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“Up: Una Aventura de Altura”, o sobre la madurez del amor

“Del mismo modo que es mejor iluminar que solamente brillar, asimismo es más grande dar a los demás las cosas contempladas que solamente contemplarlas.” (Sto. Tomás de Aquino)

 

Quien cree que el cine es solo cine, tristemente se pierde de grandes cosas. Sí, es verdad, en estos días ha sido rebajado al mero entretenimiento —¡como todo!—, desembocando en un escenario lamentable. Pero, en su defensa, aún quedan un puñado de producciones que siguen resguardando su lugar como “séptimo arte”.

 

Y es que hay películas que, si nos detenemos, no podemos decir que “son solo películas”. Hay algo escondido en ellas que nos invita a la reflexión y a la búsqueda de algo más. Desde clásicos como Ben-Hur (1959), La Sociedad de los Poetas Muertos (1989), Toy Story (1995) … hasta obras relativamente nuevas como Up: Una Aventura de Altura (2009).

 

Siendo una de esas joyitas de Píxar —cuando aún valía la pena—, la cinta nos narra las aventuras de un anciano, el sr. Fredicksen, que emprende un viaje de ida al lugar soñado de su difunta esposa: Las Cataratas del Paraíso. Lo estrafalario es que su medio de transporte es su propia casa… elevada por globos. No obstante, Up ha trascendido no tanto por su trama principal, sino por su subtrama, sutil pero que atraviesa la historia de principio a fin: el amor entre el protagonista y su esposa Ellie.

 

La naturaleza del amor

 

Existe una idea confusa de lo que es el amor. Y eso es porque solo se lo entiende en términos de relaciones afectivas o sexualidad. Es el caso de canciones o películas que representan una simplificación de su sentido, o peor aún, lo tergiversan. También he notado que ni los católicos comprendemos el amor en su profundidad, limitándolo al concepto de “virtud”.

 

Amor, en su forma radical, es un afecto: “amor, en general, es cierto afecto o tendencia afectuosa del apetito hacia el bien” (P. Ismael Quiles). La naturaleza humana posee una atracción al bien. Eso lo verificamos al percatarnos de que todo lo que hacemos, lo hacemos buscando lo que nos perfecciona y nos beneficia. Y esa atracción es lo que los sabios han calificado como “amor” en su sentido más universal. La persona que ama, ve en aquello que ama una vía hacia su plenitud. Por esa razón, lo busca constantemente, e incluso termina identificándose con eso —caso, por ejemplo, del amante del alcohol que se termina convirtiendo en un “alcohólico”—.

 

Pues bien, como cualquier afecto, el amor no es de partida algo “virtuoso”. El hombre puede tener como objeto de su amor desde los fines más nobles hasta las cosas más vulgares. Pero como cualquier afecto, puede perfeccionarse, adquiriendo un carácter de virtud.

 

El amor a lo que nos hace bien

 

Cuando se ama a algo, se renuncia a todo lo demás con tal de contemplar y estar con ese ser amado. Los antiguos comprendían esto. Las relaciones de un hombre deben estar constituidas buscando el bien que más lo ennoblezca. Es decir, las relaciones que se funan en el placer (eros) no terminan de satisfacernos. El placer es insaciable y si amamos a alguien solo por el disfrute físico que nos provoca, nos desilusionaremos cuando envejezca.

 

En ese sentido, un amante se debe procurar un amado que satisfaga sus necesidades más profundas. La búsqueda de la verdad, el saber y la virtud es lo que nos identifica naturalmente, mucho más que el goce físico. Sócrates —testimoniado por Platón— argumentaba que un amante podrá ser más feliz en cuanto ame a quien le ayude a ser más sabio. Esa especie de amor, más pleno que el erótico, toma el nombre de filia, y es aquél que ve en el otro una posibilidad de ser mejor. Es interesado, al igual que el eros, pero más noble en cuanto que persigue los bienes espirituales.

