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¿Que somos?: un vínculo sin título

Cada vez es más común encontrarnos en un mundo que no ofrece ideas sólidas y concretas para definir nuestra realidad. Pareciera que hoy día entre más general sean las cosas, mejor.

Las ideas del mundo moderno nos impulsan a “abrir la mente” y a “salir de lo “tradicional”. Si a esto lo llevamos al plano de lo afectivo, algo pareciera que no combina bien. Cuando se trata del amor, nadie está dispuesto a arriesgar su corazón. Es decir, hay un miedo muy fuerte al dolor y al sufrimiento.

En esa línea, cada vez es más frecuente encontrarse en consulta con la dificultad que tienen las personas de definir su situación sentimental. ¿Cuál es la raíz de esto? ¿Qué consecuencias trae? Aquí te comparto mis reflexiones al respecto.

Lo que soy para ti

Todos llevamos en nuestro interior el anhelo de ser alguien para el otro. El ser humano fue hecho para el encuentro. No hay una manera mayor en la que naturalmente pueda ser feliz que saliendo al encuentro del otro.

Incluso en varios pasajes del evangelio Jesús ve la necesidad de que los demás entiendan quién es Él. Recordemos el siguiente: “¿quién dice la gente que soy yo?” (Mc. 8:27-30), y en otro se escucha la voz de Dios Padre diciendo: “este es mi hijo amado, en quien tengo mi complacencia” (Mt 3:17, Mt 17:5). Todos tenemos la necesidad de ser reconocidos, y no en el tono vano de ser alagados y aplaudidos, sino en el sentido de pertenecer a alguien, de tener un lugar en la vida de otros.

Este anhelo, lejos de ser una forma soberbia de reconocimiento, responde al saber que tenemos un lugar y pertenecemos a alguien que nos ama.

Un corazón defraudado

Todo se derrumba con el pasar de los años. A medida que pasa el tiempo, podemos tener experiencias donde hemos sido defraudados por los demás. En la historia de muchos, hay ausencias de papá o mamá, promesas sin cumplir, heridas por abandono o rechazos,  falta de aceptación de quienes más dicen amarnos, situaciones de abuso que quebrantaron nuestra pureza, etc. Esto poco a poco va minando la confianza, la capacidad de donación a los demás.

Por ese dolor, empezamos a mirar con distancia las promesas de los demás, a no creer que la promesa de amor es real y que lo mejor que podemos hacer es tomar una distancia, no entregarnos del todo, estar protegidos ante cualquier amenaza de herida que venga sobre nosotros. Por tanto, entre menos compromisos adquiramos con los demás, pareciera ser que más seguros estaremos.

Necesidad de sanar

Lo que hoy no  permite estar sano es, justamente, las heridas abiertas y la falta de reconciliación consigo mismo. A raíz de nuestras heridas, se toman decisiones que creemos que nos harán proteger más.

Así, podemos pensar “mejor no asumir un compromiso” o “mejor no vincularme tanto porque podré ser herido de nuevo”. También solemos escuchar el “todos los hombres/mujeres son iguales”. Estas, entre tantas otras ideas, terminan reflejando la decepción y la distorsión que es capaz de traer una decepción amorosa a la vida de alguien. 

De a poco, entonces, se empieza a apagar ese llamado del amor, se mira a las personas con distancia y sospecha de poder ser lastimados. Por eso, se vuelve urgente poder sanar el corazón, para no apagar su real llamado al amor

La necesidad de nombrar

Poder darle un nombre a las cosas es lo que nos ayuda a trabajar fuertemente por ellas. Durante la terapia psicológica es este uno de los momentos clave del proceso de sanación de los pacientes: darle nombre a lo que sientes, es decir, dolor, tristeza, decepción, rechazo, miedo, etc.

Nombrar las cosas da orden, te ayuda a aceptar la realidad, a madurarla, a actuar de modo consecuente con lo que nombras. Por tanto, nombrar la relación no es solo poner un “título”, sino asumir un estado, asumir una responsabilidad sobre el otro.

“El amor consiste en un compromiso profundo de la persona con la persona” decía San Juan Pablo II en Amor y Responsabilidad. No está bien naturalizar las relaciones de pareja sin un compromiso formal. Pues, así, normalizamos el no asumir el peso de nuestras decisiones y la responsabilidad sobre el otro.

***

En conclusión, poder amar implica una plena disponibilidad para asumir la responsabilidad sobre la persona que es amada. Para lograr esto es importante asumir todo aquello que me ha herido y hoy no me permite entregarme a al otro, sino verlo con distancia y reserva, porque la dinámica propia del amor tiende a la entrega y la donación plena sobre el otro.

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