¿Perdonarte 490 veces?



Seguramente es por muchos conocido el pasaje en el que Pedro es mandado perdonar hasta setenta veces siete a todo aquel que en algún momento le ofendiese. Además, probablemente también sepamos que no es que el evangelio se estuviese refiriendo a llevar la cuenta de las ofensas del otro —como quien marca en una lista—, hasta que se cumplan las cuatrocientas noventa veces perdonadas, para, a la vez cuatrocientos noventa y uno, dejar de perdonarte y empezar a tomar represalias.


Nada más alejado de la realidad. Jesús nos manda a perdonar siempre, en todos los casos y sin excepción, sin que importen la circunstancia, el contexto o la gravedad. De lo contrario, la cita habría sido más bien: “Tienes que perdonar setenta veces siete, al menos que… (inserte aquí la situación que prefiera)”. Pero no es el caso.


En ese sentido, si mi enamorado, novio o esposo me ofende, ¿lo debo perdonar? Pos, sí… ¿Y si la ofensa es muy grave? También. Ahora, antes que el artículo ya esté ofendiendo a más de uno —por lo cual tenga que perdonarlos—, vamos a ver algunas consideraciones o reflexiones relacionadas con los actos de pedir perdón y ser perdonados.


“Perdono, pero no olvido”


No es posible afirmar que se ha perdonado a alguien y, sin embargo, no olvidar ese mal que nos han hecho. Ahora, ese “no olvidar” debe entenderse en el sentido de que no se debe guardar rencor —más que en contraer de pronto amnesia respecto de un hecho concreto.


En la práctica, esta situación equivocada —sobre cuyas consecuencias a veces no somos tan conscientes— puede llevar a uno a no tratar al que ha hecho la ofensa de la mejor forma, a tratarlo de forma no tan caritativa —entendiendo la caridad como aquella a la que Cristo nos llama—. Por lo tanto, al final no nos hace tan libres no poder soltar este pensamiento en alguna medida rencoroso, y estar siempre pensando en eso que en algún momento nos hizo daño.


Evidentemente, esto no quiere decir que sea fácil en todos los casos, y depende mucho de cada persona y de la gravedad que cada situación; mas no por eso imposible. Si Jesús lo pide, no es porque sabe que no podemos: al contrario, confía en nosotros y quiere lo mejor.


Propósito de enmienda


De parte de la persona que comete la ofensa, debe haber una firme resolución, acompañada de acciones concretas que ayuden a que así sea, de no volver a cometer la acción que llevó a ofender al otro. Es decir: si uno comete una falta y simplemente pide perdón, pero este perdón no va acompañado de esas acciones, se podría decir que el arrepentimiento no fue tan pleno, que está incompleto.


Reparación


Además del hecho de que el que haya cometido la falta busque los medios necesarios para no volver a hacerlo, si al momento de hacerla hubo daños, también es importante que encuentre la forma de repararlos. Lamentablemente, muchos de ellos serán sumamente difíciles reparar, debido al tipo de daño que se hizo.


El ejemplo común es el del ladrón que roba una gran cantidad de dinero: a la persona a la que se le robó esa fuerte cantidad no le sirve de mucho el perdón del ladrón, si este no va acompañado de la devolución del dinero —además, debe asegurarse que no lo volverá a hacer.


Perdonar y pedir perdón


Tan importante como perdonar es saber pedir perdón. En cualquiera de los casos, hay que dar un paso de humildad, y con dolor del corazón, decir “Perdóname, la malogré” o “Está bien, te perdono”.


Lo que en lo personal me sirve mucho es pensar que Dios, a pesar de que siempre la ando malogrando y de que lo estoy ofendiendo constantemente, no se cansa de perdonarme, sin importar lo que yo haya hecho. Si Dios me perdona a pesar de todo lo que hago, ¿no puedo yo hacer lo mismo? ¿Acaso me creo mejor o más que Él?


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Aprendamos a pedir perdón y a perdonar. ¡Seamos santos!