 

Así, una persona termina convirtiéndose en nuestra fuente de la felicidad. Su presencia nos llena de dicha, nos sentimos seguros y nos inspira a buscar la virtud. Tal es el caso de Up, en donde nuestro protagonista Carl, descubre la razón de su amor en su esposa Ellie. No es un amor erótico, claramente, pues va más allá de una atracción física. Él la adora, en toda su persona, tan así que hasta después de su muerte la sigue amando. El sr. Fredicksen halló en ella un bien, uno muy bonito y que se convertiría en el motivo de su aventura.

 

El amor a hacer el bien

 

Sin embargo, el amor del anciano fue insuficiente. Ellie muere y, ¿qué esperar cuando se cree que la razón de la felicidad está en una persona? No podemos basar nuestra plenitud en alguien, pues eso limita el sentido de nuestra vida a un ser que, por más que lo amemos, no será para siempre. Cuando su esposa muere, el mundo de Carl se derrumba en una secuencia absolutamente chocante. Su actitud cambia, su semblante se desfigura, e incluso los colores de la película se vuelven más oscuros. Se ha convertido en una persona malhumorada, indiferente y abrazado a los recuerdos de aquella mujer a la que tanto amó (en especial, su casa). Ellie se ha ido, y con ella, el amor de nuestro personaje quien, sin más propósito, se sienta en su pórtico a esperar su muerte.

 

Pero el ser humano debe trascender aún más. No basta quedarse con aquella persona ¿De qué vale que el amado nos enseñe la verdad si no la practicamos? El pupilo de Sócrates, Platón, aportó a aquél planteo de su maestro explicando que el amor es un ascenso a bellezas mucho más grandes: “¿No crees que sólo entonces, cuando el hombre vea la belleza a través de lo visible, le será posible engendrar (…) virtudes verdaderas, ya que estará en contacto con la verdad?”.

 

Existe otra clase de amor, uno que no echa raíces en las cosas ni en las personas. Es el salto del afecto a la virtud. Es dejar de amar las cosas porque son buenas… y empezar a amarlas porque se ama el bien. Los cristianos romanos tenían una palabra para esto: “caritas”. Es el amor incondicional al prójimo por amor al Bien mismo. Y buscar el bien del prójimo por amor al Bien.

 

“Gracias por la aventura ¡Ahora ve por más!”

 

De amar buscando el bien propio, ascendemos a otro tipo de amor, que es buscar el bien del otro. Suele decirse que hay “más felicidad en dar que en recibir”. Frase trillada pero muy certera. Y es porque mientras que recibir depende de algo externo, el dar nace de uno mismo, de la propia virtud. Exige una disposición interior en la que nos identificamos —¡nos hacemos idénticos!— con esa Verdad reconocida. En modo de esquema: el hombre descubre el Bien; luego el hombre imita al Bien —se identifica—; y de ese modo, el hombre transmite el Bien a través de su vida.

 

El sr. Fredicksen, a pesar de su vejez, nunca había madurado. Todavía no había ascendido a ese último escalón… hasta conocer al pequeño Russell. Reacio al principio, poco a poco el protagonista se va abriendo a una forma de amor que no conocía. Uno que encuentra su plenitud no en recibir, sino en dar. La frase de Ellie: “Gracias por la aventura ¡Ahora ve por más!” es justamente, la revelación de una de esas verdades que el cine esconde. ¡Ve por más!, en efecto, porque el amor no se agota en la persona amada. El amor de Carl no terminaba en Ellie, sino que debía “seguir amando”.

 

A partir de ahí, la actitud del anciano evoluciona, y encuentra un propósito en practicar y transmitir aquello que aprendió con su esposa.

 

* * *

 

¿Será real que el amor es una aventura, al fin y al cabo? Lo es, si lo comprendemos en el sentido de Platón, como un “ascenso” que encuentra su forma más perfecta en la virtud de la caridad. Una virtud exige crecer, madurar, fortalecerse. Embarcarse en un viaje existencial en el que aprendemos, de quienes nos aman, el Amor mismo, y así finalmente, saber amar nosotros también.

 

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