A veces es más fácil dejar de hacer cosas que lastiman a otros; porque a veces, no alcanza el amor que sentimos por nosotros mismos para dejar de hacernos daño. Es por eso que la discusión sobre la pornografía cambiaría muchísimo si la enfocáramos desde un lugar diferente. Y esos lentes nuevos consisten en mirar, observar, realmente ver a las personas que están dentro de la industria pornográfica, aparentemente de forma voluntaria. Ese es el punto argumentalmente más difícil de atacar, y sin embargo, la evidencia nos muestra que es sencillísimo de rebatir.
¿Cómo funciona el consentimiento?
En primer lugar, dentro de la industria “para adultos” no existe algo así como el consentimiento. Por lo menos, no tal cual lo entendemos nosotros para el resto del universo jurídico. Cada vez que yo, Guadalupe, persona fuera del mundo de la pornografía —o usted, mi querido lector— contratamos un servicio, compramos una prenda de ropa o incluso aceptamos un trabajo, nuestro consentimiento (expresión de voluntad) se entiende por limitado y además, por revocable.
Eso quiere decir que mi aceptación es válida siempre y cuando se cumplan una serie de requisitos, como puede ser que mi jornada laboral dure 8 horas, que se lleve a cabo en un lugar determinado, que comience en tal horario y finalice en determinado otro, que me den determinadas prestaciones de salud, etc.
Si algo de eso no se cumple (y no está previsto en el contrato), mi consentimiento no es válido. Ese es el aspecto que mencionábamos por “limitado”. Además, el consentimiento es revocable, lo que quiere decir que un día decido no trabajar más y puedo dejar de hacerlo. Tal vez deba avisar en mi trabajo que renunciaré y esperar 15 días, según la ley lo disponga. Pero tengo derecho a hacerlo, una suerte de “derecho a arrepentirme”. Eso es la revocabilidad. Y eso es lo que hace que funcionen todos nuestros contratos. De hecho, cuando esto no se cumple, sentimos sin duda el exceso.
¿Hay consentimiento en la industria pornográfica?
El consentimiento dentro de la industria pornográfica no funciona así. En ella, el consentimiento es ilimitado e irrevocable, lo que quiere decir que cuando un actor porno dice “sí” se entiende que su aceptación es extensiva a cosas que aún no han sido siquiera formuladas. Es un sí que vale desde la aceptación de la propuesta y que debe cubrir todo lo que se le ocurra al director de la escena sexual, hasta que se apague la cámara, sin ningún tipo de límite.
Además, ese consentimiento es irrevocable. Una vez que empieza a correr, ya no se puede parar, hasta que finalice la escena y la cámara se apague. Bajo estos supuestos es que ocurren los más frecuentes abusos dentro de la industria pornográfica. Y uno de los mayores problemas es que esta idea de consentimiento está tan arraigada dentro del nicho, que a veces estas cosas se plasman en los contratos y ni siquiera se cuestiona que las cláusulas o pedidos puedan ser abusivos. Y peor aún, cuando se denuncian las irregularidades, la carga de responsabilidad siempre recae sobre el actor: “hubiera leído mejor”, “si no le gusta, que no lo haga”, entre otra millonada de excusas que apuntan siempre a revictimizar al más vulnerable.
¿Por qué funciona así?
La siguiente pregunta lógica que podríamos hacernos es: si esto es tan diferente, ¿por qué alguien estaría dispuesto a aceptar estas condiciones? La respuesta es sencilla: solo las personas más vulnerables de nuestra sociedad están dispuestas a aceptar el modelo que la pornografía propone.
La evidencia científica demuestra que las actrices porno sufren de 2 a 5 veces más pobreza extrema, violencia doméstica, depresión o historias de abuso sexual durante la niñez o la adultez, que las mujeres que están fuera del mundo de la pornografía.
Además, dentro de los riesgos que estas personas pueden detectar de estar dentro de la pornografía, se encuentran padecer esquizofrenia, desorden bipolar, intentos de suicidio, trastorno de estrés postraumático, violencia real dentro del set para actos simulados, mayor contagio de enfermedades de transmisión sexual, abuso de drogas o alcohol, entre otras. A eso, hemos de sumar que las mujeres se van de la pornografía pensando que valen menos de lo que valían al entrar.
Una triste realidad
Si estas personas que acceden a hacer pornografía fueran realmente libres de elegir, probablemente no elegirían hacerlo, porque nadie voluntariamente y en su sano juicio, renuncia a su libertad y a ciertas garantías. Nadie que entienda realmente lo que el amor es, dejaría que los demás lo trataran de esa manera porque sabemos que merecemos más.
Queda claro entonces que el consentimiento dentro de la industria pornográfica es una ficción que sirve para dejar conciencias tranquilas; pero poco tiene que ver con la realidad. Y cuando uno entiende esto —que no es legítimo en una sociedad justa, obtener placer a costa del sufrimiento de los más vulnerables—, entonces, aunque no alcancemos a amarnos lo suficiente para no hacernos daño, tenemos al menos la imperiosa obligación moral de no lastimar a los demás.