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Día: septiembre 12, 2025

¿Relaciones sexuales antes del matrimonio?

Matrimonio Haase Estevez

La relación sexual implica el don de la persona en la verdad del amor inscrita en el mismo lenguaje del cuerpo. Esta enseñanza surge fácilmente a partir de la lectura de las Catequesis de san Juan Pablo II sobre la redención del cuerpo y la sacramentalidad del matrimonio, conocidas como “Teología del cuerpo”. Intentaremos explicar de modo breve los puntos esenciales.

Puntos centrales para pensar la acción

Existe en nosotros una dinámica natural que se expresa en el impulso del sexo. Éste no debe confundirse con el instinto, como remarca Karol Wojtyla, en Amor y responsabilidad. El primero indica un empuje, una invitación, mientras que el segundo define y obliga.

Al instinto lo encontramos en todos los animales, los cuales no pueden hacer otra cosa que obedecer a éste. El instinto principal entre ellos es la supervivencia de la especie. Por este motivo, la actividad sexual es administrada por este mismo instinto, como ley natural impresa en ellos que los gobierna de forma taxativa.

En el caso de la persona, no hallamos una determinación sino una invitación. Es decir, experimentamos que tenemos cierta inclinación al acto sexual. A su vez, sabemos que el impulso no es algo que nos obliga a realizar la acción. O sea, que lo primero que debemos tener en cuenta es que existe una libertad unida al impulso: se despierta algo en nosotros (pasión) y elegimos hacerlo o no.

En segundo lugar, está el cómo hacerlo. El acto sexual, por ejemplo, está ordenado naturalmente a la procreación. O sea, en el mundo animal observamos que está unido a la preservación de la especie a partir de la generación.

En el hombre notamos que existen dos significados: unitivo y procreativo. El primero refiere al amor y a la comunión que se ve promovida por la fidelidad esponsal. El segundo, a la acción conjunta de los esposos con Dios para la creación de una nueva persona.

Estos dos significados marcan una gruesa línea de separación entre los animales y el hombre. Los primeros no buscan una amistad, pues no tienen una identidad a partir de la cual exista la reciprocidad, ni una participación activa de la Creación de Dios, sino que son gobernados necesariamente por el instinto.

El hombre (como humanidad, varón y mujer), experimenta el impulso de una manera distinta al animal y distinta en cada individuo. ¿A qué se debe esta variante? A la disposición. Santo Tomás de Aquino recuperaba la vieja sentencia “se recibe al modo del recipiente” para mostrarnos que no todos pensamos y ni queremos lo mismo por la diferencia en el desarrollo y la perfección de nuestra inteligencia y voluntad.

El problema no es simplemente el deseo, sino, sobre todo, el recipiente que se ve llenado por aquel deseo.

Aquí entra en juego la intención.

Si bien el acto no depende enteramente de la intención, es importante observar que ella marca una especial forma de unión entre la persona y el acto que realiza.

Así, el juicio de la persona sobre la acción (¿hago o no?, ¿cómo lo hago?) es lo primero. Luego viene la ejecución en la que contemplamos la consciencia y, por ende, la responsabilidad. Sé que quiero hacerlo, ahora cómo hacerlo sabiendo que soy responsable porque debo saber dar razones sobre mi actuar.

Para determinar la responsabilidad basta con la pregunta sobre el motivo de la acción: ¿para qué? Si la persona no está en posición de responder, sabemos que no existe intención. Sin embargo, si alguien puede responder el para qué de su actuar, sabemos que existió intención en la acción y que fue un acto voluntario.

Si bien es evidente que la responsabilidad varía por edad, ocupación y situación actual, siempre está. Por último, resta aclarar que el mismo acto se vive de una manera distinta dependiendo ante quien deba responderse. Es decir, si debo rendir cuentas a mi amigo o a mi jefe, la tensión y la formalidad son distintas.

Cuando intentamos vivir una vida cristiana, ponemos como interlocutor en cada acción a nuestro Señor. Así debemos responder ante Él todo acto que pensemos y obremos preguntándonos si el mismo nos acerca o no a parecernos más a Jesús.

Participación de una riqueza

Vemos, entonces, que el acto tiene una dinámica propia establecida por el Creador. El hombre no crea sus impulsos, sino que los condiciona mediante el hábito que sea bueno (virtud) o malo (vicio). Así, recibe al modo del recipiente, si es virtuoso comprenderá las pasiones ordenadamente, si vicioso lo contrario.

Con este primer dato sabemos, a su vez, que la pasión tiene una riqueza y bondad en sí misma porque es dada por Dios. Por este motivo, existe una forma correcta de vivirla. No se trata de un voluntarismo humano de inventar cosas, sino de un descubrimiento y una comprensión con sabiduría de lo que ocurre en nosotros.

Esta afirmación es crucial para entender que en esta misma información preconciente hay, a su vez, una invitación a algo superador: la santidad. El impulso sexual conserva una riqueza que estamos llamados a vivir como ser humano con libertad. Sin embargo, la libertad no radica en inventar, sino en participar de algo que es mayor a nosotros mismos.

Elegimos pues, participar de aquella riqueza mediante un acto conjunto con la dinámica propia de la pasión. Comprender esto, ciertamente, requiere detenerse y reflexionar como persona responsable: ¿para qué? ¿Existe verdadera participación en una riqueza o, por el contrario, es mera invención o vivencia animal del impulso como instinto?

Karol Wojtyla afirmaba que no somos simples cauces por donde pasa el agua, sino verdaderos agentes de nuestras acciones. Por este motivo, la responsabilidad se presenta como algo necesario a considerar en el plano de la acción.

