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Intimidad: el orgasmo no lo es todo

Me gusta situarme en contexto para entender el porqué de muchos pensamientos que existen hoy en día en torno a la sexualidad. Esta vez quiero entender por qué el orgasmo se ve como el centro de la relación sexual. Tal es así que se llega medir o valorar la relación por el placer obtenido 

¿Realmente es así? ¿Entonces, si no hay orgasmo, esa relación sexual no es válida o no es lo suficientemente buena? ¿Si se tuviera un poquito de placer significaría que algo buena sí fue? ¿Si el placer físico fuera espectacular, esa relación es lo mejor que se ha hecho en el día?

La satisfacción en el matrimonio

He visto a muchas personas tener relaciones sexuales con extraños y, a pesar del intenso placer fugaz que se haya podido conseguir, se han sentido más solas que nunca. Hasta donde sé, sobre todo por mi corta experiencia matrimonial de casi 13 años, la relación sexual más placentera físicamente podría resultar insatisfactoria. Por otro lado, podría llegarse a una felicidad verdadera sin recibir el placer físico esperado. 

¿Qué es entonces lo que da esa satisfacción en el matrimonio? Diría que es la intimidad fruto de una vida compartida. Das todo lo que tienes a alguien a quien le has prometido tu vida hasta que la muerte te separe. Esa entrega se demuestra naturalmente con el acto conyugal. El placer sexual se ensalza, se recibe con gratitud y alegría cuando, al mismo tiempo, se está recibiendo un placer afectivo y espiritual que trasciende. Ese placer hace crecer el amor. El matrimonio vive su entrega en cada momento. A la cama se llega con el amor hecho.

Los distintos momentos de la relación sexual

Todo esto no quiere decir que no se haya de cuidar el aspecto más físico de la relación. La relación sexual tiene distintos momentos: el deseo sexual, la excitación, el orgasmo y el abrazo posterior. Todos han de ser cuidados. En condiciones normales, un hombre tiene una curva de excitación corta y rápida, logrando el orgasmo con la eyaculación. 

La curva de excitación de la mujer es lenta. En compensación, el cuerpo femenino tiene más zonas erógenas. Estas diferencias en el ritmo de excitación deben ser conocidas y atendidas con amor por los esposos. El hombre no debería ser el único en alcanzar el orgasmo. Su papel está en entender la dificultad natural que tiene la mujer en adaptarse a la pronta excitación masculina. 

Por ello es tan necesario tener en cuenta la dimensión afectiva y el dominio de las pasiones. El hombre, al saber esperar los tiempos de su esposa, permite que ella viva primeramente un sexo afectivo. El sexo afectivo da paso a un placer con sentido. Es la ternura desinteresada la que eleva el impulso sexual a un sentido mayor. Esa ternura es la que desborda altruismo y desinterés propio, es decir, permite que cada cónyuge se sienta amado y querido por quien es, no utilizado. 

El otro es más importante que yo

El enfoque crucial en una relación conyugal es el siguiente: que cada esposo tenga la convicción de que el otro es más importante que yo. Gracias a esta afectividad que acompaña, la relación sexual no se reduce en satisfacer la sensualidad. Se orienta hacia la persona. Es decir, no se trata tanto de gozar, sino de sentirse cerca.

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Sentirse mutuamente unidos es experimentar la intimidad. Cuando una relación conyugal se vive en estos términos, si la mujer no logra alcanzar el orgasmo, lo que es probable, por ejemplo, cuando existe más cansancio, un embarazo o un posparto, se sentirá igualmente amada. La relación sexual se vive en todos sus momentos. Mi cónyuge es más importante que yo. La satisfacción es más amplia que el simple orgasmo. 

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