiento para la vida conyugal

«Para la libertad nos liberó Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir de nuevo bajo el yugo de la esclavitud» (Gál. 5,1).

El Apóstol Pablo afronta el problema de la interpretación legalista de la Escritura. Muchos cristianos venidos del judaísmo piensan que deben continuar su vida viviendo como judíos. San Pablo les explica que nunca se trató de la Ley, sino de la Fe (cf. Gál. 3, 11s).

Eventualmente, no se trata de cumplir, sino del motivo que me empuja a hacerlo. Nunca fueron las obras a justificar, sino la gracia de Dios que coopera para que actuemos de esta manera y participar así del único mérito verdadero: el de Cristo.

La libertad pues, comienza a poder ser interpretada como la negación del yugo del legalismo judaizante, que incluso pretendía que los cristianos pasaran primero por la circuncisión antes del Bautismo. Las sombras, como aquellos ritos y leyes, deben ser dejadas de lado para dar lugar a la realidad que ellas mismas indican (cf. Santo Tomás de Aquino, STh. III, 62, 6).

La libertad de la cruz

Así, nuestro santo Apóstol escribe “Mas yo por la misma Ley he muerto a la Ley, por vivir para Dios; estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál. 2, 19s). El Doctor común explica que se trata de vivir para la Ley del Espíritu (Rm. 8, 2) en lugar de la ley de la carne o temporal (cf. In Gal., lectio 6 [104]). En otras palabras, no quiere decir que el Antiguo Testamento quede inválido en materia de fe y moral, sino que ha sido superado en estos mismos temas. Sin embargo, esta superación no implica anulación en sentido literal, trata de una asunción plena.

Pues, la libertad de la que tratamos aquí es sólo posible para aquel que ha dejado hacer de su vida ocasión de cumplimiento exterior para pasar al sentido del primer pedido de dicho cumplimento, es decir, el por qué Dios exigía aquello al Pueblo. A pesar de que pueda parecer sencillo comprenderlo en palabras es, sin lugar a dudas, difícil de entender a nivel afectivo. ¿Qué implica para un católico estar crucificado con Cristo para ser libres? ¿Acaso los mismos clavos no son una paradoja?

Soy lo que doy: el yugo y la caridad

San Juan de la Cruz parece resolverla muy bien:

y a cabo de un gran rato se ha encumbrado

sobre un árbol, do abrió sus brazos bellos,

y muerto se ha quedado asido dellos,

el pecho del amor muy lastimado”

(Otras canciones a lo divino de Cristo y el alma, 5).

“El amor me lo ha explicado todo” decía san Juan Pablo II (Canto al Dios escondido). Ciertamente es así. Los clavos del amor son el signo de la libertad: “no hay mayor amor que dar la vida por los amigos” (cf. Jn. 15, 13).

Pensamos que algo esencial en la enseñanza de Cristo es que la caridad enseña al hombre quién es el mismo hombre y, por ende, todo lo que se dice de él, entiéndase, en este caso, la libertad. La presunta paradoja de que un clavo inmovilice es porque el amor implica reposo.

El amor supone compromiso

No se trata de girar y girar como Paolo Malatesta y Francesca da Rimini, como encontramos en el segundo círculo del infierno de Dante (Divina Comedia), sino de reposar en el pecho del amado:

Quedéme y olvidéme,

el rostro recliné sobre el Amado

cesó todo, y dejéme,

dejando mi cuidado

entre las azucenas olvidado.

(San Juan de la Cruz, Coplas hechas sobre un éxtasis de harta contemplación).

Nunca se trató, pues, de movimientos varios, ligeros o pesados, sino de ir en una dirección hacia el objetivo. Pensamos que nadie podría llamar “buen arquero” a aquel que tras de mil flechas atina al blanco, sino a quien lo hace de un intento. Tampoco podríamos decir que es prudente aquel que teniendo poca nafta cargada se desvía una y otra vez por cada giro de la autopista.

La vida de la que se nos habla aquí exige un compromiso amoroso con una persona, en la que estamos clavada con los clavos de Cristo, el sacramento del matrimonio. No hay de otra. Así, como nuestro Señor en la Cruz, nosotros amamos los clavos que nos permiten dar la vida por aquella que se crucifica junto a nosotros en la Santa Cruz. Así, los esposos dicen al unísono “y ya no vivimos nosotros, es Cristo que vive en nosotros”.

La libertad de confiar en Él

Pensamos que la medida desmesurada y desmesurante de la caridad de esta vida cristificada es la única que luego merece la Pascua. La paradoja humana es la alegría divina. No entendemos lo que Dios bien sabe es nuestro bien, pero confiamos y echamos las redes. Estamos seguros que aquí se aplican las palabras de Santo Tomás de Aquino de manera luminosa: “es mejor amar a Dios que conocerle, y al revés: es mejor conocer las cosas caducas que amarlas” (STh. I, 82, 3, r.).

Nuestra libertad no se trata de ser grandes conocedores del amor, sino de experimentar el pequeño camino de la humildad y la confianza en las palabras y obras del Señor. Sólo por la estrechez se halla la grandeza.

La caridad conyugal: una explicación del “yugo”

La caridad conyugal es libre porque esclaviza en el mismo amor de Cristo. De faltar este, es inevitable la esclavitud del pecado a través de las grandes puertas de la soberbia y la arrogancia. Cuando no es Cristo quien explica el amor, ¿quién lo hace? ¿Él? ¿Ella?

Todo lo bello que está llamado a ser el amor por el servicio (cf. Jn. 13, 1-17) se termina transformando en la lucha del poder (cf. Thomas Hobbes, El Leviatán) de quien se erige en señor de las definiciones dentro del matrimonio (“no me amás porque no hacés esto o lo otro”).

Cuando inicia el quinto capítulo de la carta, se nos pide “no os dejéis sujetar al yugo de la servidumbre” (5, 1). ¿No somos, acaso, “cónyuges”? ¿Yugo?

El hombre, por su condición y conciencia de creatura, está siempre en situación de servidumbre. El problema no es este, sino a quién servimos, ya que “no podéis servir a dos señores” (Mt. 6, 24). El “yugo” que llevo “con” mi esposa me hace “cónyuge”. Tenemos que tener en claro de qué se trata ese yugo al que está sujeto nuestro matrimonio.

Aquí redunda parte de la libertad. El peso de la ley y del pecado contrasta fácilmente con Cristo, quien nos invita: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt. 11, 28-30).

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La carta a los Gálatas nos invita a una libertad matrimonial exuberante en alegrías. El mismo Cristo nos enseña a vivir nuestra vida de esposos con la conciencia de la Cruz y la promesa de la Pascua. Una libertad que se enraiza en la posibilidad de amar a nuestro cónyuge con la fervorosidad de Nuestro Señor sin esconder las heridas de los clavos y el peso del yugo porque ambos son signos de una entrega profunda de amor.