Las apps de citas no son malas en sí mismas, pero su diseño nos invita a tratar a las personas como productos de un catálogo: comparables, intercambiables, descartables. El problema de fondo no es tecnológico, sino antropológico: hemos confundido usar con amar.
Hay un gesto que define nuestra época: un dedo en la pantalla, “escroleando”, decidiendo en menos de un segundo si otro ser humano merece o no nuestra atención. Deslizar, descartar, deslizar otra vez.
Quiero detenerme en ese gesto, porque creo que dice mucho más de lo que parece. No vengo a condenar la tecnología ni a quienes la usan. Algunas parejas sanas se han conocido a través de una aplicación de celular.
Vengo, más bien, a hacer una pregunta incómoda: ¿qué le ocurre a nuestra forma de amar cuando aprendemos a buscar pareja como quien hojea un catálogo? ¡Veamos!
La arquitectura del descarte
Conviene mirar primero cómo están construidas estas plataformas. Tinder, la app que popularizó este deslizamiento de pantallas, cuenta con decenas de millones de usuarios que pasan, según distintos estudios, alrededor de 1.500 millones de perfiles al día.
Un informe de Badoo calculó que un millennial dedica una media de 90 minutos diarios a estas aplicaciones. ¿Por qué tanto tiempo? Porque el diseño está pensado para retenernos: el deslizamiento infinito funciona como una máquina tragamonedas.
Es lo que llamamos un programa de reforzamiento variable: la recompensa —un ‘match’— aparece de forma impredecible. Pues esa incertidumbre nos mantiene deslizando. No es casualidad: está cuidadosamente diseñado.
Muchos usuarios describen esta dinámica como “coleccionar cromos”, como si se tratara del álbum del Mundial: acumular coincidencias con personas con las que luego no intercambian ni dos palabras. Estas aplicaciones se han convertido en una “tecnomercancía emocional”, una mercancía que vende emociones y, al hacerlo, altera profundamente nuestras formas de relacionarnos.
Esa es la palabra clave: mercancía. La app toma la lógica de un catálogo comercial (productos que se comparan, se colocan en el carrito de compras, y se eligen o se descartan) y la aplica a personas. Encaja perfectamente en lo que el papa Francisco llamó la cultura del descarte.
El problema no es la tecnología, es la antropología
Aquí está el corazón del asunto. El filósofo Martin Buber distinguía dos modos fundamentales de relacionarnos con el mundo. Podemos tratar al otro como un Ello: un objeto que observo, clasifico y uso para mis fines. O podemos tratarlo como un Tú: una presencia única e irrepetible ante la que me detengo, me encuentro y me dejo transformar.
El ‘escroleo’, por su propia mecánica, nos educa en el modo Ello. Reduce a una persona (con su historia, sus heridas, sus risas, su manera particular de mirar la vida) a una fotografía y tres líneas de biografía. Y nos pide juzgarla en un segundo. No hay encuentro posible en un segundo, solo encasillamiento.
Karol Wojtyła, mucho antes de ser Juan Pablo II, formuló lo que llamó la norma personalista: una persona nunca puede ser tratada como un medio para un fin, sino siempre como un fin en sí misma. Lo contrario del amor no es el odio; es el uso.
Y la lógica del catálogo, sin proponérselo, nos entrena en este último: el otro vale en la medida en que satisface mis criterios de búsqueda. No es que quien use una app sea incapaz de amar. Más bien, la herramienta empuja en una dirección, y vale la pena ser conscientes de hacia dónde.
Cómo usar las apps sin perder el alma
No se trata de demonizar la tecnología ni de exigir un regreso al pasado. Se trata de usar estas herramientas con conciencia, sin dejar que su lógica degrade nuestra forma de mirar a las personas.
Algunas claves que pueden ayudar:
- Recuerda que detrás de cada perfil hay un Tú. Antes de descartar a alguien en un segundo, piensa que estás frente a una persona con una dignidad que ninguna foto puede contener.
- Pon límites al tiempo y a las conversaciones abiertas. Mantener veinte chats a la vez es la mejor forma de no construir ninguna comunicación real. Menos opciones, más presencia.
- Lleva el vínculo a la realidad cuanto antes. El encuentro auténtico ocurre cara a cara, no en el carrusel infinito de perfiles.
- Cuida tu autoestima. Tu valor no se mide en «matches». Un descarte no dice nada sobre tu dignidad; muchas veces solo habla del algoritmo y del azar.
- Pregúntate qué buscas de verdad. Si lo que el corazón anhela es ser amado tal como eres, ninguna validación instantánea va a saciarlo.
* * *
La pregunta no es si usamos o no las apps. La pregunta es si, mientras las usamos, seguimos creyendo que el otro es un Tú irrepetible o lo hemos convertido, sin darnos cuenta, en un producto más del catálogo.
Amar fuerte exige resistir esa lógica. Exige detenerse, mirar de verdad y arriesgarse al encuentro. Puedo encontrar amor verdadero en una app, pero no porque esta lo garantice.
El amor verdadero no surge de filtrar opciones hasta dar con la persona perfecta, sino de decidir entregarte a un ser humano real. Si usas estas aplicaciones como puente hacia un encuentro genuino y no como un catálogo para coleccionar coincidencias, puede ser un buen comienzo.