Somos responsables porque somos libres. Somos libres porque estamos invitados a elegir una riqueza superadora de nuestras capacidades.

La relación sexual antes del matrimonio

La relación sexual fuera del matrimonio no responde a la grandeza de la vocación humana, sino a un desconocimiento de su verdad y significado.

Como veíamos antes, la enseñanza de san Juan Pablo II sobre el amor humano nos muestra, a través de la Revelación, que la unión sexual tiene en sí misma un lenguaje propio que es objetivo y que no depende de nosotros.

Se trata del lenguaje del cuerpo que Dios escribió en su Creación. La persona está llamada a descubrirlo. Este lenguaje nos revela la verdad de la sexualidad escrita en nuestra carne por Dios.

La estructura y dinámica del acto sexual habla por sí misma. A su vez, se trata de un código universal, que es igual para todos los tiempos y culturas. La diferencia está en cuán limpia o nublada esté nuestra mirada para poder verlo.

Esto no depende sólo de nuestra intención sino también del tipo de la formación que hayamos tenido en el tema. Varón y mujer están llamados a ser profetas del lenguaje del cuerpo. Es decir, a custodiarlo y a anunciarlo con su vida misma.

En sentido opuesto, nos encontramos ante una falsificación del lenguaje del cuerpo, con el cual decimos algo que no está en congruencia con las demás dimensiones de la persona. Cuando el acto sexual se da fuera del matrimonio se actúa de forma desintegrada, rompiendo la coherencia que debe haber entre la dimensión física y la espiritual.

La unión sexual de los esposos (acto conyugal) nos habla en su esencia de una entrega total, fiel, libre y fecunda. ¿Qué sucede en las relaciones prematrimoniales?

¿Totalidad antes del matrimonio?

Acontece que en ese acto, aunque pueda darse en un contexto afectuoso que busca algo aparentemente bueno, no se está dando la entrega total de las personas como pretenden decir los cuerpos.

Ellos no han entregado sus vidas para siempre en el marco de la promesa nupcial, que se hace pública y que entrega la totalidad de las dimensiones de los esposos: física, espiritual, psicológica y social. Comparten el cuerpo, pero aún se están reservando gran parte de sus personas que no están implicadas en esa supuesta entrega.

Se crea una falsa idea de intimidad, ya que la verdadera intimidad conyugal abraza con el cuerpo y el corazón a la totalidad del amado.

¿Fidelidad antes del matrimonio?

Por otro lado, en una relación sexual prematrimonial tampoco se puede hablar de una entrega absolutamente fiel, otra de las características del amor conyugal. Si bien a menudo los novios que tienen vida sexual activa son fieles el uno al otro en el sentido más simple de la palabra, no se puede afirmar que el acto sexual que tienen sea plenamente fiel.

La fidelidad inscrita en la verdad de la relación sexual reclama las exigencias mismas del matrimonio, es decir, una entrega exclusiva al esposo o esposa. La fidelidad implica también la temporalidad, tiempo que entregamos al otro incluyendo el futuro, dentro del cual ya no nos pertenece la posibilidad de decir “no”, sino que la hemos entregado a Dios en el mismo instante del matrimonio.

¿Libertad antes del matrimonio?

La tercera característica, la libertad, también se encuentra afectada en estas relaciones. Las mismas no se dan en el contexto de la libertad genuina del don completo. Al contrario, muchas veces los novios, en especial las mujeres, se sienten manipuladas emocionalmente por los varones para tener relaciones por temor a ser dejadas.

Consienten cierta actividad sexual sólo para poder mantener el vínculo. De hecho, en numerosas ocasiones se teme terminar una relación que es mala porque ya se ha avanzado demasiado respecto del sexo, situación que quita libertad en el discernimiento adecuado del vínculo.

Vale la pena mencionar, también, la gran cantidad de parejas que deciden tener relaciones antes de casarse o incluso convivir para evaluar una supuesta compatibilidad sexual. Es claro en estos casos que se trata de probar al otro en la cama para ver cuán bien nos sentimos. ¿De qué libertad podemos hablar así?

¿Fecundidad antes del matrimonio?

Finalmente, la última característica importante de la dimensión sexual del amor es la fecundidad. Se trata, además, de uno de los dos significados del acto conyugal.

La fecundidad es entendida tanto desde la posibilidad de engendrar hijos como también la multiplicación del amor de los cónyuges por fuera de sí mismos, hacia los demás. Claro está que este significado del lenguaje del cuerpo es dejado de lado en la gran mayoría de las relaciones prematrimoniales.

Aún no tienen los recursos ni la solidez del vínculo que se necesitan para formar una familia y lo saben, por eso el embarazo es ungran riesgo a evitar. A su vez, tratándose de un amor que no se ha entregado por completo por quienes realizan el acto, tampoco puede expandirse hacia afuera porque primero necesita ser generado desde dentro.

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En base a todo lo que hemos reflexionado, podemos afirmar que la sexualidad tiene una verdad intrínseca que implica una plenitud de amor acorde a nuestra imagen y semejanza con el Creador. Esta verdad y esta plenitud no son vividas en las relaciones prematrimoniales, en las cuales se da sólo una ilusión de intimidad y una falsificación del lenguaje del cuerpo.

La Iglesia, que es Madre y Maestra, nos enseña que el amor humano se vive según su dinámica propiamente natural. Es decir, según la voluntad de Dios, quien lo ha creado, que lo llama a una verdadera plenitud histórica en el estado de vida que hayamos escogido.